estos días te recuerdo sin rostro
sé tu nombre, sé que te amé
pero ya no sé quién sos
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@irresponsablemente
estos días te recuerdo sin rostro
sé tu nombre, sé que te amé
pero ya no sé quién sos
Los hombres están como el peso argentino, muy devaluados.
¿𝙌𝙪é 𝙘𝙖𝙧𝙖𝙟𝙤 𝙣𝙤𝙨 𝙥𝙖𝙨𝙖 𝙘𝙤𝙣 𝙚𝙡 𝙙𝙤𝙡𝙤𝙧?
El dolor, cuando se mezcla con el sexo, tiene mala fama. Pero la realidad es que a mucha gente le calienta. No es raro, no es de locos. Es humano. Hay algo en el dolor, en la entrega, en la humillación o el control, que prende una parte del deseo que lo “romántico” no llega a tocar.
La sumisión, por ejemplo, no es debilidad. Es decidir soltar el control. Dejar que alguien más tome las riendas. Y eso, para mucha gente, es un descanso. En un mundo donde todo el tiempo tenés que decidir, resolver, tener la cabeza en mil cosas, ser sumisx es poder apagar la mente. Es confiar, rendirte, y encontrar placer en eso.
El masoquismo no es que te guste sufrir porque sí. Es que el dolor genera algo físico real: endorfinas, adrenalina, un subidón que se parece al orgasmo. El cuerpo no distingue mucho entre dolor y placer. El cerebro mezcla señales. Lo que a uno le dolería en otra situación, en un contexto sexual se vuelve excitante. Y también hay algo psicológico: el dolor valida. Te hace sentir. Te saca de la indiferencia.
El sadismo, en cambio, es poder. Es tener a alguien enfrente que te dice “hacéme lo que quieras” y entender que hay una responsabilidad en eso. Que no es hacer mierda por hacer mierda, es llevar al otro a un lugar intenso, sin romperlo. Es un juego de control, de tensión, de saber hasta dónde.
Y ahí entra el erotismo. El sexo que explora estas cosas es otra cosa. Es más sucio, más visceral, más real. Nos atrae el dolor porque es límite. Porque ahí donde empieza a doler, también empieza el deseo. Porque hay algo en el cuerpo marcado, en el grito, en la lágrima, que conecta con una parte animal, descontrolada.
No todo el mundo lo entiende, ni hace falta. Pero para los que sí, el dolor no es lo opuesto al placer. Es parte del mismo viaje. No se trata de violencia sin sentido, se trata de sentir más, de ir más profundo. De romper lo superficial.
𝙉𝙤𝙨 𝙘𝙖𝙡𝙞𝙚𝙣𝙩𝙖 𝙚𝙡 𝙙𝙤𝙡𝙤𝙧 𝙥𝙤𝙧𝙦𝙪𝙚 𝙣𝙤𝙨 𝙝𝙖𝙘𝙚 𝙨𝙚𝙣𝙩𝙞𝙧 𝙫𝙞𝙫𝙤𝙨.