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Oh.
— Ingeniería Civil, de hecho. — respondió, encogiéndose de hombros, como si no fuera la gran cosa. —¿Qué carrera estudias? Los ingenieros despreciamos todas las carreras, menos la nuestra, por supuesto. — comentó, con un tinte burlón en su voz. No había nada más grande que el ego de un ingeniero, y aunque él no era despectivo con las otras carreras, le gustaba incluirse en el estereotipo por diversión. Una sonrisa volvió a aparecer en su rostro gracias a la risa contagiosa de la muchacha. Rara vez sonreía tanto con alguien que no fuera de su círculo cercano, pero extrañamente no le resultaba incómodo, por lo que decidió ignorar la alerta en su cabeza. Frunció las cejas en una expresión entre asombro y confusión. No esperaba una respuesta como esa. — ¿Eso es una confesión? Escuché por ahí que alguien pasaba toqueteando a los hombres por los pasillos… — inventó, sólo para escuchar que se le ocurriría ahora a la castaña.
—Estudio matemáticas —contestó, mirándolo con esa mirada asesina que le dedicaba a todos los ingenieros que alguna vez intentaron disminuirla. Una sonrisa se apreciaba en su semblante, juguetona. —Solo matemáticas —señaló, las puntas de sus índices encarándolo. Dejó ir una risilla, y la misma se intensificó con aquel supuesto rumor que el otro mencionaba. —¡No he oído tal cosa! —indignación en su voz, algunas carcajadas interfiriendo positivamente en la alegría de su exclamación. —Esa chiquilla degenerada debe de andar suelta por allí. ¡Soy completamente inocente! —y uno de sus indices le picó el hombro con cada sílaba en las palabras “completamente inocente”. Y aunque fuese culpable, dudaba que a algún hombre le molestase que una francesita de alta alcurnia le molestara, aunque fuere sólo por ver la oportunidad de aprovecharse.
-¡¿Qué?! Me lo estarás diciendo de coña… ¿no? -esperaba que así fuera, que solamente fuera una amable broma de la francesa, pero no parecía que fuera así. Suspiró levemente cuando le indicó la zona que tenía dibujada de la camiseta, y cuando le dijo lo que era, no sabía si reírse o echarse a llorar ahí mismo-. Joder, pensaba que en la universidad ya entrabas con una edad y no hacían este tipo de cosas -seguramente fue en la última clase, puesto que recordaba que tenía a alguien detrás sentado-. No es tan mal idea, pero… por desgracia no tengo nada más para llevar. ¿A la gente de la universidad le importará que vaya por aquí desnudo de cintura para arriba? -se giró para mirar a la chica, no sabía decir dónde la había visto antes, pero no era la primera que la veía. De eso estaba seguro.
No pudo evitar volver a reír, era como si se lo hubiera contagiado y no supiera como deshacerse de sus carcajadas. Era cierto aquello que mencionaba el otro, ¿dónde quedó toda esa madurez que supuestamente se encontraría en la universidad? Porque ya llevaba algunos años y, pues, aún no la encontraba. No en muchos. —Seguramente encontró la clase muy divertida, y se sintió inspirado… o inspirada, quién sabe —se encogió de hombros, la alegría apreciándose en sus facciones. —Mmm… —lo estudió y chequeó con la mirada, como buscando razones de porqué le molestaría a las personas que se deshiciera de su camiseta. —Tal vez a los conservadores —bromeó. El rostro masculino se le hacía bastante familiar, ahora que se fijaba más detenidamente. —¿Nos conocemos de algún lado?
Cuando observó a su interlocutora abandonar su posición, supo que algo iba mal. Su sentido común le decía que si era necesario acercarse, entonces el asunto era más serio de lo que había considerado. Sintió temor. Se atemorizó y con una rapidez sobrehumana perdió cualquier clase de calma que hubiese podido mantener hasta ese momento. “¡¿Qué es lo que es?!” Exigió saber, perdiendo la paciencia ante la escasez de información que estaba recibiendo por parte de su contraria; llevaba los nervios de punta e incapaz se veía de esperar con tranquilidad a que decidiera explayarse. Los ojos se le agrandaron entonces ante la mención de tal animal y, de manera automática, una fría sensación le recorrió la espina dorsal, llevándola entonces a petrificarse. Quería saltar fuera de su asiento, retorcerse hasta que el intruso se desprendiera de su cuerpo, pero sabía que entrar en pánico tan sólo empeoraría las cosas, por lo que se obligó a sí misma a permanecer sentada, quieta, confiando en que contaba con la ayuda suficiente para deshacerse del bicho. Sin embargo, un chillido se le escapó y la piel se le heló cuando posible le fue percibir movimiento en su espalda. “¡Oh, por dios, se dirige a mi cabeza! ¡No dejes que se acerque a mi cabello, haz algo!”
Dicho y hecho, el pánico ajeno no hizo más que alimentar el propio, y más temprano que tarde en las gradas se encontraban un par de damiselas en pánico (no tanto en apuros) mas una lagartija curiosa. Avanzó otro par de centímetros el bicho, y junto a un grito, pegó un manotazo que envió al reptil directo hacia donde no deseaba que se dirigiese: a ella misma. El escamoso animal escaló varios centímetros por su falda y el miedo que sentía antes se triplicó. Graciosa sería la escena a ojos ajenos pues ya tenían varios espectadores. ---¡AHHHH! ¡AHORA ESTÁ SOBRE MI! ¡ESTÁ SOBRE MI! ---sumándosele varias otras palabras en su idioma natal, muy rápidas como para que se entendiesen. El susto era petrificador y ya no se atrevió a dar más manotazos insegura de lograr algo con ellos y asqueada con la sensación que todavía sentía en sus manos por haberla tocado segundos antes. ---¡Sácamela! ¡SÁCAMELA! ---suplicó. Cerró los ojos con fuerza, como dispuesta a hacer nada para que el pequeño reptil no avanzase ni un milímetro más por su falda. Sus manos se agitaban en el aire, sin embargo, urgida por tenerlo encima.
— Pues probar materiales de construcción. Lo típico. — respondió, como si cada ser humano supiera de que se trataba su carrera. — pero ahora tenemos que hacer informes para la otra semana, y la clase sólo está para resolver dudas. — continuó, con aire aburrido, recordando que todavía le faltaban unos detalles a su trabajo. Ya sabía que haría más tarde. Cuando la muchacha se largó a reír, no pudo evitar sonreirle. Tenía una forma de reír muy peculiar. Se acercó un poco para observar sus manos. Se podía notar la dedicación a simple vista. — No… — respondió, enarcando una ceja antes de mirarle. — pero no creo que las reserves solo para darle nalgadas a extraños ¿o sí?
---¡Oh! ¿Estudias alguna clase de ingeniería? ---habían tantas que no se atrevía a adivinar por hacerlo nada más, y no estaba segura, pero le parecía que la mayoría tenían que ver con algún tema u otro sobre construcción. ---Los ingenieros siempre ven mi carrera como basura ---se acordó, aunque no dudaban algunos en llamar al teléfono de las ayudantías que ofrecía para que les auxiliara con los ramos matemáticos. Ante la conclusión del hombre, volvió a reír. Se sentía como una degenerada aunque eso entrara en los bordes de la exageración. ---¡Ah! No, no, no. Eso pasa de vez en cuando nada más ---volvió a reír, era como si no pudiese detenerse. Suspiró. ---La mayoría de las veces son pellizcos.
Había acabado de salir de una tutoría con el profesor de Topología, resultaba que cada profesor usaba la nomenclatura que le daba la gana y eso estaba llevando de cabeza al pobre Nolan. Sin embargo, el profesor, muy amable él, le dio como una especie de “leyenda” para que se pudiera entender a partir de ese momento. Repentinamente, una voz franchuten hizo que le parase: -¿Qué? ¿A qué te refieres? ¿Qué es lo que llevo? -preguntó bastante confundido mientras intentaba mirarse la espalda.
Se aproximó para fijarse bien en lo que había divisado a la distancia y que no había podido distinguir con la suficiente claridad. Ella se imaginaba un insecto o una mancha, pero se trataba de un dibujo. ---Oh, amigo, alguien practicó sus... “dotes artísticos” en tu camiseta ---marcó las comillas en el aire, y sus labios se hicieron una fina línea que se curvaba levemente de los costados. Al menos, era posible reprimir la risa. ---Lo tienes justo aquí ---y tanteó con sus dedos el sector de la espalda en el que se encontraba, llevándose la otra mano al pecho. ---Es un... ---tal vez no era lo suficiente madura, porque no lograba pronunciar la palabra más exacta---... pénis ---susurró cercana a él, en francés. ---Yo en tu posición me desharía de la camiseta, chéri ---negó suavemente con aires dramáticos pero cómicos.
Se dirigía a la habitación de su melliza, tenía un montón de cosas por explicar y lo sabía de sobra, aunque claro, quizá era su imaginación echada a andar que le hacía sentir que aquello había sido una bomba molotov para su perfecta familia. ¿Y qué se suponía qué le diría? Joder, estaba siendo pésimamente mala idea y entonces se dio media vuelta, decidiendo que mejor regresaría a su habitación a meditar qué jodidos estaba haciendo con su vida y su reputación. La voz de la joven logró captar su atención, entonces, se acercó a la fémina y dio media vuelta con completa resignación. ❝ Sólo no vayas a gritar si sale volando. ❞ Pidió, en tono bromista, porque necesitaba relajarse y pronto.
No pudo evitar el pegar una risotada con el comentario, aunque con algo de culpa, pues, en el hipotético caso de que aquella denominada "cosa" saliera volando, lo más probable (e inevitable, también) es que soltara un grito. Simplemente los insectos alados no se podían considerar precisamente sus aliados. —Una vez tuve un problema con esos insectos que parecen aviones ---su ceño fruncido e imitando alas con sus antebrazos. ---Me dijeron que eran inofensivos ¡Pero no me lo creo! ¡No me lo creo! —exclamó, podía usarlo de excusa premeditada. Se acercó y, al ver la cosa, se sintió casi inmediatamente estúpida. Aunque no lo demostró, porque ella no era, de hecho, una mujer estúpida. —Te utilizan de propaganda. Debes ser bastante popular por estos lados —bromeó. No era más que un colorido sticker donde se leía “CHUT” (Comunidad Homosexual Universidad de Toronto). No había visto las impresiones así que no hiló nada. Despegó el sticker y se lo mostró, pegado en la yema de su índice.
Los chismes comenzaron a esparcirse en la universidad. La árabe no lo podía creer, ¿cómo se habían enterado de su secreto? Trató de hacer caso omiso a los comentarios de sus compañeros, pero varios parecían estar seguros de dudar sobre la sexualidad de la fémina. Necesitaba charlar con alguien sobre lo ocurrido, pero no confiaba en ninguno de los estudiantes. ¿Qué más le quedaba por hacer? Pensativa, salió de su habitación; necesitaba tomar un poco de aire fresco, los calmantes no lograban tener efecto alguno en su organismo. Comenzaba a dudar de la credibilidad de su medicamento, seguramente terminaría pidiéndole a su doctor una dosis más fuerte. Llegó a una de las gradas de la universidad, parecía qué el equipo de animación estaba practicando para el próximo partido. La fémina respiró profundamente, e intentó calmarse un poco. ¿Qué le diría ahora a su padre? No deseaba enfrentarlo cara a cara, y menos cuando él era el responsable de cada una de sus inseguridades. Miró la pantalla de su celular, en espera de algún mensaje de su padre. Nada. ¿Finalmente se había dado por vencido? Él tenía ojos en todas partes, y sabía qué tarde o temprano alguien lo notificaría de los supuestos rumores de la escuela. Dejó su móvil en la banca, estaba a punto de encender un cigarro, cuando la voz de una fémina logró atrapar su atención. “¿A qué te refieres?” Una de sus cejas se arqueó, e inmediatamente comenzó a buscar en su cuerpo el objeto qué no pertenecía a su anatomía. “¿O se te perdió algo?” Interrogó con molestia, después de ver qué la joven trataba de acercarse a ella. “¿Podrías no acercarte demasiado?” Hizo un ademán con su mano izquierda, para hacerle saber qué no deseaba ser interrumpida. Después de todo, buscaba estar sola. Y esa chica seguramente lo arruinaría todo.
Había algo en la chica que parecía fuera de lugar. Era bella y con mucho potencial a los ojos de Isobel. Desde la lejanía y antes de que abriera la boca se podía decir que lucía hasta agradable, sencilla. Pero en esos ojos avellana símil de los propios no brillaba ninguna clase de luz, como un cuerpo sin vida que sale a sus andanzas sin ningún rumbo fijo. Eso le pareció a ella. Experta era la francesa en romper los espacios que le separaban de otros cuerpos para hacer contacto con ellos de esa forma amigable que se le daba tan bien. Mas no lo hizo con la desconocida, pues creía que el acto de hacerlo gatillaría otra faceta de la contraria que estaba segura de no querer descubrir. De todas formas, sus ojos se achinaron en esa gran sonrisa repleta de calidez y cortesía. —No te preocupes tanto, chérie, que no tienes nada que yo desee —y era cierto, mas creía estar segura que ella sí portaba algo que ni ella ni sí misma querrían. —¡Tan sólo te decía que tienes algo pegado en la espalda! A eso me refería —relájate, quiso añadir, pero era consciente de que eso nunca ayudaba ni en las mejores ni en las peores situaciones. Absolutamente nunca. —De aquí se ve como… ¡como una abeja! ¡No vaya a ser que seas alérgica! —aunque, bueno, alérgico o no, Isobel creía que a nadie no le interesaría ser picado por uno de aquellos insectos. Entrelazó sus dedos frente así, la inocencia era parte de esa imagen que se había formado, con su peinado perfecto y manos bien cuidadas, la manicura ejemplar y ojos bien pintados. Sin embargo, la inseguridad resaltaba en su mirada cada vez que se negaba a ser ella misma, como resultaba ser ese momento exacto. Era su deseo que la contraria no fuera capaz de reconocerlo.
Abrió los ojos como platos al sentir la mano de la muchacha en su parte trasera. —¿Me diste una nalgada? — le preguntó, claramente confundido con el atrevimiento de la extraña, antes de desviar su vista al papel. Podía leerse claramente “Pégame”. Puso los ojos en blanco. Ya había visto a varios de sus compañeros de laboratorio con esos durante la última semana, tarde o temprano le debía tocar a él ¿No? Hizo un gesto con la cabeza, para darle a entender que ya se había respondido solo. Debía considerarse afortunado, ya que con sus compañeros no habían sido tan “amables”. — Digamos que las clases de laboratorio no están tan entretenidas como antes. — comentó, sacando delicadamente el papel de entre los dedos de la castaña. —Y creo que tú no entendiste bien el mensaje ¿no crees? A menos que estuviera pegado en mi pantalón.
—¿Tan entretenidas? ¿Qué hacen normalmente en esos laboratorios tuyos? —debía preguntar pues era palpable la diferencia que debían tener sobre las definiciones de divertido o aburrido. Ante la frase que le siguió, ella tan sólo rió con una pizca de picardía. Se llevó ambas manos al rostro, y cuando se recuperó, una sonrisa quedó plasmada en sus labios. —¿Crees que éstas manos están hechas para dar cualquier tipo de golpe? —y enseñó sus manos con gracia. La manicura era perfecta, y si las tocabas, eran suaves. Típicos síntomas de alguien que hace pocas cosas, aunque la yema de sus dedos estaban algo picadas por los alfileres, y las manos sufrían de una que otra dureza que pronto sería atacada, obra y gracia de las pesas en el CrossFit. –¡Oh, no, no! —¿eso hacía la nalgada más apropiada? Debatible.
No estaba seguro si debía dirigirse a su habitación a la clase de natación con la esperanza de ahogarse; los rumores estaban esparciéndose por la universidad cuales ecos de su memoria, no podía permitirse el lujo de encontrarse con nadie en ese momento, no hasta que la marea de titulares bajase de forma considerable. Un escalofrío recorrió su espalda cuando percibió una voz femenina dirigirse a él, tragó saliva con dificultad antes de voltearse para encarar a la castaña. “¿Qué? ¿Qué tengo?” preguntó, buscando la naturalidad en su timbre el hablar, viendo por sobre su hombro si acaso podía divisar algo más. “Quítalo,” fue más una exigencia, algo que sólo surgía de sus labios cuando se hallaba bajo una indescriptible presión.
—¡Eh, a mi no me mandonees, chéri! —exclamó con cierta gracia en su voz. Le era imposible, o más bien se negaba, a amargarse por pequeñeces. Era la ley que se había aplicado a sí misma, y aunque todavía no pensaba una sanción, se encargaría de encontrar una lo suficientemente dura para no ceder a esos sentimientos negativos que en ocasiones le asaltaban y asaltarían en un futuro. —Veamos qué tenemos aquí —porque de todos modos quitó el papel. No se quedaría con la duda. —“HACECINO” —leyó en voz alta, separado en sílabas, porque realmente no reconocía la palabra al leerla. —¿Como cecino…? a–ace… ¿asesino? —sus ojos se abrieron como dos platos relucientes. No, no podía ser. ¿Podía?
Clem llevaba un par de minutos caminando por el campus con el celular en la mano. La tecnología y Clem jamás habían sido buenos amigos, y en ese momento estaba intentando instalar una aplicación sin tener éxito. Una voz, no muy lejos de donde ella estaba, se escuchó, y ella volteó –¿disculpa?– la miró confundida –¡¿qué tengo?!– preocupada se acercó, y del susto tiró su celular –¡quítamelo!–.
Cuando tocó, la viscosidad de la llamada “cosa” produjo inmediata repulsión en la francesa. ¿Qué era? ¿Un chicle? —¡Esto es asqueroso! —mencionó, apartando de inmediato la cabellera rubia de la muchacha, digna de admirar (y envidiar.) La segunda opción era tan posible como sospechosa. —Oh, mon chérie. ¡Tu blusa está completamente arruinada! —se escandalizó un poco, siendo amante de la ropa ella misma. —El chicle ha cobrado una víctima. O dos, más bien —se corrigió, observando el móvil en el suelo. —¡Lamento espantarte de esa manera! Te debo un teléfono.
Sus ojos escaneaban con rapidez aquellas calumnias transformadas en letras y palabras, con su foto en la primera página y la de una de sus compañeras de federación. ¿A quién se le había ocurrido tamaña broma? Se le vino un nombre a la mente de manera inmediata, mas decidió ignorarlo una vez que recordó que él también parecía haber sido víctima de aquella práctica que lucía como sacada de una película de secundaria de cuarta categoría. Estaba demasiado concentrado en sus propios pensamientos cuando notó la voz femenina tras él. “¿Qué? ¿Qué tengo?” Inquirió sin tanta exaltación. “¿Quién eres?”
Con delicadeza se deshizo de aquella “cosa”, como inicialmente le había llamado, pensando que sería tal vez algo más asqueroso (o vergonzoso, quién sabía.) —Lo siento, creo que exageré —le dedicó una amplia sonrisa mientras enseñaba la hoja de árbol café que se había enganchado a su espalda. Podría llamársele una falsa alarma. Su mirada luego viajó a la impresión con la cara ajena junto a algo que no alcanzaba a leer. —¿Ese eres tú? —cuestionó, distraída por un momento antes de recordar que se le había preguntado por su identidad. —Isobel, un gusto. ¿Qué dice ahí? —obvio lo curiosa no se lo quitaba nadie—. ¿No serán de esos chismorreos? Por allí vi uno de alguien que portaba un arma —negó solemne con la cabeza, casi con indignación. —Mi ingenuidad parece más grande de lo que creí —se lamentó.
Descansando sobre las gradas del campo de fútbol, aprovechaba que el sitio se viera despejado durante aquellas horas de la tarde para sentarse a dibujar, ya que ninguno de los equipos entrenaba sino hasta horas más tarde y la cantidad de personas que se hallaban cerca no ocasionaban el suficiente ruido como para perturbar su tranquilidad. Pero la dicha le duró poco, pues el boceto que con habilidad trazaba sobre la hoja de papel sobre su regazo tuvo que ser pausado al ser el silencio obstruido por una voz que con urgencia exclamaba a sus espaldas. Giró el rostro para localizar a la dueña de aquel peculiar acento y, cuando sus pupilas se posaron en ella, arrugó ligeramente la frente en confusión. “¿Disculpa?” No entendía a qué se refería, ni siquiera estaba segura de si era ella a quien le hablaba. “No, no te… Espera, ¿cosa?” Se alarmó entonces y de inmediato se echó un vistazo a sí misma, en un intento por averiguar si llevaba algo encima. Falló. “¿Qué cosa? ¿De qué hablas?”
Abandonó sus cálculos para aproximarse a la figura femenina y fijarse bien qué era eso que había divisado a la distancia que aún descansaba en las telas de las prendas ajenas. Una mueca se dibujó en su semblante cuando la ‘cosa’ parecía tener vida, no atreviéndose de inmediato a tocarlo. ---¡Ay, no te muevas! Creo... (ay, mon Dieu!) creo que es... es... ---su cerebro no lograba traducir el nombre del bicho al mismo tiempo de que planeaba cómo sacarlo sin la necesidad de entrar en contacto directo con él. Luego se le ocurrió que debió traer consigo el cuaderno que dejó a sus espaldas. ---¡Lagartija! ---mencionó, arremangándose un tanto la falda de su vestido para que el diminuto reptil no se le pegara a sí misma si lograba librar a su compañera. Con todo lo que detestaba las cosas escamosas, y más si le sumaban el ser escurridizas. Poco importaba si resultaba ser completamente inofensiva. Picó con el lápiz el bicho intentando sacarlo, pero en vez se soltarse, avanzó un par de centímetros. ---¡Ay, mon amie no sé cómo sacarla! ---un pequeño flujo de pánico le recorrió el cuerpo, como si ella fuera portadora del indeseado. Sólo esperaba que la otra no sintiera lo mismo que ella, o el pánico se multiplicaría.
— ¿Cosa de ahí? — murmuró, mientras se volteada, pasándose una mano por el pelo, como si lo que sea a lo que se refería la chica estuviera ahí. Se miró la mano y no tenía nada, por lo que se echó un vistazo a si mismo, intentando verse partes que no alcanzaba. — ¿Que cosa? — preguntó, ya que era obvio que no podría quitársela el solo. — No es nada vivo ¿cierto?.
Era un papel, pero le causaba gracia que pensara que se trataba de un ente viviente. ---¡Calma, calma, que se va a mover! ---exclamó, posicionándose cercana a la espalda de su compañero. “Pégame” se leía en la nota. Qué original, copia exacta de las bromas infantiles y caricaturescas. Y ella que pensaba que la universidad estaría llena de geniecillos y adultos demasiado maduros. En su escuela, aparentemente todos eran unos exagerados. ---¡A ver, a ver! ---sacó el papel tan fácil como suponía se lo habían pegado, y luego le pegó una nalgada que acabó con ella reventando en risas. ---Estás a salvo ahora ¡soy tu heroína! ---y entre sus dedos cuidadosamente manicurados atrapaba el pedazo de papel. ---Tenemos un bromista entre nosotros, mon chéri.
Tres horas para su próxima clase, y no deseaba pasarlas encerrada en su dormitorio. No sabía si las personas que dormían junto a ella estarían allí. Pero de todas formas Isobel no funcionaba con gente a su alrededor, a menos que estuviesen haciendo lo mismo que ella: practicar ejercicios de cálculo. Muy aplicada (por lo menos en los espacios entre clases). La distracción comenzó, sin embargo, cuando alzó la vista y notó algo en la espalda de uno de sus compañeros de universidad. —¡Disculpa, disculpa! —llamó en ese peculiar acento francés, señalando con el lápiz a su próximo interlocutor, sacudiéndolo en el aire. —¡Ven que te saco esa cosa de ahí! ¡Ven, ven!