─ Hisham Siddiqi

Product Placement
I'd rather be in outer space 🛸

shark vs the universe
Lint Roller? I Barely Know Her

Love Begins
taylor price
No title available
i don't do bad sauce passes
Sade Olutola

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blake kathryn
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Monterey Bay Aquarium

Kiana Khansmith
occasionally subtle
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#extradirty

Origami Around
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@itinerariodeausencia
─ Hisham Siddiqi
musings on april
Sylvia Plath (Leon Dabo), Edna St. Vincent Millay, E. E. Cummings, Naguib Mahfouz (Edgar Degas), E. E. Cummings (Édouard Manet), Rabindranath Tagore, T. S. Eliot (Edgar Degas), F. Scott Fitzgerald (Alphonse Osbert)
— fatima aamer bilal; coffin heart? bury me.
Marcel Proust, from a letter featured in The Selected Letters of Marcel Proust
Marcel Proust from a letter featured in his “Selected Letters,”
Mary Oliver, from “Starlings in Winter”, Owls and Other Fantasies: Poems and Essays
March 20, 1913 Letters to Felice by Franz Kafka First published : 1973
Louise Glück, from Meadowlands; "The Dream"
[Text ID: "why couldn't it go on longer? / Because it was a dream."]
“You’ll never know when your soul travels.” Sweetly sheltered deep in my heart, And that nothing, not time nor age nor other loves, It will prevent you from existing.
Now the beauty of the world take your face, Feed on your sweetness and graces on your clarity. The pensive lake at the back of the landscape Tell me about your serenity again.
The paths you followed, today point to me mine, Although you'll never know I'm taking you with me Like a golden lamp to light my way
Not even your voice still crosses my soul. Gentle torch your rays, sweet fire your spirit;
"You still live a little because I outlive you.". Marguerite Yourcenar [Literland]
Tribute to the Flowers (detail), by Conrad Kiesel.
Frank Reed Whiteside
Marina Tsvetaeva, translated by Elaine Feinstein, from Selected Poems; "Poem of the End,"
Virginia Woolf, Sobre estar enferma (trad. J. P.) [...] la literatura hace cuanto le es posible para sostener que le concierne solo aquello con respecto al pensamiento; que el cuerpo no es más que una lámina de liso cristal a través de la cual el alma mira directa y claramente y, salvo una o dos pasiones, como el deseo y la codicia, es nula, insignificante e inexistente. Mas, por el contrario, su envés es lo verdadero. Todo el día y la noche entera, el cuerpo interviene; se despunta o se afila, se colorea o descolora, se convierte en cera durante la canícula de junio, se fragua hasta convertirse en sebo en la lobreguez de febrero [...] Se desestiman las grandes guerras que el cuerpo, en la soledad de sus aposentos y con el espíritu como su esclavo, libra por sí mismo, sea contra el asalto de la fiebre o la llegada de la melancolía [...] no sólo necesitamos de un nuevo lenguaje, primitivo, sutil, sensual, obsceno, sino una nueva jerarquía de las pasiones: el amor debe ser depuesto en favor de una temperatura de 104 grados; los celos deben dar paso a los tormentos de la ciática; el insomnio debe desempeñar el rol del villano y el héroe ha de convertirse en un brebaje blanco de dulce sabor [...] Hay, confesémoslo (y la enfermedad es el gran confesionario) una franqueza infantil en la enfermedad; se dicen cosas, se sueltan verdades que la cautelosa respetabilidad de la salud oculta [...] No conocemos nuestras propias almas, y menos aún las almas de los demás [...] En cada uno hay un bosque virgen, enmarañado, carente de senderos; un campo de nieve donde incluso la huella de las patas de los pájaros es desconocida. Y aquí vamos, vamos solos, y es mejor así. Tener siempre compasión, estar siempre acompañados, siempre ser comprendidos sería intolerable. En la salud, empero, es necesario mantener la apariencia de buen humor y renovar el esfuerzo –comunicarse, civilizar, compartir, cultivar el desierto, educar a los nativos, trabajar juntos de día y distenderse de noche. En la enfermedad esta simulación o fingimiento, cesa [...] Normalmente, mirar al cielo durante un tiempo prolongado es imposible. Los peatones se verían impedidos y desconcertados por quien observase al cielo con un carácter público [...] Ahora, convertidos en hojas o margaritas, tumbados, yacentes, mirando fijamente hacia arriba, descubrimos que el cielo es algo tan diferente de esto que realmente es un poco chocante [...] Examinemos la rosa. La hemos visto florecer tantas veces en vasijas, la hemos relacionado tantas veces con la belleza en su plenitud, que hemos olvidado cómo se yergue, quieta y firme, durante toda una tarde en la tierra. Guarda una actitud de perfecta dignidad y posesión de sí misma. La difusión de sus pétalos es de una firmeza inimitable. Tal vez ahora una caiga deliberadamente; ahora todas las flores, las voluptuosas púrpuras, las cremosas, en cuya carne cérea una cucharita ha dejado un remolino de jugo de cereza; gladiolos; dalias; lirios, sacerdotales, eclesiásticos; flores con sus primorosos cuellos de cartón teñidos de damasco y ámbar, inclinan suavemente sus cabezas hacia la brisa –todas, con excepción del pesado girasol, que orgullosamente reconoce al sol al mediodía y tal vez a medianoche impugne a la luna. Allí están; y es de estas cosas, las más apacibles, las más autosuficientes de todas aquellas de las que los seres humanos se han hecho compañeros; ellas, que simbolizan sus pasiones, adornan sus fiestas y yacen (como si conocieran la pena) sobre las almohadas de los muertos. Es maravilloso contarlo [...] las personas viven en el campo para aprender la virtud de las plantas. Es en su indiferencia que son reconfortantes.