Dicen que las mujeres morimos varias veces, renacemos o evolucionamos en el último aliento. Mudamos de piel, la piel curtida de golpes, heridas, se las comen los parásitos o las bestias que las curtieron. Se degradan allí sueltas y quizá ni las volvemos a ver. He visto tantas muertes de las mujeres que amo. Mi madre, mis hermanas, mis amigas, renaciendo después de la violencia de uno o varios de estos depredadores que disimulan sus miserias y atacan cuando llegan al espacio de más íntima confianza. De esos he visto comerse poco a poco las pieles que van mudando, ellas, nosotras, las mujeres de mi vida, por años, por meses, por días. Por alguna razón he sentido asco pero también compasión por esas bestias, esa razón es la que me bloqueó muchas veces recuerdos de esas vidas perdidas, porque prefiero siempre pensar que no soy víctima, que soy fuerte y más ágil que los depredadores. En el último año varias de esas bestias me arrancaron más que la piel y lo sentí, lento o rápido, como un ataque contra el que no pude pelear, contra el que no me defendí. Morí y avancé porque tengo una hija por quien vivir y con quien aprender a pelear contra este destino que parece el de todas. Morí y avancé porque a pesar de que aun hay bestias o quizá parásitos que se siguen comiendo los vestigios de mi piel ya podrida, con el gusto de quien es miserable, alrededor de mí hubo siempre alguien que me abrazó y me tomó para curarme, para escucharme o para simplemente decirme que de esas muertes una renace más fuerte. Esas personas que me aman, que también terminan cicatrizadas, porque cuando tocan a una mujer, los efectos colaterales pueden ser desastrosos, son la razón por la cual vale la pena seguir el camino, aunque sigan allí escondidos los depredadores y se necesiten energías de todo tipo para identificarlos y no dejarlos entrar. En mis heridas vi las lágrimas de las mujeres de mi vida, mis amigas que saben todo, y las otras mujeres que amo que no saben todo pero que siempre están. De esas pieles que vamos mudando nos queda algo, algo que nos une y que se conecta con nuestros nervios, con nuestros sentidos, algo que al final nos recuerda que todas las mujeres, todas nosotras, diferentes y distantes, somos una sola piel, a veces coraza, a veces de algodón, una sola para que nos duela a todas y para que nos protejamos y amemos todas. De esta mudanza, de esta nueva muerte me quedo con el amor de verdad que he encontrado en medio de estas batallas, un amor que me sirve para identificar cómo y cuándo usar mis espinas, mi repelente, mis nuevas armas contra los depredadores, la muestra de que he sobrevivido porque he evolucionado.