MIEDO AL MIEDO
Estoy desnudo en la oscuridad. No recuerdo cuánto tiempo llevo aquí. Tal vez siempre he estado aquí. Tal vez este lugar soy yo. A mi alrededor hay cuerpos inmóviles: otros yo, versiones muertas de lo que alguna vez intentó levantarse. Permanecen hundidos en este abismo sin nombre, consumidos por la oscuridad, como si tarde o temprano todos hubieran terminado convenciéndose de quedarse. Al fondo existe una única salida: una puerta roja, la única luz en este lugar, y se está cerrando. La veo cada vez más lejos, aunque corro hacia ella. O quizás soy yo quien se hunde más profundo cada vez que intenta alcanzarla. Entonces comienzo a justificarme, a mentirme, a convencerme de que este es mi destino, que nací para quedarme atrapado aquí. “No quiero quedarme… pero ¿y si debería hacerlo?” Y esa idea empieza a devorarme lentamente. No era solo miedo. Era el miedo al miedo, el terror de volver a sentir, de volver a intentarlo y fracasar otra vez. Pero justo antes de rendirme, algo dentro de mí vuelve a respirar. Una última intención. El deseo absurdo de escapar. De ser libre. De continuar. De romper el ciclo. Entonces corro. Y caigo. Me levanto. Y vuelvo a caer. El tiempo nunca se detiene cuando caigo. La puerta roja sigue cerrándose mientras yo permanezco atrapado entre la tristeza y el cansancio. Porque aún hay algo dentro de mí aferrándose a esta oscuridad, algo que no quiere soltar el dolor aunque lo esté destruyendo. La luz se está apagando. Y entonces lo veo. Otro yo. Está vivo. Se parece a mí. Habla como yo. Tiene mi voz, mis recuerdos y mis heridas… pero no es como yo. Él tiene toda la fuerza que yo nunca tuve y aun así me mira como si fuéramos iguales. Siempre me habla cuando caigo. Me presta un poco de su fe, aunque yo jamás haya podido creer en mí mismo. Me obliga a levantarme una última vez… y luego otra… y otra más. Quizás podamos alcanzar la puerta juntos. Así que corremos. Pero empiezo a quedarme atrás. Mis piernas tiemblan. El aire ya no entra en mis pulmones. Cada paso pesa más que el anterior. No soy suficiente. Soy débil. Soy un fracaso. ¿Por qué me atreví a pensar que podía escapar? Intentar romper el ciclo solo me arrastró más profundo dentro de mí mismo. Aun así… quiero creerle. Quiero creer que ambas partes de nosotros pueden coexistir. Que no necesitamos destruirnos para sobrevivir. Pero el tiempo se acaba. La puerta roja sigue cerrándose. Y en el fondo ambos lo sabemos: si uno logra escapar, quizá el otro tenga que quedarse aquí para siempre. Entonces le pido que me abandone. Le digo que use mi muerte para salvarse. Estoy agotado. Estoy a punto de caer otra vez. Pero él me sostiene. Tira de mí con las pocas fuerzas que le quedan. Ahora es él quien comienza a romperse. Mi cuerpo pesa demasiado. Mi pecho arde. Mis piernas ya no responden. Aun así, sigue arrastrándome hacia la puerta roja. No lo merezco. No valgo tanto esfuerzo. Pero él nunca me suelta. La puerta está cerca ahora. Nunca había estado tan cerca. Y entonces él se detiene. Ya no puede avanzar más. Lo miro y entiendo algo que siempre intenté ignorar: yo no habría llegado hasta aquí sin él. Él cargó conmigo cuando yo solo quería desaparecer. Me prestó su fuerza. Su esperanza. Su fe. Todo este tiempo sobreviví gracias a él. La puerta sigue cerrándose. Y entonces pronuncia sus últimas palabras: “Separa nuestro cuerpo del miedo al miedo.” Y algo dentro de mí se rompe. Las lágrimas vuelven, aunque juraba haberlas agotado hace años. Entonces avanzo. Solo. Arrastrándome entre la oscuridad. Estoy aterrado… pero sigo avanzando. Estoy solo… pero sigo avanzando. Estoy agotado… pero sigo avanzando. No tengo fuerzas suficientes para lograrlo… pero sigo avanzando. Ya no deseo continuar. Pero sigo avanzando.
Y entonces llego. La puerta roja finalmente se abre ante mí y la atravieso. La oscuridad desaparece. El aire vuelve a entrar en mis pulmones. El peso se desvanece. El silencio termina. Soy libre. Lo logré. Sobreviví. Pero algo está mal. Miro mis manos y no las reconozco. Camino, respiro, hablo, pero todo se siente ajeno, como si estuviera usando el cuerpo de alguien más. Hay algo vacío dentro de mí, algo que desapareció mientras cruzaba esa puerta y que ahora no puedo recuperar. Intento recordar quién era antes de escapar, pero mi memoria se siente distante, borrosa, como una voz perdida en algún lugar al fondo de mí mismo. A veces me detengo frente al espejo esperando encontrarme otra vez, pero solo veo a un extraño imitándome. Mis gestos siguen ahí. Mi voz sigue ahí. Pero yo no. Y aun así, el desprecio permanece. Sigue viviendo dentro de mí como una herida que nunca cerró. El mismo odio. La misma sensación de no ser suficiente. La misma necesidad de desaparecer. Escapé de la oscuridad solo para descubrir que nunca estuvo atrapada en aquel lugar. Siempre estuvo dentro de mí, esperando el momento exacto para hundirme otra vez en las profundidades de mi propia alma. El ciclo se rompió… pero no de la forma que imaginé. Algo dentro de mí tuvo que quedarse atrás para que este cuerpo pudiera seguir avanzando. Ahora continúo caminando porque mi cuerpo todavía recuerda cómo hacerlo, aunque yo ya no entienda hacia dónde va. Ya no sé quién soy. Ya no sé qué parte de mí sobrevivió aquella noche. Solo sé que cuando crucé aquella puerta roja, no escapé de mí mismo. Me abandoné ahí dentro.












