“Apuesto a que lo pensó, señorita Solovióv, y ese ya es suficiente pecado.” Lacónica risilla fluyendo de sus labios, ni siquiera entiende el giro tan extraño que dio aquella situación, pero es bueno siguiendo el juego y a esas alturas no planea dejar de hacerlo. “No me preocupa.” Es honesto con aquellas palabras. “Pero me preocupa el equipo, o algo así.” Se encoge de hombros, tampoco es como que la mayor sepa los más oscuros secretos o el talón de Aquiles de cada campista integrante del equipo en cuestión como para que el que le brindase asesorías a terceros pudiese ponerlos en cuerda floja. Como fuera, era un simple campamento y no iba a perder la cabeza por un reconocimiento que no le serviría de mucho en la vida real, pero disfrutaba de dramatizar con el tema. “Es sólo cambiar el salvar una persona por otra.” Se encoge de hombros, comenzando a avanzar con dirección a la cafetería.
Movimientos de rostro cuan negación hacía palabras masculinas. “Mi mente puede imaginar muchas cosas, pero jamás una relación entre consejero y campista.” Parte de su labor como consejera era aceptar sus limites, la relación que podría haber entre ambos rangos impediría dos futuros; riesgos que no estaba dispuesta a favorecer tras encontrar un sitio estable tanto emocional como profesional. “¿El equipo? ¿Me cree alguna clase de traidora? Porque creo que soy de la menos indicada para temer.” inquirió manteniendo el dibujar de su sonrisa, semblante amistoso que ayudaba a pasar el rato con las personas de su alrededor. Hombros decayeron restándole importancia al asunto, puesto la conversación estaba dando un giro radical a lo que se suponía debía ser, aunque no estaba consciente de que tuviera algún rumbo en especifico. Pasos sigilosos marcaban el ahora concreto, señal de que tomaban el camino correcto. “¿A qué se refiere?” curiosidad invadió pensar de la fémina.











