Y quizá muchos te desean, pero yo te deseo mucho más allá del deseo.
No soy el clásico egoísta que te quiere para sí, pues yo te quiero para verte triunfar en la vida. Yo te doy la opción de que, aun siendo libre, decidas volver cada día a abrazarme porque me extrañas y necesitas.
Te anhelo en cada uno de mis sueños con una gran sonrisa, ganando montones de dinero, comprando lo que se te antoje y bebiendo un buen vino; sin preocupaciones y con la simpatía que más me gusta ver en ti.
Yo sí te quiero para que seas feliz, viviendo para ti y no para construir prejuicios y comentarios de nadie más.
Entiéndame usted, niña, te quiero bonita pero que lo sientas al despertar y cuando la tormenta esté sobre ti, más fuerte que nunca.
Eres el amor que necesitas, pero cuando tu mundo se vuelva hacia a ti, no dudes en venir al mío: pues yo también soy todo el amor que necesitas.
Cualquiera pensaría que era un juego, pero en lo más mínimo tenía descripción de uno. Algunos me decían que estaba loco, y no lo dudaba en ningún momento; pero si algo entendí en la lucidez de esa locura, es que si estar loco es por algo que realmente te gusta, no importa no estar ni un momento cuerdo. Es como no estarlo. Porque estar loco es percepción y relativismo, y más ahora que el mundo está de cabeza: admirando al promiscuo y juzgando a quien regala flores.
Y ahí estaba yo, loco por probar de nuevos sus besos, sus senos, su ser; sintiendo un deseo tan grande como antes de haberlo hecho. Era la reiteración y la única monotonía que deseaba que nunca acabara. Era la fusión de dos cuerpos que al parecer nunca estuvieron separados, o que si alguna vez los estuvieron, se construyeron y amoldaron para convivir uno con el otro; aun sin saber medidas ni tiempos exactos, aun sin haberse conocido ni siquiera a sí mismos. Como en los primeros años de las tierra: sin saber realmente lo que querían o siquiera qué eran.
Era cuando la miraba que me miraba a mí, que a su vez la miraba a ella, en un bucle que no puedo explicar, pero que a resumidas cuentas era como verme a mí en un cuerpo femenino alimentando a mi cuerpo varonil en todos los ámbitos, sexuales y no sexuales. Debo admitir que me vuelvo loco de sólo pensarla, y el estar dentro de ella me dan ganas de tenerla sólo para mí.
Llámenme egoísta, pero sé que no soy un tonto, porque las oportunidades no siempre se encuentran, y el amor es difícil de hallar en estos tiempos. En años de melancolía y días de sexo fácil; en tiempos de ausencia de condones y alcohol a montones, donde besar en la boca es tan común como antes lo era un apretón de manos. Esta sociedad se ha vuelto en "si nos vemos, no nos conocemos, y si nos saludamos, puede que sea por presión social, no por educación; mientras menos sepan de los pecados que cometemos, menos pecadores somos". Y a mí que me importa una puta mierda cuando el riesgo lo vale todo, como una cerveza bien fría junto a buena compañía.
Somos uno solo. Eso entendí el día en que nos encontrábamos haciendo el amor. Éramos dos cuerpos fusionados, sincronizados a causa de nuestras almas, olvidando lo contiguo, lo material, lo que fuimos; siendo parte del placer o del amor, o de lo que fuere. Éramos uno en cuerpo y mente, donde no podíamos detenernos y donde tanto nos gustaba estar.
Éramos uno solo, y sabía perfectamente que el día que marchases me convertiría en la mitad de lo que alguna vez fui. O algo similar a eso.
Sé que sí, que te faltaban unos brazos en los cuales apoyarte en esos momentos de dudas, o que al sólo terminar el día te abrazaran, así, sin ninguna razón. Porque sentirse querido no tiene precio y es la sensación más reconfortante del mundo; no necesita una justificación.
No te hagas la dura y disfruta de esto.
Déjate querer sólo un poco.
Sé que te gusta que te quieran bonito. Lo demás son bobadas. Te gusta que te hagan el amor bonito y luego te aplaquen todas esas ansias.
Porque:
Te matan mis besos,
mi sexo,
mi placer,
te mata que yo sí te entiendo, como persona y como mujer.
Después de todo, no somos muy diferentes. Yo sólo quiero hacerte estallar de placer y tú quieres exactamente lo mismo.
Sencillo y sin complicaciones.
¿Te gustaría intentarlo? Tú y yo, con música de The Weeknd O Rels B de fondo, con intervalos de velocidad dirigidos a un sólo destino.
Mi lengua no falla y mi boca no miente.
Eres mía: no lo dudes ni un segundo.
Llevaba días soñando lo mismo. Algo me molestaba muchísimo; me preocupaba y era lo único en lo que podía pensar. Llegaba al punto en el cual dejaba de comer y hacer lo que realmente me apetecía —si es que realmente me provocase hacer algo—, todo por estar divagando en mis pensamientos. Ni mi pareja, mi mascota o la redacción de la prensa podían levantarme el ánimo y hacer que dejara de pensar en todo ello.
Recuerdo todo perfectamente. Sucedía cerca de mi casa, a unas escasas dos cuadras. Yo caminaba solo o acompañado, con alguien que ahora no recuerdo, pero que me profesaba mucha tranquilidad, de eso estaba seguro. Era un sueño a colores muy opacos, casi a grises, como en esos días de lluvia en los que no hay mucha iluminación. Era concreto: pasaban unos pocos segundos hasta que, repentinamente, fallecía; sin mucho preámbulo. Moría como si nada. Era abducido por la oscuridad, quedando inmerso en mi más grande fobia.
En algunas ocasiones, observaba alguna imagen pequeña vestida de negro que, como me advertía una voz allí, no podía observar sin que pagara el precio por dicha decisión. Y así fue. La observé sin querer, con algo de curiosidad —o porque ese era el propósito de mi sueño— , sin poder identificar su rostro porque se encontraba cubierto, y de pronto e inmediatamente, ascendía a otro mundo. Yo tomé ese lugar como la muerte por encontrarse todo oscuro.
Sólo sentía miedo, pues me encontraba flotando en la nada: oscura y silenciosa. Quería salir de ahí, seguir caminando con quien fuese que caminaba, adonde fuera. Sentía mucho miedo al saber —esto fue un pensamiento más consciente— que podría morir de tan frágil manera. Pero estaba encerrado en ese pequeño o infinito lugar: ese era el costo que tenía que pagar por mi equivocado coraje.
Despertaba, acelerado y un poco trastornado. Algunas de esas veces sufría parálisis de sueño y, aunque en el fondo sabía que todo era un sueño, no podía quitarme esa sensación de que moría constantemente, y mi cuerpo no terminaba de asimilar todo aquello. Tenía miedo de morir, me preocupaba hacerlo y sólo me centraba día y noche en ello.
¿Era una señal de que la muerte estaba tocando la puerta de mi subconsciente?
Qué estúpidas las premoniciones, pensaba yo hace unos días. ¿Quién iría a pensar que realmente lo vivido durante un sueño puede pasar en la vida real?
Estaba yo en la cama, durmiendo —sí, estaba durmiendo dentro de un sueño—, o al menos recuerdo haber estado acostado en mi cama. Estaba oscuro mi cuarto, y tranquilo, que me parecía extraño. Nada pasaba. Pero internamente sentía que empezaba a moverse todo. No estaba loco: de a poco todo se intensificó. Un terremoto, pensé. En instantes, en esa sensación de hacer consciente si realmente es tu exterior el que se mueve y no sólo un susto por parte de tus pensamientos, mi mamá pasa por el pasillo, corriendo, y muy alarmada. Me dijo algo desde la puerta de la habitación, que es muy próxima a la cama, pero que no entendí. Enseguida volví hacia mis brazos, y allí se encontraba un bebé. Parecía ser mi sobrino, pero mientras más lo miraba me percaté que ese no era él. ¡Qué coño...! Era un bebé lobo, o un perro, o una criatura de esa índole. Me asustó. Pero no podía salir corriendo. No quería, más bien. Y aunque podía caerme todo encima, yo ignoré la situación y seguí durmiendo, en mitad de un terremoto. Qué loco, ¿no creen? Un terremoto, un bebé lobo y una actitud indiferente. Ignoré mi situación próxima a no sé cómo llamarle... ¿a la muerte?
Quería pensar que no podría morir porque no existía en mi pensamiento dicha idea, y quería seguir abrazando ese bebé con cara de lobo, que sería alguna criatura mitológica nórdica o qué sé yo. Y más que no existir pensamiento de morir, era la ausencia del miedo a la muerte. Tanta frialdad para tal animal que describo.
En el fondo sentía que si hubiese muerto allí, hubiese revivido. Exactamente igual que en los juegos de videos.
Qué tonto me siento ahora al pensar que pudo ganarme el sueño y creer que hay vida tras la vida. A menos que la haya... que es poco probable y una idea bastante descabellada.
Desperté, no al morir, sino al hacer más consciente la idea de morir. Terminé con un poco de miedo.
Pero allí no termina la historia. Semanas más tarde, un terremoto sacudiría a todo el país, de gran intensidad. Yo me encontraba exactamente en la misma cama, en el mismo lado. Esta vez me levanté casi de inmediato y salí a la sala —fue muy inconsciente este gesto—. Vi a toda mi familia asustada en el vestíbulo —yo estaba incluso más asustado que ellos—. Les miraba desde el pasillo de la casa, soportándome de la moldura de dicha puerta. Mi mamá se movía de un lado a otro con los niños y decía decenas de oraciones que no quería percibir. Mi papá parecía una roca, casi literal. Este segmento no fue tan parecido al sueño; tampoco había un bebé lobo. Pero ¿sabían que un lobo vive aproximadamente seis años? Hace seis semanas justamente soñaba yo con lo que sucedió hoy. Quizá un poco tendría que ver. Aunque si buscamos metáforas y coincidencias, siempre las hallaremos. Un suceso nunca se efectúa aisladamente. Creo yo.
Somos estúpidos:
Buscando amor en el sexo.
Buscando algo que no sabemos qué es, pero que al parecer queremos.
Buscando incertidumbre en medio de la calma.
Buscando algún tipo de satisfacción en el dinero
y buscando querer en alguien que no sabe ni quererse a sí mismo.
Ojalá existiera un manual de cómo vivir; cómo perdonar y olvidar nuestros errores o quizá de cómo ser feliz cuando no se tiene razones aparentes para serlo.
Qué estúpidos somos creyendo que estaremos completamente bien al final del día, del mes o del año siguiente.
Si sientes calma cuando agarras la mano de tu hijo y con la otra sientes sus latidos, su calor y su inocencia... no necesitas de muchos ceros en la cuenta, sino de muchos minutos más a su lado.
Buscamos luz al final del túnel, sin saber por qué queremos esa luz, cuando en la oscuridad tenemos lo que necesitamos. La muerte separa, pero muchas veces nos enseña a que esto que sentimos es lo único que nos debe importar.
Ojalá al final del día te besen, te abracen y te mimen con la energía del sol y con el amor que le hace falta al mundo.
Paul George,
James McCarthy,
o Zach Miller.
No soy el único.
Tampoco lo seré.
Aunque el dolor es grande, no es exclusivo.
Al fin y al cabo el dolor es un signo de vida.
Y yo sigo aquí.
Frágiles. Somos frágiles.
Después de todo no somos esas piedras,
que terminan por astillarse
para luego romperse.
Pero no somos ni siquiera la mitad estructural de una simple piedra.
Muros más altos se han caído
y nosotros seguimos creyéndonos más fuertes.
Somos frágiles y nos creemos inquebrantables,
casi dioses, como si nuestra genética,
nuestro ADN, estuviera constituido por hebras dobles de perfección
que forman una única y perfecta estructura.
Mejor aún, como si nunca nos hemos sentido mal y tan susceptibles a todo.
Nos creemos semidioses, series superiores al resto...
Hasta que nos toca pasar por la enfermedad.
Somos frágiles,
pero tan complejos y regios como aquello que podemos planear con nuestra neuroanatomía y construir con las manos.
Es decir; somos frágiles,
pero tienes que mirar lo que podemos ser algunas veces.
Quizá sea este auge que se suma a nuestro ego
y nos hace sentirnos superiores.
Un mal diagnóstico de nuestra parte después de todo.
No es que yo sea el primero en quebrarse una pierna.
Tampoco seré el último, por supuesto.
Pero son sensaciones tan ásperas y desagradables desde este punto de vista.
Todo se ve distinto.
Todo se ve de una manera jamás vista.
Dependes mucho de alguien más,
aun cuando tienes esa fuerza y capacidad de querer hacerlo todo solo.
Pero finalmente somos humanos y cuando nuestra fisiología o anatomía es alterada,
podemos ver que tenemos que adaptarnos de una manera distinta.
Hay que aprender a sobrevivir como dé lugar.
Después de todo, tan sólo somos un instante.
Una idea.
Un pensamiento.
Un halago.
Una creación en constante evolución.
Somos algo que no podemos entender.
Somos ese algo que por su misma complejidad somos pertinentes a la enfermedad.
Nacimos para morir, básicamente.
Pero nos queda rato por descubrir.
Supongo que esto era bastante probable. No hay nada nuevo por acá.
Diría que sí, cada día se van más y más personas, pero eso se sabe. El dolor y las lágrimas de quienes estamos en el cielo y de aquellos que caen a la realidad, aterrizando en nuevos horizontes lo sabemos.
Pero a pesar de que todo era muy probable y recurrente para muchos, no le quita en lo más mínimo el sentimiento. Sigue doliendo igual con cada adiós, en cada despedida y en cada maleta que sale, llena de sentimientos y quién sabe qué más.
Rabia o tristeza, ímpetu o desaliento; ¿qué coño se debe sentir? Es como agarrar todo eso y echarlo a la licuadora a ver qué coño sale.
Seguramente el tiempo no define los lazos de afinidad y quizá los momentos tampoco; pero cómo negar una amistad tan larga y con la que has compartido tanto.
¿Saben?, había pensado en todo esto por mucho, y no fui tan sentimental. Quizá dentro de mí había un mecanismo de control-aceptación emocional para no provocarme daño. Pero duele un montón, en serio. El tiempo aplicará limón a la herida y las tardes sin hacer nada lo ratificarán. Las birras —quizá sí frías— sólo demostrarán la soledad y el mar de crisis en la que me encontraré inmerso durante años, una cantidad imprecisa.
No quiero ponerte triste. Me alegra un montón la apertura a sinfines de oportunidades, metas y logros aledaños. ¡Joder!, me encanta pensar todo esto, me emociona como no tienes idea.
Y aunque la distancia es engorrosa —mucho, de hecho—, creo que el apoyo será el mismo y la comunicación no se verá afectada. Creo que será un excelente viaje para ti: quizá la oportunidad y el reto más grande, pero que cumplirás sin duda alguna.
Échale un montón de ganas que, para cuando yo te visite, estés establecido y viviendo cómodamente, y joder como en los viejos tiempos.
Sólo nos queda una cosa: echarle ganas, dejar nuestro nombre en alto. En algún momento, quizá no tan pronto, pero juro por la libertad y el poder que alguna vez tuvimos, todo volverá a como era antes. Hacer las cosas bien de cualquier manera y no desperdiciar ni un segundo.
Porque más que un amigo, eres mi hermano.
Nos volveremos a encontrar:
en una calle de Madrid,
Medellín, Gran Canaria, Miami,
Buenos Aires o Santiago...
y si tenemos suerte,
en una de Caracas.
Una a cero a mi favor y sigue siendo mi turno; llevo la delantera y domino claramente. Tengo un buen servicio y un as bajo la manga. No hay tiempos fuera ni intermedios. No hay árbitros ni jueces. Sólo tú y yo, luchando a la par, con un fin inespecífico, quizá por demostrar quién aguanta más la provocación del otro. Quizá por hacer las cosas más interesantes, por darle emoción esto. Pero descuida, puede que me deje ganar sólo para acabar con el juego.
¿Por qué tanta seriedad? Si conozco a perfección tu boca y tu torso a gusto. Si te gusto tanto como tú me gustas a mí, o si al menos se le asemeja, entonces eso quiere decir que te traigo loca. Desquiciada. Ni un pelo de cordura. Y créeme: hoy necesitarás estarlo, porque no habría mayor locura que no seguir con esto.
No sé a qué jugamos, pero me gusta. Te haces la dura y me dices todo con un tono impertinente, como artificial y muy fingido a simple vista; y yo, como un tonto y siguiéndote la corriente, por el simple hecho de gustarme esto, te persuado y te acorralo. No te gusta sentirte tan poca cosa, tan pequeña, y menos en un espacio tan chico; porque sé que te gusta tener el dominio de la situación y estar por encima de todo lo demás —¿y de mí?—.
Te gusta que te lleve la contraria y juegue contigo, con cosas tan superfluas que parecen ridículas, hasta convertirlas en un comentario hilarante. Para mí, esto se ha convertido en una partida de damas, donde tú comes y yo como, sólo que el doble. ¡Ay, chica!, si supieras las ganas que te tengo; no estuvieras aquí afuera, sino en una cama conmigo, moviéndola a ritmo de tu pelvis, impulsado por la sangre que corre en tus vasos; porque quieres hacerte la fría, pero bien caliente estás tú; yo estaría seguro de eso, igual que mi lengua recorriendo... ya sabes, ahí abajo.
Pero no caigamos en polémicas. Conozco tu personalidad acrecentada e irritante al querer superarme en todo, que sí, me gusta; pero hoy quiero que te calles y sólo abras la boca para alguna que otra cosa. No sé si me entiendas, pero quiero que te dejes llevar un rato, sientas mi cuerpo en roce con el tuyo y te dejes dominar. Esto sí que es deporte de contacto.
La chica que le encanta dominar está siendo dominada. ¿Creerías eso? Yo nunca lo había imaginado, pero es magnífico. ¡Qué débil eres cuando muevo mi lengua tratando de escribir el abecedario! No sé ni por cuál letra voy y te has quedado estancada en la “A“; me haces pensar que te gusta. ¡Un punto más para mí, y jugando de visitante con todas las apuestas en contra!
Me haces pensar que te gusto yo, aunque sea un poco, o al menos lo que hago para hacer que te guste. Me haces pensar que esto dejó de ser un juego hace rato, pero que quieres ganar a toda costa, aun cuando el premio ha sido todo tuyo.
Verla sonreír era la octava maravilla y su mirada algún mágico acontecimiento en tierra de mortales; su voz era un cántico fino que reclamaba calma en medio de una guerra de obscenidades, y mi deseo por reclamar atención suya era una desquiciada e incorrecta barbaridad. Era más que dulzura en tiempos de amargura y mucho más que felicidad ante la tristeza, era eso que necesitas siempre y no encuentras nunca: tan anhelado, tan único y tan perfectamente necesario.
Pude apreciar y hacer analogías con su finura, pero por otro lado tuve cierta sensación áspera de miedo, insaciable. Impotencia por no tenerla y no alcanzarle nunca, no llegar a su nivel o si quiera tener la oportunidad de convencerle de ello. Inconformidades que se convertían en nudos y nudos que me amarraban y ahogaban mis deseos en un grito seco, insonoro y ridículo. Deseos ocultos en deseos aún más recónditos.
¿Por qué la obsesión con eso que no se puede tener o con eso que queremos y ni siquiera nos mira? Duele como una patada en el vientre, una patada con capacidad de hacerte más pequeño, vulnerable ante todo. Todos estos años intentando conseguir la madurez necesaria, para perder la compostura en segundos.
Y quizá esté desquiciado. No lo sé. Pero todos tenemos a alguien que nos vuelve locos y ni siquiera conoce de nuestra existencia.
Cuánta intensidad en unos labios que jamás besé, o en cuerpo que no pude tener, o en un momento que no era mi momento. Podría asegurar que la lujuria me pudo haber matado, estando por allá abajo, donde los caminos del río convergen y cualquier cosa que toca, se moja; y podría asegurar que me hubiese gustado morir aun en aquellas circunstancias. Quizá no tanto por placer, sí por curiosidad; porque habría escuchado un par de veces, que quien entraba y salía de allí, no era la misma persona, metafóricamente hablando.
Entonces estaba pensando yo mi muerte. Un suicidio-homicidio que me hubiese gustado consumar, con esa muchacha ninfómana, quien nadie pudo quitarle la sed de placer infinito. Tonto es lo que soy, hasta ridículo. Yo no podría haberlo hecho, pero incluso así lo hubiese intentado: me gustan los desafíos y me gusta el sexo. Dos cosas que me hubiese gustado probar, en un blanquecino y exigente lugar, donde las caderas chocan con lo que se acerca a sí o donde nadie fue capaz de acometer la misión imposible. Ni en ochenta días, ni en el centro de la tierra, ni en el inframundo siendo Hades, ni en dimensiones paralelas o distantes... Hubiese sido imposible. Pero a veces nos lanzamos al vacío, sabiendo que moriremos, sólo por la curiosidad —o estupidez— de saber qué hay en ese lado y que no podremos volver a lo que éramos. Además, no podremos saber qué tan inminente es la muerte y conocer cómo morirás: podría considerarse hasta un lujo.
Siempre he mantenido que cuando amar es tan complicado, el sexo casual es un alivio para cada quién. Quizá por eso ella era tan salvaje, falta de pudor, insatisfecha la mayoría del tiempo. Quizá –aunque suene muy estúpido y cursi— sólo necesitaba un poco, una taza, una pizca, un momento de amor: porque el amor lo cura casi todo, para el resto, un poco de sexo. No lo digo yo, está escrito en la biblia (no es cierto), pero es de gran veracidad esta teoría. Aunque no queramos aceptar, fuimos destinados para un poco de atención, sentirnos importantes para alguien más; no es un tipo de instinto, es un tipo de necesidad intrínseca humana.
Parecía ser un demonio en un traje de mujer. Lo que me da un poco de gracia, porque hasta entes más complejos que nosotros buscan placer, es algo que no sólo nos compete a nosotros, sino a todos; porque el mundo es dominado y movido por él.
Creamos estereotipos como filtros, y en vez de ver realmente a una persona por lo que es, vemos los rumores que hemos oído, su estatus social e incluso lo juzgamos por la persona que nosotros hemos construido en sí, valiéndonos de la nada; sin siquiera darle la oportunidad de que demuestre quién es realmente. Somos los jueces más rudos y parciales que podíamos imaginar; y cuando somos nosotros los juzgados, nos sorprende recibir y ser tratados con la misma cara de la moneda. Que si se acostó con él, con aquellas; si su familia pasa por un mal momento; si le va mal en sus estudios o los abandonó y ahora sólo trabaja; si está mal vestido o habla de una manera distinta a la tuya... Sólo prejuicios, comentarios vacíos y estupidez abundante. Nos limitamos a crear imágenes, puestas en escena de alguien más cuando no sabemos nada de esa persona, si está bien o no, si come al menos una vez al día, si duerme bien, si su familia es una como cualquier otra... No. Sólo somos máquinas pensantes que nos gusta hacerlo de más, de mala manera y una muy sucia.
Basta de esto, de todo aquello. Seamos más transparentes y tratemos a todos por igual, como se los merecen, por ser personas como nosotros, que tienen disparidades de igual manera, incluso más difíciles que las nuestras, y aun así hacen lo posible por no derrumbarse, por sacar a su familia adelante, por sonreír a pesar de la mísera vida que llevan. Sólo vive y deja vivir.
Recuerda que hoy tienes, y bastante, qué bueno eso; pero la vida da muchas vueltas, en serio, no sería bueno que tragaras cada porquería que escupiste en tiempos de comodidad.
Creo en tu palabra, que se convierte en frase y llega a mis oídos en forma de poesía.
Creo en las comisuras en tu rostro y en cada uno de tus lunares.
Creo en tu fortaleza y juiciosidad, en la simpleza que te hace ser grande y en el amor que dejas caer a tu paso.
Creo en tu boca porque es quien me manda.
Creo en tus pies porque me dan un camino.
Creo en tu mano porque es quien me sostiene.
Creo en tus ojos porque me dan seguridad.
Creo en tu canto porque me llena de melodía.
Creo en tus lágrimas y en el río de esperanzas que forman.
Creo en el cielo azul que gobiernas.
Creo en tu luz porque es quien me protege de la oscuridad.
Creo en tus brazos y esa paz que me dan al abrazarme.
Creo en tu querer,
en tu cariño,
en tu manantial de bondad,
en la tranquilidad que profesas y, plenamente en ti.
Creo en lo que veo y siento .
Creo en tu rostro y tu pensamiento.
Creo en los pecados que cometes, en que eres de igual de tentada que yo y aun así pareces una imagen majestuosa.
Creo en el camino trazado por tu cabello, como un tobogán por el cual jugaría sin razón alguna.
Creo en amarte y hacerlo desinteresadamente, porque se me hace necesario.
Creo en el mar por el cual caminas.
Creo en los cielos en los cuales atraviesas.
Creo en el fuego que no te quema, en el frío que no sientes y en los climas que controlas a tu antojo.
Creo en el amor que creaste y en predicarlo sin ningún tipo de interés.
Creo ahora y siempre creeré en ti, porque eres paz, amada mía.
—Apaga la luz —ordené—. Y no olvides cerrar bien la puerta.
—No seas así conmigo —suplicó, tapándose su rostro con ambas manos en señal de vergüenza. Su faz parecía tomar las sombras en las que estaba inmersa la habitación. Leía su inseguridad en algunas líneas de expresión que logré descifrar.
—No sé qué intentas al decirme eso. No te trataré bien sólo porque quiero tu sexo.
Prendí un cigarro y fumé un poco de él. Las volutas de humo ascendían con calma.
—No quiero que me trates bien; tan sólo pido que no me faltes al respeto
Respeto, dijo. Maldita perra, pensé.
Se la escuchaba con timidez, con ausencia de esa fuerza regular en el tono que ella solía tener; algo común en las jóvenes de su edad, inexpertas. Pensaba que debía de aprovecharme de eso, de su inseguridad e ignorancia. Debía ser lo más sensato posible, pero dejando que todo fluyera, como el cigarrillo.
—Te faltaré al respeto cuantas veces quiera —sentencié. Segundos después tomé su blusa, a una mano, y la estiré hasta verla rota; con la otra sostenía el cigarro, tranquilo, deseando una nueva calada—. Bien si te gusta o no —rematé.
Se quedó incrédula por unos segundos al ver que su prenda de cientos de verdes se convertía en harapos inservibles. Quedaba incrédula al intentar comprender que todo eso lo hacía ese chico tan callado que ella había conocido y tenido contacto durante meses. Pero le gustó. Increíblemente le gustó. Años atrás no habría entendido ese comportamiento, y aunque seguía sin entenderlo, sabía que sexualmente podría gustarle, y así fue. Fue directamente un experimento.
— ¡Maldita sea!, me encantas —dijo con una voz entrecortada por un insignificante orgasmo.
—Lo sé.
Maldición, lo sabía perfectamente.
Mi personalidad actual, estereotipo de cualquier patán, no tenía ni rastros de lo que fui en algún momento de mi mísera vida. Sólo mis nombres quedaban intactos.
Todo fue inmediato. Terminé de fumar el cigarrillo y pasé a quitarme la camisa, luego su pantalón, y así continué con las prendas faltantes, en intervalos seguros de tiempo para no parecer tan desesperado y delatar mis inmensas ganas.
Le hice el amor como me hubiese gustado que me lo hubieran hecho: lento, con mucha calma; con contactos fuertes y seguros, con cantidades incontables de besos. Me sentía sensacional al escuchar sus reiterativos orgasmos. Me sentía extremadamente genial, pues mi ego así lo creía.
¡Coño! Quería hacerlo unas tres o cuatro veces más. Tener sexo sin ningún tipo de compromiso y acabarle en cualquier rincón de su cuerpo. Es una especie de pequeña obsesión que se me da en algunos segundos de mi éxtasis, refiriéndome, claro, a la intimidad. Así como un asesino en serie deja un conjunto de indicios para que la policía vincule cada cuerpo con el de un mismo criminal —con el de sí—, así me sentía yo al acabarle en el pecho, en su zona pubiana, quizá en su boca o cualquier otro lugar que me provocase en su debido momento. No era un asesino, pero quería dejarle un pequeño rastro a mi víctima para que se acordara de mí.
Dibujaba y desdibujaba el contorno de sus cromosomas, cambiando lo que era y sería, borrando y trazando un proyecto en su cuerpo, planeando y estructurando un nuevo destino en sí. Le plasmaba un beso en cada parte de su cuerpo con mucha lentitud y firmeza, pero bastante cariño. Le dejaba claro que la quería. Ella reía por las cosquillas que le hacía mi barba, yo me sentía apenado al respecto; quedaba ruborizado y enredado bajo el manto efectivo de sus rulos. Allí, podía navegar en su cabello, de hecho, me sentía en altamar cuando cerraba los ojos y la besaba; sus manos, junto con las mías, jugaban como esos tórtolos que realmente se quieren, los que actúan sin esa presión social, como niños, que se aman más allá de lo que se aprecia ver... o al menos eso pensaba mientras sucedía aquello.
No me lo creía: estaba allí por primera vez y me sentía tan a gusto, como si hubiese estado allí durante toda mi vida. Me sentía plenamente feliz cuando imaginaba una producción cinematográfica en mi cabeza, justo cuando la miraba a ojos entreabiertos y me deslizaba por su boca. Sus besos eran... eran realmente distintos, tan... tan verídicos. ¿Verídicos? No sé cómo llamarles, pero me hacían sentir y conocer la verdadera razón por la que vine a este lugar.
Le juraba en vano, mentía en su oído diciéndole que no la quería para provocarla; jugaba con su cabello, le decía un par de cosas que consentían su oído, como si dejara caer miel a un paladar lleno de antojos. Le decía lo que nunca le pude decir a nadie antes, eso que por alguna razón guardé en mis adentros por mucho tiempo y que ahora, precisamente en ese momento, se me hacía necesidad hacerlo surgir, justamente a ella. Aquella situación se me tornó un poco bochornosa, pero bastante necesaria, como si estar con ella a solas me hacía creer que aquel lugar era un confesionario y ella, un sacerdote, o al menos eso me brindaba su confianza. Entonces, le contaba un par de mis secretos, luego la besaba mucho, y no sólo en los labios; creía que si la besaba tanto y de tal manera, le llenaría la vida de amor y caricias hasta el más ínfimo momento, o que al menos olvidaría la pesadez e intensidad de mis palabras.
Eran tantas cosas que se combinaban dentro de mi atolondrada cabeza, que pasaban por allí y se unificaban, recreando una especie de huracán que, de alguna manera, tonta pero cierta, me hacía sentir en un caos que me gustaba. Yo, quizá, estoy sin cura, mi amor; y necesito, probablemente, una buena dosis de ti durante toda una vida, y aun así no sería suficiente, fue lo que se me ocurrió decirle. Empezaba a comprender la drogadicción y algunos vicios que repudio, y que alguna vez discriminé a algunos por la misma razón. Ni una vida sería suficiente para empalagarte el oído con todo lo que siento por ti.
Me sentía adormecido, pero sin sueño; querido, pero con muchas ganas de ser consentido; fortísimo, pero también el hombre más frágil que conocía. Era pero no era. Casi a ojos cerrados, le empecé a dibujar una silueta entre sus hombros y espalda. No sé qué carajos dibujaba o intentaba dibujar, pero sé que el roce entre su piel y las yemas de mis dedos le hacían sentir a gusto, lo comprendía en el momento en el que se acercaba a mi cuerpo, buscando calor o más caricias. Yo sólo seguí en ese plan, tomando mis pinceles y pintando sobre su pequeña espalda.
Del dibujo pasé al psicoanálisis introspectivo de todo lo que pasaba en aquella situación, cuestionando el desorden en el que se había convertido aquel sitio. Qué tonto, ¿no lo creen? Sólo quería besarla y olvidar una serie de circunstancias que me habían hecho sentir mal y que ya no las recordaba. Me dediqué a quererla un poco más.
Los besos caían en su cuerpo como los pétalos de una flor que se deshoja caen al piso. Yo sólo la besaba, no paraba ni por un segundo. La besaba como si no hubiese un mañana; por su abdomen, por su cuello, en su espalda, alrededor y sobre las comisuras de su sonrisa... Le besaba y sentía que ella me besaba a mí, el alma: era indescriptible. Sonreía de una manera que parecía que era mía, y aunque no lo fuera, así me lo hacía saber justo en ese instante. No sabía precisamente la razón por que lo hacía: cariño, placer o distracción… No estaba seguro de nada de ello, pero sí de la satisfacción que me producía estar en mi posición.
Así es el amor, o eso que creemos que es y le aludimos como tal. Nunca podremos estar seguros de lo que sentimos, pero sí de que algo estamos sintiendo, y que ese algo puede o no gustarnos.
Sus oídos quedaron como dulces y mi boca un tanto aturdida, creo que a causa del azúcar de mis palabras o por los miles de besos que le obsequié. Da igual.
Bésame: bésame y no pares de hacerlo,
por la mañana,
por la tarde
o por la noche.
En momentos de necedad
y en tiempos de crisis.
Bésame cuando quieras
y cuando no lo merezca,
allí, precisamente,
quizá es cuando más lo desee.
Mi boca será tu tesoro
y tus oídos mis más grandes cofres:
tú, mi más preciado templo.
Ella está llorando y nadie le consuela.
Unos les están mirando, pero nadie le ayuda.
Le pasan por un lado y nadie se da cuenta.
Está agonizando, sufriendo...
está en constante tortura.
Todos se hacen de la vista gorda
y prefieren hacer caso omiso;
pero tranquila, mi Venezuela,
saldremos de esta: es nuestro compromiso
¿Pero cuánto podrás soportar?
¿Cuánto tiempo más?
Me duele,
me duele mucho, la verdad.
Y me hago tantas preguntas
que quizá nadie pueda contestar.
Cuánta gente debe morir;
cuánta sangre se debe derramar;
cuántos jóvenes deben sufrir;
cuántas madres deben llorar.
Cuánto tiempo debe transcurrir
para poder superar.
Cuántas lágrimas se deben secar
para poder sonreír.
Cuántas noches se deben luchar
para derrocar todo lo malo que vivimos.
Cuánto fuego hace falta tomar
para poder forjar un nuevo camino.
Cuántos años se necesitan
para erradicar la corrupción,
cuánto se deben luchar
para conseguir una mejor nación.
Cuánto debe sufrir mamá
por conseguir vuestra felicidad.
Cuánto debe trabajar papá
para poderles alimentar.
Cuánto amor se necesita
para el odio aplacar.
Cuánta rabia es necesaria
para podernos dañar.
Cuánto cuesta un uniforme color olivo;
cuánto su respectivo armamento y una mente vacía.
Cuánto vale un cuerpo en el olvido
que fue asesinado a sangre fría.
Cuánto tiempo se debe soportar
una maldita iniquidad.
Cuánto guerras se deben vivir
para encontrar la paz.
Cuánto más se debe fingir
y decir que no se está mal.
Cuántas tragedias deben ocurrir
para que alguien pueda apoyar.
Cuántas marchas son suficientes
para acabar una dictadura.
Cuántas mentes sumergidas en cordura
son necesarias para acabar con un demente.
Cuándo se entenderá que no es juego,
sino la maldita realidad,
que aquí nos quema el fuego
y ni siquiera se nos permite gritar.
Cuándo se acabará la corrupción
y esa impresionante tasa de mortalidad:
porque hoy puede ser alguien más,
pero mañana puedo ser yo.
Cuándo acabará el hambre, la pobreza
y tanta desfachatez.
Cuándo tendremos las mismas riquezas
y vivir sin importar qué.
Cuándo cesarán balas
que deberían protegernos.
Cuándo tendremos autoridades
que no estén con el gobierno.
Cuándo nos dejarán de hurtar,
robar, asesinar y violentar.
Cuánto tiempo falta esperar
para que no ocurra un crimen más.
Cuántos negocios de gente honrada
deben, violentamente, caer.
Cuántas días de hambre se deben pasar
para que esto se pueda entender.
Cuánto debemos gritar,
cuántos quedarse sin voz.
Cuánto debemos pasar
para ver un nuevo amanecer, un nuevo sol.
Pido a Dios que se limpie el país
de injusticias, discordia y rencor.
Pido por todos nosotros
y que sea lo que él considere mejor.
Dedicado a todos aquellos que han dado la cara por Venezuela, que han dejado algo de sí en las calles, en cualquier lugar; a la memoria de nuestros hermanos caídos, a sus familiares; y en especial, a la libertad y paz de Venezuela: por que pronto vuelva a ser todo como antes.
No es malo tener ideales y pensamientos distintos, lo malo es no respetar a los demás por pensar diferente. Porque si queremos que esto cambie, debemos empezar por nosotros mismos: nosotros somos el cambio. No le des la espalda a tu país, hoy te necesita; recuerda que mañana puede ser muy tarde.
Se admira a todos aquellos que defienden sus ideales y se repudia a los distintos actos vandálicos cometidos contra diferentes estructuras y comercios.
Hay días en los que no puedo más,
en los que realmente no puedo ni un poco más;
esos en los que necesito un pequeño gran descanso,
donde el tiempo fluye por mis heridas y las sana.
Pero hoy, justamente hoy,
es un día un tanto diferente, tanto enérgico
y muy agitado para mis gustos de otros días.
Hoy quiero volar,
volar realmente muy alto,
sin importar quienes estén por encima;
planear sin importar mi trayecto
y olvidar que alguna vez caminé.
Volar sin límites ni peros,
acariciar los cielos con mi figura,
y hacerles saber, con mi trayecto, que quiero alcanzar todas las nubes,
confesarles que el viento es mi amigo y el azul del cielo mi paraíso.
Quiero volar y exhortarle al horizonte que no descanse ni un segundo,
agradecerle por cada amanecer y pagarle por cada ocaso,
pero deseando que la luz del día llegue e ilumine mi infinito camino.
Quiero volar y susurrarles a las aves lo mucho que les quiero,
aun sin comprender su plumaje y su pico,
hacerlo a su lado, mientras ellas danzan alrededor de los algodones flotantes.
Quiero volar y no detenerme ni un segundo,
alcanzar grandes velocidades y dejar atrás mi pesado pasado;
abrir mis alas,
mostrar mi verdadero ser,
ser observado con admiración y grandeza,
pero con mucha humildad.
Quiero volar, y volar, y volar...,
alzar vuelo y dejar que el viento se lleve mis miedos,
mis angustias,
mis penas,
mi incomodidad ante las adversidades.
Quiero volar y no caer ni un centímetro,
no ceder ni un momento,
no rendirme ante el mal tiempo.
Quiero volar sin alas,
sin pensar en aterrizar,
con ganas de cumplir mis sueños,
con esfuerzos que trazan caminos,
con actitudes pudientes…
Hoy quiero volar,
ir realmente rápido,
romper la barrera de algún supuesto sonido,
brillar por los cielos para los que me ven desde lo lejos;
revolotear en cualquier rincón de allá arriba
y saludar a los que están allá abajo.
Hoy quiero volar junto a los míos,
quiero invitarles a abrir vuestras alas,
sin miedos;
a que floten como si fuesen parte del aire
y que pierdan temor alguno a las alturas.
Quiero volar sin tabúes,
sin pudor,
con sentido,
con amor a esto,
con cariño a la grandeza y simpleza de este arte.
Quiero volar porque me apetece,
porque caminar me agobia,
porque sí.
Quiero volar y no dejar de hacerlo,
ni dejar de pensar en ello:
navegar por un azul que no teme.
Deseo alzarme por esta bóveda celeste, sin ropa,
sin dirección ni destinos,
sin querer pecar pero estando lleno de pecados.
Quiero volar para ver a los míos,
aquellos que se fueron de repente,
sin decir adiós,
decirles que les quiero,
que pronto les volveré a ver,
que no los olvido a pesar de la distancia y el tiempo,
que son parte de mí;
decirles que hacen mucha falta, pero que este lugar es mucho mejor.
Quiero convertirme en un halcón,
desplazarme por ese territorio que muchos no pueden alcanzar.
Quiero convertirme en un canario,
llegar a alguna ventana y liberar mi bello canto.
Quiero convertirme en un carpintero,
picotear algún árbol y construir una pequeña casa para mi familia.
Quiero convertirme en un ave
y tener ese lujo de volar.
Con Un Lapicero y Una Libreta @jexeus - Tumblr Blog | Tumgag