Cómo crees que voy a escatimar los besos que te voy a dar, si la vida me lo permite, en un millón de cielos mi alma yo te podría dar.
チェ- Aly

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Cómo crees que voy a escatimar los besos que te voy a dar, si la vida me lo permite, en un millón de cielos mi alma yo te podría dar.
チェ- Aly
Quiero contarte algo - Capítulo 5
Capítulo 5 - Cuando fuimos jóvenes
La vida sigue
No, los días que le siguieron no fueron perfectos, fueron normales, la vida siguió y con ella yo también, es difícil de entender cómo puede ser que uno se sienta a morir cuando deja a la persona que le roba el aliento y aún así, la vida deba seguir, sientes que morirás porque tu corazón no quiere latir si no es cerca a ella o él, y aún así la vida debe seguir.
No fueron días, no fueron meses, fueron interminables 6 años los que transcurrieron sin poder volver a verla, y por increíble que parezca, yo pensé haberla olvidado, mis ojos ya veían otros ojos, el rostro pálido de mi niña azul lo cambié por unos del color rojo que tienen las mejillas de quienes viven en el frío de una montaña, ojos negros pero nada profundos, cabellos más claros y hasta rubios, que nada tenían que me recuerden al dorado que tiene la arena quemada por el sol, y entre esos años, entre tantos rostros, conocí a Alejandra.
Una niña linda, de un corazón tan bello, que aún pasados los años puedo contarla como cercana, sus ojos brillaban como el agua al orilla de la playa, un viernes con un cielo despejado, entraba ella en el salón, con su falda de jeans, sandalias color café y una blusa de vuelos blancos, tan bonita era que entre tanta gente destacaba, su cabello tan rizado y largo que al caminar parecía tener vida y ser feliz, ¡quien no lo estaría viviendo junto a ella! Me dije cuando la vi, -Alejandra mucho gusto- dijo al entrar al salón de clases, sentándose junto a mí me miró y preguntó de dónde provenía, -de la costa- respondí, ella sonrió y nos hicimos muy amigos, conversamos todo el día, todos los días. En esos años los niños no llevábamos celulares en los bolsillos, así que era a la antigua, llegando del colegio yo la llamaba, a escondidas para que mis padres no me regañen por la cuenta del teléfono, media hora hablábamos y ella llamaba después, y así la tarde se convertía en noche, y en la mañana nuevamente juntos, nos hablábamos.
Un día, cuando ella faltó por enfermedad, su mejor amiga me preguntó dijo -si tanto pasan juntos, y tan bien se llevan ¿porque mejor no son novios?- ¿porqué no? Dije yo, decidido a pedírselo, desesperando por hablarle pasé el día sin pensar en nada más que en ella, en como pedírselo, como me respondería, en que era lo que pasaría después, y el tiempo pasó, y el timbre sonó, y yo volé a casa para llamarle y contarle todo lo que había pasado; ella contestó y lo hizo con más ánimo del acostumbrado, ¿será que ella también lo siente? Me pregunté, ¿será que ella sabe lo que le preguntaré? Continuaba pensando, -tengo algo que quiero decirte- me dijo muy emocionada, -dímelo por favor- le rogué, el corazón se me quería salir, no sabía qué hacer, cuando su voz tan bonita me dijo, -soy la novia de José-.
¿Es necesario decir cuánto dolió? José era un extraño, un chico de unos años superiores al nuestro, hijo de la directora de aquel colegio, no era alguien con quien ría como conmigo, no conversaba con él como conmigo, no era ella con él, como lo era conmigo. Él era un extraño para ella, y ella era extraña para mí cuando estaba con él, o quizá ella era la misma, y mi tristeza era mayor a su encanto desbordante, en fin dolió y dolió mucho.
Pasaron meses y de a poco nos distanciamos, José no era por obvias razones uno amigo cercano, y yo no iba a mantenerme junto a alguien que me doliera, terminamos el año lectivo y dejamos de hablarnos, incluso de vernos. Llegadas las vacaciones recibí una llamada suya, debo admitir que la recibí con cierta emoción, esperaba que me diga que ya no existía José, que todo era como antes, que ella había vuelto; pero ¿cuándo tendré lo que yo quiero? Nunca al parecer, su llamada fue corta, bastante contundente, como ese golpe que le da la victoria a un boxeador, -me cambié de cole- comenzó diciendo - ya no nos volveremos a ver- sentenció, bastante orgulloso era yo para pedir más información, así que con una voz que no era la mía, con palabras que no eran mías, dije -suerte- y después de un corto e incomodo silencio ambos cerramos la llamada.
Pero las vacaciones no fueron tan tristes, antes de salir nos comunicaron que tendríamos un paseo de fin de año, y como es costumbre en tierras altas, el destino casi siempre es hacia la playa, y ?donde habrá una más bella que la mía? Ninguna lo es, no para mí. Viajamos juntos hacia mi ciudad soleada como ella sola, dorada como si el sol viviera en ella, para el curso una playa increíble, para mí lo increíble era volver.
El hotel donde nos hospedamos era muy grande, con esa elegancia y casi solemnidad que tienen los lugares antiguos, amplia era su entrada, caminar por ella significaba ser visto por todos desde lejos, las habitaciones rodeaban las piscinas, a mis amigos les encantaba esto ya que así podrían verse desde los balcones, mi habitación no, yo no estuve incluido en ningún grupo para compartir cuarto, ya que mis padres me inscribieron tarde como acostumbraban, mi habitación separada de todos mis amigos era pequeña, solitaria, casi una covacha, de las primeras que construyó el hotel según me dijeron, para muchos era fea, perfecta para mí, la vista daba hacia el mar, hermoso mar de mis desvelos, una escalera que bajaba hasta la playa y una puerta pequeña y sencilla pero que para mí era la entrada al paraíso.
Pase gran parte del tiempo contemplando el mar sentado a la puerta de mi habitación, mientras todos disfrutaban el bufete o la piscina, -cuanto te he extrañado- dije entre dientes casi suspirando, horas pasaron mientras el mar parecía inmóvil frente a mí, y yo correspondiendo sin mover un músculo, como queriendo grabar cada segundo, ya que no sabía cuándo podría volver.
Llegada la noche nos convocaron al gran salón para cenar, yo no tenía apuro, así q me tomé mi tiempo, mientras caminaba por los largos pasillos me di cuenta que habían alumnos de otros colegios hospedados con nosotros, lo cual no me importaba en realidad, era la playa de mis sueños y era todo lo que yo esperaba, terminando de cenar y ya con mucho sueño busqué el camino hacia mi habitación, caminando como quien no quiere llegar a ningún lado y viendo cómo quien no quiere ver nada la encontré frente a mí, eran sus ojos, tan oscuros como un abismo, profundos y enigmáticos, tan encantadores, irresistibles para mí, que volví a sentir el misterio que había en ellos, y su piel, ya no era blanca, pálida como la luz cuando la noche se estrella, era ahora dorada como la arena cuando el sol muere en el atardecer, sus labios morados cambiaron a un rojo tan fuerte que era imposible recordar otro color que no fuera el de sus labios, como el mismo sol los hubiera besado, y el frío ya no podía alcanzarla, el azul que veía en ella ya no estaba, ¿has visto la majestuosidad de un atardecer? ¿Te has detenido a contemplarlo? Como si antes de unirse al mar el sol brillara con toda su fuerza, incendiando el azul del cielo, convirtiendo las nubes en brasas, mostrándole al mundo que el más fuerte solo se rendirá ante su eterna dueña, la mar, en un segundo eterno, sublime, glorioso, un beso eterno, el atardecer; y después al morir el día, aunque puedas escucharle, al mar no lo verás como antes, por que su sol ya no está.
Ella entonces era el sol de ese día, mi mundo ardía al verla, solo parada ahí, ya no era una niña mi niña, la mujer que tenía frente a mi opacaba las luces, todas, incluyendo el sol, cuando decidí caminar a su encuentro, cuando decidí decirle que la extrañé como si fuera el primer día de mi vida sin ella, después de una vida juntos, de la nada, como esas casualidades que tiene la vida, y justo después de corresponder su espléndida sonrisa con un intento mediocre de una sonrisa decente por mi parte, alguien tomó su mano.
Quiero contarte algo - Capítulo 4
¿Y si no te vas?
Le juré que volvería.
Días después ya me había acostumbrado, el cielo gris no es tan feo una vez que lo aceptas, y si lo pienso detenidamente, hay cierto encanto en el frío de la ciudad, sus noches frías me impiden olvidar los atardeceres de mi bella ciudad costera, ya que aquí el sol se oculta detrás de la montaña, y majestuosa como lo es, está lejos de brindar si quiera un destello medianamente aceptable en el ocaso, y aún así, cuando ya todos duermen, desde mi ventana puedo ver cómo las nubes descienden y cubren toda la ciudad, los edificios desaparecen y las luces las iluminan, como emulando al mar ardiendo al atardecer.
Una mañana mientras desayunábamos mi padre preguntó, -¿quién va conmigo a la costa?- él no había terminado de formular su pregunta y yo ya la había respondido, me miró con cierta extrañeza, -vas conmigo entonces- dijo con una solemnidad impropia del momento, o al menos a mi me pareció así.
Cuánta emoción, la verdad hasta ese día varios lunes habían pasado ya, pero a mí la vida se me había quedado en pausa hasta que la volviera a ver, conté los minutos hasta q abordemos el bus que nos llevaría a mi siempre amada ciudad. ¿Te has dado cuenta que el tiempo es más lento, cuando más esperas algo? Es la mayor tortura para quien ama con locura, pero todo pasa y el tiempo también, después de todo un día de agonía la noche llegó, junto a mi padre abordamos el bus y yo no quería esperar más (como si pudiera) quería estar ahí, quería sentir el calor de mi tierra, ¡mi tierra! Nunca sentí ciudad alguna tan mía como para llamarla así, pero era mía.
Si el tiempo es cruel cuando esperas el sueño lo es más cuando lo anhelas, recuerdo estar sentado viendo al techo, rogando tener sueño y así no esperar tanto tiempo, pero me abandonó él, y pensé tanto en ella, la viví en todas las canciones que escuché, el desamor del que cantaban ellas me supo tan dulce, suspiraba por cada una de las canciones que escuché, yo quise cultivar un amor, yo fui un perfecto bandido, yo no supe cómo hacía el amor de la nada, yo viví a Cris en todas las canciones que escuché.
Mil canciones después el frío ya no era frío, el calor de mi corazón ya se sentía en el ambiente, la luna desaparecía del cielo mientras lo tornaba en azul, un azul tan oscuro, como ella, como mi bella, como la encantadora Cris de labios azules y ojos negros, cuando de repente un destello dorado se apoderó del horizonte, era una bienvenida gloriosa a mi hermosa ciudad, como si el cielo supiera lo que yo buscaba, o a quien, llegamos y el sol ya nadaba en el infinito azul del cielo, las gaviotas volaban en dirección a la playa, casi sugiriendo que las siga, yo preguntaba con insistencia a mi papa si volveríamos al colegio, pero él me dijo que no, que el destino era otro, que íbamos al malecón.
Un restaurante era el lugar de reunión de mi papá con sus antiguos jefes, mi corazón no podía más, no sabía si estar feliz o llorar, estaba tan cerca! Pero a los diez años quien puede andar solo por la ciudad? Al menos yo no podía, quisiera haber sido mayor y salir corriendo a buscarla.
El día seguía perfecto, casi puedo decir que me sonreía con la ternura con la que sonreímos al primer amor, y mientras el día solo se volvía mas perfecto mi esperanza se escapaba como una sombrilla arrastrada por la brisa del mar, fue así como llego la noche, cabe mencionarte que el viaje era de un solo día, y el mismo ya se agotaba, daban las 8 de la noche cuando rompí en llanto, sabía que no volvería, sabía que la única oportunidad que tenía se había perdido, entonces mi papá, quien nunca fue muy generoso, compro un helado de copa y me lo entregó, -ya no llores- dijo -siéntate en el malecón y mira el mar- agregó, pensé que no me conocía lo suficiente para saber que el mar me hipnotizaba, obediente como solía ser, fui a sentarme en el malecón, el helado permanecía intacto, ya que ¿a quién le apetece un helado mientras llora? O al menos intacto lo había dejado yo, cuando volteé a ver había una galleta menos ahí, y una gran cucharada faltaba, pronto mis aguados ojos se tornaron rojos de rabia, ya estaba lo suficientemente fastidiado como para que alguien toque el helado que yo no quería como para soportar semejante abuso.
-No puedes estar triste cuando tienes un helado, y si tiene dos galletas... la una se come al inicio y la otra al final- una dulce voz me dijo, mientras volteaba en todas las direcciones buscando al culpable, -pensé que estabas enfermo- continuó y yo seguía sin saber quien me hablaba, -yo te extrañé- dijo al aparecer frente a mí, mi corazón se detuvo y mis ojos brillaron tanto que pudieron haber iluminado esa noche como si fuera el mediodía, ¡era Cris, era ella! No acerté decir una palabra antes que ella me abrazara tan fuerte como si se aferrara a la vida, yo volaba, no sé cómo pero volaba, mis pies estaban en la arena pero mi corazón estaba tan lejos que el cielo ya no fue una referencia, al mismo tiempo palpitó tan fuerte que parecía querer salir de mi pecho para vivir en el suyo.
Por primera vez en todo el tiempo que la conocí, conversamos por mucho tiempo, reímos y nació mi fascinación por hacer reír a la gente, siento que revivo su sonrisa en la sonrisa de la gente que ríe por mí. El helado terminó y sólo quedó una galleta en la copa, -es tuya- me dijo viendo fijamente mis ojos, como ordenándome que la comiera, yo me resistí a su encanto aunque hasta hoy me sobrepasa; la tomé de su mano y la devolví a la copa, -¿qué haces? ¿ya sabes qué hacer? Mi prima me dijo que lo sabríamos cuando nos viéramos a los ojos- dijo mientras mis ojos se perdían en el abismo de los suyos, mi mente estaba en blanco, ¡besarla, debo besarla! Me dije mientras que aún temblando de la emoción al tenerla frente a mí, poco a poco me fui acercando, como el mar cuando la marea está cambiando, el momento no podía ser mas propicio, ella cerró sus ojos mientras y yo hice lo mismo, las olas en el fondo rugían como cantando con toda su fuerza el himno a la alegría, el viento soplaba de manera complice, casi empujándome hacia ella, las nubes se desvanecieron y todos los soles que habitaron el cielo esa noche se hicieron presentes, ellos querían ser testigos de ese momento, un momento al que no me atrevo a colocar un adjetivo para no serle infiel a la descripción del mismo.
Mis manos tomaron las suyas, y mi frente se juntó a la de ella, la punta de mi nariz rozaba la suya, por mi cuerpo las estrellas volaban de un lado a otro, tan cerca como pude, mis labios temblaban frente a los suyos, -¿y si no te vas?- me preguntó, y su aliento silenció al mundo, paralizó las olas, apagó las estrellas, dispersó hasta el último grano de arena de la playa, y ahí quedamos los dos, de pie ante la nada, porque nada más existía, era ella y era yo, y yo era suyo porque era ella, -me quedaré toda mi vida- le respondí y respiré profundo, tanto que no entró en mí ni un poco mas de aire, como si hubiera querido capturar su aliento con mi inspiración, con mi mejilla rocé la suya, y aún mi piel recuerda sentirla en mi, y ¿cómo no? ¡si es imposible olvidar la gloria! Ella besó mi frente y dijo: -llévame así contigo, y así siempre querrás volver- ¡Volver! Pero si yo no quería irme, quería ser una palmera y estar ahí por siempre, quería ser el mar y que ella sea mi sol, y que todos los días nos viéramos al atardecer.
¡Nos vamos Cris! Gritó su padre desde la entrada al restaurante, mi padre observaba desde la ventana muy triste, y mientras el padre de ella se acercaba, Cris estrechó mi mano tan fuerte, como si también quisiera estar conmigo para siempre, al soltarla salió corriendo en dirección a su padre, quien se acercó a mí, revolvió mi cabello y dijo: -ojalá y vuelvas, ojalá y sea a tiempo- y con una sonrisa dio media vuelta y se alejó, y con el se llevó a mi niña, -voy a volver- me juré a mi mismo, juré por su bello nombre que volvería y que sería a tiempo.
Esa misma noche emprendimos el viaje de regreso a la ciudad capital, ya no era fría, y no lo fue nunca más, la ciudad ardía, porque al sol me lo traje yo, porque el calor ardía en mí, y aun cuando lloviera, o aún si hielo caía del cielo, el día sería perfecto porque yo le juré, le juré que volvería.
Quiero contarte algo - Capítulo 3
Yo no envidio al Capitán.
El relato de una vida triste.
Ya pasados los años todavía viene a mi la misma pregunta, cuando hay un atardecer bonito, no perfecto, porque atardeceres perfectos solo existen en la ciudad donde la conocí, o cuando la noche se estrella, y el frío se hace presente, como deseando cambiar mi piel morena por un tono más pálido, junto a la luna y su luz, en esos días y también en esas noches, ¿pensó en mí? ¿quizo volver a verme? ¿desesperó por que el lunes llegara pronto?
El día después de aquel maravilloso, la vida amaneció extraña, como esa duda que nace tan minúscula, imperceptible, casi irrelevante, pero ahí estaba. Era un amanecer como cualquiera pero distinto como todos, el cielo tan azul como siempre lo fue, y entre las nubes las gaviotas graznaban de una forma extraña; la felicidad inherente en una ciudad como esa, que despierta siempre feliz por ser un paraíso ese día no estaba, mi madre y mi padre salieron a una reunión, a cargo de mi hermano vimos televisión hasta que se hizo de noche, no puedo describir el día, porque extrañamente no recuerdo nada más que eso, ya en medio de la oscuridad de la noche mis padres volvieron a casa y nos llamaron a la sala, lo extraño del día se había vuelto tan fuerte, tan denso que podías sentirlo en el aire, vamos donde sus abuelos nos dijeron, y aunque esta no fuera una noticia devastadora a mi no me terminaba de convencer, algo más estaba pasando, la sonrisa de mi padre ya no estaba, y a mi mamá nunca la vi tan triste, nunca como aquella vez.
¿Has visto dibujos de superhéroes? ¿has llegado a odiar a un villano por ser tan cruel, aun sabiendo que realmente no existe? Mi madre siempre ha sido una heroína para mi, siempre tan paciente, tan tranquila como el mar cuando la marea ha bajado, y tan fuerte y determinada como el mar cuando hay una tormenta, sus ojos siempre me han dado seguridad, sus palabras me han enseñado tanto que no recuerdo algo sin escuchar también su voz, pero como todo héroe mi madre también enfrento a su villano, una enfermedad de esas que no se sabrá jamás porque llegan pero ahí están, debilitando, consumiendo, desgastando, matando.
Era mi madre una mujer robusta, muy fuerte, en su juventud una atleta consumada, basquetbolista, zurda, una gloria de su colegio, siempre ágil siempre fuerte, una reina en pantalones cortos y zapatos croidon; pequeñita pero con un salto potente. Era difícil verla débil, como si su poder innato, sumado al súper poder que tienen madres se hubiera desvanecido en el aire, una noche fría en una cancha oscura, mientras jugábamos vi salir sangre de su nariz, sin acusar un golpe o siquiera un roce, su nariz sangraba.
El partido termino ahí, regresamos a casa de mis abuelos un sábado en la noche, un día después del mas maravilloso de los días, yo no recordaba a mi querida Cristina, ni su pálido brillo azul, ni su hipnótico cabello negro profundo, la mujer mas fuerte del planeta, la que yo amaba sangraba sin razón y yo no podía pensar en nada más, ella nos convenció de que todo estaría bien, que los médicos sabrían que hacer, mi madre nunca perdió una oportunidad para enseñarnos algo, ahí mientras limpiaba su nariz nos decía: - deben confiar en la gente, en su trabajo, en su capacidad - y eso hice desde entonces, como un juramento tácito que me obliga a confiar en que todos pueden hacer un gran trabajo, y q mi fe en las personas no podrá morir jamás.
Amaneció el domingo en la ciudad en que nací, que no es la misma de los atardeceres perfectos ni de las gaviotas alegres, ni donde vivía mi querida Cristina, y el sol ahí, siempre ha sido muy particular, no suele estar descubierto, ni arder con todo su fulgor, pero calienta, si que lo hace y quienes nacimos ahí llevamos su fuerza en la piel, un bronce que parece oro, una alegría que parece infinita y una energía que contagia a quien se nos junte. Sin embargo no había mucha energía, ni mucha alegría, el calor era el acostumbrado, y ante él mi mamá nuevamente comenzó a sangrar, pero esta vez también a debilitarse, íbamos de camino al médico cuando se desmayó, podrías imaginar el terror que sentí? Quería que se levante pronto, que sonría y me diga que todo estaba bien, pero no así como esas cosas que uno desea, esto tampoco pasó. Horas más tarde en una sala de espera tan aburrida como una clase de matemáticas en la última hora de un viernes, recibimos la noticia triste, -cancer- dijo el doctor sin mucho más que agregar, -que podemos hacer?- pregunto mi padre con un tinte de esperanza muy pequeño en su voz, -claro que la hay, deben mudarse lo más pronto posible a un clima más frío que este- esa fue la sentencia y todos, si dudarlo ni un solo segundo supimos que ese era el adiós a la vida al nivel del mar.
Llegamos a nuestra casa en la playa, el atardecer no era perfecto, pero era esperanzador, si hubiera sabido que no lo vería más, me habría tomado unos segundos más para contemplarlo, como despidiéndome de él, empacado todo lo q alcanzábamos a llevar fuimos rumbo a la capital, un lugar frío y muy alto, extraño y silencioso, pero si mi madre ahí vivía, si ella ahí vivía, esa sería la capital de mi mundo. Por cierto ya era lunes, y en el cielo el azul estaba más bien gris, las gaviotas aquí no volaron jamás y su canto ahora solo es un bonito recuerdo que lucho por no olvidar, hacia tanto frío que mis labios no podían sonreír, y al parecer era lo mismo con todos los que aquí vivían, tan grises, tan fríos, pero todo era valido, si mi mamá tenía opciones para enfrentar a su villano.
Hay una película, en la que un capitán consigue una cita con el amor de su vida, pero no puede presentarse, y años después ya es demasiado tarde, yo no envidio al capitán porque yo sé lo que se siente; pasaron muchos años ya, y aún el lunes no ha llegado.
Quiero contarte algo - Capítulo 2
Los hermanos mayores saben de esas cosas.
Sí, le gustas.
Más sabe el diablo, por viejo que por diablo, dicen, ¿será verdad?, mi hermano no era de esos, él siempre con la mente en la cancha, encestando todo lo que tenía en la mano, jugando entre los grandes (los adultos), y destacando entre todos ellos. Pero, de otras cosas sabía muy poco, y para qué saber si me tenia a mí, que desde niño fui más de libros que deportes, más de bloques que balones, yo siempre estuve ahí para aclarar sus dudas, y él para ganar los premios en sus juegos para que me sienta orgulloso.
Una noche, ya estando ambos en cama, recuerdo preguntar, ¿estás dormido?, y el me contestó que no, entonces continué, ¿se vale tener una mejor amiga?, ¿una niña, por qué? Dijo él, no lo sé, sólo quiero pasar más tiempo con ella, conversar y ser amigos, dije, creo que sí, no veo cuál sería el problema, me dijo, y pregunté ¿y qué le digo a una niña?
Ella no es como alguien más, su risa es la mas bonita, tanto que me hace sentir feliz, su mirada tiene algo extraño, ya que si tengo suerte y me alcanza, siento que me voy al piso aún sabiendo que sigo de pie, tiene ese tono azul cuando hace frío, que me hace querer que azul sea mi ropa, su cabello es tan negro, como el cielo cuando se hace de noche, ¡ella no es normal! o yo dejo de serlo si ella está cerca, y su voz… ¿haz pensado en la canción más bonita del mundo? ¿quién la compuso? ¿qué dirá la letra? ¿seré feliz? ¿me hará llorar? Así imagino que será su voz, digo, si a penas a lo lejos la he escuchado reír, ¿qué le digo a una niña así?
Esperé e insistí en mi pregunta, él no contestó, se había dormido, y yo, abandonado por el sueño, ensayaba en mi cabeza, que decir, cómo hacerlo, pero nada funcionaba, ella me veía y yo me helaba.
Pasados los días, jugando con mis amigos, uno de ellos, Samuel, soltó esa pregunta de rigor, las de aquellos días en los que el mundo comienza a cambiar para los niños. ¿a ti quien te gusta? dijo el cambiando de tema abruptamente, ¿gustar? Pregunté yo bastante confundido, si gustar, ¡a todos los niños les debe gustar una niña! Dijo, con la convicción de alguien que sabe lo que dice, y yo seguía sin entender, ¿gustarme su letra? ¿gustarme su ropa? ¿gustarme sus libros? ¿su nombre?, ¡no! Gritó llevándose las manos a la cabeza, gustarte estar con ella, hablar con ella, pasar tiempo más con ella que cualquiera, ¡Oh ya entiendo! Dije yo, sonreí, algo extraño me pasaba, mi corazón estaba acelerado, mis manos sudando y mi rostro rojo como un atardecer, por alguna extraña razón no dejaba de sonreír cuando dije con mucha alegría, ¡Cristina!
-¿Mi prima?- preguntó con una expresión en su rostro tan marcada que sólo así logro recordarlo, -así es, Cristina- dije yo, -¿por qué ella?- Volvió a preguntarme con mayor admiración esta vez, yo le dije que no lo sabía, y la verdad, hasta hoy no logro saber por qué.
En la ciudad de los atardeceres perfectos, las mujeres desde niñas, llevan la piel dorada por el sol, casi compitiendo con la arena, su cabello suele tornarse amarillo con el tiempo, como si el cielo quisiera que brillen también en el día las estrellas, pero no, Cristina no era así, cabello tan negro como la noche, y su piel tan pálida como el azul de luz de luna.
Era distinta, era perfecta, no esperaba que entendieran mis razones, porque así era el único que podía de esa manera verla, ya era mía y yo de ella, sin escucharla, sin hablarle, sin tocarla, sin besarle, era suyo porque era ella.
Samuel y yo nos despedimos esa tarde, jurando silencio por lo que ahí tratamos, pero ya sabes como es la escuela, y que como el viento los secretos vuelan, llegó el día viernes y, a la hora acostumbrada, el colegio estaba vacío, yo esperaba como todos los días la salida de mi padre, cuando escuché la más dulce voz que pudiera tener una niña, ¡sí! Era como esa hermosa melodía, se estaba escribiendo mi canción favorita, era la voz de Cristina.
¡Hola! me dijo muy segura, ¿cómo has estado? Siempre te veo jugando sólo, y ya que aparte de nosotros aquí no hay nadie, ¿por qué no jugamos juntos y así esperamos? Yo seguía sin responder, no tenía palabras para hacerlo, asentí muchas veces con la cabeza, y ella continuó, tú eres muy amigo de mi primo, y a él le gusta María, ¿te lo ha dicho? Volví a asentir, ¿y a ti? ¿te gusta alguna niña del colegio? Me preguntó mientras su hermoso azul, ese que yo tanto amaba, se perdía en su rostro, y se pintaba de un bonito rojo, sobre todo en sus mejillas.
Yo no sé como expresarme cuando estoy nervioso, sólo acostumbro a decir lo que pienso y así es como sale, ¡tú! Le dije temblando, quería correr, tan lejos como mis piernas resistieran, y a la vez quedarme ahí por siempre, ser una estatua y hacer eterno el momento de mi declaración, sus hermosos y profundos ojos negros me miraron fijamente, y con voz entrecortada y casi en decrescendo, dijo: a mi me gustas tú.
Estoy soñando, dije yo, mientras mi corazón no dejaba de acelerar, no entendía mucho en el momento así que pregunté, ¿y ahora qué? (me encantaría decir que sellamos el momento con un dulce beso, de esos que llevan inocencia como el mar lleva sal) ella, manteniendo su mirada en mí, dijo: yo no sé, pero puedo preguntarle a mi prima la mayor, (y es que ella sabía mucho de novios y relaciones) cuando ella me diga qué hacer, yo te lo diré a ti, asentí nuevamente y ella se fue alejando poco a poco del salón en donde estábamos, y me dijo muy dulcemente: hasta el lunes.
Y yo desde ese momento convertí, oficialmente el lunes en mi día favorito de la semana, salí del colegio esperando y desesperando, deseando que ese día maravilloso llegue ya.
Los hermanos mayores saben de esas cosas, y si no las inventarían, como si por un tácito acuerdo mundial entre hermanos mayores, hubieran decidido designarnos como sujetos de prueba para todo aquello de lo que no tengan certeza, y en ese contexto me encontraba yo, dependiendo del sabio e inequívoco consejo de una adolescente que seguramente estaba tan perdida como yo.
Llegando a casa esa noche, estrellada como ninguna, como intentando un homenaje a la niña por la que me desvelaba, mi madre, como recientemente era costumbre, solicitó privacidad para así conversar a solas con mi padre, ambos inquietos, preocupados, tristes, incluso estresados. Los dejé conversar, y lo hicieron durante horas, no comieron ni durmieron, mientras en otra habitación, yo no me preocupaba mucho por eso, tenia mi mente en otra galaxia, volaba tan lejos como los suspiros me impulsaban, recuerdo haber soñado despierto cuantos escenarios me permitió mi imaginación. ¡Yo quería volverla a ver! Era todo lo que deseaba, yo quise que ese día en el colegio fuera eterno.
Quiero contarte algo - Capítulo 1
No fue al atardecer, ni llovía ni hubo estrellas esa noche.
El día en que la conocí
Pues no, el día que la conocí, no hubo nada de eso, ni el sol pintó el cielo de rojo antes de su acostumbrada desaparición en el horizonte, ni la lluvia calmó el ardor de la tierra costera, ni las estrellas plagaron el cielo, como si rechazaran la irresistible invitación de las olas que mueren en la playa, fue mas bien una tarde muy normal, en un lugar bastante céntrico de la ciudad, darían las 4 de la tarde quizá.
Recuerdo estar sentado junto a mi padre en un bus, yendo camino a un colegio que no conocía, a reunirnos con una persona que no conocía. Cabe decir que para aquellos días, a mis escasos 9 años, ya estaba bastante acostumbrado a ser el nuevo.
Era el nuevo en cada colegio en el que tuve que estudiar, el nuevo en cada ciudad en la que tuve que vivir, sí, yo fui el nuevo siempre.
Mis padres eran comerciantes, y cambiaban, por su trabajo, de ciudad cada cierto tiempo, en uno de esos viajes, de los que en secreto siempre renegué, llegamos a una ciudad, tan bonita como un mueble viejo, de esos a los que se les agarra cariño por el simple hecho de haber estado ahí por siempre, como si no hubieran sido nuevos jamás.
Los días ahí parecían eternos, como si el sol no quisiera ocultarse nunca, y las noches, cálidas como abrazos de alguien que no quiere que te vayas, ¡ah! Y allí el calor nunca sofocó a nadie hasta hoy, porque como si fuera poco, este paraíso tenía vista al mar.
En este hermoso escenario estábamos mi padre y yo, llegando a ese bendito colegio, hermoso como sólo éste lo ha sido, o quizá no, pero por lo que viví en sus pasillos, no hubo uno mas bello para mí.
Como suelen decir ellos: “los adultos deben hablar” me dijeron esa vez, y sentado yo afuera, como un inocente niño (el cual era en aquel entonces) esperé por un par de horas, viendo la cancha que tenía frente a mí, imaginando que mi hermano jugaba en ella, yo no, yo era bastante malo como para soñar entrar en ella.Recorrí con la vista todo el colegio, sin moverme de mi asiento, y lo que veía me gustaba mucho, estaba vacío pero sentía que me hablaba, me invitaba a quedarme en él, y yo asentía con la cabeza, mientras mis ojos alcanzaban a ver a mi padre salir de la oficina principal, con una gran sonrisa (eso era importante para mí, ya que siempre fue de los que no sonreía mucho), y ahí, estrechando la mano de la directora, se despidió comprometiéndose a llegar temprano el día después de ese.
¿será mi colegio? Le pregunté, “el nuestro”, fue lo que me dijo, no quise arruinar el momento preguntando algo más, solo sonreí y lo hice mucho más, era el colegio más bonito, y más bonita la sonrisa de mi papá.
De ahí en adelante, mi padre en lo suyo, trabajando en su oficina, ahí mismo en mi colegio, yo en lo mío, estudiando y disfrutando, por primera vez feliz de ser el nuevo, por primera vez no tenía miedo, me urgía conocer a todos, estaba feliz por usar el uniforme que ellos usaban, el uniforme que llevaba en él, la sonrisa de mi padre como escudo.
En la tarde, cuando todos se iban a sus casas, yo debía esperar a mi padre, quien salía horas después, visitando aula tras aula, soñando despierto con el día en el que las tenga que ocupar, cuando pase de cursos, cuando me gradúe, cuando esté en el cuadro de honor.
Y no, en ese hermoso día, ni el sol pintó el cielo de rojo antes de su acostumbrada desaparición en el horizonte, ni la lluvia calmó el ardor de la tierra costera en temporada, ni las estrellas plagaron el cielo, como si rechazaran la irresistible invitación de las olas que mueren en la playa, fue mas era una tarde muy normal, en un lugar bastante céntrico de la ciudad, darían las 4 de la tarde quizá, cuando la ví, eran sus ojos, tan oscuros como un abismo, profundos y enigmáticos, tan encantadores, irresistibles para mí, que siempre amé el misterio que había en ellos, y su piel, ni hablar, no era morena, tampoco era dorada como en la playa la arena, era blanca, tan pálida como la luz cuando la noche se estrella, sus labios morados, como si la muerte los hubiera besado, y cuando el frío la alcanzaba, algo azul se veía ella y me hipnotizaba.
No atiné a decir todo lo que pude haber dicho, ya sabes, como cuando al pasar los días piensas que pudiste decir o hacer algo más, como cuando quisieras volver para hacer de un momento perfecto, algo mejor, ¡si claro, como si eso fuera posible!. Mi boca tan solo pudo decir: ¿tú quién eres?, sí, quisiera haber dicho algo mejor, pero no pude, “Cristina” dijo ella, mientras salió corriendo del aula donde jugaba sola, hacia la oficina de su mamá, la dueña del colegio.
¡Es tan bonita la vida cuando tienes esa edad! ¿no crees? Digo, ella, la hija menor de la dueña del colegio que yo amaba, y bueno yo, yo era el hijo menor del administrador del colegio, ¿que más podía pedir? ¡Yo iba a crecer junto a ella! Tenía la colegiatura entera para conquistarla, para saber qué significaba eso, y después averiguar cómo hacerlo.
Y, como si todo esto fuera poco, al día siguiente, llegando al aula listo para recibir mis clases, volví a verla, tan bella y tan azul como lo fue todos los días, y yo no lo creía, como si lo siguiera soñando, ¡también era mi compañera de aula!.
Me conoces, suelo hablar mucho, y así lo fui siempre, pero Cristina, ella no era como yo, era de esas niñas tan misteriosas como la luna, y no solo por su palidez, ¿qué pasaba con ella cuando no la podía ver? ¿dónde iba cuando mis ojos no veían más su luz? Su voz casi no podía escucharla, a veces, parecía que le huía a mis oídos que la esperaban, como si de mi canción favorita se tratase, no me hablaba nunca, huía de mí, yo no lograba entender el por qué.
Ella transformó mis días, su luz azul oscurecía el sol durante las mañanas, el calor de su sonrisa encendía el mediodía, y el color rojo de sus mejillas, cada vez que me sorprendía contemplándola, encendían el cielo como si del más bello atardecer se tratase, el reloj paraba cuando se despedía, y al saludarla en la mañana, ahí comenzaba el día, para mí la noche, era verla correr, y su cabello ondeando en el viento, negro, tan negro como esas noches en las que el sueño te abandona para permitirte pensar en quien tu corazón más quiera.
Ya quisiera yo decirte, que fue mágico el día aquel, que la lluvia nos acompañó, o que el cielo nos brindó un espectáculo, pero no, fue una tarde cualquiera, fue un día normal, fue el día mas bello, el día en que sonreí por primera vez al verla.
Solo quería contarte algo.
Antes de comenzar… solo quería contarte algo, o mejor preguntarte algo, ¿tuviste un sueño de esos…? Sí, de esos que son tan dulces que preferirías seguir dormido, o de esos que casi no recuerdas lo que viste en ellos, y aun así sabes que si de ti dependiera, lo repetirías como si de tu película favorita se tratara. Ahí cuando estas cerca de conseguir ese campeonato mundial, o ahí en donde puedes abrazar una vez más a esa persona que tanto extrañas y no volverás a ver jamas, o ese, ¡oh ese! Donde te enamoras sin saber nunca su nombre, y al despertar no recuerdas ni su rostro, pero tu corazón aun esta acelerado por haber visto a los ojos a quien quería.
Alguna vez tuve uno de esos, y no sé cómo, ni sé por qué, pero de él, solo me queda en la memoria algo imposible de borrar, nunca recordaré qué pasó, nunca recordaré el lugar al que mi mente me llevó en aquel entonces, pero sí que recuerdo aquella hermosa aparición, esa que vi tan claramente, aun con mis ojos cerrados, ¡y cómo no! Si era bella, sí que lo era.
Eran sus ojos, tan oscuros como un abismo, profundos y enigmáticos, tan encantadores, irresistibles para mí, que siempre amé el misterio que había en ellos, y su piel, ni hablar, no era morena, tampoco era dorada como en la playa la arena, era blanca, tan pálida como la luz cuando la noche se estrella, sus labios morados, como si la muerte los hubiera besado, y cuando el frío la alcanzaba, algo azul se veía ella y me hipnotizaba.
Pero como a todos nos pasa, tuve que despertar, y te juro que intente encontrarla nuevamente en sueños, claro, y aunque no lo logré nunca, por lo menos la imaginaba, y así fue como el sueño concilié, durante toda, sí toda mi infancia. Esto amiga mía, es algo que quise contarte, a ver si después de esto aún quieres saber un poco más de mi historia, que quizá sea parecida a muchas otras, o quizá te resulten sólo conclusiones obvias, en fin, antes de comenzar… sólo quería contarte algo.
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Marvel’s Daredevil, “Cut Man”
The Marvel Cinematic Universe has featured some outstanding action sequences, but nothing on the big screen has had the character-driven intensity of the single-take hallway fight at the end of Daredevil’s second episode. Featuring 105 different action beats that unfold over the course of three brutal minutes, the fight is the high point of the entire series, captivating with meticulously choreographed violence that informs the deeper personality traits of the central hero. Showing everything in one take accentuates Matt Murdock’s increasing exhaustion as he takes more and more damage from the onslaught of Russian attackers, which spotlights the perseverance and endurance Murdock inherited from his late father. That father-son relationship is at the core of those first two episodes (which would make a damn good origin film), and Matt’s hallway fight strengthens that familial bond with a breathtaking action sequence.
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Dare Devil a succesfull serie.
Dejar de hacer publicidad para ahorrar dinero, es como parar un reloj para ahorrar tiempo
Henry Ford
Jajaja hágame usted el favor!!! Y cierre cuando se vaya :)
Your broda jajajaja
#JP9