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Tito
‘’Bitácora del Capitan Cook” -Haciendo las valijas otra vez-
Y hay muchos tipos de heridas:
las Iré pasando
Capitan Cook - Capítulo 1 ''Un corazón no se endurece porque sí''
Bitácora del capitán cook
vivir crudo, el camino del samurai... serán vestigios en este espacio de mi humanidad. sin ese diablo que mea en todas partes y en ningún lado hace espuma!
Medicina y Anarquismo
El sistema social basado en la existencia del Estado nos plantea siempre la disyuntiva entre lo público y lo privado, refiriendo lo público a la intervención estatal en todo cuanto concierne a la organización social de servicios para satisfacer las necesidades de la población: alimentación, energía, educación, salud, etc…
No pocas veces los anarquistas hemos adoptado una defensa de lo público como POSIBLE garantía del acceso igualitario de la población a los servicios. La opción de defensa de lo público implica la petición de intervención estatal con lo cual contradictoriamente terminamos avalando la existencia del Estado. Pedimos al Estado que mejore los servicios públicos aunque bien podríamos arreglárnosla sin este poder centralizado.
Lejos de ser garante de igualdad el Estado promueve la desigualdad por su misma esencia, sin entrar en el detalle de la libertad de elegir.
La salud como bien social, centrada en la soberanía personal solo puede ser desarrollada a partir de la solidaridad comunitaria, autogestionadamente. La salud como bien de mercado, ya sea pública o privada, esta al servicio del sistema de explotación.
Se acepta una sola forma de hacer medicina avalada por el negocio de la ciencia y los laboratorios y certificada por el Estado. Es la medicina del modelo médico hegemónico, donde la prevención si tiene lugar no es para beneficio de la sociedad, sino que, sostenida en la epidemiología se convierte en herramienta de control social. Las instituciones todas concurren en la efectivización de los objetivos de sanitarización y control de la mano de obra actual o proyectiva.
En los centros barriales de salud no se entrega la caja de alimentos o leche a las madres que no aceptan vacunar a sus hijos…
En las escuelas obligan también a la vacunación (colocación en el mercado de productos de laboratorio cuestionables desde otros enfoques de salud), aunque no haya riesgo de epidemia ni déficit inmunológico.
Por otra parte si se detecta déficit inmunológico producto de la desnutrición o de los productos insalubres que pone en el mercado la industria “alimentaria”, además de no resolverse la causa del problema se la encubre como se encubren las muertes por desnutrición o por enfermedades producidas por el “progreso”.
En este contexto la salud no es ni más ni menos que manipulación de cuerpos y mentes al servicio de la eficacia productiva. Los sectores sociales más afectados suelen depender de los planes asistenciales y no tener más opción que la salud pública, con lo cual quedan doblemente sometidos a las “pruebas de laboratorio” y negociados entre la industria farmacéutica y el Estado.
Encubierto en el acceso a la salud pública se vulneran sus derechos a la autonomía y soberanía sobre sus cuerpos/mentes y los de sus hijos. Las políticas sanitaristas públicas sujetan a la población esclava del modelo médico hegemónico en beneficio de mantener la mano de obra en condiciones medianamente productivas.
El saber médico hace sobre los demás, sin consultar, exige obediencia e infantiliza, dando sentido al término paciente en tanto sujeto pasivo frente al poder/saber del profesional. Al paciente se lo subestima y objetaliza quitándole todo margen de decisión. Lejos se esta del diálogo de saberes diversos, del respeto por las heterodoxias, del reconocimiento de la alteridad en las cosmovisiones múltiples que nos atraviesan, ya sea silenciadamente o como otro producto de mercado maquilladas en “terapias alternativas”. Al aspirante a médico se lo forma en la omnipotente creencia de tener que dar respuesta a TODO y en la soberbia de suponerse poseedor/a del saber frente al paciente. Asimetría que se reproduce en todos los ámbitos e instituciones replicas del verticalismo del Estado.
Pero es un engaño, no hay respuesta para todo, la mayoría de las respuestas las tiene el propio consultante y se le descalifica o no se permite la conexión necesaria consigo mismo/a. Permitirse dudar, estar y pensar junto al otro/a, en un vinculo de horizontalidad y respeto mutuo, donde se crea algún saber posible, no es algo que se considere pertinente en el campo de la medicina oficial.
Revisar paradigmas sociales, el discurso que nos habita, es un acto de desobediencia vital y de urgencia para la supervivencia. Sin temor a equivocarnos, embarquémonos en el ejercicio de pensar por nosotros mismos, sin miedo al ridículo, ni a la duda, perdiendo para siempre la ilusión de la certeza que en lugar de sanar enceguece. La servidumbre del esclavo compromete no solo su propia libertad sino la de sus hijos.
La medicina se esta ocupando de encubrir las injusticias sociales, disfrazar de patología y acallar con medicamentos, las estadísticas epidemiológicas tapan el hambre y el abandono.
No es saludable todo aquello que no se atenga a la norma, al orden establecido; taxonomías, nosologías y diagnósticos aceleradamente crecen y mutan a la par de los desastres socio ambiéntales provocados por políticas depredatorias. También, en su sesgo “positivo” se multiplican y “actualizan” a medida que los laboratorios quieren colocar en el mercado nuevos fármacos
Publicado en Parrhesia. Año II Nº4, Bahía Blanca, marzo de 2009.
un trago para arrancar, y otro para mi
En el frontspicio del campo de exterminio de Auschwitz se hallaba inscrito “arbeit macht frei” (“El trabajo hace libre”). Como ha sido visto, quienes ingresaban ahí no lo hacían como “mano de obra barata” sino, peor aún, como aquellos a los que el régimen nazi consideraba “parásitos”, aquellos que no solamente sobran, sino que jamás debían haber existido. Los prisioneros de dicho campo no eran reconocidos jurídica ni moralmente como personas sino como una vida puramente “desnuda” o “biológica” que solo debía obedecer tranquilamente para ser llevados a su completa aniquilación. Como recalcó en su momento Hannah Arendt, la maquinaria nazi no consistía sino en un dispositivo burocrático que concebía el exterminio fundamentalmente como un “procedimiento”, una operación ejecutada con fineza por las SS, los funcionarios públicos más eficaces del régimen.
Pero ¿qué está en el fondo de la afirmación inscrita en el frontspicio del campo? Ante todo, la idea sacrificial de origen protestante de que el trabajo puede liberar a los hombres de las cadenas. Pero, a diferencia de las nociones protestantes, para las que el trabajo implicaba un mecanismo de salvación, en Auschwitz se trata de llevar el trabajo hasta su límite: la muerte. “Trabajar” resulta, en este caso, conducirse hacia la muerte, trabajar hasta la muerte si se quiere, en un contexto en que ya no puede haber salvación, tal como subrayó Walter Benjamin cuando diagnosticaba que el capitalismo no era otra cosa que una “religión”. Y una “religión” que carecía de toda forma de “redención” pues toda su apuesta consiste en la producción incondicionada de “culpa/deuda” (en alemán la palabra “schuld” lleva consigo los dos sentidos).
Que la frase inscrita en el umbral de Auschwitz resuene en nuestros días no puede ser casual. Sobre todo, si podemos establecer una cierta continuidad genealógica entre el nazismo y la emergencia del neoliberalismo donde el trabajo ya no es concebido como una opción dentro de otras, sino como una realidad propiamente antropológica y total en la que la humanidad misma del hombre es concebida a partir del paradigma de la “empresa” gracias a la noción de “capital humano”.
Si los nazis proyectaron un totalitarismo político-estatal, los neoliberales lo desplazan por un totalitarismo económico-gestional, en donde la economía subsume todo resto de la existencia hasta constituir un mundo sin afuera, sin exterior alguno. Y si en los nazis el discurso de la “raza” reducía la existencia humana a su vida desnuda, en el discurso neoliberal la vida desnuda es elevada a antropología y los seres humanos no pueden sino condenarse a trabajar indefinidamente, hasta la muerte (“san treve et sans merci”- recalcaba Benjamin).
Un ejemplo de ello son las palabras que acabamos de escuchar de la presidenta de las AFPs señora Alejandra Cox quien nos invita alegremente, optimistamente, a partir de un cálculo de la vida biológica de los ciudadanos, a trabajar hasta la muerte, tal y como lo habría hecho Nicanor Parra a sus 103 años.
No solo resulta curioso que el trabajo poético pueda ser asimilado sin más a la optimización del trabajo capitalista, sino que, además, su opinión expone a la luz del día el secreto necropolítico y último que anuda a nuestras AFPs con la horrorosa historia de Auschwitz: en ambos se trata de trabajar hasta morir, de no dejar que funcionar sino hasta la muerte: “arbeit macht frei”. El término “libertad” (frei) que para los neoliberales resulta tan decisivo muestra su dimensión completamente tanática: ser libre significa “trabajar” es decir, aplicar sobre sí un dispositivo sacrificial infinitamente, para siempre puesto que no somos más que “capital humano” y, por tanto, gestión de nosotros mismos en cuanto empresas, cada vez, y para siempre. Condenados al capitalismo y a su desposesión infinita, la antropologización total del capital y sus lógicas de optimización se consuma en la forma del “emprendimiento”.
“El trabajo hace libre” –podremos decir- es una afirmación que introduce la idea de libertad económica como el arbitrio mismo del capital, pero no nos abre a una experiencia de felicidad, sino de goce, es decir, nos impide habitar el mundo y nos compensa con el consumo. Ello porque el capital no admite detención, sino continuum. Es justamente eso lo que aquí está en juego: solo la vida detiene, interrumpe, pausa el encadenamiento mítico e infinito con el que funciona el capital.
Pero, si la jubilación era el mecanismo por el cual una vida dentro de la escena capitalista clásica aún podía aspirar a su recompensa después de años de esfuerzo y miserias pues el capitalismo secularizaba la “salvación” del alma en la forma de la “jubilación”, en el capitalismo contemporáneo, que ha transformado completamente la moneda en deuda, no puede haber “salvación” posible sino solo encadenamiento mítico e infinito del capital. El discurso de Cox es, por cierto, el discurso del capital que no quiere cesar sus funciones de acumulación y pretende condenar así, a los cuerpos a trabajar hasta la muerte. No necesitamos más campos de exterminio como el de Auschwitz, basta una AFPs para privar a los pueblos de una vida feliz y de condenarles a una muerte segura. No hay salvación pues ésta ha terminado por coincidir enteramente con la muerte. Así, Auschwitz reverbera genealógicamente como el paradigma que sigue estando presente en la “normalidad” tanática del neoliberalismo. Una realidad donde se multiplican nuevas formas de fascismos (sea en la forma de líderes autoritarios o dispositivos de seguridad extendidos a la vida capilar) y donde funcionarios del capital, los nuevos policías del cuerpo, nuevamente nos privan del vivir.
Rodrigo Karmy-Bolton Director del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile
I ❤️ Teletrabajo
apaguemos la luces y toquemonos un ratito
Sipo, todo el rato bb
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Ojalá