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Aqua Utopia|海の底で記憶を紡ぐ
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Origami Around
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@juandaless
La presentación de COSO revista fue un éxito. Nos divertimos y celebramos que se puede trabajar con calidad desde los márgenes. Gracias a los lectores sensuales que reventaron los patios del Centro Cultural España Córdoba; a los artistas que dibujaron para la presentación, a los autores que leyeron sus relatos, a los músicos, a los bares que aportaron el escabio, esto es una construcción colectiva. Gracias, gracias, gracias.
La tremenda cobertura fotográfica es del pescador Agustín Medrano.
Coso salió en el suplemento Número Cero de La Voz
Gracias, Juan Manuel Pairone.
revista independiente de cultura
Ante la idea arisca o el objeto sin nombre surge una palabra camaleónica que usamos por necesidad. —Pasame el coso ese. Es un término defectuoso, incompleto, siempre mutante. —El coso, el cosito que está ahí. Es el reverso de lo absoluto, la desaparición del dogma. Una palabra que desarticula la solemnidad. —¡Pasame la mierda esa! Hacemos una revista de cultura sin poses ni etiquetas. No somos intelectuales. Decimos COSO porque tenemos la necesidad de decir.
www.coso.com.ar
Tenemos que hablar de instinto
«Petty no había dicho: ‘Usted contó la historia de personas comunes’. Petty se había tomado el trabajo de decir: ‘Usted contó la historia de nosotros, los comunes’. Nosotros, los comunes. Soy altamente sensible a esas cosas: cuando alguien elige, del arcón de frases posibles, no la que tiene más a mano sino la más eficaz, y trata, con eso, de transmitir una potencia, algo dentro de mí repica y se despierta». —Leila Guerriero.
Los árboles y la ciudad
Adiós, Bastenier
No sé si en otros oficios los maestros son tan necesarios, tan fundamentales como en el periodismo. Los periodistas nos pasamos la vida buscando a un Yoda. Con suerte, uno de esos viejos que solían estar en las redacciones te marcaba los errores de ortografía y los títulos opacos que no reflejan la noticia. Pero a veces había que buscar a un guía en talleres y seminarios, fuera de la vorágine, donde es más fácil tener suerte.
Gracias a la FNPI —y al diario, que me pagó el sueldo mientras yo pasaba un mes en Cartagena— pude conocer al mítico Miguel Ángel Bastenier, junto a un grupo de periodistas de toda América, todos tan novatos como yo.
Nos demolió. Rompió en pedazos las notas que le mostramos, nos acusó de escribir impostados, de reportear mal, de pensar peor. Queríamos hacer crónicas y nos puso a escribir breves que masacró en voz alta durante una semana entera. Fuimos intimados a salir a la calle y volver con historias decentes, o no volver. Todavía guardo las entrevistas que hice a un sicario reconvertido, a un ex combatiente de las Autodefensas, a un guardaespaldas. Teníamos que escribir de noche para llegar a los deadlines enloquecidos que imponía. ¡Si estuvimos en el puto Caribe un mes y fuimos la playa sólo tres veces!
Años después necesité una carta de recomendación para postular a una beca y se la pedí a él. Con un párrafo está bien, le dije. Me la envió al día siguiente: había escrito una carilla entera con ese manejo soberbio del castellano que era su firma y su orgullo. No voy a reproducir las mentiras que escribió sobre mí porque me da vergüenza, pero si alguna vez me gana el pesimismo, me alcanza con leer ese papel y creer que todo lo que dice es cierto.
Hicimos el taller de Baste en 2010. Pasaron muchas cosas después, me fui del diario. Algunas veces me digo que hice bien en alejarme de las redacciones, pero no hoy. Hoy me gustaría estar en una redacción para pedir un espacio y escribir sobre Bastenier.
Somos un montón los periodistas que vamos a brindar en tu honor esta noche, viejo, en España y en América Latina. Que marche otro Cuba libre en la terraza. Nos mejoraste, nos dejaste recuerdos y amigos en todas partes. Sabías que estábamos agradecidos, te lo dijimos muchas veces. Pero no sabés que tus alumnos del 2010 tenemos un grupo en Messenger donde cada tanto contamos cómo siguen nuestras vidas. Se llama “Bastenier Fans Club”.
Con cariño y admiración, Juan D'Alessandro González
(Firmo con mi nombre completo para que no digas: “¡Si tú eres mitad español, hazte cargo, joder!”)
Atardecer nuclear
Pedro Mairal y sus pornosonetos
Pedro Mairal llega finalmente al patio menor del Cabildo de Córdoba y se sienta a la mesa negra desde la que va a leer sus poemas, acompañado como está por un poeta brasileño que también hará lo propio en en portugués, porque de castellano no entiende una palabra, aunque durante la lectura tendrá gestos de admiración para los versos de Mairal, por el ritmo quizás, o por la música, o por algo inmaterial que no tiene que ver con el idioma ni con el entendimiento.
Los dos poetas están sentados bajo uno de los arcos de la galería, enmarcados por la luz de un farol que cuelga precariamente sobre sus cabezas. Primero lee el brasileño; pocos entienden lo que dice, pero suena lindo. Mairal escucha con los brazos cruzados, con los pies cruzados debajo de la silla, y cuando llega su turno, el escritor porteño sube el cierre de su campera inflable hasta cubrirse el cuello, y dice:
—Esto es un experimento. En realidad, trato de que todo lo que hago sea un experimento. En enero me invitaron a una residencia de escritores en Alemania, donde lo único que tenés que hacer es simular que escribís. Era en un hotel cerca del mar, y a mí me impactaron mucho las olas. Escribí algo y después recorté las palabras, las mezclé y las volví a pegar, por lo que hace la ola cuando se revuelve: estalla y se arma de nuevo.
Y lee Mairal dos poemas. En el primero describe con maestría el movimiento de las olas cuando se rompen en la costa, cuando se destrozan y se levantan con eso que el poeta llama “el músculo del agua”. En el segundo, lo que dice ya no importa, porque las mismas palabras arman un artefacto diferente, sin sentido literal pero feroz, colorido, por momentos inquietante, y de repente todos somos el brasileño: no entendemos, pero entendemos.
Cuando termina de leer, un viento frío aparece en el patio y cala los huesos de los asistentes. Para contrarrestar el efecto, Mairal ofrece:
—Voy a leer algunos pornosonetos —y recién entonces mira bien a la concurrencia, que somos unas cincuenta personas helándonos en el patio, entre las que se destacan las señoras paquetas, por lo que Mairal duda y dice— no sé, son medio zarpados estos pornosonetos. ¿No hay niños acá, no? —y una madre que está sentada al lado de su hijo pequeño en el extremo izquierdo de la primera fila no sabe si levantarse o taparle los oídos al nene, pero es más fuerte la tentación de escucharlo a Mairal porque ya le brillan los ojos de malicia, y se queda la madre justo cuando el escritor acomoda unas hojas blancas y su voz tranquila, agradable, resuena en el patio calentándonos a todos:
Ricardo conoció a una morochaza y se mudó a su culo de por vida la morocha le dio la bienvenida y él tuvo entre cachetes nueva casa lo fue a buscar la esposa le gritaba que bajara de ahí no seas pendejo yo quiero en este culo hacerme viejo le contestaba él y se quedaba lo buscaron los suegros y un bombero sus amigos del club sus ex maestras y el tipo ni siquiera daba muestras de quererse bajar de ese trasero hoy sigue acomodado entre los bifes la negra y él parecen muy felices
Las señoras aplauden y se ríen. Mairal lee otro:
Hongos en las nubes
—Hola, soy de la Universidad de la Sierra, vengo haciendo entrevistas por el tema de los hongos, ¿usted es el encargado de este hostel? La chica abraza un cuaderno contra el pecho y estira el cuello en busca de aire: está agotada por la subida. Para llegar a cualquier sitio en San José del Pacífico hay que subir y subir por curvas que se internan en la montaña, y los que no somos de de la zona llegamos siempre así, con la lengua afuera. —No, amiga, sólo un huésped. El encargado es aquel wey que está abajo, macheteando un tronco. —Ah, necesito hacerle una entrevista —dice la universitaria. —Margarito, acá te buscan. Margarito baja el machete y se seca el sudor. Tiene dieciocho años y es el empleado-aprendiz de don Gabriel, herrero del pueblo y dueño del hostal. Primero se lava las manos y se acomoda el cabello frente al espejo. Después se acerca. —¿Mande? —Buenos días, soy de la Universidad de la Sierra. Estamos haciendo un estudio sobre el conocimiento que tiene la gente acerca de los hongos de la región —dice la estudiante, casi susurrando—. Tengo que hacerle una entrevista. Margarito le ofrece sentarse en una mesa ubicada al lado de mi habitación. Yo simulo que voy a cambiarme y dejo la puerta entreabierta. Y escucho. —¿Cuáles son los hongos que se pueden encontrar en este lugar? Margarito duda, mira desconfiado. Pero la universitaria insiste. —Digamos, ¿qué tipos de hongos crecen aquí? —Esteee… sólo hay de dos tipos. El Pajarito y el Derrumbe. —¿Cómo son? —El Pajarito es más bien pequeño y común, de color marrón. El Derrumbe es más grande, puede crecer más de diez centímetros y tiene la capucha amarilla —dice Margarito con los ojos brillantes. —¿Y para que se usan? —Eh… digamos que la mayoría de los viajeros que vienen los comen sólo por diversión. Aquí la gente los pone en las botellas del mezcal. —¿Cómo se consumen estos hongos? —Nunca se cuecen, se los come uno así como están, crudos. O se puede hacer un té con ellos. O en conserva también. —¿Y sabe cuántos gramos se deben consumir por persona? —Ay, no sé, depende del tamaño. Con tres o cuatro hongos suele estar bien. —Y si alguien consume más de esa dosis, ¿qué podía pasar? —Pues nada, en tres o cuatro horas se va el efecto, no es que dañan ni nada. —¿Pero comer diez o quince hongos puede ser peligroso? —Nunca conocí un caso así, no sé. —¿Y cuáles son estos efectos que la gente tanto busca por diversión? —Eso sí que no sabría decirle —miente Margarito—. Le gente dice que experimenta cosas, pero yo no sabría decirle qué cosas. —¿Ofrecen de esos hongos aquí? —¡Híjole, no, aquí no! No se sabría decirle dónde. Algunas personas del pueblo los encuentran arriba y los traen, y luego los venden. Pero no sabría decirle a cuánto. Y tampoco es temporada ahora: después de las lluvias aparecen los hongos, recién como en agosto. Ahorita no va encontrar hongos en ninguna parte —dice Margarito, y la estudiante mira las nubes que ahora nos rodean, las nubes espectrales que están tragándose en silencio la montaña.
¿Fantaseás a veces con tener un trabajo diferente, épico, grandioso? ¿Futbolista en primera, artista reconocido, dueño de un bar en la playa, cervecero en las sierras, fotógrafo viajero, influencer, cantante de cuarteto, DJ internacional? ¿Te gustaría trabajar en calzoncillos desde la comodidad de tu casa y que te paguen en dólares? ¿Y que tal si no tenés jefes? Los afortunados cuentan cómo son en realidad sus trabajos soñados, en esta nota que se publicó en Número Cero.
Mi cobertura de la décima Marcha de la Gorra, en La Voz. Las fotos son de Sergio Cejas.
La presentación
Hoy fui a la presentación del libro de una gran amiga, Cocó Muro, una chica rubia, de cuello largo y ojos de fantasma. Cocó supo tener un par de tetas admirables, pero ya no sé, ahora usa blusas y remerones de señora, ahora que sale con un cantante del under porteño que es un verdadero tiro al aire, como quien dice, una bala perdida. Me cae bien Pángaro, Sergio Pángaro, no entiendo su música como no entiendo casi ninguna música pero él me cae fenomenal, es bajito y siempre viste de traje, pero no queda ridículo, al contrario, es dueño de una elegancia vital, entre clásica y rockera. Lleva un bigote fino y un jopo negro, y qué onda le pone al show, el tipo es maravilloso: hace unas horas se tiraba de espaldas sobre un sillón y retozaba con el micrófono en la mano, sin importunar a los niños ni a las abuelas, cantando, arqueándose, gimiendo como un Sandro nuevo y endurecido.
Córdoba es una ciudad sucia, caótica y desmejorada, que se inunda ante la menor lluvia y se recalienta cada vez que sale el sol. Pero la caterva interminable de dirigentes inútiles y corruptos que la gobiernan no pudieron arruinar los cielos increíbles que la mantienen habitable. Paciencia, ya inventarán algo.
Alguna noche de invierno
Las cáscaras de mandarina sobre el calefactor. El invierno. Jime ya duerme en la habitación, con el gato Roberto sobre las piernas. El gato Felipe se quedó conmigo en el living; está enroscado en la cima de la biblioteca angosta, el punto más alto del departamento, adonde llega el aire más cálido y perfumado. Escribo. El frío nocturno atraviesa los ventanales.
Recuerdos de un joven dinosaurio
A mis treinta años me siento como si tuviera toda la vida por delante, lo que es normal, por supuesto, pero lo que quiero decir es que lo siento de una manera definitiva, como si no me hubiese ocurrido nada, como si no tuviera pasado.
Pero claro que lo tengo, y en mi pasado hay por lo menos dos episodios que rompen con esta idea de juventud tan reciente: no hace tanto tuve dos trabajos que están por desaparecer para siempre de la faz de la tierra.
A mis veintidós años atendí durante algún tiempo a los clientes de un video club —esos recintos con estantes cargados de películas que se llenaban de gente en los días lluvia— y a los veintitrés dejé ese empleo tan mal pago para ser periodista en un diario de papel.
Sí, señor. Yo trabajé en una redacción y escribí apurado de noche para entregar la página a tiempo y después esperé, esperé, dormí mal y desperté al día siguiente para ver el diario impreso, para tocar ese papel áspero con olor a tinta y pasar las páginas hasta encontrar la historia con mi nombre pequeño impreso en el encabezado, sentir la satisfacción, el orgullo, y recién ahí advertir los errores incorregibles desparramados por todo el texto, los errores espantosos que iban a quedar amarillándose para siempre en alguna hemeroteca.
No soy un nostálgico, pero eso sentía al trabajar en un diario de papel.
Ese vértigo duró algunos años y después se perdió, porque en las páginas web todo podía ser modificado, corregido, eliminado en cualquier momento. (Digo mal, el vértigo no se perdió: aumentó tanto que se hizo el estado en el que trabajábamos y nos volvimos insensibles). La omnipresencia de Internet condenó a los diarios impresos, los volvió lentos, viejos, estáticos, y ya que estaba hundió de un coletazo final a los clubes de video.
Sé que algún día me van a preguntar: ¿Es cierto que cuándo eras joven la gente compraba el diario impreso con las noticias viejas del día anterior? ¿Y alquilaban discos con películas que debían devolver al día siguiente?
Entonces voy a contar la historia que resumí en estas líneas, para ustedes. Es como si ya estuviera preparado para ser abuelo, sin haber sido padre y sin desearlo todavía. Porque soy muy joven para eso, hay tantas cosas que quiero hacer. Y el tiempo corre.
¿Qué trabajo me toca extinguir ahora?