La relación del místico con Dios es descrita a menudo como la de dos amigos que pasan largas horas conversando y compartiendo mutuamente su intimidad.
El lugar de tales encuentros es la alfombra del orante, que se convierte en su templo, en su tienda del encuentro, en su tierra sagrada.
Por ello el creyente se descalza como Moisés ante la zarza ardiente.
En ella, el místico pasa mucho más tiempo que el estricto de las cinco oraciones diarias.
Dedica largas horas de la noche a esa conversación íntima.
La noche no significa sólo la quietud, la paz y la soledad, sino también la trascendencia de todo lo creado, de todo lo que “aparece” durante el día.
Por eso, en San Juan de la Cruz, es la noche la que junta al amado con su amada y, por eso también, Mahoma realiza su ascensión mística celeste de noche, hasta encontrarse con la fuente de toda luz.
Esta ascensión del Profeta es el camino que todo peregrino debe realizar.
Sin embargo, este viaje no consiste en ningún desplazamiento exterior sino en un viaje hasta el centro mismo de nosotros mismos, allá donde se descubre -con San Agustín- que “Dios es más íntimo que mi propia intimidad”.
“Tengo un amigo que visito en las soledades, presente, aunque escape a las miradas.
Me verás prestarle oído para percibir su lenguaje sin rumor de palabras.
Sus palabras no tienen vocales ni elocución, ni nada de melodía de sonidos.
Es como si me hubiera hecho interlocutor de mí mismo, comunicando con mi inspiración, con mi esencia, en mi esencia, presente, ausente, cercano, alejado, inaferrable a descripción por cualidades.
Está más próximo que la conciencia a la imaginación.
Es más íntimo que la centella de la inspiración.”
(HALLÂJ, ss. IX-X)
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