nicsergeant.
mañana del treinta de octubre // después de ver la nota
La mirada de tintes otoñales observa los instrumentos que descansan en el interior de la tela en marrón, un descenso del pesado, deseos de mantenerse libre de ataduras a la hora de salir en búsqueda de la de nórdica procedencia. Es la preocupación la que martillea en el fondo de sus entrañas, despertada por la culpa, lengua que se mueve sin pensarlo en un antaño en que la amenaza sentenció su escapatoria. Tiemblan extremidades, impotencia recorriendo su intravenosa, nota que vuelve a repetirse en su cerebro y es el olvido parcial el que funciona como la mayor de sus trabas; no conoce precisiones, mas sí la posibilidad de reluce en cerámica nívea. Quijada que se presiona, botiquín que vuelve a encontrar lugar entre una botella de agua y sudadera. Pasos desconcentran su partida, mirada que vuelve a recorrer por última vez lo portado. “Si me llama Fiona o Hugo diles que bajo en un momento.” tonalidad ronca, acento de herencia paterno desplegándose tras cada una de sus palabras, no piensa en cómo pronuncia, ni siquiera en lo que dice; es su mente la que se encuentra en un exterior, donde quien ocupa lugar en el rubro de su interés se encuentra en peligro.
Labios que se ocultan, tensión en músculos que se intensifica. “No. Mhum…” Dermis de su ceño se frunce cual acto reflejo, pensamientos que ordenan palabras, crean oraciones. “No es por Fiona ni Hugo.” Desvela finalmente, cuerpo que parece echar raíces debajo del pórtico porque teme que un ingreso en la habitación se signifique la exhibición de lo que entonces prefiere apartar, pretender que no existe, que nunca había despertado, abatido y cautivado. La distancia entonces es amiga, compañera, fiel confidente. “Yo quería preguntarte si… ¿Tienes todo? O si necesitas algo, es que tuve que preparar unas mochilas y me sobraron un par de cosas que quizá, no lo sé, ¿puedan servirte?” Bolso que se extiende, objetos de valor para una excursión resguardan dentro, ofrenda para quién considera que más podría necesitas o ayudar, divaga en medio de sus intenciones debido a la maraña de razonares que aún no se volvían lo suficiente uniformes como para emplearlos con aquella seguridad necesaria que la americana urgía, que todavía estaban cegados por el mismo desazón que obsequiaba un ligero temblor en diestra, sacudida nerviosa; manifestación del inconsciente.











