Un domingo lento por la tarde
sentí aquel aire sureño tornasol,
aire de reto conjurándose en el aliento
con el movimiento memorial de fantasmas
llevando en mano crisantemos,
y un ritmo de lenguaje pulmonar
desarrollado entre sangre y tierra
tocó el hueco dentro de mi pecho
donde habita mi eterna tristeza.
Lo suave del lino y del satín
alzaba flores blancas en el iris
y un mitote de pensamientos vivos
se resistía en los tendones,
haciendo mi carne dura
como carne de mercado viejo.
Conformaban mi carne y cuerpo
(el de aquí dentro y los de allá),
como aceite negro sobre agua,
una calma de fuego y aliento
firmemente cansado de vivir,
a las fronteras que están frente al espíritu
y a la médula conservada en silencio.
Cuánta calma, cuánta paz,
los ojos parecieran funcionar
por primera vez, por sorpresa,
del largo sueño a breve vida,
del ritmo maníaco e inercia,
del sueño a la presencia, despertar,
con la vértebra de la consciencia,
abajo de sombras de alas nocturnas
que se oyen como llantos ahogados.
Sí, como si fuera la primera vez.
Mi aliento adicto a la melancolía
se resistía propiamente,
se siente como sanguijuela
clavando sus colmillos
en la carne de mis ojos,
enamorados de ella, esclavos,
mal negocio, mala mente,
pluma en cráneo de fuego,
soltura y un sagaz anhelo;
se mueve un molino de viento
que muele mis pensamientos,
como ira y parasítico rencor,
como sal de mar en molcajete.
Este mundo de escasa pobreza
abunda en decadencia, escasea
cálidos sueños y rojas promesas.
Muda su medida constantemente,
sobre nerviosos nervios ciáticos
abrazándose en los tobillos,
en el estómago y en la aorta
como un niño que no, que no
quiere meterse a nadar.
Collares dorados que pesan y suenan
como plomo cromado con miedo.
Calles, avenidas, amplias carreteras
que acaban en lo más inhóspito
de un inconveniente desierto de leds,
habitado por una psicosis mojigata.
Placer muerto resucitado,
la nueva era, artificial Edén.
Y tantas cosas más.
Muélete sal, muélete con la piedra
la tierra, la sangre, el agua, el perdón,
la basura, el pecado, el oro, el amor,
y la promesa de más, el etcétera.
Si la sal pierde su sabor
se salará a sí misma hasta la muerte
mientras torres de mármol solemnes
sólo se teñirán apenas unos centímetros
de un rojo carnoso y carmesí,
demasiadas veces, diligentemente,
en el máximo magnánimo esplendor
de pájaros negros adornando el sol.
Y de silencio...
Atardeceres de fuego al sur,
no hallo mejor regalo hoy
que este pensamiento oscuro,
azulada negociación interna,
debate de joven consciencia
versus consciencia; paciencia
es aquella prostituta que nadie quiere
sentada a la entrada del burdel
con una sonrisa insultante
y sincera.
¿Parvada de pájaros negros,
serán siempre mis pensamientos,
cargados de mi máscara espejo
o del ser más allá de mi ser?
Allá́ van las lágrimas absorbidas
en la arena, en mi piel de cianuro,
abrazando el odio, el rencor y la alegría
sobre sábanos que imaginamos
como lino, y que es un suelo frío;
sublimes en lunares tiernos
como constelaciones imaginadas
en historias escritas con nubes.
¿Qué cargan realmente?
Hacia allá también apunta mi mirada,
desde un abismal pozo
que desde hace generaciones
ha sido dejada al cuidado de buitres;
a una revolución de fuego en el infierno,
con esta pelea conjurada en mi aliento
y en cada neurona de aire y de agua.
Atardeceres fugaces en el silencio,
hallóme dentro de la ausencia
de todos sus inefables momentos
escuchando lo mejor que puedo,
con tantas preguntas, y de tantos
diferentes tipos, pues es tarde
y la noche inexorable.
Me basto con esta grata mirada
de una oscuridad que me da consuelo,
y un aroma a jazmín que esclarece
tan peculiarmente oscuro cielo,
pero la noche ya está cerca
es tarde ya y la inercia vuelve.
¿Será mi muerte?