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Suspiró mientras atravesaba el pasillo principal del Instituto. Había estado fuera unos días y, ahora que regresaba, no tenía nada para hacer. Se detuvo en una de las ventanas y se apoyó en el marco de la misma, sonriente. - ¿No crees que es un bonito día? - Preguntó a la primer persona que se cruzó con ella.
--No. --contestó secamente, sin siquiera voltear a ver a la rubia-- Repleto de personas con falta de neuronas, profesores altaneros que creen saber todo, clases tediosas, trabajos aburridos, y comida de plástico. ¿Qué tiene de bonito? --humedeció sus labios, pues esa pregunta no fue hecha para ser respondida.
Effy se encontraba sentada en uno de los taburetes de la cocina, era un día aburrido. Agarró una bandeja de plata que vio ahí y se la puso sobre su cabeza tratando de mantener el equilibrio, escucho pasos cerca y se asusto. —Hey, mira lo que me haz hecho hacer. Estaba apunto de romper el récord en equilibrio.
--Y el record de la estupidez. --agregó con un tono más bien serio, sin una pizca de diversión en su rostro, pasó por su lado y tomó una manzana para morderla-- ¿Cuál era el punto, uh? --inquirió con una curiosa expresión en su rostro.
Tokio es hermoso
Es todo tan distinto, siento que volví de otro planeta.
--No es tan diferente, sólo están más avanzados.
ooc.
— Llegue ayer, creo que eso lo explica todo. —contestó y se encogió de hombros. Al escucharlo, negó con una sonrisa en sus labios.— Esperemos que no, pero si pasara, tampoco me importaría. —dijo y sonrió fugazmente.— Lucian. —se presentó con una sonrisa casi invisible—.
--Ah, claro, sí, puede ser --respondió con tranquilidad, apoyándose en una de las paredes que ahí se encontraba-- Uh, Lucian, suena casi como Lucifer. ¿Qué parentesco tienes con él, eh? Por cierto: Puedes llamarme Keillan.
Explotación estudiantil.
—Nah, demasiado complicado y costoso.
--Complicado no: Costoso sí. ¿Cómo te llamas, eh?
—Oh no, ya no vuelvo a comer más de diez cupcakes seguidos en una noche… ¡Me han sentado fatal! Así que mi sangre se tendrá que conformar siendo menos dulce —se encogió de hombros, volviendo la mirada para reconocer al chico que había ganado en la subasta del otro día—. Esa misma soy yo y sí, te debo una cita pero si no quieres acabar lleno de una sustancia asquerosa como lo es el vómito, es mejor que lo dejemos para mañana… Y ya te puedo asegurar que en la cita no va a haber ni un solo cupcake.
--De acuerdo, diez si puede ser algo exagerado --comenzó a pronunciar con un elegante acento escocés--, deberías moderarte, pero no dejar de comerlos. La sangre amarga no tiene gracia, anda, come dulces. --Se cruzó de brazos por un momento, en tanto entrecerraba los ojos para fingir que prestaba atención-- Ah, vómito, claro --humedeció sus labios, distraído de nuevo--. Mira, podemos dejarla para cuando quieras, mientras se haga --se detuvo, no podía sonar tan insistente sin razón aparente--, y es que ansío conocerte.
—¿Qué? ¿Hay arcángeles? —frunció el ceño, mientras torcía los labios—, mi padre solía ser un arcángel. Esos son más difíciles de matar… —suspiró—. ¿Qué me tiene de mal humor? Te contaré: ¡tengo hambre! No he matado humanos en semanas. Y con los ángeles de mierda por aquí, no lo veo muy posible.
--¿Estás ciego? Está repleto de ellos. --refunfuñó, con el ceño ligeramente arrugado--, ah, mira tú. Yo solía ser un arcángel, o una mierda así. Recuerdo que era de lo más odioso... --resopló, buscando fijar su vista en los ojos color chocolate del otro demonio--. Sí, bueno, ¿sabes? Estaba pensando en matar a esos... ¿Cómo es que se llaman? Niños del pop, esos que cantan a través de una máquina y todas las mujeres gritan y se excitan por nada. Sería interesante.
Sonrió al escuchar aquella respuesta y miró a quien le hablaba.— Es bueno saber que no soy el único de mi especie aquí, hasta ahora solo tú te haz cruzado en mi camino. —contestó y rodó los ojos.— Como sea, sea lo que estén haciendo… necesito entretenerme en algo.
--¿Tanta suerte tienes? Yo me he encontrado con varios, pero cada uno es más odioso que el anterior; espero no tener que ponerte en esa lista también --enarcó ambas cejas, dejando que un suspiro corto escapara de sus labios. --Me llamo Keillan. ¿Tú quién eres? --Cuestionó ásperamente, escrutando la fachada del otro castaño.
Explotación estudiantil.
—Así es cómo le llamo a tanta tarea de con problemas de física junta.
--Puede contratar a alguien para que mate a tu profesor, en estos tiempos no es complicado.
¿Y a dónde se fueron todos? ¿acaso han muerto antes de tiempo? —preguntó al aire probablemente mientras caminaba por los pasillos casi desiertos e intentaba encender su cigarrillo—.
--Ojalá fuera cierto --murmuró más para sí que otra cosa--, pero deben estar en clases o haciendo alguna estupidez.
—No vuelvo a comer tantos cupcakes en toda mi vida —arrugó la nariz, recordando como se había llevado gran parte del día vomitando todo lo que había comido con anterioridad.
--Como acotación: Comer cupcakes vuelve tu sangre más dulce, así que anda, puedes comer los que quieras. --Insinuó con una perfecta ceja elevada, recorriendo a la muchacha con la mirada: La conocía; y tendría que volverse un poco más amable si quería matarla. --¿No eres tú la chica de la subasta? --Su carencia de preocupación llevó su vista a los alumnos que transitaban por ahí, aunque volvería a encontrar la mirada contraria eventualmente.
Arqueó una ceja. Era ese tipo de nuevo. Lo recordaba. Frunció el ceño ligeramente, pero por alguna razón su comentario le hizo sonreír. —Tienes razón, y créeme que los he probado. Saben a mierda —se cruzó de brazos—, no participé en eso de la subasta. ¿Conseguiste pollitas? ¿Por qué no las matas? O mejor dicho, compártelas conmigo. Tengo mucha hambre.
--Lo sé, ni me lo recuerdes --sus facciones formaron una sutil mueca de asco al pensar siquiera en la última vez que había probado un demonio. Por supuesto no duró demasiado, pues la segunda propuesta le sentó de maravilla. --Era tu oportunidad. Supongo que podría ofrecerles una cita doble, pero sería sospechoso, en especial con tanto arcángel revoloteando por ahí. --Se quejó, terminando la frase en un suspiro--. ¿Qué te tiene de tan mal humor, eh?
[...]
Zadkiel no sabía si en verdad el demonio estaba tan confundido como parecía, o si era un truco más para confundirle. El punto era que no había manera de confundir al arcángel. No sería la primera ni la ultima vez que se enfrentara a un demonio, y a ése en especial, quería darle un fin personalmente. —Mi nombre es Zadkiel, y soy un arcángel de Dios,— respondió con gravedad y esa potencia que poseen los arcángeles cuando se presentan de una manera tan arrolladora y absoluta. —Y hace 14 años engatusaste a mi protegida con mentiras para llevarla al infierno. Te he buscado por años, y este día, al fin, ha llegado. ¿Es suficiente información para que lo recuerdes o necesitas más detalles?— preguntó, acercándose con una peligrosa calma al otro.
Zadkiel. ¿Zadkiel? Diablos. No podía tratarse de un arcángel. Simplemente era el peor karma que pudo recibir. Se dio el permiso de delinear con su mirada el bonito perfil del rubio; lo reconocía tan bien, que hasta ganas de abrazarlo tenía. Y eso, literalmente, no pasaba hace siglos. Desde que Jean falleció. --En realidad no la llevé el infierno, sólo la maté. O algo así. --Explicó, aunque de pronto se arrepintió, estaba acostumbrado a contar los detalles de esa manera, sin embargo, no hablaba con cualquier persona. --No puedes ser un ángel. --Susurró, no muy seguro de haber sido escuchado. --Hace años conocí a un hombre llamado Jean. Era un zapatero. Vivía en Escocia, y... Y formamos un vínculo importante. Él... Se parecía muchísimo a ti en todo sentido. No sé como tomarme todo esto--.