Nunca voy a olvidar la manera en la que me siento segura en tus brazos. Válida, tranquila y amada.
La manera en la que muchas veces mi mente se distorsiona de la realidad y quiero correr, quiero huir con todas mis fuerzas; pero tu siempre encuentras la forma de persuadirme con tus besos, tus caricias y tus palabras pronunciadas con dulzura.
La manera en la que haces desaparecer mis miedos. Con una infinita paciencia que no creo muchas veces merecer.
La manera en la que aseguras que a mi lado encuentras la paz que siempre habías buscado.
Todo. Todo de mí se derrite, y se destroza al mismo tiempo, al ser consciente de que ahora esto es de a dos. De que mis pasos ahora son tuyos también. De que mis lágrimas son como dagas a tu pecho. De que mis inseguridades podría alcanzarte de una manera que jamás podría perdonarme, pero que no puedo evitar albergar.
Soy tuya. Lo acepto. Y nunca antes estuve tan asustada de aceptar algo, pero tampoco tan segura de afirmarlo.
Aquí me tienes, atiborrada de confusión y anhelo, charlando con mis propios demonios, mientras llevo la armadura que me otorgaste en mis momentos llenos de soledad, para luchar con cualquiera que intente acabar con ese «nosotros» infinito que compartimos en cada palabra, cada roce y cada aliento de la vida.














