Ilógico
Fanfic ROTTMNT
Angustia con final feliz centrado en Donatello y Leonardo como hermanos gemelos.
Era una noche tranquila… o al menos, tan tranquila como podía ser para cinco adolescentes, cuatro de ellos tortugas mutantes ninja y una humana con un bate místico, autoproclamada hermana mayor del equipo.
Donnie estaba de buen humor. Desde la derrota del Krang, su vida había cambiado, ahora eran reconocidos como héroes y la existencia de la Ciudad Oculta ya no era un secreto. El mundo humano y el yokai habían aprendido a coexistir, y la gran mancha de luces y edificios ahora se conocía como Nueva York, Distrito Yokai. Ver yokai paseando junto a humanos, charlando en cafés o regateando en puestos callejeros se había vuelto parte del paisaje diario.
Aquella noche, Leo y Donnie se habían separado del resto para cumplir una misión importante, encontrar el regalo perfecto para el cumpleaños de Casey Junior. El centro comercial del distrito era un hervidero de vida, lleno de escaparates brillantes, aromas intensos y música que cambiaba cada vez que pasaban frente a una tienda distinta.
Al principio todo iba bien… hasta que empezó a no ir tan bien.
Donnie lo sintió de forma gradual, como un leve zumbido en el fondo de su mente que poco a poco subía de volumen. Demasiada gente. Demasiadas voces hablando a la vez, risas agudas, conversaciones superpuestas. Un altavoz en algún lugar cercano soltaba una canción estridente que competía con los anuncios de ofertas. Los pasos, las risas, los gritos, el pitido de las cajas registradoras… todo se mezclaba en una masa ensordecedora.
Y la gente. La gente pasaba demasiado cerca. Lo rozaban al caminar, hombros y codos chocando con su caparazón. Cada contacto le quemaba la piel bajo la sudadera, como si fuera electricidad estática multiplicada por mil. Se encogió, hundiendo más la cabeza en la capucha, pero el tejido no era suficiente para bloquear la sensación.
Su respiración se aceleró. Primero fue un suspiro agitado, luego jadeos cortos. Los dedos de su mano derecha comenzaron a rascar frenéticamente el dorso de la izquierda. Era una presión repetitiva, un punto de enfoque en medio del caos. Dolía, pero ese dolor era manejable… mucho más soportable que la avalancha de ruidos, luces y roces que lo envolvían.
—Está bien… está bien… —murmuró para sí, aunque su voz temblaba.
Pero no estaba bien.
Leo iba unos pasos por delante, bromeando con el dependiente de una tienda, sin darse cuenta de que Donnie se estaba quedando atrás. Las luces parecían más brillantes, las voces más fuertes, y la sensación en su piel más insoportable. Rascar solo podía pensar en rascar. Pequeñas líneas rojas empezaron a abrirse bajo sus uñas, y en segundos, finas gotas de sangre tiñeron la zona.
Donnie odiaba las sobrecargas sensoriales. Odiaba lo rápido que pasaba de la calma al caos. Odiaba sentir que el mundo entero se encogía a su alrededor mientras él se quedaba atrapado en un rincón invisible.
Y lo peor… era que todavía no sabía si Leo se había dado cuenta.
Leo por su parte estaba feliz. Feliz de poder pasar tiempo con su gemelo favorito… bueno, su único gemelo, pero eso no le restaba mérito. La ciudad estaba más viva que nunca, y a Leo le encantaba: salir sin esconderse de los humanos, caminar por las calles iluminadas, recibir sonrisas y miradas curiosas. Era un escenario perfecto para alguien que amaba la atención tanto como él.
Y si en medio de todo eso un dependiente guapo lo detenía para charlar… ¿Qué podía salir mal? Respuesta: muchas cosas.
Tardó apenas unos segundos en darse cuenta. Giró para buscar a Donnie y lo vio unos pasos atrás, encorvado, rascando con frenesí el dorso de su mano. Oh no. Leo conocía esa escena demasiado bien. Podía distinguir incluso desde allí el brillo húmedo de la sangre en la piel verde.
Su mente se aceleró. ¿Traía Donnie sus audífonos? La respuesta corta: no. La respuesta larga: antes de salir de casa, Donnie había asegurado que no necesitaría “sus bobos audífonos con cancelación de ruido” porque podía manejar un poco de multitud. Y era cierto que llevaba tiempo sin necesitarlos… pero hoy no era uno de esos días.
Leo se disculpó rápidamente con el dependiente, forzando una sonrisa, y con un movimiento rápido sacó una de sus katanas. Un corte limpio al aire y un pequeño portal se abrió frente a él. Metió la mano y de allí sacó los audífonos morado brillante de Donnie, esos con orejas de gato que, para su hermano, eran tan esenciales como respirar.
Se acercó sin hacer ruido, bajando el tono de todo su cuerpo para no sobresaltarlo. Con cuidado, tomó las manos de Donnie y las detuvo antes de que siguiera lastimándose. Bajó la capucha púrpura, retiró la diadema tecnológica que siempre llevaba y la reemplazó por los audífonos, ajustándolos con suavidad.
No dijo nada. En cambio, lo rodeó con ambos brazos y lo abrazó con fuerza. Presión firme, constante. Sabía que a Donnie le ayudaba. Claro que este no era el lugar para sacar su manta con peso, aunque a Leo no le habría importado cargar con ella en medio del centro comercial si era necesario, pero por ahora, el abrazo serviría.
Sintió cómo la respiración de su hermano, agitada y entrecortada, empezaba poco a poco a acompasarse con la suya.
—Vamos, Dee —susurró—. Vámonos de aquí.
Leo lo guió hacia un pasillo lateral menos concurrido, donde el ruido y las luces parecían más lejanos. No era un silencio perfecto, pero era suficiente para que Donnie pudiera empezar a recuperar el control. Y por primera vez en los últimos minutos, Leo sintió que sí, que tal vez las cosas volverían a estar bien.
Donnie, por su parte, conocía muy bien lo que era una sobrecarga sensorial. No era algo nuevo en su vida; desde que tenía memoria, los ataques de pánico lo habían acompañado como una sombra. Y en cada uno de esos momentos, sin excepción, Leo había estado ahí. Al principio, de niños, su gemelo no entendía qué pasaba ni cómo ayudarlo, pero con el tiempo aprendió. Investigó, escuchó, observó… hasta comprender lo que significaba el autismo y cómo ser el soporte que su hermano necesitaba.
Leo podía ser irritante, arrogante y dramático, pero cuando se trataba de Donnie, era un buen hermano. El mejor.
Aun así, el autismo había sido una lucha constante para Donnie, y en algunos aspectos, la adolescencia no lo había hecho más fácil. A sus 17 años, sentía que a veces lidiaba con más presión que cuando era niño. Ahora las expectativas eran más grandes, y los juicios, más afilados. Recordaba un par de ocasiones en las que, estando lejos de su familia, una crisis lo había derrumbado en público. Entonces, la gente a su alrededor no dudaba en mirarlo con desdén, en susurrar o incluso reírse. Antes del incidente con el Krang, esas miradas eran por ser mutante. Ahora… por ser un mutante autista.
Patético, se dijo una vez más, repitiendo un pensamiento que odiaba pero que a veces se colaba entre sus defensas. Draxum había dicho que los había creado perfectos, pero Donnie no se sentía perfecto. Se sentía roto en lugares que nadie más parecía ver.
Y sin embargo, ahí estaba Leo, con sus brazos apretándolo en un abrazo firme, su voz baja y tranquila filtrándose a través del caos. El calor, la presión constante, el sonido amortiguado gracias a los audífonos… Poco a poco, como si estuviera siendo arrastrado a la superficie desde el fondo de un lago, Donnie empezó a respirar con más control. Sus manos dejaron de temblar. El ritmo frenético de su corazón se ralentizó.
La multitud aún estaba allí, pero la presencia de Leo hacía que se sintiera menos invasiva. Y aunque algunas personas seguían mirando —curiosas, confundidas o incluso molestas—, Leo no dudaba en clavarles una mirada filosa, casi desafiante, que dejaba claro que cualquiera que se atreviera a decir algo se arrepentiría.
Para Leo, proteger a Donnie no era una obligación; era un instinto natural. Eran gemelos, dos mitades de una misma alma separadas en dos cuerpos. Así lo decía él, y así lo sentía de verdad. No importaba cuánto fastidiara a su hermano o cuánto discutieran, en los momentos que realmente importaban, no había barrera entre ellos.
Leo sintió cómo la tensión en el cuerpo de Donnie cedía, y con ello, una parte de su propia preocupación se aflojó. Tal vez sería mejor dejar la misión del regalo para otro día. Casey Junior podría esperar. Lo importante ahora era llevar a su hermano a casa, al lugar donde el ruido y las miradas no pudieran alcanzarlo.
Con un último apretón en el abrazo, Leo lo miró a los ojos y esbozó una media sonrisa. —Vamos, Dee. Vámonos a casa.
Y sin soltarlo, lo guió hacia la salida, atravesando el centro comercial como si cada paso fuera una promesa silenciosa, mientras él estuviera ahí, Donnie nunca tendría que enfrentarse solo al ruido del mundo.
Las alcantarillas eran tranquilas aquella noche. Donnie nunca las había apreciado demasiado pues eran sucias, malolientes, frías y húmedas, no eran su idea de un lugar agradable. Sin embargo, en ese momento resultaban mil veces preferibles a seguir allá arriba, rodeado de luces cegadoras, ruido ensordecedor y el constante roce de desconocidos.
La guarida había sido un caos absoluto en sus inicios con paredes descascaradas, tuberías oxidadas y ese inconfundible olor a agua estancada. Pero con los años, Donnie la transformó. Eliminó el hedor de alcantarilla, instaló calefacción, mejoró la iluminación… hasta volverla un hogar. Y entre todas las mejoras, el rincón más preciado para él era su habitación tan silenciosa, ordenada, un santuario donde nada podía alcanzarlo.
Ahora, sentado en el suelo junto a Leo, se dejaba envolver por el peso reconfortante de su manta especial, del mismo púrpura profundo que tanto amaba. Leo, sin decir palabra, se acomodó a su lado y tiró de la manta hasta cubrirlos a ambos, como si esa tela pesada fuera una barrera contra todo lo que dolía afuera.
Ser gemelos significaba saber cuándo el otro estaba mal, incluso sin que lo dijera, y cuidarlo como si fuera parte de uno mismo. Siempre acompañados, siempre entrelazados, destinados a no estar nunca solos.
Leo lo sabía demasiado bien. La última vez que sintió esa conexión romperse fue cuando quedó atrapado en la dimensión prisión con el Krang. Nunca se lo contó a su familia, pero allí dentro el tiempo fluía distinto. Afuera, apenas pasaron unos minutos; para él, fueron más de tres horas de un frío que calaba hasta los huesos, de silencio tan absoluto que lo volvía ensordecedor. Y, sobre todo, de vacío, la ausencia del lazo gemelo-místico, esa energía que lo unía a Donnie. Era como si le hubieran arrancado la mitad del alma y dolió, dolió tan profundamente que sentía que moría.
Ahora, sentir el calor del cuerpo de su hermano bajo la manta era más que simple consuelo; era una forma de alejar los recuerdos de ese encierro, un recordatorio tangible de que su otra mitad estaba allí, viva y respirando junto a él.
Donnie, por su lado, ya estaba más estable. Agradecía en silencio que Leo no intentara forzar una conversación. Ese respeto, ese dejar espacio sin soltarlo del todo, era una de las cosas que más valoraba. Porque cuando Leo fue arrastrado a aquella dimensión, Donnie también lo sintió, un lazo cortado, una ausencia dolorosa que se clavaba en el pecho. Podía jurar que incluso desde la distancia había percibido el sufrimiento de su gemelo, como si el eco de ese dolor viajará a través de un hilo invisible casi inexistente.
No quería que Leo pasara por eso otra vez. No quería perderlo. Siempre habían sido dos. Los gemelos desastre. Y en su mente, una verdad era inquebrantable, uno no debía existir sin el otro.
Eran gemelos… y eso lo significaba todo.
Para el resto de la familia, la conexión entre Donnie y Leo nunca fue algo extraño. Para Mikey y Raph, simplemente era “lo normal”: morado y azul siempre juntos, siempre hablando en su propio código, riéndose de cosas que nadie más entendía. Pero para Splinter, esa unión tan intensa siempre le había generado una ligera intriga.
Desde que eran bebés, Donatello y Leonardo habían mostrado un vínculo que iba más allá de lo fraternal. Si uno lloraba, el otro lo imitaba. Si los separaban para el baño, se armaba un berrinche monumental. Si uno enfermaba, el otro parecía decaer también, como si la fiebre o el dolor fueran compartidos. Dormían acurrucados, se buscaban instintivamente en cualquier lugar y rara vez toleraban estar lejos uno del otro.
En su mente, Splinter había llegado a pensar en la palabra “gemelos”. Pero eso era imposible, ¿no? Morado y azul pertenecían a especies completamente distintas. Genéticamente, no había forma.
Su respuesta llegó un día, de la forma más casual. Draxum estaba en la cocina, sirviendo platos para sus hijos creados y modificados artificialmente, cuando soltó el comentario como quien menciona el clima. —Son gemelos —dijo, con la naturalidad de quien afirma algo obvio.
Solo Splinter lo escuchó. Lo miró con sorpresa, y Draxum, sin dejar de servir, explicó en voz baja, como si fuera una simple conversación entre padres. Modificación genética, una camada de seis huevos híbridos de tortuga de caparazón blando y tortuga de orejas rojas, con probabilidades variables en la especie de cada cría. Podrían haber sido todos iguales… o todos distintos. En este caso, había salido uno de cada especie. Lo más trágico, dos únicos sobrevivientes de los seis. Gemelos, simples y llanos, aunque sus caparazones y sus rostros contaran otra historia.
Splinter comprendió entonces por qué parecían tener un lazo tan profundo, casi místico. Tal vez, pensó, compartían algo más que genética tal vez incluso una misma alma dividida en dos cuerpos.
Años después, el vínculo seguía intacto. Era habitual que Splinter los encontrara durmiendo en la misma cama, ya fuera en la habitación de Donnie o en la de Leo. Durante tormentas eléctricas, cuando uno estaba triste, o cuando Donnie luchaba contra los efectos más duros de su autismo, allí estaban, juntos, como si el calor y la presencia del otro fueran la única medicina necesaria.
Splinter sonreía al verlos. Sí, eran niños extraños a su manera, pero dulces. A veces incluso le costaba distinguirlos en cuanto a comportamiento, compartían posturas, gestos y expresiones, respondían al mismo tiempo con las mismas palabras, reaccionaban al unísono ante un chiste o un peligro. Era como si vivieran en un pequeño mundo propio, inaccesible para cualquiera que no fuera parte de ese lazo.
Y a Splinter le parecía bien. Mientras se tuvieran el uno al otro para cuidarse, sabía que, pase lo que pase, nunca estarían realmente solos.
Leonardo se apretó contra el caparazón blando de su hermano, buscando el calor que su propio cuerpo no parecía generar. Sentía frío, un frío que no era solo físico, sino un eco persistente de algo mucho más profundo. Desde que había quedado atrapado en la dimensión prisión, el frío se había convertido en una sombra que lo seguía incluso en los lugares más cálidos. Allí, en aquel vacío silencioso junto al monstruo Krang, había aprendido que la soledad era helada, que podía calar hasta los huesos sin necesidad de nieve ni hielo.
Ahora, en la penumbra tranquila de la guarida, Donnie dormía. Su respiración era lenta, estable, un ritmo que contrastaba con el desorden de pensamientos que martilleaban la mente de Leo. Estaba feliz de verlo descansar. No siempre tenían esa oportunidad; ambos compartían la pésima costumbre de trasnochar, de estirar las horas hasta el amanecer con proyectos, ideas o simples charlas que nadie más entendería. Verlo dormir así, tranquilo después de la crisis que había tenido horas antes, era un alivio.
Pero mientras su gemelo soñaba, en el fondo de la mente de Leonardo surgía una palabra que se repetía como un murmullo insistente de vez en cuando “sacrificio”. Sacrificio. Sacrificio es igual a soledad.
Leo odiaba la soledad. La asociaba con el frío, con ese vacío sin forma que había experimentado en la dimensión prisión. Allí, no había voces, no había contacto, no había nada… y nada era peor que no tener a Donnie a su lado. Donnie, que no era frío, que era cálido. Y lo cálido significaba compañía, y compañía era igual a casa. Entonces… si estaba en casa, junto a su hermano, ¿por qué todavía sentía frío?
La respuesta le llegó como un pensamiento amargo nuevamente, el sacrificio. Había sacrificado la comodidad de Donnie para comprar el regalo de Casey Junior, y luego el regalo para que Donnie pudiera recuperar esa comodidad. Se preguntó si toda su vida sería eso, una cadena interminable de pequeños sacrificios: ceder algo aquí, perder algo allá, a cambio de proteger lo que realmente importaba. Y si ese era su papel… ¿estaba preparado para cargar con él siempre?
Sus ojos se deslizaron hacia Donatello. La tenue luz de la habitación revelaba los patrones púrpuras de su piel, complejos y únicos, completamente distintos a los suyos de tortuga de orejas rojas. En apariencia, eran opuestos. Y sin embargo… eran gemelos. Lo sentía en lo más hondo de su ser, como un hilo invisible que los mantenía unidos. Esa conexión no se podía medir ni explicar con lógica o ciencia, y aunque Donnie discutiera su hipótesis una y otra vez, Leo no necesitaba pruebas, para él, era la verdad.
Una misma alma. Dos cuerpos. Dos mitades que solo estaban completas cuando estaban juntas. Y mientras lo abrazaba un poco más fuerte, Leonardo decidió que, sin importar cuántos sacrificios tuviera que hacer, siempre se aseguraría de que su otra mitad estuviera a salvo… incluso si eso significaba cargar con todo el frío él solo.
¿Podía realmente cumplir esa promesa? Esa pregunta le caló hondo mientras el peso de la manta y el calor de Donnie intentaban disipar el frío que sentía. No podía evitar pensar en su yo del futuro… aquel que pertenecía a la línea de tiempo de Casey Junior. Junior había contado que todos sus hermanos habían muerto en la guerra contra el Krang. Todos. Y que él, Leonardo, había sido el último en caer.
Pero eso era otro futuro. En esta línea de tiempo, ellos habían detenido al Krang. En teoría, eso significaba que no corría el riesgo de perderlos. En teoría. Y sin embargo, la idea de que su gemelo pudiera morir seguía provocándole un escalofrío que lo recorría de la cabeza a la cola. ¿Cómo se habría sentido su otro yo al perder a Donnie? ¿Cómo habría soportado vivir sin él?
Se preguntó si de verdad podría protegerlo… si podría protegerlos a todos. Ahora él era el líder. Y aunque Rafael era el primogénito, todo había terminado en sus hombros. Había intentado, incluso, buscar motivos para que Raph siguiera en ese puesto, pero cada razonamiento terminaba devolviéndolo al mismo punto, Leonardo debía ser el líder.
Draxum lo había dicho una vez, sin rodeos, ese era su propósito desde el momento en que fue creado. Su capacidad para anticipar, su estrategia, su habilidad para mover las piezas antes de que otros vieran el tablero… eran características de un líder nato. Y, si no lo fuera, ¿cómo explicaba que incluso cuando Raph tenía el título, él ya movía los hilos desde las sombras? ¿Cómo explicar que había engañado a Gran Mamá, que había manipulado los juegos de la guarida para librarse de su habitación?
Y ahí estaba otra espina clavada, sabía que Donnie tenía problemas con ciertas cosas sensoriales, y aun así, había manipulado esos juegos para que su gemelo se quedará con aquella horrible habitación pegada a la de Splinter, donde los ronquidos atravesaban las paredes. ¿Qué clase de hermano hacía eso? ¿Qué clase de líder?
Un mal hermano, un mal gemelo, un mal líder. Eso se repetía en su cabeza… hasta que volvió a aparecer esa palabra “sacrificio” en su mente con luces verde neón Hamato.
El sacrificio estaba grabado en la sangre de los Hamato. Desde la abuela Karai, que había iniciado el legado, hasta la madre de Splinter… y ahora él. Cada uno de ellos había dado algo de sí para proteger a los suyos. Él mismo se había sacrificado para salvar a sus hermanos, y había odiado la soledad que vino con ello.
Era curioso. Las tortugas de caparazón blando solían ser solitarias por naturaleza. Y, sin embargo, Donnie lo buscaba tanto como él buscaba a Donnie. A pesar de que su hermano fuera reservado, incluso distante con las muestras de afecto, de alguna manera siempre terminaban encontrándose, como si sus cuerpos y sus mentes supieran instintivamente dónde estaba el otro.
¿Qué podría sacrificar para mantenerlos vivos? ¿A sí mismo? Ya lo había hecho una vez. Y lo haría otra vez si fuera necesario.
Leonardo suspiró, dejando que la respiración pausada de Donnie marcará el ritmo que necesitaba para calmarse. Cerró los ojos y trató de dormir, aferrándose al único pensamiento que le traía paz, Donnie era cálido, y él amaba lo cálido, lo cálido es igual a casa y él está en casa.
Donatello no tenía base científica para lo que sentía, o mejor dicho, para lo que sentían él y Leonardo. Su corazón se apretaba de forma involuntaria cuando notaba tristeza en su gemelo, como si un hilo invisible, más fuerte que cualquier cable de acero, uniera sus emociones. Años atrás, intrigado por comprender sus propios instintos, buscó en internet información sobre las tortugas de caparazón blando. Descubrió que, en teoría, no eran buenas mascotas cuando había otras, debido a su naturaleza territorial y agresiva. Su mordida podía equipararse a la de una tortuga mordedora, pequeñas, pero peligrosas por naturaleza, malvadas se escribía en un artículo científico de algún biólogo. Quizá por eso, de niños, tenía la tendencia de morder a Leo. Claro que Leo tampoco se quedaba atrás; también mordía a Donnie. Incluso ahora, en medio de un juego brusco, podían dejarse llevar por esos instintos primitivos, marcándose como si fueran crías peleando por espacio o por algún objeto preciado, Draxum admitía que aún eran cachorros, crías.
Territoriales, sí. Donnie lo era con su laboratorio, con sus herramientas, incluso con su color representativo. Púrpura, no morado, como su padre insistía en decir. No era una mera cuestión estética; para él, púrpura y morado eran mundos distintos. Agresivo, también. No lo negaba. Y, de vez en cuando, le gustaba jugar con la imagen del “científico malvado”, exagerando para causar una risa o para intimidar. Era parte de su encanto, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
Leonardo era su gemelo, aunque él intentara negarlo con toda clase de presentaciones y argumentos “objetivos” que demostraban lo contrario. Pero, en su interior, algo innato le gritaba que sí lo eran. Podía sentir a Leo, su tensión, su alivio, su miedo. Y odiaba las emociones. Eran desordenadas, irracionales, imposibles de medir. Sin embargo, había un propósito, incluso en lo que no tenía sentido… o al menos, así quería creer o comprender.
Cuando despertó aquella noche, lo primero que notó fue que Leo temblaba. Donnie lo observó por unos segundos, evaluando si debía intervenir. ¿Quién era él para negarle un abrazo a un Leonardo dormido? Lo envolvió con cuidado, asegurándose de que no se despertara. Lo soltaría antes de que abriera los ojos y así podría mantener su fachada de chico emocionalmente inaccesible. Sí, sonaba bien.
A veces se detenía a observar las marcas de Leo. Eran distintas: amarillas y rojas, contrastando con un tono de piel más claro que el suyo. El caparazón, completamente diferente. Todo en él gritaba que no eran iguales… y sin embargo, lo eran. No era científicamente correcto, pero algo en su interior comenzaba a darle peso a la hipótesis absurda de Leo de ser una misma alma dividida en dos cuerpos. No tenía sentido, no había datos, no había pruebas, pero… nada en sus vidas era lógico.
Donnie odiaba lo ilógico. Lo despreciaba. Y, aun así, amaba a su familia, incluso más allá de cualquier teoría. Amaba a Leo, con todas sus exasperantes ocurrencias y su molesta insistencia en hacer las cosas a su manera. Porque, al final, Leonardo era un buen hermano. Y Donnie, por mucho que le doliera admitirlo, no sería nada sin él.
Divagar tenía sus pros y sus contras. Para Donnie, era casi un hábito involuntario cuando su mente estaba agotada. Los brazos le dolían… cierto, estaba abrazando a Leo. Según el reloj de pared, eran las 6 de la mañana. Pronto, Rafael se levantaría para hacer su habitual “inspección” a sus hermanos menores, y Mikey aparecería después, preguntando qué querían para desayunar antes de ponerse manos a la obra. Sí, lo más sensato era soltar a Leo antes de que alguien lo viera demostrando afecto… pero Leonardo no se lo permitió. Su abrazo, incluso dormido, era fuerte, persistente, como si su cuerpo se negara a dejarlo ir.
Y entonces lo sintió. Soledad. Leo, su gemelo, se sentía solo. ¿Pero cómo? Donnie estaba ahí, abrazándolo. Él estaba ahí. Un nudo se formó en su pecho. La soledad le resultaba ajena, incómoda… y ahora, por primera vez, comenzó a odiarla. Sin quererlo, unas lágrimas acuosas asomaron, como aquella vez en que creyó haber perdido a su gemelo. Cerró los ojos y lo abrazó con más fuerza.
Fue entonces que lo vio. En la oscuridad danzaban un fuego azul electrizante y destellos de píxeles púrpuras. Sus Ninpo… o quizás sus almas, no lo tenía claro, se mezclaban en una coreografía innata. El símbolo Hamato apareció, formado por ambos colores en un degradado que se movía con un ritmo tranquilo, reconfortante. —Anata wa hitori janai —resonó una voz, cálida y vibrante, como un eco que se sentía en el pecho.
A su lado, igual de sorprendido, estaba Leonardo, delineado en azul. Donnie miró sus manos y notó que él también estaba rodeado por el contorno de su propio color, el púrpura, con sus clásicos Ninpo girando en torno a él. —“Tú no estás solo” —comprendió al instante.
Frente a ambos, una llamarada naranja tomó forma, mostrando de nuevo el símbolo Hamato, y a su lado, electricidad roja chisporroteó con intensidad. Cierto… no estaban solos. Tenían a Mikey y a Rafael. Se tenían los unos a los otros, como siempre había sido.
El sonido metálico de un sartén los devolvió al mundo real. Abrieron los ojos y ahí estaba Mikey, de pie frente a ellos, con un mandil que decía “El mejor chef de la casa” y una expresión de enfado fingido. —Son las ocho de la mañana y todavía no han despertado. Tienen que desayunar. Vine hace dos horas, pero como no se movieron, les preparé sus favoritos. Tenemos un largo día por delante para preparar la fiesta de Casey antes de que vuelva de la universidad.
Sin esperar respuesta, Mikey se dio la vuelta y se fue, murmurando algo sobre “hermanos irresponsables” mientras se alejaba. Donnie lo observó marchar y pensó que, efectivamente, su hermanito era todo un ejemplar de una tortuga de caja ornamentada: nervioso, enojado y encantadoramente fácil de irritar.
Cuando sus miradas se cruzaron, él y Leo no necesitaron decir nada; sabían exactamente en qué estaba pensando el otro. Ambos soltaron una carcajada, se pusieron de pie y se encaminaron hacia la cocina.
—Bueno, yo iré después por el regalo de Casey Junior —dijo Leo, ajustándose la bandana. —Tú quédate aquí y ayuda a los chicos —añadió con una media sonrisa—. No te preocupes por tu parte del regalo.
Y así, entre miradas cómplices y risas silenciosas, la mañana siguió su curso, con la certeza tácita de que, sin importar lo que dijera la lógica… jamás estarían solos.













