Han pasado semanas y ya no sé si las cuento bien. La isla parece repetirse en un bucle extraño: el amanecer nunca es igual, pero la sensación es la misma. El agua sigue brillando como si no escondiera nada, aunque todos sabemos que es mentira.
He trabajado en distintos lugares; el invernadero, la cafetería, incluso entre pasillos del hospital, y siempre hay esa voz en mi cabeza que me recuerda que no estoy eligiendo nada. Solo sigo instrucciones. Y aun así, lo hago. Porque en esos segundos, cuando mis manos se mueven y mi cuerpo obedece, siento que no voy a desaparecer.
Lo más duro no es la soledad, ni siquiera la vigilancia. Es ver cómo la bruma se mete dentro de la gente. no los llamo amigos, ni siquiera conocidos. Algunos olvidan su nombre. Otros sonríen cuando no deberían. Yo todavía resisto, pero cada día me cuesta más recordar quién era antes de llegar aquí.
Dicen que la isla se renueva. Que lo que desaparece deja paso a algo nuevo. Quizá sea cierto. Esta mañana, al salir de la residencia, he visto una puerta que no estaba ahí ayer. Una puerta roja, medio escondida bajo la hiedra.
No me atreví a abrirla. Todavía.