El agua y los sueños. Bachelard
(Este es un primer intento a un formato más libre de ensayo y crítica literaria. Foto aesthetic del libro en la mesita de noche.)
Mi fascinación el agua comenzó desde niña. Será que en esta suciedad no llueve tanto y, entonces, es un fenómeno inusual que cambia las cosas. Toda la percepción se transforma: los olores de la tierra y del concreto son más profundos, la luz se mesura tras las nubes, la temperatura y la humedad se tornan más amables y el paisaje trastoca sus colores a unos más suaves. El ambiente se vuelve místico, por así decirlo. En los cuentos de Amparo Dávila es común que los sucesos terribles y fantásticos acontezcan con la lluvia. Yo ansiaba esos días de lluvia para sentir que la cotidianeidad tenía algo de mágico; también así inicia uno de mis libros favoritos, A wrinkle in time, con la llegada de las brujas en la noche de tormenta.
Este ambiente se ha ido perdiendo conforme crezco, porque el cambio climático madura conmigo.
También debió ser porque solíamos ir de vacaciones a las playas de Texas. Entonces el mar siempre estuvo y estará asociado con el goce y el ocio, con la libertad del juego, el tiempo ensanchado para tirarse en la arena y leer o chismear. De nuevo, una ruptura en la cotidianeidad. Considero que tuve una infancia muy feliz y compleja, con una permanente sensación de que había algo más trascendente en el mundo que yo no podía entender o saber. Una permanente sensación de inconformidad, pequeña a veces o enorme con la venida de la adolescencia. Pero podía vislumbrar algo de esa dimensión cuando estaba cerca del agua.
Sentía (siento) algo que hoy reconocería como un llamado, pero no sé de quién o para qué.
(Un laguito hundiendo una terraza por ahí.)
Se debe notar que, así mismo, mi nombre es una referencia al agua. Y no sólo a sus cuerpos más grandes, también a un origen de ella. Por mucho tiempo no me gustó mi nombre porque lo sentía demasiado femenino (y lo femenino siempre es un lugar que no termino de encontrar). La reconciliación con y apropiación de mi nombre fue posible gracias al agua. Era un elemento donde podía pensar y descansar del mundo. Reside en ella una calma y una sabiduría infinita. El agua ya estaba dentro de mí y yo no la había escuchado. En cierto sentido, no fui del todo consciente de mi adentrar al agua. Empezó a aparecer en mis escritos, en mi vista, en mi comprensión del mundo, en mi consciencia ecológica, en el Río que atraviesa mi ciudad.
Es mi nombre, después de todo.
Tal vez por eso entendí bien, o me aferré bien, a las reflexiones de Joseph Campell sobre el agua en los sueños, y lo que dice el Diccionario de Símbolos de Chevalier. Pero este texto quiere hablar sobre Bachelard y El agua y los sueños. Este señor empezó sus escritos hablando de la historia de la ciencia, así que sus objetivos siempre tienen la intención de desentrañar y explicar las formas en cómo pensamos, cómo el mundo impone condiciones de pensamiento y, casi con ironía, cómo terminamos conceptualizamos al mundo de regreso. Es un giro muy bello que su pensamiento se haya hundido en la literatura y lo mítico, en la poesía y lo simbólico.
Los títulos de los capítulos son como un poema en sí mismo:
Las aguas claras, las aguas primaverales y las aguas corrientes. Las condiciones objetivas del narcisismo. Las aguas enamoradas.
Las aguas profundas, las aguas durmientes, las aguas muertas, “el agua pesada” en la ensoñación de Edgar Poe.
El complejo de Caronte. El complejo de Ofelia.
El agua maternal y el agua femenina.
Pureza y purificación. La moral del agua
La supremacía del agua dulce.
(Mi único tatuaje representa el agua.)
Bachelard hace una observación muy importante: las representaciones y/o símbolos del agua tienen que ver con su materialidad. Las condiciones físicas del agua son las que conforman su impacto y devenir en lo mítico, en las historias y en general en nuestra relación con ella. Insiste en que se trata de una “realidad poética directa”, y que tengamos cuidado de no caer en metáforas superfluas. Todas las imágenes y comprensiones del agua tienen cuerpo, alma y voz. Por eso el agua es el símbolo de la regeneración, de la noche, de la transformación del ser, de la ensoñación, de la muerte dulce, del fondo del ser, de la impenetrabilidad del ser, de la inconsciencia, de la tristeza, del misterio, de la luna, del espejo, de la ilusión (en sus varias acepciones), de la mezcla, de lo inestable, de lo bello, lo peligroso, lo gentil y lo inconmensurable. No es el elemento de la libertad, de la furia (aunque sí tenga su rostro agresivo), de la semilla y de lo permanente. El agua es donde se gesta la vida pero no florece en ella. Es el agua maternal pero también es quien desdibuja todo en sí misma. Espejo sólo cuando es turbia. Serena y silenciosa porque ahoga todo movimiento. Canta y hechiza. No captura al sol, si no a la sombra.
Algunas de las citas que más me gustaron son:
Siempre se pretende que el hombre prehistórico ha sido ingenioso desde que nace. Siempre se pretende que el hombre prehistórico ha resuelto inteligentemente el problema de la subsistencia. Sobre todo, se admite sin problemas que la utilidad es una idea clara y que siempre tuvo el valor de una evidencia segura e inmediata. Ahora bien, el conocimiento útil es ya un conocimiento racionalizado. A la inversa, concebir una idea primitiva como una idea útil, es caer en una racionalización tanto más capciosa cuando que actualmente la utilidad está comprendida en u sistema de utilitarismo muy completo, muy homogéneo, muy material, cerrado con mucha nitidez. Pero, ¡ay!, ¡el hombre no es tan razonable! Con tanta dificultad descubre lo útil como lo verdadero.
Cerca de ella, todo tiende a la muerte. El agua comunica con todas las potencias de la noche y de la muerte, del suicidio, no hay que asombrarse de que tancia (sic) del agua de una influencia deletérea. El agua expuesta durante mucho tiempo a los rayos lunares se vuelve un agua envenenada.
Al llegar el día, los fantasmas sin duda corren aún sobre las aguas. Brumas vagas que se desflecan, se van… Poco a poco ellos son lo que tienen miedo, y por eso se van haciendo más tenues y se alejan. Por el contrario, al llegar la noche, los fantasmas de las aguas se condensan, y por eso mismo, se hacen más próximos. El espanto aumenta en el corazón del hombre. Los fantasmas del río se nutren tanto, pues, de la noche como del agua.
Se trata de un caso particular de esta ley de la imaginación que repetiremos siempre: la imaginación es un devenir. Al margen de los reflejos del miedo no es posible contar bien, el espanto sólo puede transmitirse en una obra literaria si este espanto es evidentemente un devenir. Ya de por sí la noche proporciona un devenir a los fantasmas.
A veces, la viscosidad es también el rastro de una fatiga onírica que impide el sueño de avanzar. Vivimos entonces sueños pegajosos en un medio viscoso. El caleidoscopio del sueño está lleno de objetos redondos, lentos. (…). Al objeto pegajoso, blando, perezoso, fosforescente a veces -y no luminoso- corresponde, según creemos, la densidad ontológica más fuerte de la vida onírica. Esos sueños que son masa son, ya una lucha, ya una derrota para crear, para formar, para deformar para moldear. (…). Hasta el propio ojo, la vista pura, se cansa de los sólidos. Quiere soñar la deformación.
En resumen, el amor filial es el primer principio activo de la proyección de las imágenes, es la fuerza proyectora de la imaginación, fuerza inagotable que se apodera de todas las imágenes para ponerlas en la perspectiva humana más segura: la perspectiva maternal. Otros amores vendrán, por supuesto, a injertarse en las primeras fuerzas amantes, pero todos los amores no podrán destruir jamás la prioridad histórica de nuestro primer sentimiento. La cronología del corazón es indestructible.
Cuando amamos con toda nuestra alma una realidad es porque esta realidad es ya un alma, esta realidad es ya un recuerdo.
El carácter cósmico de los recuerdos orgánicos no debe sorprendernos desde que hemos comprendido que la imaginación material es una imaginación primera. Imagina la creación y la vida de las cosas con las luces vitales, con las certidumbres de la sensación inmediata, es decir, atendiendo a las grandes lecciones cenestésicas de nuestros órganos.
Por lo tanto, un psicólogo del mito tendrá que hacer el esfuerzo por encontrar cosas que estén detrás de los nombres, para vivir, aun antes de los relatos y los cuentos, la ensoñación primitiva, natural, la ensoñación solitaria, la que recoge la experiencia de todos los sentidos y proyecta todos nuestros fantasmas sobre los objetos. (Está hablando de cómo nombramos cada aspecto de la vida con una deidad o un ser mítico, como los dioses mitológicos).
El mundo es tanto el espejo de nuestra era como la reacción de nuestras fuerzas. Si el mundo es mi voluntad, también es mi adversario. Cuanto mayor es la voluntad, mayor es el adversario. (está haciendo un comentario sobre Schopenhauer y cómo se enemista con el mundo, y la cita que pone de él también es genial: “El mundo es mi provocación”).
Lo que nos resulta insensato en la historia, en el pasado, es ahora un eterno presente, una verdad profunda de libre imaginación. La metáfora, físicamente inadmisible, psicológicamente insensata es, sin embargo, una verdad de poesía, porque la metáfora es el fenómeno del alma poética. /Constituye, además, un fenómeno de la naturaleza, una proyección de la naturaleza humana sobre la naturaleza universal.
¿Porqué imaginamos? ¿Qué construye nuestras imágenes? Y lo que es más, ¿A dónde nos llevan? Este libro puede ser para ustedes, queridos lectores virtuales (otro día hablaré de lo que realmente significa esta palabra), si les gusta reflexionar sobre las imágenes más comunes en la cultura, si les gustan los arquetipos literarios y míticos, si les gusta un narrador poético y simpático (no ajeno a hacer comentarios incisivos de vez en cuando), les gusta los análisis de Edgar Allan Poe o Novalis, si necesitan una referencia teórica/analítica para interpretar una obra o interpretar sus propios sueños.
(Algas y reflejos en el Río Sta C.)