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@lalalalia
Me fui de Londres hace dos años y el próximo domingo vuelvo: a las 21.50 sale mi avión de Barajas a Heathrow (mi segundo aeropuerto favorito de la ciudad) y de ahí cogeré un par de metros hasta Forest Hill, la colina del sur en la que me asentaré. En Londres no hay Idealista y ni siquiera han decidido sus equivalentes Zoopla o Rightmove: alguien me dijo “busca como los ricos y usa un agente” y por primera vez en la historia he pagado a una inmobiliaria por hacer su trabajo. Si hace dos años me dicen que mi futura casa no sólo tendría alma, sino también jardín, hubiera dicho que imposible porque las que molan en Madrid son las casas con ático.
Han sido dos años estupendos porque en Madrid está toda la gente estupenda. Nunca pensé en volver para VOLVER a irme, pero llevaba tiempo sin complicarme la vida y al final me convencí. Además, sigo segura de que Londres es el sitio en el que estar si todo sale mal.
BOW Hace cuatro años terminé la carrera, dejé mi trabajo y empecé a vivir del aire. Poco después me dieron un premio. Antes de gastármelo todo en cervezas, decidí mudarme a Londres a ver cosas.
La primera casa que alquilé estaba en Bow, un barrio espantoso al este de la ciudad. Compré una bici, visité cafeterías con wifi, me robaron la bici y escribí algunos reportajes desde mi habitación.
Cuando me subía por las paredes y los euros del freelancismo no daban para más, busqué trabajo y caí en Citymapper, una startup de la que me había enterado en uno de esos reportajes y que entonces funcionaba en tres ciudades (Londres, Nueva York y París) y hacían entre ocho personas. El día que Bea se mudó a Londres vino a recoger las llaves de mi casa - donde leímos, vimos series y dormimos en la misma cama cual matrimonio jubilado durante varias semanas - a Little Britain, la calle detrás del Museo de Londres en la que estaba la oficina.
Bea encontró una casa bonita en Bethnal Green y yo, que ya disponía de libras y “seguridad”, huí de Bow a Homerton, ambos al este y no tan espantosos.
Citymapper creció - hicimos Berlín, Boston y DC - y se mudó a Clerkenwell, al este y precioso.
Barcelona era la ciudad más votada por los usuarios y tanto la TMB (su agencia de autobuses) como la EMT (la agencia de autobuses de Madrid) tenían feeds de datos abiertos (la condición básica para empezar a operar en una ciudad). Preparamos la app y en mayo de 2014 la lanzamos en las dos ciudades.
Un amigo me prestó una pequeña bici celeste y pasé el verano yendo a trabajar por el canal.
MADRID Durante el verano hice algunos otros reportajes y en septiembre volví a Madrid, a Chamberí, empeñada en escribir más. Como Citymapper se dedica a hacer el transporte público de las ciudades fácil de usar, tenía sentido hacer Madrid desde Madrid. Nadie trabajaba entonces en remoto así que lo tomamos como experimento.
Durante meses, por falta de procesos, herramientas y atención, salió mal. Con el tiempo, la empresa resolvió su parte (los procesos y las herramientas, que a partir de entonces nos permitirían construir ciudades sin datos abiertos) aunque yo seguía tan empeñada en escribir que descuidé la atención. Salieron algunos reportajes interesantes, pero ambas cosas - escribir y construir ciudades - requerían tanta dedicación que - ¡bingo! - descubrí que lo mejor sería centrarse en una sola para hacerla del todo bien.
Moraleja 1: HAZ UNA COSA. El multitasking está fatal.
CENTRARSE Nunca pensé en volver a irme así que nunca dejé de aspirar a “un” trabajo - y no quinientos, que son los que tienes si eres freelance - en Madrid, y la verdad es que no me pudo salir peor. No sé si en otras sucede, pero la industria periodística que yo he conocido en España funciona a base de palmaditas en la espalda (“¡lo haces muy bien!”), falsas esperanzas (“si sigues, ¡lo conseguirás!”) y encima paga mal.
Centrarse así es complicado. Terminé los temas que había empezado, creé un blog (que ahora está roto y debo arreglar) para escribir los que me apeteciera y me despedí de los medios.
Moraleja 2: si quieres ser periodista, trabaja en algo que dé dinero, escribe un blog y no regales tu tiempo a empresas mediocres.
CONSTRUIR CIUDADES Con todo, lo que seguíamos haciendo en Citymapper molaba un montón.
Bajo la premisa de que “una empresa escala cuando sus empleados son capaces de resolver problemas por sí mismos”, perfilamos esas herramientas y procesos hasta ser prácticamente autónomos al construir y gestionar una ciudad. Eso permite centrarse.
Desde la mesa que me dejaron en Campus Madrid - una de las mejores cosas que ha pasado en esta ciudad - continué cuidando de Madrid y Barcelona, comunicándome con Londres y viajando de vez en cuando allí. Aunque aún queda por pulir, el trabajo en remoto ahora fluye infinitamente mejor. Y cada semana, si no cada día, probamos, cambiamos y mejoramos.
Seguimos siendo un equipo pequeño, de unas 35 personitas de casi 20 nacionalidades con formación en campos muy distintos (de consultoría a periodismo, academia, diseño, transporte, negocio o tecnología) empeñadas en hacer la ciudad fácil de usar. Por el camino, hemos experimentado en todo - producto, funcionalidades, algoritmo, marketing - y construido 25 nuevas ciudades.
No hay más moraleja que la tranquilidad de saber que trabajamos para mejorar todo, todo el rato.
VOLVER Con tantos aspectos resueltos, tenía sentido abandonar la tranquilidad del remoto, el alquiler de un piso bonito y barato en la Ribera de Curtidores, el buen vino y buen queso de los bares del 28005 y el cambio libra-euro para, una vez más, complicarme la vida y ¡volver a Londres!
En mayo nos mudamos a nuestra quinta oficina, esta vez al sur del Támesis. Metí mi bici - mi Bianchi granate - en el avión el 27 de junio y volví a despedirme de Madrid el sábado pasado. He pasado el verano yendo a trabajar por la CS6, el carril bici que atraviesa la rotonda de Elephant and Castle para que no mueran ciclistas, y observando la cúpula de St. Paul cada tarde al salir. No visito cafeterías con wifi porque trabajo tanto que no me apetece encender el portátil fuera de la oficina. Y no escribo porque no me apetece, aunque no descarto convertirme en ermitaña en mi casa en la colina durante los fines de semana y volver a hacerlo. Es también mi plan por si todo sale mal.
Hasta entonces, como siempre, nos vemos en Twitter, Instagram y Snapchat - por qué no.
Besos, Lía
La vida al sur (del Támesis)
Cada pocos meses cambiamos de oficina, y esta vez el ciclo se estaba alargando más de lo habitual.
Primero fue Little Britain, entre el Museo de Londres y la Catedral de St Paul; después, un local a pie de calle frente a una parada de autobús en St John. Más tarde fuimos a Chancery Lane, en el centro de todo y sin aparente alma de nada, para descubrir el mercado de Leather Lane a un lado, fotografiar la calle de oro del periodismo británico al otro (Fleet Street) y llevarnos la sorpresa de la plaza pública más grande de Londres justo al cruzar (Lincoln's Inn Fields).
Clerkenwell – pequeño reducto con tradición relojera y “casa espiritual” de la comunidad italiana - duró más un año y medio: de septiembre de 2014 a abril de 2016. Al lado de la estación de Farringdon, y con vistas a la catedral, lo importante era la comida: quedaba cerca de Leather Lane y, sobre todo, de Exmouth Market, una calle estupenda para que te timen (porque tienes dinero suficiente para creer que pagar 18 libras por un plato sencillo es lo normal) o para ir a mediodía a explorar sus puestos de street-food, donde por menos de 5 sirven cajas de todo. Cuando hace sol, su parque (Spa Fields Park) es un festival.
*
El 3 de mayo todo estaba listo para entrar en la nueva oficina de Southwark, al otro lado del río.
Sabíamos que la del almuerzo iba a ser una cuestión importante, porque entre Southwark y Waterloo sólo hay cadenas – Wasabi, Pret a Manger – y el mercado más próximo es el de Borough, adonde fui de excursión un día para decidir no volver (es tan turístico que el timo es superior al de los establecimientos de Exmouth). Así que en estas tres semanas sólo han aparecido dos pequeñas joyas: el (otra vez) mercado semanal de Southbank Centre (sólo diré: hamburguesa de pato con patatas fritas en grasa de pato y korrito, que es barbacoa coreana en forma de burrito) y un restaurante turco en los arcos de la estación de Southwark (porque, como suele ocurrir en Londres, todo lo bueno sucede siempre bajo las vías de tren). Si hay un asunto que preocupa más que el de la comida es el del café, pero Cargoworks, cerca del puente de Blackfriars, lo ha solventado bien.
*
Ha sido un viaje divertido, de colores diferentes día tras día al salir de trabajar. Lo bueno de estar al sur del Támesis es observar, desde uno u otro u otro puente, la excentricidad del norte: el Gherkin, el Walkie Talkie, el Cheesegrater. Lo mejor: darse cuenta de que al otro lado han cogido carrerilla y tampoco van a parar.
De Battersea Park a Vauxhall la ribera es una obra continua. Hoy he leído en The Guardian un reportaje sobre los dueños de la torre del muelle de St George, a la que he visto desde la bici todas las mañanas: son billonarios rusos, ex-ministros nigerianos, empresarios de Singapur, magnates del petróleo kurdos, ex conductores de Fórmula 1 y un banquero de Indonesia, entre otros. La torre queda al lado de Vauxhall – una rotonda gigante con edificios en forma de barco a la que ir a morir los sábados por la mañana – y la historia está en que casi toda ella permanece deshabitada. Si Londres crece a un ritmo de más de 100.000 residentes anuales y sólo se construyen 25.000 casas, se entiende, no puede ser que las que hay no se usen. Decía el nuevo alcalde, Sadiq Khan, que “no tiene sentido construir casas si las compran inversores de Oriente Medio y Asia”.
“No quiero que las casas estén vacías”, concluyó. Angelito.
*
El plan es estar de vuelta el verano, probablemente más al sur que al norte otra vez.
No sólo hay cadenas y obras: hay muestras preciosas de edificios de hormigón (ya terminados, como el National Theatre), barrios interesantes (Brixton, Peckham), barrios cuñados (Clapham) y aún no sé qué más.
Hay un iPhone que va a explotar de fotografías, un Instagram muy pesado y este Tumblr, que quedó a medias al poco tiempo de volver (por primera vez). Hay que darle un lavado de cara a todo, pero hasta que me apetezca hacerlo había algunas cosas aleatorias que contar sobre el sur.
Varios meses dando la tabarra con la bicicleta después, por fin la semana pasada me hice con una: es tan granate, tan ligera y tan rápida que su antiguo dueño la llamaba Bala Roja, aunque esta vez, a diferencia de Lolita (la pequeña bicicleta azul plegable que me salvó el verano londinense) no tengo tan claro si voy a mantener su nombre.
Si recientemente me has preguntado qué tal estoy seguramente te haya respondido que "muy feliz con mi bici", porque a Madrid ha vuelto el sol y porque he descubierto que la leyenda urbana de que esta ciudad no es para bicis es MENTIRA: el tráfico es un paraíso comparado con el alboroto de coches, taxis, autobuses gigantes y otros miles de ciclistas de Londres y salvo las cuestas (hablaremos de las cuestas en otro momento) no veo grandes problemas a la hora de desplazarme con ella todo el rato. El pequeño Citymapper me da buenas rutas y la desordenada vida freelance me permite cogerla e ir o no ir a sitios cuando me da la gana. Así que en cinco días he disfrutado (y visto) más de Madrid que en los cinco meses anteriores.
Hasta entonces, y tras Oporto, estuve en Londres comiendo leche con cereales, visitando vías de tren, pensando en robos y humanos y contándolo todo en Medium; desde entonces y hasta que la semana que viene vuelva a marcharme - esta vez, a observar una gran feria tecnológica - ha sucedido alguna cosa más aquí.
- El brunch existe (aunque Pérez Reverte se sorprenda y aunque lleve haciéndolo desde 1982): ahora se concentra alrededor de la Plaza de las Comendadoras y según el día cuesta coger sitio. Las tostadas con aguacate del Café Federal alcanzan el nivel de monería que las diferencia del desayuno tardío estándar de cafetería normal; el completo del tal Roll, el sitio de enfrente, quiere pero no puede (y cuesta 16 euros - por unas 12 libras en Londres, donde los sueldos triplican o más a Madrid, desayuno mejor). Quizá el favorito hasta la fecha sea el ibérico con croquetas de La Antigua Huevería. O el pincho de tortilla de antes de ir a dormir cuando las veladas se van de las manos.
- La cerveza artesana es una cuestión política, porque si se pone de moda los grandes fabricantes (que controlan la producción, controlan los bares de una forma parecida a la que el café torrefacto controla las cafeterías y nos han hecho creer que la cerveza sabe a San Miguel o Mahou) se enfadan y dicen que "peligra la calidad". De todo esto, resumido, me enteré bebiendo cerveza y charlando con el responsable de mi viejo nuevo sitio preferido, que ha cambiado de local porque le va muy bien: Irreale. Cuando me encargan reportajes que no tienen que ver con tecnología - aunque no pueda quitarme las gafas del negocio - también soy muy feliz.
- Las ciudades inteligentes son mentira. Al menos en España, una mentira creada para conseguir dinero europeo. Me interesaba (y me sigue interesando) tanto el tema que me volví loca y escribí cinco páginas aquí.
- Me costó escribir sobre personas en vez de hacerlo sobre máquinas cuando me pregunté por qué hay quien le hace el producto gratis a una empresa a cambio de ir a fiestas (o de sentirse especial). Encontré y conté varias razones más. Entendí un poquito más internet.
- Madrid Río sigue igual.
- La Latina sigue igual.
- Chamberí sigue igual (de mal).
- Cuando salgo sin expectativas me lo paso igual de bien.
Hasta Barcelona, donde seguro que suceden aún más cosas que contar,
Besos,
Lía
En Oporto a nadie parece importarle que el autobús y el tranvía pasen con frecuencias de una hora y si el bacalao a la nata que has pedido se retrasa mientras te mueres de gula hambre, la señora camarera te da un beso, te dice que te aguantes y que no te sirve un aperitivo porque va a ser mucho para ti. Pero de postre te regala un chupito, por si acaso las molestias.
Vine a Oporto un par de días antes de que terminara 2014 con el fin de desplanificar 2015. Quería ver el mar (si esto suena muy profundo, me da lo mismo) y la mágica combinación del buscador de vuelos baratos a cualquier sitio de Ryanair + los alojamientos tan de andar por casa que ofrece nuestra segunda patria, Airbnb, hicieron que cayera aquí. Portugal siempre había sido el lugar de las toallas, allá donde cruzábamos para volver con el maletero lleno cuando estábamos de visita en Salamanca, pero una vez fui a Lisboa - y otra vez repetí - y decidí que viva Portugal y que ojalá no se enterara nadie, nunca. Oporto era lo que me faltaba para confirmarlo.
Han sucedido algunas cosas interesantes:
Los bares de viejo tienen wifi.
Los bares de viejo sirven el vino a 0,60 € y el café a 0,80 €.
En los bares de viejo no hay jóvenes.
Por qué tomar francesinha pudiendo tomar bacalao en todas y cada una de sus formas de expresión.
Por qué limitarse al río pudiendo perder el tiempo en un sofá colgado, literalmente, sobre las olas.
Hablan inglés.
Si dejas que los amigos ex-erasmus que te han pillado en Facebook te acompañen y enseñen su vida, te llevas las mejores vistas.
Ya no son los gorriones o las palomas, sino las gaviotas las que acuden a tu mesa a incordiar comerse tu comida.
Hay al final de la línea de metro un barrio que parece Móstoles - o cualquier derivado de ciudad dormitorio - con un montón de señores en fila preparando, cada día, a partir de las seis de la tarde, las brasas para cocinar el pescado recién cogido del puerto. Se llama Matosinhos y yo casi me pongo a llorar.
Algo se me ha pegado en Oporto cuando hoy, incluso, he llegado tarde a internet (menos mal que El Mundo Today ha acudido a mi rescate).
También se me ha olvidado escribir así que he hecho muchas fotografías, porque seguro que a estas alturas de Portugal ya se ha enterado mucha gente.
Siempre defiendo que los años no empiezan ni en enero ni en septiembre sino entre marzo y abril, cuando a Madrid llegan sus dos únicas semanas de primavera y podemos ir en sudadera por la calle. Es entonces cuando aquella lista de propósitos en Word con la que abrimos enero se desmonta y cuando toca volver a pensar: julio está a punto de incendiar nuestros pisos y necesitamos un plan de huida.
Y entonces, como hace sol que aún no quema y Lavapiés, la Gran Vía y Malasaña (hasta Chamberí, si me apuras) nos hacen creer que vivimos en la mejor ciudad del mundo, el caos cerebro-vital de los meses anteriores desaparece y parece que todo, incluidas las constantes Ideas De Futuro, empieza a salir como debería. No sé ni siquiera si es exclusivo del pueblo madrileño, porque en anteriores ocasiones - cuando vivía en Europa, en Amberes y en una ciudad de verdad, Londres - me ha pasado lo mismo. Quizá es asunto mío y no hay más que analizar.
El caso es que este no-fin-de-año me he venido a Oporto a ver el río, comer bacalao, pasar la gripe, creer que estoy de vacaciones al escuchar a turistas españoles decir que “esta ciudad tiene encanto por su aire decadente” y, sobre todo, a desplanificar 2015.
Tras un par de Superbocks, he aquí el resumen del no-plan:
En 2015 no me apuntaré al gimnasio.
En 2015 me compraré por fin una bicicleta.
Diré que “ya está bien de viajar, quiero estar tranquila” y en cuanto vuelva a Madrid compraré vuelos a algún lugar.
Rayaré a mis amigas con que “¡deberíamos aprovechar la sierra durante los fines de semana para respirar un poco!” y no subiré ni un solo fin de semana a la sierra para respirar un poco.
A estas alturas, lo de dejar de salir, de beber y de tomar cinco cafés al día no es un propósito válido.
Para lo de intentar comer menos fuera de casa / pedir menos comida a domicilio todavía hay ESPERANZA.
Para lo de ahorrar, también.
¿A quién quiero engañar?
En algún momento, nuestra casa tendrá alma porque todo irá bien.
Chamberí jamás dejará de ser un aburrimiento supremo.
Voy a ser organizadita. Voy a ser organizadita. Voy a ser organizadita.
No veré series.
Voy a quemar Instagram. Twitter seguro que también.
Hay esperanza: no trabajaré tanto.
No hay esperanza: seguiré quejándome de todo.
Hay esperanza: escribir menos, pero – gran propósito – escribir mejor.
Este año no perderé el DNI, las tarjetas, el abrigo, la cartera, el móvil, el bolso y el neceser, sólo alguno de ellos porque voy mejorando.
En abril seremos felices.
El objetivo de cualquier vida es que el verano se pasa bajo un enorme aire acondicionado o no se pasa (en Madrid).
Salir de las cuatro paredes.
Dice Elena que 'fernweh'.
Las amigas.
La familia.
El internet.
Y si todo sale mal... Si todo sale mal.
Pero seguro que, suceda lo que suceda y suceda desde donde suceda, este Tumblr seguirá aguantando todo lo que se me pase por la cabeza.
Hasta entonces, ¡feliz no-año nuevo desde Portugal!
En las fotos: el río, la terraza y los sándwiches que desayuno.
Y muchos besos,
Lía
10 cosas que no me enseñaron en la universidad sobre el periodismo
(El miércoles fui a Murcia a dar una charla a estudiantes de periodismo. Lo primero: gracias a los alumnos por aguantarla. Lo segundo: gracias a José Manuel Noguera y a la UCAM por la invitación. Lo tercero: como era la primera vez que hacía algo así y la primera vez que tenía que PENSAR, antes de montar el Power Point escribí un borrador. Lo cuarto es que al final me ha apetecido publicarlo)
1. "Un periodista nunca sabe cuándo va a volver a comer” (Rafa Galán, redactor de Emprendedores). Cuando empecé a estudiar en 2007 a nadie se le ocurrió contárnoslo, pero no tardó en llegar la crisis para que lo viéramos: si eres periodista no te vas a hacer rico (olvídate de hacerte rico), pero lo vas a pasar MUY bien.
Mi compañero Rafa definía así los vaivenes de un mercado en el que un día tienes muchos encargos y te crees espectacular y al día siguiente ninguno (y te quieres morir). De 2008 a 2013 cerraron en España casi 300 medios y la ilusión del contrato en una redacción desaparecía poco a poco. Pero de 2008 a 2013 nacieron otros 400 medios. No es que no queramos hacer cosas, es que para eso mejor lo hacemos por nuestra cuenta, aunque a veces parezca que todo va a salir fatal. 2. “Niña, búscate un trabajo de verdad” (mis padres). De agosto de 2010 a febrero de 2013, aún en la carrera, yo tuve un empleo y un contrato reales: quería independizarme, vivir en el centro y trabajé editando guías de viaje para iPad en minube, una start-up española. Según me licencié, y porque habían sido cinco años y medio estudiando y trabajando a la vez, decidí empezar a vivir del aire y de las colaboraciones que pudiera hacer en pijama desde mi habitación. Tal y como estaban las cosas - ay, las cosas - mis padres se enfadaron. “¿Qué haces dejando el trabajo? ¿Has pensado en sentar la cabeza? ¿Has pensado en la JUBILACIÓN?” 3. “La economía me escogió a mí” (Susana de Pablos, redactora de Emprendedores). Fue lo que dijo mi compañera Susana cuando le pregunté qué hacía allí. Susana no había querido ser periodista económica toda la vida pero empezó, le gustó y se quedó. En 2007 no existía en la Universidad nada llamado ‘periodismo tecnológico’ (imagino que ahora tampoco) y claro que yo no pensaba en ello, pero sí pasaba la vida pegada al ordenador y fui, de repente, la becaria a la que le dieron la web de la revista y a la que el subdirector encargó reportajes sobre redes sociales, analítica o posicionamiento web (SEO) cuando empezaron a “ser tema”. En verano de 2013 uno de ellos ganó un premio y mis padres me volvieron a querer. 4. “Cuéntaselo a un señor del pueblo” (Pilar Alcázar, redactora de Emprendedores). El SEO es el tema más gris del mundo. Es feo, va de Google, de algoritmos, de robots que leen tu web. Nadie, nunca, jamás se leería un artículo sobre SEO, así que tienes que contarlo con amabilidad (si es que eso es posible) para que al menos el lector interesado lo digiera.
Nada más entrar en la revista me dijeron: escribe pensando en que te va a leer un señor de pueblo y que te tiene que entender. Con economía, como con tecnología o con ciencia, política, moda, internacional, deportes y periodismo en general pasa justo ESO: si no te entienden no sirve de nada, pero si te entienden puede servir de mucho. Si lo lee alguien experto y se le cae la cara de vergüenza quedarás mal. Encontrar el equilibrio y escribirlo bien no es fácil, pero es parte de lo que me parece emocionante (aunque a veces se me caigan los ojos cambiando comas). 5. “Si no sabes, llama al que sabe” (Javier Inaraja, redactor jefe de Emprendedores). Consejo ilustrado con ejemplo favorito: mi compañera Lucía El Asri escribe un blog sobre porros sin fumar porros. Tiene una agenda llena de porreros a los que llama cada vez que tiene algo que contar. El teléfono y las fuentes serán, siempre, tu segunda mejor herramienta de trabajo. 6. “Tu mejor herramienta de trabajo es la cerveza (o el vino)” (proverbio popular). La primera son tus fuentes, las fuentes son personas y rodearte de ellas te servirá para a) estar en contacto con el mundo y no sólo con el ordenador b) aprender c) sacar información (e historias de las que tirar). Abajo el email. Y al resto de periodistas también les gusta mucho la cerveza (y el vino): conocerles servirá para que se acuerden de ti si algún día tienen un medio y necesitan quien escriba en él.
7. “No ligarse a las fuentes” (norma general en Hoja de Router). Como no sería ni el primer ni el segundo caso conocido, allá va: no te ligues a tus fuentes. Te llevarás bien con tus historias y harás amigos: aunque a veces no te dé para comer (ver punto 1), tu trabajo es hablar con todo el mundo y lo pasarás genial. Pero cuida, si no quieres que te pidan más de la cuenta, la línea entre lo personal y lo profesional. 8. “¡Los expertos te han comido la cabeza!” (Fernando Montero, subdirector de Emprendedores). Comprendiste tanto a tus fuentes, empatizaste tanto con ellas, llegaste a trabajar tanto en su mundo (porque necesitabas un trabajo de verdad) y te convencieron tantísimo de [cualquier cosa] que te olvidaste de contárselo a quien tenías que hacerlo (ver punto 3) y empezaste a hablar a los expertos. Ejemplo: el verano pasado me empeñé en hacer un reportaje sobre financiación de la I+D+i en España y cuando llegué a la redacción con el texto el editor me mandó a mi casa porque no había quien lo entendiera. Creo que esto es peligroso. Si no plantéate por qué los periódicos son tan aburridos. 9. “Tu especialización tiene cuatro paredes” (David Gómez, fundador de Hoja de Router). Has aprendido de cada entrevista y reportaje porque necesitabas entender todo antes de escribir. Has leído, has hablado, has trabajado y has, incluso, vivido el mundo que cuentas a los demás. Algo sabes. Pero ese mundo no lo es todo: la especialización tiene cuatro paredes y hay que intentar salir. A mí el "sistema" que suelo contar me ha saturado tanto que he terminado escribiendo sobre el antisistema.
Hay vida más allá de esas cuatro paredes. Mola quedarse “en casa”, pero si te estancas te aburres tú y aburres a los demás. 10. “Ve a tomar café” (yo). Estas semanas me he acordado mucho de un artículo que escribí para eldiario.es y del que en su momento dije: ¿QUÉ? La editora de Diario Turing, Marilín, compartió un vídeo de The Guardian sobre cafeteras para el hogar como idea para sacar algo similar. Yo estaba en Londres (sin trabajo de verdad) y lo cogí. Ni sabía de café ni de cafeteras ni entendía la motivación que podía tener alguien para leer un artículo así ("¡quién en su sano juicio podría leer sobre esto!") pero ya había dicho que sí, así que fui a la calle, bebí miles de cafés, hablé con dueños de nuevos locales y acabé enterándome de la historia de las cafeterías independientes, su forma de hacer negocio y hasta la creación de la tendencia del café "artesanal".
Fue muy divertido. Vivía con Bea en una habitación en el barrio con menos alma de todo Londres y el café era una bonita excusa para trabajar juntas e ir a Notting Hill a soñar con casas de colores. Creo que quedó un artículo decente; si hoy alguien me pregunta, cuento la historia y lo enseño sin avergonzarme. Y eso que el café no tiene nada que ver con mi supuesta especialización. Hay una expresión que odio: "zona de confort". La zona de confort es el espacio en el que uno está encantado con el mundo que ha montado en su cabeza y donde nunca pasan cosas nuevas. Si algo fascinante (!) tiene el periodismo es que aprendes sin parar, así que si de repente estás cómodo y parece que ya te lo sabes todo, mejor sal corriendo a tomar café (o cerveza o vino). Aunque, una vez más, no te vayas a hacer rico y tus padres te manden a pensar en la jubilación.
Qué moñas me pongo con estas cosas. En la foto, Murcia, donde nunca había estado, donde lo pasé muy bien y encima pensé. ¡Gracias de nuevo por la invitación!
Hasta que vuelva a tener tiempo para decir hola, poner fotos bonitas o escribir listas aquí,
Besos,
Lía
Vine a Londres hace diez meses y el próximo miércoles me voy: a las 6.50 sale mi tren de King's Cross a Bruselas (mi ciudad menos favorita del mundo), donde pasaré unos días trabajando; de ahí volaré a Roma a montar en autobús y ver belleza, y después a Nápoles, a trabajar y escuchar a políticos un poco más. El 5 de octubre aterrizaré de nuevo en Madrid. Esta vez, ha decidido Idealista, toca Chamberí.
Han sido diez meses brutales porque Londres es brutal. Siempre había renegado de Londres (¡es muy cara!) pero al final me convencí: seguro que allí pasaban cosas y seguro que allí, si todo salía mal, aún había algo que hacer o que mirar.
*
Han sido dos casas, tres oficinas, dos bicicletas y una robada, una docena de artículos sobre la ciudad y unas doscientas fotos en Instagram de comida, edificios, parques, calles o café. Londres es enorme, está viva y está loca: el año pasado su población creció en 108.000 nuevos habitantes (el crecimiento más grande desde 1939) y el precio de la vivienda ha subido un 63% desde 2009 (en el resto del país, un 17%). No hay oferta para tanta demanda y no hay un plan de expansión. Los edificios de apartamentos glaseados siguen en construcción, igual que esa serie de espantosos rascacielos con forma de walkie-talkie, pepino, servilleta o rallador de queso que han dejado pequeña a la cúpula de Sant Paul.
“Hay quien dice que Londres es el resultado de siglos de especulación inmobiliaria”, escribe Enric González. “La ha habido, es cierto, y la hay, y muy voraz, pero eso no lo explica todo. Yo hablaría más bien de entropía. La urbe ha crecido y se ha complicado por sí misma. Londres nunca ha tenido reyes o alcaldes que hayan querido ordenar u homogeneizar la ciudad”. Esto, que no es nuevo, es maravilloso: a mí me deja odiarla cuando llueve y veo edificios satánicos, adorarla cuando sale el sol y sólo me fijo en las casas victorianas y pasármelo genial viendo, leyendo y discutiendo sobre ello.
*
Londres también piensa. Quizá lo más interesante que he visto aquí estos meses ha sido el trabajo que están haciendo el sector público y el tercer sector para innovar. Me encantó la historia del Government Digital Services, el departamento encargado de la “transformación digital” de Reino Unido, me encantó ir a The Open Data Institute y que me contaran cómo imaginan la web en diez años, me encantó hablar con trabajadores de la Cruz Roja y el equipo de Humanitarian OpenStreetMap (el mapa abierto del mundo) sobre cómo coordinan su trabajo en situaciones de catástrofe y me encantó entrevistar al jefe de data.gov.uk y ver, desde su perspectiva, cómo se monta un portal de datos públicos abiertos.
Reino Unido es uno de los países que mejor está entendiendo en qué año vive, sabe que los cambios no suceden en un día y trabaja para que su innovación funcione a largo plazo. Hacer periodismo y cubrir políticas públicas también es más fácil. Y en lo privado, Londres se ha venido tan arriba que ya se considera capital tecnológica y digital de Europa y ahora afronta, para bien y para mal, sus consecuencias. Hace dos meses entrevisté a un empresario que trabaja en tecnología y que en diez minutos me había dicho: “mira San Francisco: hay una reacción violenta hacia los más ricos, piquetes boicoteando los autobuses de Google, gente arrancando a otra las Google Glass. Es porque ha habido historias de éxito. Hay tensión entre el mundo real de los negocios y el de la tecnología. Y puede pasar en Londres si no tenemos cuidado, porque mucha gente, incluidos nosotros, se está haciendo rica. ¡Nos está yendo bien!”. La brecha social y la guerra de ricos contra pobres (en este caso, desde el ejemplo de la industria tecnológica) se entiende bien aquí. Los pobres viven en edificios satánicos, los ricos en casitas victorianas, los barrios y comercios están en cambio constante y a mí, otra vez, me parece estupendo verlo y contarlo.
*
Si había algún plan cuando el verano pasado compré aquel vuelo de Ryanair era sencillo: vivir del aire (y de un premio que gané), observar y pasármelo bien. Los últimos meses, de verano a 20º, han sido lo mejor: me mudé a un barrio con alma cerca de Bea, me hice con una bicicleta nueva y dejé de montar en autobús, lanzamos Citymapper en Madrid y Barcelona, el equipo creció y la nueva oficina se convirtió en un hogar y disfruté cada tarde y cada fin de semana con miles de planes, a veces diferentes y a veces de los de siempre: del parque de siempre, la calle de siempre y el vino de siempre en el restaurante de siempre.
Todos los días la recorro en bicicleta, en la cafetería de al lado del trabajo me llaman por mi nombre y cuando vuelvo al barrio el camarero del turco sabe que de aperitivo me gusta el queso. Al final Londres, que es brutal, es tu amiga y te trata como si estuvieras en casa. Por eso no me voy del todo: volveré a menudo a ocupar sofás y a trabajar. En el plan no estaba volver a Madrid con un proyecto de aquí que hacer crecer ni con otro de allí en el que seguir creciendo. Pero, una vez más, la idea me parece absolutamente fantástica.
Hasta entonces, voy a echar muchísimo de menos esta ciudad.
Besos,
Lía
Ayer fue un día precioso: cruzamos Londres de este a oeste en bicicleta. Nos despertamos con poca resaca, nos recordamos que era sábado y no había que trabajar y quedamos en el puesto de bicis más cercano a nuestras casas, en Broadway Market (donde Climpson and Sons tuestan y preparan el mejor café de la ciudad). Sólo necesitas una tarjeta bancaria con más de dos libras en ella para tener acceso a bicicletas públicas durante 24 horas y hacer todos los viajes de hasta media hora (si te pasas ese tiempo, empiezas a pagar un poco más) que quieras. Aunque en mi barrio no hay (cada barrio paga por que las bicis lleguen a él y Hackney dice que no puede), Londres está plagado de estaciones y ni siquiera un sábado con buen tiempo suele haber problemas de disponibilidad. En el mapa oficial, que incluye datos en tiempo real de bicicletas y espacios disponibles, se ve muy bien.
La ruta fue más o menos así: Broadway Market - Bank - Catedral de Saint Paul - Westminster - Victoria Street - Hyde Park - Lancaster Gate y Notting HIll hasta Holland Park, donde hice las fotos. Dicen que el jardín japonés de ese parque es el más bonito de Londres pero yo sigo diciendo que para mí gana Victoria Park, donde además no hay ni un solo turista.
Entre medias comimos sushi, vimos desde fuera un cementerio de mascotas lleno de tumbitas y entramos a los 'mews' de la zona de Notting Hill, las calles de detrás de las casas de ricos donde en los siglos XVII y XVIII vivía el servicio. Hoy son pasajes peatonales, como pequeños pueblos dentro de la ciudad, de viviendas reformadas y bonitas donde probablemente también viva gente muy rica.
Lo fascinante fue la libertad de ir por la calle disponiendo de las bicis sólo cuando hacían falta, de poder parar, caminar, entrar a comer sushi y terminar bebiendo vino en el único bar Manolo que hemos visto en Londres (La Bodega, en Portobello) para coger el metro de vuelta cuando ya era de noche y no nos apetecía pedalear más.
Pusimos, una vez más, a parir al coche como medio de transporte urbano (porque contamina, no es eficiente y porque lo que tu coche ocupa de espacio, mientras está parado y sin hacer nada, me lo quita a mí de calle) y deseamos, otra vez más, no tener que recurrir nunca a sacarnos el carné ni a gastar nuestro dinero en tener uno. Me acordé de dos artículos que he leído este verano en la sección Cities de The Guardian: el ambicioso plan de Helsinki para que en diez años no tenga sentido tener coche (el escenario será: transporte público y transporte compartido o bajo demanda, como las bicis o servicios para compartir coche, y una única aplicación que te diga qué te viene mejor en cada momento y te permita cogerlo y pagarlo) y el requiem por la gasolinera.
"If the totem of this new city is the bicycle, then the buzzword that characterises its new neighbourhoods is local, just like the provenance of the food at the weekend farmer’s markets. Local restaurants, local breweries, local journalism and Sainsbury’s Locals not only reduce dependence on the car, but even wage a symbolic war on the need to overcome distance. The only thing you need to navigate the city is a smartphone with Hailo, Citymapper and Whatsapp (...) The aspiration is toward high-density, city-centre lifestyles, purged of noise, smell, dirt and danger – commodities that furnished the 19th and 20th century cities with their thrill and their reputations. It’s a point made by Owen Hatherley, who argues in A New Kind of Bleak that British capitalism was always “embarrassed by the muck, mess and noise of industry”. Far preferable is the inodorous business of financial services, digital technologies, fashion and media, while the dirty work is outsourced elsewhere (...) So if it was once a luxury to be able to own a car, nowadays the reverse is true – the greater luxury is to be able to go without".
Cuánto se aprende en Londres.
Besos,
Lía
Ayer leí una noticia repugnante: un inversor, Pavel Curda, acosó a una emprendedora, Gesche Waiyi, a la que había conocido en un evento para startups (un encuentro donde personas con proyectos, mentores e inversores se juntan para conocerse y hacer contactos y negocios). “Me gustas. No me iré de Berlín sin tener sexo contigo. ¿Trato hecho?”, escribió él por email. La noticia añadía que no era la primera mujer a la que enviaba el mismo mensaje, incluía su excusa (“estaba borracho”) y un enlace a otra noticia en la que él afirma estar dispuesto a disculparse “con un gran ramo de flores”.
La de la tecnología es una industria joven en la que, nos contaron, triunfarían los valores de meritocracia, participación e inclusión, en la que las reglas de juego eran nuevas y los errores de la vieja economía no se iban a repetir. Pero resulta que no es así. Esta semana he publicado un reportaje sobre la brecha digital, social y urbana que provoca (con el ejemplo de Londres) y hace ya once meses me dediqué a entender por qué hay muchas menos mujeres (en concreto, mujeres fundadoras de startups) que trabajan, tienen roles importantes o son famosas en ella.
El resultado quedó en este enlace, pero también (y mucho) en mi cabeza. Cuando David me propuso escribir el tema, toda mi reacción fue “¿Que por qué hay pocas mujeres al frente de startups? Pues porque sí”. Él insistió en que había más, en que rascara, y después de leer libros, artículos e informes y, sobre todo, entrevistar a cinco personas (cuatro de ellas mujeres), comencé a ver respuestas y a cuestionarme aspectos a los que nunca había hecho ni caso. El “síndrome de las gafas violetas” es el término con el que el feminismo describe el momento en el que alguien empieza a “ver” lo que hasta entonces era invisible. Y no, no es ninguna locura: yo hace once meses ni me planteaba por qué al hacer reportajes sobre negocios o tecnología todos las fuentes o protagonistas eran hombres. Ahora sé, y aún me queda tanto por aprender, que detrás hay razones estructurales. Terminé aquel artículo con lo que me dijo Guernica Facundo, experta en empresa y género, cuando le agradecí su tiempo y valiosas explicaciones. “Hay una generación de mujeres que habéis vivido en igualdad de acceso a oportunidades, a las que os da mucha rabia que digan que sois una parte de la población que no está tratada igual. Yo tengo 38 años, pero lo veo en mis hermanas de 21 y 22. Ellas me dicen 'es que siempre estás con el mismo rollo'. Lo viven como que 'a mí nadie me tiene que regalar nada, no me tienen que dar más importancia por ser chica'. Y yo les digo que sí, que eso es cierto. Pero lo que tenéis que ver es que hay oportunidades que no estáis pudiendo aprovechar no por el hecho de ser chicas, sino porque hay toda una serie de prácticas y estructuras detrás que funcionan como una máquina”.
Ahora volvamos a ayer. La noticia de la emprendedora acosada por el inversor coincidía con a) una denuncia por violación múltiple (cinco chicos a una chica que salía de trabajar en la feria de Málaga) archivada b) los tuits de una periodista contando dos casos de machismo de esa misma mañana: un chico proponiéndole un café en la biblioteca y un señor llamándola 'preciosidá' por la calle. Las tres – emprendedora en evento de networking, trabajadora de Málaga, periodista en la biblioteca - vivieron una situación machista. Yo no he hablado con ningúna así que no escribiré sobre ellas, pero sí he vivido otras historias y reflexionado suficiente sobre el tema para, con “gafas puestas”, explicarlo desde mi punto de vista.
*
Nunca he tenido miedo a ir por la calle o volver a casa sola. Jamás. Crecí en una ciudad dormitorio extremadamente segura y lo último que se me pasa por la cabeza cuando salgo es que alguien vaya a robarme y mucho menos a violarme. Tampoco cuando he vivido en el centro de Madrid o ahora, en Londres. En Amberes (Bélgica) vi el peligro una noche que pegaron y atracaron a un amigo en mi portal. Salía, por cierto, de casa de mi vecina: ella tenía claro que a esas horas no quería volver sola así que él la acompañó.
Yo no me siento vulnerable ni insegura en un espacio público, pero hay otros momentos en los que, vaya, sí. Como periodista, como trabajadora autónoma o como simple persona sociable, suelo quedar con gente “del sector” con la que tengo algo que ver. A veces no pasa nada, otras veces nacen ideas o fuentes para artículos e incluso alguna vez consigo clientes (¡dinero!) para los que escribir. También he hecho buenas amistades. No sé si es por el sector en el que me muevo o por qué, pero el caso es que esta gente son, casi siempre, hombres.
Hace varios meses, en una de estas, el tipo con el que había quedado me acompañó al portal de mi casa, me agarró por la espalda e intentó entrar. Le mandé al carajo, me subí a dormir y al día siguiente, indignada, se lo conté a mis compañeras de piso. “Chicas, ¡yo sólo quedo por tomar algo y charlar! ¡Con alguien con quien tengo algo en común y de donde pueden salir historias, trabajo o amistad! ¿Por qué interpreta que quiero ALGO?” Y entonces me dijeron: “Analía, ten cuidado, porque si quedas y además tomas copas ellos lo interpretarán de otra manera”. Así empecé a percibir que, a ojos de muchos hombres, yo era primero una chica y luego ya, si eso, una persona que se relaciona con su entorno profesional o simplemente es sociable. Al mismo tiempo, muchas amigas en sectores masculinizados (arquitectas, ingenieras, banqueras) me han contado cómo son casi invisibles: son “las chicas” y en las reuniones los clientes miran al hombre antes que a ellas. Es lo que le pasó a Gesche Waiyi: en un evento de negocios, ella es invisible como emprendedora pero visible como tía a la que proponerle sexo. El inversor vio una mujer a la que tirarse, y luego ya, si eso, a una persona con un proyecto empresarial tan válido (o no válido) como el de los hombres que había allí. ¿Sabe alguien de jóvenes emprendedores acosados por inversoras? Yo tampoco.
*
Este post no nació ayer. Hace tres semanas tuve una reunión en mi oficina. Ahora trabajo en una empresa en la que hacemos tests de usuario – viene gente que usa nuestra app y vemos cómo se relacionan con ella y qué podemos mejorar – así que invité a un conocido a pasar, tomar café, hacer un pequeño test, hablar sobre proyectos y, ya que estábamos, ver cómo su empresa y la mía podían colaborar. Al cabo de dos días volvió a escribirme preguntando qué tal estaba. Respondí que muy liada y en un intento de ¿ser majo? me dijo algo así como que me pusiera una capa de superhéroe o “una toalla” y saliera a por todas. No sé si es la mejor manera de ligar (a mí no me lo parece), pero no nos desviemos, que la narrativa no es “chico lo intenta con chica y no se le da bien”.
Yo no respondí. Tres horas después, volvió a escribir.
(Unos días después, vino a la oficina a reunirse con mi jefe y me trajo bombones y una carta de disculpa).
No me siento vulnerable cuando vuelvo sola a casa, pero la experiencia ha hecho que cada vez que tengo una entrevista o reunión con un hombre encienda mi radar de “cuidado: podría pensar que quieres algo”. Y es un rollo. ¿Qué te hace pensar que es así? ¿Por qué no me ves como una igual? ¿Por qué soy primero una chica y luego ya, si eso, todo lo demás?
Dice Elena que muchos hombres tienen una empresa, Follar SL, y que todos sus movimientos son como inversiones con un único interés (follarte) que predomina sobre cualquiera que tú puedas tener. Es lo que tratamos de explicar cuando dicen que la trabajadora de Málaga “consintió” que la acosaran entre cinco, cuando comentan que el inversor sólo quería ligar y que si la emprendedora lo cuenta en la prensa “quiere llamar la atención” o cuando se empeñan en que proponer un café mientras estudias o llamarte preciosidad mientras paseas por la calle es “educación”. En todos los casos hay una posición de poder de un hombre que asume su derecho a acosarte, a escribirte emails para tener sexo o a incordiarte en la biblioteca y en la calle. Y no, tú no has dado vía libre. Si tuvieras interés no lo denunciarías, ni lo contarías en prensa ni te quejarías en Twitter. Tampoco yo contaría aquí que un tío me pidió un selfie si hubiera querido algo con él.
Si piensas que soy una borde, una exagerada o que voy de víctima, no has entendido nada pero puedes leer más: esta conversación explica por qué proponer un café puede ser molesto, la noticia sobre el inversor acosador analiza qué pasa en la industria tecnológica que es tan desigual y la web Me han violado describe la cultura de la violación. Algo más: Pikara es una revista escrita con perspectiva feminista y con la que puedes aprender un montón.
Que no te engañen: el feminismo no es malo. El feminismo es preguntarse por qué la sociedad es como es, buscar respuestas y hacer visible lo invisible. Si crees en la igualdad, no te queda otra que creer también en ello.
En las fotos, Naiara, Bea y Elena, con quienes hablo mucho de estos temas y me saco selfies cuando me apetece.
Besos,
Lía
Es 16 de agosto y es 20 de octubre: hace viento, 18º, llueve y se ha ido la luz. Los planes de vino y sol y más vino y más sol han cambiado de repente a peli, mantita, sofá y, ya que nos ponemos, una gran tortilla de patatas hecha en casa, con amor. "Papá, ¡hoy he ido a ver el lugar donde nacieron los ordenadores!" "Te emocionas mucho con los ingleses, pero recuerda que comes patatas porque los españoles las trajeron del nuevo mundo". "Puedo vivir sin patatas, pero no sin ordenadores". Y al cabo de un rato resulta que no.
Mientras la vida sigue en Instagram llena de playas y en mi alma llena de envidia, en Londres ha ocurrido alguna cosa más:
- Brunchs en nuevos sitios favoritos: Well Street Kitchen, el "small and friendly cafe" de debajo de mi casa. Es el único establecimiento puesto bonito de la calle, hasta hace unos meses presidida por un Tesco, tres charity shops, dos restaurantes turcos y un enorme off-license turco en el que venden paquetes de un kilo de queso, un kilo de hummus y un kilo de yogur. En Well Street Kitchen me sirven el segundo café cada mañana, el almuerzo cuando no quiero / puedo cocinar y un Bloody Mary para la resaca cuando no quiero / me puedo mover. Les he cogido cariño.
- Más Bloody Mary's en The Breakfast Club, Don Picante's en Machete y Don Picante's triples en Shoreditch House. Londres terminará convenciéndome de que de la cocina hipster moderna hay que ser fan. Hablaremos de todo ello, así como de la palabra maldita y más, dentro de poco.
- Hasta entonces hemos hablado de por qué no deberías hacer una app (y si la haces, que sea más o menos así) y de un mapa del mundo hecho entre todos. ¡También participé en un podcast!
- Tengo una bicicleta nueva. Me la ha dejado mi amigo Kim: es azul, lenta, pequeña y apenas frena pero me hace muy feliz. Lo que con ella quemo en kilos y ahorro en transporte me viene perfecto para invertir en los puntos 1 y 2; lo que veo (Regent's Canal lleno de barcos, Islington lleno de calles de casas y jardines) me alegra a diario los viajes al trabajo. Y si ocho meses después me he pasado Londres, a sus baches, coches, autobuses, taxis, minitaxis y resto de ciclistas, también debería ser capaz de pasarme pronto Madrid.
Hasta entonces,
Besos,
Lía
Hace dos semanas publiqué un artículo: Cómo abrir un portal de datos públicos (y que no cierre en un año). Me había empeñado en entender cómo funciona la apertura de datos en la administración (local, regional o nacional) porque imaginaba que sería algo más complejo que montar una web, así que sugerí el tema en eldiario.es, lo aceptaron y empecé a trabajarlo.
El resultado está en el texto. Pero más allá de eso hubo algó que me cabreó mientras lo hacía: la tremenda diferencia entre conseguir información en Reino Unido y en España.
Los catálogos de datos nacionales son webs públicas que hace la administración. En Reino Unido se encarga un equipo de cinco desarrolladores y un jefe desde la Cabinet Office, la oficina encargada de que todo vaya bien en el Gobierno. En España la parte técnica la hacen en red.es, una entidad pública empresarial (una empresa dentro de la administración, como si fuera otro departamento) y la estrategia en el Ministerio de Industria.
Contacté por email con el jefe de data.gov.uk un miércoles por la tarde y el viernes por la mañana lo entrevisté en persona: charlamos durante media hora en el HM Treasury, en el centro de Londres. Muchas de sus declaraciones están en el texto. Contacté con datos.gob.es un jueves por la mañana. Me respondieron ese viernes para indicarme que estaban tramitando la entrevista. El lunes siguiente me escribió otra persona pidiendo un cuestionario para concertar una entrevista telefónica. Lo envié. Respondieron una semana después para decirme que mejor hacíamos la entrevista por escrito por la apretada agenda de quien iba a responder. Respondí que al día siguiente tendría prisa porque iba a enviar el texto y que podían pasarme información (mi cuestionario para entonces se había reducido ya a una sola pregunta) para intentar incluirla. Me escribieron un email porque la persona que iba a responder andaba preocupada: como el cuestionario se había reducido y sólo había una pregunta que completaría una pieza ya escrita, estaba "intranquila" porque no conocía "el contexto en el que aparecería su declaración". Llamé, expliqué de qué iba la pieza. Pidieron que enviara un trozo del texto para comprender el contexto Lo hice y un par de horas más tarde me respondieron a la pregunta.
Copio la mitad de la respuesta (el resto es parecido y el resumen se puede leer en el artículo).
"Los conjuntos de datos del Catálogo que se federan se envían al portal datos.gob.es, Catálogo Nacional de datos abiertos, de forma automatizada y mediante un fichero de datos en formato semántico DCAT/RDF. De este modo, se registran los conjuntos de datos en el Catálogo Nacional sin necesidad de hacer la doble labor de catalogar los conjuntos de datos en ambos catálogos. Desde datos.gob.es se ha estado apostando por una solución técnica para apoyar y facilitar la actualización constante de la información reutilizable desde los órganos publicadores en el Catálogo de datos datos.gob.es, tal y como se indica en el Real Decreto 1495/2011, sobre reutilización de la información del sector público para el ámbito del sector estatal. Esta solución se ha logrado gracias a: el desarrollo de un módulo federador para la lograr la interoperación técnica entre los catálogos federados y la publicación de la Norma Técnica de Interoperabilidad de reutilización de recursos de información, con la que se alcanza la interoperabilidad semántica entre catálogos"
Una vez más (porque ya van unas cuantas con la administración española, tanto como estudiante como periodista) me acordé de mi favorita de las doce pruebas de Astérix y Obélix.
Al día siguiente le conté la historia a un compañero francés que me dijo: ellos (los británicos) son los que innovan. Nosotros (los franceses y los españoles) somos followers.
1. En Reino Unido es más fácil conseguir que alguien del sector público te explique algo que en España (no es la primera vez que me sucede).
2. En Reino Unido se les entiende mejor cuando cuentan algo (a estas alturas aún hay frases que no logro digerir de la respuesta que me dieron en datos.gob.es).
2. En Reino Unido hay más acceso a más datos (de eso iba mi artículo) y pedir una entrevista no es un dolor de cabeza, así que se puede hacer mejor periodismo (de datos y del que no lo es) que en España. Los políticos británicos también dimiten mejor.
*
Por lo demás: Londres sigue a lo loco y entre el trabajo, los segundos trabajos, las visitas y las fiestas en rotondas o vías del tren, mis ojeras se han caído hasta los pies, pero esto son otras historias que merecerán otros posts - de los de persona no tan seria.
Y sigo, como siempre, dando la brasa en Twitter tanto o más que disfrutando de la ola de calor de ¡30º! de la ciudad.
En la foto, el edificio del HM Treasury.
Besos desde aquí,
Lía
Cada santo mes de julio me quejo de que nos pasamos la vida esperando el verano para odiarlo cuando por fin se presenta, pero me alegra (y no imagináis cuánto) que esta vez no vaya a ser así. Más bien todo lo contrario: el verano vino a Londres, me quemó mientras hacía botellón a mediodía en un jardín sin sombra, se comportó el día que Pixies tocaron en el parque de debajo de mi casa y se fue por donde había venido. Es 1 de julio y no escribo a 45 º C y con el ruido del ventilador chungo de fondo, sino con el nórdico puesto y la cazadora esperándome para que la coja mañana cuando salga de casa. ¡Es Londres! ¡No hace calor! 25 años después, he conseguido librarme del estío madrileño. Y mira, qué bien.
Lo siguiente será por tanto disfrutarlo mientras trabajo o trabajar mientras lo disfruto (es todo lo mismo), ya que además cada día le pongo más ojitos a esta ciudad. Al lado de la oficina las cafeterías sirven buen café para llevar (desde esto no puedo parar de pensar en café), a veces bajo en bicicleta pública (correremos un tupido velo sobre el asunto de la bicicleta pública) y si no llueve (recordad: aquí no es verano) podemos salir a comprar la comida en los puestos de Exmouth Market y llevarla al césped de Spa Fields Park.
Mis últimos descubrimientos están alrededor de Clerkenwell, que es donde paso las horas: la zona es casi tan mona como Broadway Market pero la vida resulta más real. Hay supermercados no orgánicos, personas sin camisa de cuadros y diría que no todo el mundo vive despacito y escucha The National (este tweet me encantó), aunque esto no lo puedo asegurar. También es más caro (tres espárragos a nueve libras es una situación real) porque está más cerca del - desconocido - centro turístico. Anotaría tres sitios para ser feliz aquí: Benugo, la tienda en la que me regalan galletas por las mañanas cuando pido el café, el puesto turco del mercado, que abre a mediodía y tiene comida turca para llevar, y Hummus Bros, un restaurante que sólo sirve hummus y donde te dejan presentarte con tu propia bebida.
No puedo parar de hacer fotos, sin las que el mundo dejaría de girar, a todo lo anterior y al verano menos verano de la historia en general. Para cuando termine, dice Bea: "ponte intenso, pon algo tipo 'Good moments'. Llora flojito mientras observas que todo se ha acabado. Que el verano ha muerto. Que ha sido un tiempo maravilloso e irrepetible. Ahora podrás echar la vista atrás y ver lo bien que lo has pasado a través de tu Instagram". Seguro que lo haré.
Besos,
Lía
Londres y yo volvemos a ser amigos: hoy me he mudado a mi nuevo hogar, la oficina de Citymapper cada día es más otro hogar y de repente ya no me apetece salir de aquí. Ahora vivo entre Homerton y Hackney. He dejado Bow. E igual que me sucede a mí cuando tengo que llevar a alguien a ver "el centro", cuento a mis amigos y familiares dónde carajo vivo en la inmensidad que es el mapa londinense y nadie se sitúa. ¿Hackqué? ¿Está cerca del Big Ben?
No. Estamos en el este de Londres. Bow es la parada siguiente a Mile End, que es la parada siguiente a Stepney Green, que es la parada siguiente a Whitechapel (que está justo detrás de los grandes rascacielos). En Whitechapel mató prostitutas a finales del siglo XIX Jack el Destripador; hoy la calle es, como describió un amigo, "pakilandia". La mayoría de la población es de Pakistán, India y Bangladesh, los comercios van de kebabs y pollo frito a tiendas de saris o locutorios, algunos ultramarinos venden tabaco barato (5 libras el paquete) importado de Polonia o Rusia, cada día ponen un rastro con fruta y verdura fresca a una libra el bol y los restaurantes indios no sirven alcohol pero permiten que lleves tu propio botellón. Whitechapel me parece bien. Sin embargo, según nos acercamos a Mile End, Stepney Green y Bow, el bullicio desaparece y, con la excepción del Regent's Canal (un canal que cruza Mile End en el que la gente vive en barcos - un lugar para ser feliz), lo ameno también.
Bow es un barrio en el que en seis meses no ha pasado nada. Mi casa, un adosado sin salón, no tenía alma; mis compañeros, dos ingleses y dos españoles, tampoco. No había nada malo pero tampoco nada bueno, y como bien dijo un (otro) amigo, "si no hay nada bueno es que es malo".
Aunque en las últimas semanas he conocido a dos personas que se han mudado a Bow porque es menos caro que el resto del este londinense (un barrio post industrial, con antiguas fábricas, casas baratas, vías de tren y carne de hípster), tras las excursiones a Madrid y a Barcelona yo volví dispuesta a dejarlo para siempre por lo menos. Y a invertir así mis preciadas horas y libras en investigar, llamar, viajar hasta barrios que de repente lucían como un castigo y ser la más simpática al conversar con gente aburrida pero que alquilaba una habitación digna en la que yo quería vivir.
Dos semanas después, voilá! Ahora escribo desde un hermoso cuarto de paredes blancas y suelo de parqué (en Londres se estilan las moquetas y las paredes amarillas, así que lo considero un triunfo) y un hogar con actividad real. Las dos chicas inglesas (con las que fui simpática en serio) que lo habitan llevan aquí ocho años; la vida se percibe en detalles como una tabla de planchar y una plancha, distintos tipos de cafetera y veinte libros de recetas de cocina. Sólo llevo doce horas, pero estoy muy contenta. He comprado café y aceite de marca ("cuando vives en un sitio cutre te apetece comer arroz y zanahorias; ahora querrás cosas gourmet y te vas a dejar mucha más pasta, esto va todo en cadena" - palabra de Jose) e incluso me he planteado poner flores en el alféizar, como si de repente tuviera 25 años o más.
Aún no tengo estudiado Homerton, pero sí algunas calles de Hackney. Un factor aún más fascinante es que a cinco minutos está Victoria Park (notable lugar para ser feliz y donde dentro de dos semanas tocan Pixies); a diez los cines de Hackney Picturehouse y a veinte el jardín de Bea. Entre su casa y la mía hay un lazo azul celeste y Victoria Village: "el frondoso secreto del este de Londres". Hablaremos de él en otra ocasión.
Besos,
Lía
"En Madrid no tenemos grandes rascacielos. No podemos subir a skybars como los de las megalópolis asiáticas, ni a los Top of the Rock newyorkinos o a las locuras que se inventa Londres para ganar en la carrera del a ver quién es más alto. Pero si de todas las modas madrileñas de los últimos años (de hamburguesas sibaritas a bares de viejos pasando por magdalenas de colores, cafeterías con bicicletas colgando o gastrotecas) nos sorprende especialmente una, esa es la de las azoteas".
Madrid y sus cositas. En Traveler.
Los últimos días en Londres
He dado el coñazo más que nunca con fotografías de mis últimas vacaciones o viaje con ordenador y teléfono para trabajar en medios de transporte, aeropuertos, cafeterías y cualquier sitio para sentarse y no sentirme culpable por el “capricho”. Creo que a pesar de las palomas que me reciben siempre que bajo del bus en Plaza Cataluña, de los turistas pesados y de la sangría, paella y sándwiches chungos del 90% de los bares, podría ser bastante feliz en Barcelona.
El miércoles fue Sant Jordi y me regalaron primero un libro y luego una rosa; el jueves paseé al lado de la playa y adoré una vez más a España cuando pagué sólo 9 euros por un menú del día. El viernes fue mi cumpleaños. Y después de desayunar en un ático, comer en una taberna tipo La Ardosa pero en turística (se llama Quimet & Quimet, está en Poble Sec y todos los platos que sirven están deliciosos), echarme la siesta y salir a tomar un gintonic barato en vaso ancho, me fui a casa a las 3 pensando que “oh, es que ya tengo 25”. Para solucionarlo, el sábado empezamos a beber a las 5 de la tarde y terminamos a las 5 de la mañana. Cuando cerró la discoteca y el mañaneo de los alrededores sólo me ofrecía vasos de plástico con salchipapas bañadas en mayonesa y ketchup, eché de menos Madrid y su café con leche y pincho de tortilla de antes de ir a la cama.
Por primera vez no he entrado al Mercado de la Boquería, ni visitado las casas de Gaudí o subido al Parq Güell. Siempre había ido a Barcelona acompañada de alguien que no la conocía - padres que decidieron no volver nunca, amigas celebrando que acabó la selectividad, novios alemanes que me traje del Erasmus - y sufrido un poco sus consecuencias turísticas. Esta vez me han enseñado otros aspectos: que las calles del Gótico, el Born e incluso del Raval están pensadas para pasear y sentarse en sus plazas, que se puede ir en bicicleta con tranquilidad (creo que podría ir en bicicleta por Barcelona sin sudar de miedo como me sucede cada día en Londres) o que en cuanto sale el sol en todas las azoteas se organizan barbacoas. También que las azoteas se estilan más que en Madrid.
¡Y eso es todo! Ya estoy de vuelta en UK, en Citymapper se han adjudicado la oficina más maja de toda la ciudad (espaciosa, con luz, decorada con muebles vintage y equipada con diferentes tipos de cafeteras – quiero vivir allí) y hay huelga de metro.
La narrativa diaria de mi estado de ánimo sigue, como siempre, presente en Instagram. El gato blanco es de mi ex-compañera de piso Itziar: aguantó mi resaca y se dejó fotografiar.