A veces el insomnio me consume, como si supiera que, al cerrar los ojos, me encontraré otra vez con las posibilidades que nunca fueron:
el beso suspendido en el aire,
la cama que jamás compartimos,
los te amos que nunca existieron.
Es como si hiciera una viaje en el tiempo y regresara a aquel baño apretujado en el bar “La Odisea”, recuerdo con exactitud su nombre.
Regreso a vernos sentadas en el piso, tú con un ataque de pánico porque querías decirme algo y yo ilusionada porque creía me ibas a decir lo que yo quería gritarte.
Recuerdo tu voz ansiosa “Teresa por favor dime tu primero”, y nada podría borrar el instante en que, con voz temblorosa y alma desnuda,
Y tú, sin quererlo quizá, partiste mi corazón con una dulzura que dolió más que el desprecio, me viste boquiabierta, como si no supieras qué hacer con lo que acababas de escuchar.
Y en ese segundo —que sentí eterno— algo se rompió.
En ti, en mí, en lo que había entre nosotras.
Supe que había perdido algo que no sabía cómo sostener.
Recuerdo con precisión quirúrgica el momento exacto en que sentí que todo lo que era, se desmoronaba.
No era que no lo aceptaras, es que había alguien más.
Te amaba tanto que a veces dolía.
Amaba tu risa como se ama un refugio;
tus tonterías, tu fragilidad,
ese modo tuyo de quererme —a tu manera, a medias—
y para mí, era el universo entero.
En tu cariño encontraba fuerza,
me sentía entendida, vista,
como si por fin alguien hubiera encontrado las grietas exactas de mi alma y las hubiera nombrado hogar, siempre lo decías "tú y yo nos vamos a seguir riendo de viejitas”, solo que nunca especificaste de qué forma.
el olor dulzón de tu ropa,
lo suave que siempre fue tu piel
las pecas que adornaban tu rostro como constelaciones,
y esa manera tan tuya de sonrojarte,
de morderte el labio cuando la vergüenza te vencía.
Nunca te lo dije, pero te veías hermosa.
Y en ese gesto, tan simple y devastador,
yo sabía que ya había perdido.
Siempre quise besarte. Me moría por hacerlo. Pero nunca lo hice.
Algunas noches son aún más crueles.
Regreso a aquella madrugada de secretos apenas dichos,
de silencios cargados de deseo,
tú y yo en pijama, los labios apunto de rozarse,
susurrando para que no nos regañaran por reír tanto,
tapadas hasta los ojos como si el mundo se acabara en esas sábanas.
Nuestros pies jugaban a encontrarse
y entonces tu aliento me alcanzó:
“¿Y si nos besamos? ¿Crees que algo cambie?”
Respondí con una risa que no era risa,
era miedo vestido de broma.
No supe qué decir. No hice nada.
Después de mi confesión, el silencio se volvió tu idioma.
Yo me sentí traidora de tu confianza,
como si haberte amado, fuera un pecado.
Y cómo culparte, si me enamoré de quien más confiaba en mí, de mi mejor amiga,
de la única persona con la que construí un mundo secreto
donde solo tú y yo respirábamos.
Y aun así, fue insuficiente.
Cierro los ojos y ahí estás.