“And his eyes have all the seeming of a demon's that is dreaming,
And the lamp-light o'er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soulfrom out that shadow that lies floating on the floor
Shall belifted - nevermore! ”
EDGAR ALLAN POE
Vagas por las desoladas calles dela ciudad cobijado en un pesado abrigo gris. Iluminan tu andar los últimos rayos de ese solque comienza a ocultarse, tras los altos y sombríos edificiosque bordean la calle. El silencio es casi completo. Solo se escucha el débil susurro del viento y el eco de tus pies golpeando el suelo, caminando sin saber muy bien a donde. Detrás, se mueve silenciosa una obscura presencia. Una sombra que te pisa los talones sin alejarse en momento alguno de ti. No te das cuenta.
Desaparece, finalmente, el sol y se encienden amarillentas luces a lo largo de la calle, que iluminan pobremente tu andar. Los focos, ya viejos, parpadean descompuestos haciendo aún más lúgubre la escena. Al primer espectro se le han sumado otros, algunos tenues, otros tenebrosos. Se mueven y se alargan a tu alrededor. Te acechan. Y sigues sin notarlo.
Tras rato de caminar en el frio, llama tu atención una sospechosa sombra recargada en la pared. Te detienes intrigado y volteas a verla. La sombra voltea también. Tú frente a la sombra y la sombra frente a ti. Puedes sentir su mirada penetrante pero no encuentras en ella los ojos que te miran. Te sientes invadido, hostigado. Buscas a tu alrededor los ojos que pesan en tu nuca, que te observan a escondidas, que te espían. Pero solo encuentras la calle desierta y la noche obscura pero poblada ya de estrellas. Mientras miras al cielo, la sombra en el suelo se ríe en silencio. Pues tumbada en el pavimento pasó desapercibida a tu examen.
Con una exhalación de alivio vuelves la mirada hacia adelante y sigues tu camino. A los pocos pasos comienzas a silbar, para no sentirte solo, esa canción que te cantaban cuando niño. Así caminas varias cuadras más, hasta que esa inequívoca soledad parece disiparse. Pero no son los sonidos de tu boca los que te hacen compañía, sino algo más. Puedes sentir que alguien te acompaña y no estas cómodo. Ese alguien te sigue, te persigue, te acosa. Alguien. Algo. No te sientes bien.
Sin dejar de caminar cierras los ojos buscando paz en alegres recuerdos. Piensas, por ejemplo, en la casa en que creciste o en todas las sonrisas que viviste. O en el grandísimo árbol del que colgaba el columpio de tu infancia. Pero piensas sobre todo en tu padre. Hombre fuerte y de carácter. Siempre vencedor y nunca vencido. El más grande héroe de ese niño que un día fuiste. El hombre que nunca pudiste ser.
Con una sonrisa marcada en los labios abres los ojos en paz. Solo para ver frente a ti a la sombra. Otra vez esa maldita sombra que no se aleja nunca de ti.
Te paras en seco. Esto comienza a molestarte. Caminas decidido hacia la sombra dispuesto a enfrentarla pero la sombra se alarga con cada paso tuyo. Crece y crece subiendo por el muro hasta volverse un gigante. La miras ahora boquiabierto, de abajo hacia arriba, enorme. Sembrada ya en tu pecho la semilla del miedo, das unos pasos hacia atrás. Pero la sombra se mueve contigo. Volteas lentamente para alejarte pronto de ahí pero lo que ves junto a ti te asusta aún más. Ahí en la pared te miran más sombras. Y al mirar al otro lado encuentras aún más. Que extendidas en el suelo te miran expectantes. Hay sombras por todos partes. Sombras que te acechan.
Aterrorizado no te queda más que huir. Pero te asusta perder de vista a las sombras. Así que con los ojos clavados en ellas caminas lentamente hacia atrás. Demasiado ocupado en cuidar hasta el mínimo movimiento de las sombras frente a ti, ignoras a la sombra que se amarra a tus pies. Basta solo un mal paso para hacerte tropezar. Y como si la sombra te jalase, caes de lado sobre la calle, al tiempo que las demás sombras se precipitan hacia ti. Pero como un rayo te levantas, movido por el miedo de ver las sombras venir. Antes de que se acerquen demasiado ya están tus pies en polvorosa.
Corres despavorido por calles y callejuelas. Huyes sin saber muy bien a dónde. Guiados tus pies solo por el pánico. En tu carrera alcanzas a ver de vez en cuando, sombras que se esconden en el rabillo del ojo. Siguen ahí.
Los ruidos de tu cuerpo rompen el perfecto silencio de la noche: los nerviosos latidos de tu corazón, los cansados jadeos de tu boca, los golpes de tus pies contra el asfalto. Y en tu cabeza parecen sonar también los pasos de las sombras, que a pesar de la carrera no consigues dejar atrás. Escapar no será posible con las sombras pisándote siempre los talones. La única opción será esconderte.
Desesperado doblas en la siguiente esquina sin siquiera mirar donde y ante ti se levanta un muro infranqueable. Buscas apurado una salida, pero las sombras ya están a tu espalda, cerrando la entrada del pequeño callejón. Derrotado recuperas el aliento con las manos en las rodillas y el pánico en la garganta. Mientras, las sombras se deslizan en silencio por las paredes. Cada vez más cerca.
Descubres de pronto una puerta a tu izquierda, guiado por el agudo chirriar de sus goznes. Te acercas despacio. Sin dejar de ver nunca a las sombras que se siguen acercando. Estiras la mano para alcanzar la manija, pero la sombra, nada tonta, se da cuenta muy pronto y su mano se acerca también. Dudas por un momento. Tienes miedo.
—No puedes rendirte ahora —grita una voz en tu cabeza. Inspirada por el recuerdo de tu padre a quien nunca le ha gustado perder y que no ha dejado tampoco que tú lo hagas.
Entonces tu mano se apresura al pomo de la puerta y lo atrapa. Pero la sombra, siempre más rápida, sostiene también la manija. Miras a la sombra. Cara a cara. Y de tu serio semblante se escapa media sonrisa en el preciso instante en que giras la muñeca. Menos de un segundo después se cierra la puerta detrás de ti. No más sombras. Estas a salvo. Qué alivio.
Tus ojos apenas distinguen las cosas en la obscuridad pero es obvio que el cuartucho en el que te escondes es muy pequeño. Los trapos y escobas revelan el armario de algún conserje. No será el mejor refugio, apenas hay espacio para ti, pero las sombras aquí no te alcanzan y eso es más que suficiente. Estas dispuesto a pasar ahí el tiempo necesario hasta que aquellas sombras se vayan por fin.
Cada vez más tranquilo buscas a ciegas el interruptor de la luz palpando con tus manos las frías paredes. En cuanto lo encuentras lo enciendes, inundándose de luz el pequeño espacio. Exhausto pero aliviado te sientas en el suelo. Sonríes. Te has librado al fin de las sombras.
Detrás de ti, recargada en la pared, sonríe también la sombra, que nunca dejará de pisarte los talones.