Si tenía que ser honesta, los últimos meses habían sido los más difíciles de toda su vida — así como también los mejores. Es decir, no todos los días una era seleccionada para interpretar el rol principal de la tan esperada séptima parte de una saga amada por miles de millones de personas alrededor del mundo, y Lara se sentía más afortunada que de costumbre porque su esfuerzo había valido la pena y no sólo no había decepcionado al público, sino que también era la protagonista de la película más taquillera en la historia de los Estados Unidos, no big deal. Pero en fin, la gira de promoción había llegado a su fin hacía unos días y lo primero que hizo después de dormir como por cuatro días seguidos fue convocar sus hermanos para que se reunieran con ella en Buenos Aires y así poder finalmente irse todos juntos a casa, la soleada y jodidamente calurosa Australia. A pesar de que había visitado la ciudad durante la promo, con todas sus obligaciones hacía casi más de un año que no pisaba Sydney como correspondía y casi siete meses que no pasaba más de una semana con sus padres, por no mencionar el tiempo que hacía que no veía a todos sus tíos y su más o menos millón de primos todos juntos en el mismo lugar, así que Lara estaba extasiada con sus merecidas vacaciones más que nada porque podía pelotudear con sus queridos hermanos menores. Y como era de esperarse, excepto por Geneva que ya estaba en Australia desde que había terminado el año escolar, los Irwin-Grimaldi —que usualmente solían ser moderadamente serios cuando estaban separados—, se habían transformado en completos mogólicos de no más de diez años en el momento exacto en que se vieron dentro del jet privado. Gomitas y Skittles volando por el aire, cumbia villera a todo volumen, una guerra virtual de memes, Ireland diciendo que ni bien llegara a la casa iba a subir a la terraza y se iba a poner en bolas, Phoenix diciéndole que mejor le diera un show a Giambattista en privado y Noah poniéndose serio y diciéndole que no se le fuera a ocurrir hacer eso —lo cual era medio raro considerando que los Irwin-Grimaldi generalmente se alentaban en sus zorrerías los unos a los otros, pero en fin—, y los tres involucrándose en una discusión bastante intensa acerca de la historia de su personaje Rey, entre tantas otras cosas, hicieron que el vuelo pareciera más corto de lo que había sido en realidad y cuando quisieron darse cuenta ya estaban en la camioneta que los llevó a la enorme mansión que llamaban su casa.
Lara estaba ansiosa, obviamente, y cuando al entrar fueron recibidos no sólo por sus padres sino también por la segunda mayor parte de su familia —más conocidos como los Clifford-Francesini— no pudo evitar gritar de la emoción mientras corría a abrazar a su madrina después de que su madre dejara de asfixiarla a ella para hacerlo con los otros tres. Tras tía Luna vino tío Michael, que hizo quién sabía cuántas referencias a Star Wars en menos de diez segundos, haciéndola reír porque nunca se había dado cuenta de lo mucho que extrañaba los momentos friki de su tío hasta ese instante. “La fuerza no funciona así, tío Michael.” Lara sacudió la cabeza y procedió a saludar a todos sus primos, incluido el prometido de Hana y a su hijita Luna Michaela, que era una dulzura. “Si me discul... Mamá.” Murmuró por lo bajo, viendo una figura de cartón tamaño real de ella caracterizada como Rey. “Papá, creí que te había dicho que le dijeras que no comprara eso.” Suspiró intentando contener una risa mientras todos los demás se reían y su padre decía que no se preocupara, que su madre también había tenido una de él cuando eran jóvenes — a lo que ella respondió que aún tenía esa gigantografía en alguna parte en el ático y Geneva dijo que era verdad y que era extraño, haciendo que tanto su madre como tía Luna le llamaran la atención por ello. (Aparentemente ambas tenían una larga historia con las gigantografías de la banda en la que estaban sus esposos, así que entre todo el clan Irwin-Grimaldi barra Clifford-Francesini habían llegado a un acuerdo donde nunca hablarían de ello.) “En fin, iré a mi habitación a dejar todo esto, los veo al rato.” Anunció agachándose a levantar su valija y llevándola con ayuda de los Clifford excepto por Gian, a quien Ireland le había encajado casi todo lo que había traído. Al salir de su antigua habitación ya cambiada de ropa vio que todos estaban en el patio y entró a la cocina para buscar un vaso de agua, pero se encontró con sus padres besándose — contra la heladera. En vez de asquearse, Lara rodó los ojos y pretendió que no había visto nada —más que nada por su propia salud mental, ¿vieron?— mientras abría el minibar oculto que compartía con sus hermanas y sacaba un par de Capri-Suns para poder ir afuera a disfrutar el tiempo con la enorme familia que conformaban los Irwin, los Clifford, los Hood, y los Hemmings. No importaba qué tan reconocidos o famosos fueran todos —ya fueran padres o hijos—: algunas cosas jamás cambiaban. “Tío, si vuelves a llamarme Rey Skywalker juro que no te daré la increíble figura de Han Solo firmada por Harrison Ford que te traje.” Dijo en cuanto abrió la puerta y Michael la llamó por el nombre que venía usando con ella desde que la película había estrenado. Tal como suponía, eso funcionó y Michael dijo que ella siempre había sido su Irwin favorita desde que había nacido, a lo que Phoenix dijo que se sentía traicionado por su propio padrino — antes de que los gemelos Hood aparecieran y le dijeran que dejara de ser una bebita llorona. Como bien había dicho, algunas cosas jamás cambiaban.