Acto I
01/07
“Perdóneme” le dije entre sollozos saboreando lo que tal vez fuese el último toque de amor que me daría.
“Cuídese mucho… César” decía entrecortadamente “usted tiene un poco de mala suerte así que por favor, cuídese” sentía la fuerza de su agarre, la tristeza en sus manos, si no me quería dejar ir que no lo hiciera, que todo esto se olvidara, fue un error, que no me deje así, no quiero dejarlo así.
“Lo quiero tanto…” balbuceé resignado después de que me apartara y se rompiera el único lazo que creía indestructible.
“Yo también” me dijeron sus ojos de miel tan húmedos como el océano en una lenta y tortuosa despedida.
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No quería abrir mis ojos, soñar con él y justamente eso, es el colmo, lo voy a contar como pesadilla imagínense lo difícil que es mantener una actitud positiva cuando lo primero que notas en tu despertar son tus mejillas húmedas y el sabor amargo del recuerdo del último beso, estaba muy consciente de que ya no estaba dormido y también estaba seguro que otra vez había despertado muy temprano, como si tuviese que cumplir con mi antiguo horario de trabajo, admito que en su momento el cambio repentino me molestó un poco, todos nos ponemos a la defensiva cuando algo que nos gusta se nos es arrebatado y, entre mi egoísmo y el miedo al cambio, percibía que me habían quitado mis mañanas.
Acostado y acurrucado entre las sábanas me sentía un feto en el vientre de su madre, con tranquilidad absoluta, sin tener recuerdos que pasen velozmente por su mente, sin motivos para llorar o sonreír. Allí flotando flexionando todas mis pequeñas extremidades como si quisiera proteger mi pecho de algún mal venidero claramente inexistente, porque lo mejor de allí es la ignorancia de la existencia del futuro, sólo preocupado en crecer y gozar de la calidez tropical de mi lugar feliz; el aire frío del ambiente trataba de desaparecer esa fantasía, luchando por entrar por los puntos frágiles del gran manto de tela que me cubría y, a pesar de estar tirado sobre la cama que se sentía gigante cada vez que me posaba sobre ella envuelto en la mejor placenta solitaria y ficticia, el bienestar celestial se esfumaba cuando la brisa congelada se deslizaba por mi cuerpo. “Vaya que hace frío” las gotas de agua colisionaban con el techo, con el suelo, se escuchaba el sonido iracundo de algunos autos que pasaban velozmente por la avenida mojada, así fue como recordé que las gotas de agua deben también estar sonando sobre la ropa que había dejado secando en el patio. Suspiré lentamente y salí del oasis de mi habitación, mis pies descalzos casi se acalambran cuando el frío intenso del piso matutino se hizo notar a su toque, tomé mis anteojos que yacían sobre un libro a medio leer en la mesa desordenada junto a mi cama, sentí mi cabello revolotear despeinado y avancé torpemente por el lugar impropio donde vivía, logré asomarme al patio que estaba siendo atacado por ese enorme diluvio, al fondo estaban todos mis suéteres y chaquetas que había lavado el día anterior pensando en usarlos hoy, mi suéter negro preferido que casi nunca me quitaba, extremadamente grande para mi tamaño según algunos pero con la certeza de que fue hecho para mí; todo estaba totalmente empapado, hasta el buzo que él me había regalado. Volví a suspirar lentamente, no quería sentir la lluvia sobre mí mientras quitaba la ropa de las cuerdas para guardarla en algún lugar seguro de tan desafortunado aguacero, o pensándolo bien tenía que lavar todo de nuevo, ahora en inverno nada se seca en menos de dos días y el olor a humedad queda impregnado en algunas prendas como un perfume viejo y desagradable. Aparté la mirada del patio, me ocuparé de eso luego, no quiero sentir más frío del que siento ahora, pensé.
Aproveché mi brusco despertar para desviarme a la puerta sin manija del fondo y me senté en el inodoro estando ausente, mas que todo por costumbre ¿había comido algo ayer? Creo que dos panes con queso me sirvieron de almuerzo, los acompañé con una lata de atún y dos cucharadas de mayonesa, estaba claro que mis hábitos alimenticios no eran los mejores y una enfermedad ahora es lo último que deseaba, pero es complicado cuando no hay ni apetito ni ganas de levantarse, cepillé mis dientes saboreando la menta y escupiéndola en el lavamanos como si fuese algún tipo de veneno, ojalá pudiese escupir mi tristeza de esa manera y se perdiera por todos esos tubos y canales a donde mas nunca la vuelva a ver, pasando la toalla por mi rostro esperando que se llevara lo que pudo haber quedado del sentimiento que quería vomitar miré detenidamente mi reflejo desgastado, mis ojeras habían crecido y mi mal dormir tiene mucho que ver con su desarrollo, observando mi yo del espejo empecé a acomodarme el cabello en lo que llamo mi cola de samurái…
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La puerta se abrió y allí estaba él como de costumbre, haciéndose a un lado invitándome a entrar, acertando nuestras miradas de complicidad que siempre hacemos al encontrarnos, no pude evitar sonreír de oreja a oreja.
“Permiso caballero” dije mientras entraba a nuestro nido de momentos, su departamento, él estaba sonriente de pie en la sala, qué orgulloso que me sentía al ser el motivo de esa curvatura gigante en su boca detalladamente diseñada para mí, el lugar se veía acogedor como de costumbre, un pequeño sillón y una mesa eran los únicos adornos de tan humilde hogar, y se podían ver las plantas que él llamaba “hijas” tras la puerta de vidrio que salía al balcón, caminé apresuradamente al baño para lavarme las manos con furia y poder quitarme la mascarilla, la nueva realidad con esta pandemia aún a flote está creando nuevas costumbres, empecé a sonreírle al espejo practicando las expresiones que tanto le gustan, mi reflejo se veía bastante bien hoy sin querer sonar egocéntrico, el cabello crecía cada vez más y la colita que me había estado haciendo al fin comenzaba a tomar forma, saboreé un poco de crema dental, quería que mi aliento estuviese lo más agradable posible para él, con un guiño al espejo regresé a la pequeña sala en la que él se había quedado esperando impaciente con el bong cargado de la sustancia que tanto nos gusta.
“Tenga, para usted”. Sus ojos escarlata se posaron en los míos aproximando la escultura de vidrio hacia mí , volví a sonreír sin poder evitarlo, tan bonito que se veía ese hombre volado cambiando su acento natal cuando se comunica conmigo, de alguna manera eso me hacía sentir que era nuestro idioma, yo era el único al que me trataba de -usted-.
“Pero mire que no me deja ni llegar y ya me quiere drogar” expresé acercándome a él para sentir sus labios suaves con los míos y acariciar su lengua con la mía, como me encantaba ese dolorcito de estómago que sentía cada vez que lo tocaba. “Gracias” le dije besando su labios antes de aspirar el humo hipnótico que le daba sensatez a nuestra vida, sentí la típica extraña sensación en la cabeza, el THC haciendo efecto en mi cerebro, relajándome, activándome, divirtiéndome, percibiendo a mi alrededor con mayor extensión y, como era de esperarse, mi garganta se incendió por unos segundos provocando tosidos ahogados y estruendosos seguidos de su típica frase “El escándalo” dicha cada vez que hago mi performance en un show como éste.
“Yo no entiendo como usted no tose” le dije entre risas buscando aire para mis pulmones.
“Ya son años, y además toser es una elección, se controla” fue su respuesta mientras tomaba de vuelta el bong y comenzaba a limpiarlo.
Como si toser involuntariamente fuese una elección, por algo es involuntario, pensé, pero supe que estaba bromeando, era un don el que él tenía, el jamás toser sin importar la cantidad de humo que ingrese por su boca, uno de sus tantos dones si se me permite exagerar.
“Usted es el raro que no tose” comenté pasando por su lado, agarrando un vaso y llenándolo con agua apaciguadora de gargantas.
“Ah ya, no le voy a dar pan” me advirtió señalando con los ojos el horno encendido emanando el olor suculento del pan casero de mi huaso. Tomé unos sorbos del vaso ignorando su comentario lanzándole mi mirada provocativa y entre tanto caminaba a la puerta del balcón parándome en seco observando la vista a través del vidrio algo empañado, la vista de una ciudad en la que aún me sentía un extraño, me pregunto si eso cambiará algún día, este sentimiento de no pertenecer o estar frecuentemente en el lugar incorrecto, adquirí ya la costumbre de acoger ese extraño sentimiento, no fui un adolescente exactamente normal y alegre de su entorno disfrutando su día a día, para mí esta sensación existe prácticamente desde que tengo memoria.
Al fondo se veía el parque de diversiones que justo había sido mi lugar de trabajo por más de un año, que ironías de la vida como ahora lo miraba de lejos sintiéndolo tan ajeno, y más a la izquierda pasando la montaña rusa y unos cuantos árboles estaba un domo grande blanco con su nombre grabado en grandes letras alumbradas “Movistar Arena”, leí en voz alta, allí se hacían los conciertos y shows memorables de la ciudad de Santiago, o eso tenía entendido ya que nunca había ido, recuerdo que hace tres años tuve la maravillosa idea de asistir al concierto de Linkin Park pero mi situación de emigrante recién llegado era caótica y desafortunado fue el destino cuando me enteré del suicidio de Chester Bennington y que el último concierto de la banda en toda la historia fue precisamente al que decidí no ir, vaya mierda.
Escuché a Ignacio abrir el horno y sacar los panes redondos y gorditos que había hecho para nuestra velada, sonreí ante el olor y expresión de orgullo en su rostro para luego continuar observando el panorama cutre y citadino, esta vez fijándome en el cielo mañoso cuyo color se estaba tornando naranja… en algunos lados amarillo… y hasta rojo en las nubes gruesas y lejanas.
“Me gusta su cebollita” lo escuché decir.
¡¿Cebollita?!
“Ya basta, no se burle, ya dije que es mi cola de samurái” reclamé apartando mis ojos del atardecer para dedicarle una mirada de reprobación unida con una sonrisa inextinguible, no es la primera vez que decía que mi cabello era una cebolla, sé que aún le faltaba crecimiento pero ya se veía decente, y es que eso es lo que a él fascina, es como su pasatiempo más querido, hacerme molestar, seguí mirando aquel ocaso con el ceño fruncido.
“Me gusta su carita de enojado, sabe que con cebollita o sin cebollita se ve tooodo bonito” terminó de decir, alargando conscientemente esa palabra para cubrir su cariño con humor, como si eso borrara sus burlas inocentes y perfectas que me enamoraban más y más.
“Ajá, siga para que vea” le respondí desafiante entre sonrisas, escuchando como sus pasos rápidos se acercaban hacia mí, avecinándose para envolverme en sus brazos y juguetear conmigo, pegando sus labios en mi oído izquierdo, dejándome tenso ante tal inesperado y gratamente afable toque.
“Ve que se pone insolente” me dijo tocando mi espalda y bajando lentamente su mano husmeando entre mi pantalón haciendo caso omiso de la barrera de mi bóxer para poder apretar mi nalga emanando un soplido de deseo carnal “hay que darle su merecido” culminó deslizando sus dedos hacia el centro de mi inquieto ser, olía tan maravilloso, su pequeña barba y bigote me hacían las mejores cosquillas eróticas acompañado de su aliento impúdico y lujurioso mientras besaba mi cuello como si fuese un vampiro tratando de buscar el mejor lugar para morder.
“Me voy a cortar la colita” respondí respirando fuerte, intentando sonar lo menos excitado posible, volteándome para poder ver sus ojos brillantes, otra vez sin poder evitar sonreír.
“ajá” objetó cuál Conde Drácula chupando mi sangre y energía, ignorándome, tomando mi mano y posándola sobre su entrepierna, la caricia de su lengua en mi piel me desarmaba y me calentaba como nunca, mi respiración se aceleró al sentir su miembro erecto bajo el buzo molestoso que nos separaba, y es que fue casi una semana sin verlo y se notaba en nuestras intenciones.
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Las lágrimas volvieron a caer sacándome del ensimismamiento, respiré hondo y terminé de acomodarme el cabello y entré de nuevo en la habitación tumbándome en la cama ya fría; tomé mi celular y volví a la rutina de hace meses y años, buscar ofertas de trabajo, postularme en cualquier labor que pudiese realizar y ya no importaba mucho el pago, sólo buscaba algo que me alcanzara para comer y pagar el arriendo de esta miserable habitación compartida. No habían muchos cambios desde la última vez que revisé, requisitos que no tenía, educación que no tenía, experiencia que no tenía, y los límites empezaron a hacerse más presentes con esta pandemia donde no puedo salir de mi morada infernal porque o me puedo contagiar de COVID-19 o los carabineros me sacan una multa absurda, hasta me pueden enjaular por querer no morirme de hambre.
Ya no aguantaba mi nariz congestionada por mi sorprendente y recién descubierta habilidad de no parar de llorar una vez que cae la primera gota, recordando con un vacío en el estómago esa llamada de ayer, la llamada del terror.
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Ese martes en la mañana desperté a trabajar normalmente, mis ánimos no eran los mejores, hacerme la idea de estar sin él aún me destrozaba lentamente el pecho, pero mis planes a futuro aún seguían, ya pensé en lo que tenía que reunir, invertir, en que comprar y conseguir, en que gastar y en que tacañear, había hecho ejercicio al despertar y comido un sándwich de huevo, el té de manzanilla me había relajado, no todo era tan malo, el despecho no puede durar para siempre, me dije. El teléfono celular empezó a sonar al ritmo del intro de la serie animada de los X-men de los 90’, contesté urgido al ver que era mi supervisora la emisora que esperaba al otro lado de la llamada.
“Hola César ¿Cómo estás?” me atendió, ella no suele hacer llamadas a menos que fuese algo serio, ¿tengo que volver a ir a la tienda? ¿Debo retirar algo nuevo? La ansiedad comenzaba a dominar mi organismo.
“Hola Alicia, muy bien, bien con frío” le contesté para sonar cordial “cuénteme que sucede “ fui al grano.
“Te llamo mas que todo por motivos morales, pero tu contrato finaliza hoy y no va a ser renovado por la pandemia”
Enmudecí varios segundos.
“Igual en futuro cuando la contingencia se solucione puede que te llamemos, ¿o.k?”
“Oh, esta bien” le pude responder.
“Si necesitas referencias con gusto te las puedo dar”
“Me ayudaría bastante, muchas gracias por avisar”
“Mucho éxito César “
“Gracias, hasta luego”.
Y así, luego de ser fuerte y concentrarme en laborar para poder sobrevivir a mi dolor emocional, perdí las dos columnas de mi vida, el amor y mi trabajo, y en esta situación de “contingencia “ sabía muy bien lo que significaba, me invadió la frustración y las lágrimas de despecho se habían unido con las del fracaso.
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Acostado en la cama helada sentí que el llanto que había iniciado esa noche horrorosa aún no se detenía; “mala suerte” pensé en éstas dos palabras que mi recién pesadilla me había hecho recordar mientras seguía buscando empleos en el celular, me lo dijo cuando ni siquiera sabía de mi situación actual, tal vez en el fondo lo sabía, que soy incapaz de mantener algo por mas que me esforzara, o mejor lo dijo porque se preocupaba por mi comodidad teniendo en cuenta mi historial de eventos desafortunados, prefiero mantenerme positivo, él me quería, me lo dijo, se preocupa, no quería que recordarlo fuese siempre tan triste, que pena evocar a la persona que me hizo tan feliz de una manera tan lastimosa, él no significó tal desgracia, al contrario, me pesaba tanto perderme un futuro con él, cómo quería seguir disfrutando de los momentos hermosos que él y yo creábamos juntos, y eso, justamente eso, me desollaba vivo. Lo extrañaba desesperadamente, tanto que sólo quería huir de mi dolor a la constelación de sus recuerdos.
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Salí del baño con la espalda congelada, esa ducha caliente no era tan caliente una vez que me encontraba fuera del vapor, él ya estaba despierto envuelto sobre la cama revisando cualquier cosa en su celular, siempre se despertaba cuando yo corría al baño luego de que se escondiera la luna y saliera el sol, no sé si ya es parte de la vejez o de la costumbre que tomé de ir al baño recién abría mis ojos en la mañana, igual podía emplear racionalmente ese tiempo, asearme, y prepararme para una buena tarea de satisfacción vespertina, mi cuerpo lo añoraba y seguramente su soldado también. Me escabullí bajo las sábanas, temblando de manera aparatosa, pegando mi rostro con su cuello y pecho y deslizando mi mejilla de arriba abajo esperando que la fricción de nuestros cuerpos lograra calentar mi piel erizada y friolenta, vi como cerraba los ojos sonriente, paralizado y contento ante mi roce violento y cariñoso, sonreí también, sabía que le gustaba que hiciera esto, sentirlo así, sentirnos así, como uno solo, fusionándonos como las gemas de ese programa para niños, adaptarse y entrelazarse para estar siempre juntos, el uno con el otro, siempre.
“¿Tiene frío?” comentó divertido envolviéndome en sus brazos y acariciandome de arriba a abajo dándome más de su calor corporal y terapéutico.
“S-s-sí” respondí tembloroso.
“Ah ya” sonrió poco tolerante ante mi sobreactuación “ya es hora de levantarnos, hay que ir al súper “ y con un ademán de querer librarse de mí trató de separar mi tan amada y perfectamente creada fusión, así que como represalia lo volví a vendar con todo mi ser, esta vez posándome sobre él, aplastándolo, como un Husky Siberiano dormido sobre su amo, respirando lentamente en su regazo tratando de coordinar el latido de nuestros corazones.
“Cinco minutitos…” musité.
“Bueno, cinco minutos “ respondió estrujando mi cuerpo con el suyo dejándose llevar por la vinculación completa de nuestras almas.
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Limpié gentilmente los cristales de mis anteojos empañados y manchados de lágrimas secas, qué mes tan terrible, pensé, y eso que ya antes he vivido ciertas cosas desagradables, es como si mi vida se dedicara a jugar con la corriente del río de las desgracias, controlando temporalmente un cauce que tarde a temprano se desborda por la acumulación de tanto infortunio concentrándose sólo en inundar y destruir, hacinando furia para el momento exacto de su desencarcelamiento. Apreté mis ojos tan fuerte deseando que el cerrar de mis parpados también quitara de mis pensamientos esos ataques constantes de desilusión que pasaban por mi cabeza como destellos de escenas frustrantes, sadismo en su máxima expresión, no lograba deducir el porqué mis mejillas nunca parecían secarse, el dolor es descomunal, aún quema tanto como esa noche de discusión, de humillación y de desentendimiento, la noche en que estaba tan aterrado siendo testigo impotente de la destrucción de todo por lo que luché.
Acto II
07/08
Cuatro semanas, casi un mes, como explicar que fue el mes más lento y efímero de los últimos años, hubo un momento en que ni siquiera sabía el día actual, pero lo había conseguido de nuevo, al menos ganar mis batallas mentales se había hecho menos difícil con la experiencia, sin embargo la sombra de esos pensamientos y sentimientos nunca había estado tan densa y fría… y agradable. Me senté sobre mi cama buscando con mi mano los anteojos sobre la pequeña mesa para observar al bulto sobre el colchón de al frente, mi compañero de habitación durmiendo serenamente en algún lado de la montaña de sábanas, no hay sinfonías acuáticas afuera, qué bien que hoy tampoco llueve, me conformaba con el frío de la mañana sin necesidad de que se le añadan gotas asesinas de una lluvia invernal.
En este día debía crearme una distracción, aún en cuarentena pero mi estabilidad emocional exige entretenimiento, fueron días duros, mire qué notición dejarme sin trabajo en plena pandemia, pero no es la primera vez que esa empresa cuica me deja en la calle, en Octubre del año pasado les valió mierda su gran pilar de empatía y unión y sentí el desempleo en medio del estallido social, lo peor es que regresé con la dignidad por el piso y la necesidad por delante, y ahora lo volvieron a hacer, pero peor. “Con calma, respira” inhalé lentamente una bocarada de aire y salí de la habitación penumbrosa, lo que vino a continuación fue el té matinal, la búsqueda diaria de trabajo, el pipaso medicinal, y el mismo sofá con la forma de mi trasero moldeada en sus cojines en el que por supuesto me aplasté esperando una llamada milagrosa que me saque de la monotonía y desesperación. Encendí el televisor sólo para escuchar un ligero sonido de fondo y huirle finalmente al estruendo de mi corazón; curioso como con el transcurso de los años aprendí a dominar y controlar mi mente y a sus respectivos titanes, pero ¿controlar al corazón? Jamás, incluso ¿era eso posible? No lo creo.
Sentado en el recientemente denominado sillón del abismo mis ojos se posaron en la maseta negra que se encontraba como la dejé ayer cuando la acaricié con melancolía, más allá del mueble del patio sobre la mesa blanca junto a la bicicleta, pasando la puerta con vidrios cuadrados que separaba el patio antártico de la caverna de la sala de estar, allí dentro de la maceta entre la tierra estaba Rapunzel, escalando el tubo a su lado, enredándose lentamente en él y sirviendo como recordatorio vivo del hombre que quise con todas mis fibras.
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“Le puse Rapunzel” le dije mientras acomodaba la comida dentro de mi mochila.
“¿Rapunzel?” repitió sonriendo tratando de mantener una expresión serena, ha estado así desde que pisé su departamento, supongo que yo también estaba actuando extraño, la última vez que estuve aquí los dos nos despedimos de nuestra relación con abrazos y llantos sinceros y lamentables.
“Sí, usted sabe, -Enredados- como la película de Rapunzel… y es una enredadera” le expliqué mirándolo solemnemente, haciendo con mis manos ondas en el aire que subían como las enredaderas de aquella torre de cuentos de hadas, sabía que no entendería al principio, había practicado esa respuesta desde que me mencionó que quería regalarme a una de sus “hijas” plantas.
“Aaaah ya” objetó confuso “esa aguanta bastante, así que no se preocupe si se le olvida echarle agua”
Me sentí algo ofendido, tendría una de sus hijas, mi lado masoquista añoraba tener un recuerdo de él que pueda alimentar todos los días, no iba a dejar morir esa planta desnutrida, por eso precisamente la llamé Rapunzel, para cuidarla como una hija y cantarle todas las noches canciones de cuna que reflejen mi amor y el infinito deseo de mover el tiempo atrás, volviendo a lo que fue, así justamente lo proyecté… y sí, lo más probable es que se me olvide regarla de vez en cuando… tan bonito como me conoce, mierda.
“La voy a poner en la mesita blanca del patio, ya la veo, estupenda la Rapunzel” le hablaba cerrando la mochila que parecía a punto de estallar, el pedido de comida vegana había llegado y tuve venir a buscarlo, me encantaba haber tenido esta excusa para verlo otra vez porque también pensé en las mil y un maneras de convencerlo que podemos tener otro futuro, tenía ya un discurso previamente hecho, elaborado con el objetivo de expandir su punto de vista, así que tomé aire y con el corazón en mi garganta empecé:
“Ha sido muy duro, ¿sabe?”
“No vaya a empezar, ese tema está vetado César” nuestras miradas se encontraron, sentí su fría tristeza justo detrás de sus ojos carmesí, las bolsas grises bajo de los mismos detrás de sus anteojos eran nuevas, no recordaba haberlo visto así de deteriorado anteriormente, no se había afeitado desde que nos vimos, tampoco se ha cortado las uñas ¿si estaba comiendo bien? Se ve tan terrible como yo… ¿Estará sufriendo tanto como yo? Sentí un dolor en el pecho.
“Ya, no se moleste, pero pensé que si..”
“César no” interrumpió “sino mejor váyase que usted sabe que puedo“ me fulminó con sus ojos, por qué siempre tiene que ser tan amargado, se nota que también quiere hablar, no creo que mi despecho me esté afectando la vista, sería la cereza del pastel, no obstante se veía decidido, nunca me había hablado de esa manera, tan tosco, seco, tan triste, aparté la vista de él para esconder mis ojos acuosos, mierda. Él ya había dado su veredicto y yo sólo era un tonto esperanzado.
“Bueno” suspiré, metí mi mano en el bolsillo izquierdo de la parca y palpé los papeles de amor “quería darle esto, para que se acuerde de mí“ tardé un poco en sacar y mostrarle mi regalo hecho a mano "Tenga, es una tortuga de origami” puse la pequeña tortuga de papel verde sobre la mesa “fue el primer intento y considero que me quedó presentable” a él le gustaban las tortugas, cuantas veces me dijo que quería tener una como mascota, una de sus frustraciones que remotan de la infancia. La tomó detallándola y vi como se dibujaba esa hermosa sonrisa que siempre me derretía.
“Gracias” su voz fue placer para mis oídos.
“Póngale nombre sí”
“Mmmm, no sé, ¿cuál quiere usted?” de tantas virtudes y dones que tiene este muchacho definitivamente la creatividad no es una de ellos.
“Tiene que ser usted” expresé con vehemencia “algo que le guste”
“La Cachapa” dijo triunfante luego de unos segundos, reímos al unísono, compartiendo lo que parecía la última broma que hacíamos, riendo en medio del humo como tanto nos gustaba, juntos, como siempre debió haber sido.
No le había dado la carta, la separé de La Cachapa antes de entregársela y sentía que me quemaba la piel allí metida en el bolsillo pero ya no podía obsequiarle ese detalle emotivo, ha sido un buen día y me dijo que estaba el tema vetado, no quería incomodarlo, además que un poema puede que sea algo exagerado, hace rato me habló incluso de lo rápido que suele superar las cosas y vengo yo a darle un poema y una carta de despedida y amor eterno.
“Ya es hora..” expresé recogiendo mi mochila con esfuerzo “sé que ya se lo dije antes Ignacio pero muchas gracias por todo, en serio” lo miré apretando mi mandíbula haciendo mi mayor esfuerzo para contener mis lágrimas.
Extendió los brazos hacia mi “Venga, si le doy permiso para un abrazo”. No esperé que me lo dijera dos veces, lo rodeé con toda mi energía, apreté su espalda suavemente, tomándolo con mis garras que se aferraban al deseo de jamás soltarlo, olfateé el tierno olor de su cabello, el dulce aroma de madera de su piel, y como sin darme cuenta besé su cuello casi como si no lo hubiese querido, un toque sincero y corto de mis labios con su cuerpo que tanto añoraba, pero noté que había sido un error justo en el momento en que lo hice, ese cuerpo se apartó al son de mi besar.
“Perdone, no pude evitarlo” expresé aún abrazándolo.
No me besó de vuelta y por mas que traté de sentir alguna otra cosa mi corazón sólo discernió nostalgia, dolor y resignación.
“Chao César” susurró tenso, bajando los brazos, y cortando cualquier oportunidad de un nuevo mañana.
“Cinco minutitos…” supliqué sin soltarlo.
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Tomé nuevamente el control del televisor, limpiando las lágrimas que había creado el tan duro recuerdo de la última vez que lo vi, estoy fallando con esto de distraerme, aunque hoy supongo que puedo permitirme divagar en sus recuerdos, hoy puedo hundirme de nuevo en su sonrisa y en sus ojos claros verdes y amarillentos. Con el toque de unos botones empecé a ver mi sitcom del momento, estaban todas las temporadas y nada como una serie de muchos episodios para distraer mi mente de la sobrecarga sensorial, mi cerebro se ve obligado a entender el programa por lo tanto no hay tiempo para lloriquear y pensar en lo que perdí y en lo que no volverá a ser. Suspiré otra vez. Pero hoy podría soltarme, sí, volar en su estela, en su magia, caer en él.
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Seguimos recorriendo el salón, no me esperaba que hubiese esta cantidad de gente reunida y así vestida, el vaivén del modelar de una mujer en tacones relucientes y sobretodo despampanante color beige llamó mi atención, a su lado caminaba soberbio lo que parecía su pareja con un cómodo traje gris que parecía reflejar la luz que entraba por los ventanales de la entrada y cabe acotar que la mayoría de los asistentes en este lugar estaban así vestidos, y no sólo ellos porque los anfitriones perfectos sacados de una revista Vogue nos dieron una bienvenida cordial con sonrisas actuadas y simpáticas.
“Desde cuándo venir a un planetario es algo tan formal” le dije a mi acompañante que estaba tan perdido como yo en ese ambiente al que claramente no pertenecíamos.
“Creo que dijeron que se puede rellenar la copa” me respondió observando el bar frente a nosotros, el barman parecía bastante ocupado ante las solicitudes de tan sofisticada e hipócrita multitud, sin embargo lo que más llamaba la atención era la figura de un viejo pituco de mejillas rojizas y risueñas compartiendo con sus hermanos de sociedad gozando del licor gratis que otorgaba tal evento.
“¿Será vino?” pregunté curioso caminando para pedir nuestras bebidas estilizadas.
“No creo, parece espumante” respondió tomando las copas entregadas por el profesional de licores.
“Iugh, no me gusta” dije mientras bebía asqueado el primer sorbo “pero es gratis “ sonreí “Venga, ya hay fila para entrar”
En nuestro avance lento por la sala plácidamente iluminada al estilo galáctico y adornada con piezas, pinturas, escritos e imágenes de estrellas, fenómenos y maravillas espaciales , me di cuenta que todos los presentes íbamos en pareja, supongo que no fui el único al que se le ocurrió esta idea de venir a la función del día de los enamorados del planetario, sentía que no me había esforzado últimamente en demostrarle lo importante que es para mí, así que un paseo por la galaxia me pareció genial idea. Me di la vuelta buscando al motivo de mi visita que se encontraba frente a la exposición del eclipse, leyendo, sereno, tomando las alas de la mochila concentrado en su lectura, “¡pero qué lindo se ve!” Pensé “lindo y volado” reí para mí mismo, en algún momento mencionó que nunca había ido a un planetario y la experiencia que tuve en mi niñez en uno de estos jugó a mi favor para este plan, y admito que el cigarro natural que fumamos juntos antes de entrar mejoraría esta experiencia cósmica.
Por ahora todo marchaba como esperé, nos detuvimos detrás de una pareja de tórtolos haciendo la fila para entrar a tan esperada función “Por favor dejen las copas en las mesas negras” escuchamos a lo lejos, la muchedumbre empezó a avanzar, mi corazón latió más rápido cuando la emoción comenzó a invadir mi cuerpo.
“¿Cuales mesas?” le pregunté saltando ligeramente por la ansiedad.
“Creo que esa” señalando el espacio cubierto por un mantel negro al lado de la escalera por donde subía el público ordenado.
“Yo las llevo” tras bebernos el último trago, tomé los cálices y los posicioné sobre la superficie negra casi repleta por todas las copas vacías, sonriente y con el paso rápido me uní de regreso a su marcha, subimos las escaleras, atravesando un túnel oscuro y con luces astrales llegando así a nuestro destino, nos sentamos a la izquierda debajo de una cúpula blanca mientras seguían y seguían entrando más parejas llenando cada asiento desocupado, esperando el comienzo de tan anhelada experiencia romántica.
El lugar se oscureció y una voz se hizo notar por toda la sala “Hola a todos, bienvenidos al planetario de la Universidad de Santiago de Chile, mi nombre es…” tomé su mano mientras escuchábamos la introducción y me sonrió congelando ese momento con su mirada.
“Sigo todo volado” susurró riendo acercándose a mi oído, mi plan había salido a la perfección, ya estábamos disfrutando de la función estelar, sentados en lo que parecía un viaje al mundo cuántico y observando el cielo artificial estrellado aprendimos sobre las constelaciones, su historia, significado, posición, aprendimos a ver el firmamento de otra manera, con amplitud y plenitud, viajamos en THC ante aquél show visual y sideral que nos tenía hipnotizados, como en una nave espacial a velocidad luz veíamos cometas pasar frente a nuestros ojos asombrados, tomados de la mano, juntos, como siempre debió haber sido.
“Creo que mejor era sentarnos al otro lado” le dije en voz baja.
“Aish” lo escuché quejarse de mi indecisión provocando mi sonrisa enamorada.
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Mi rostro pintaba la sonrisa que tenía ese día de San Valentín, que bonito tener un recuerdo así con él, una lástima que mis ojos llorosos no se sintieran tan felices como mi corazón, había terminado el capítulo y ni siquiera le presté atención, también ya había empezado a llover nuevamente, otra vez el cielo haciéndome compañía para llorarle a un amor perdido, este clima es mi preferido pero no es de mucha ayuda para mi ánimo, y aunque estuviese el verano en su mejor momento tampoco podría salir del encierro de la pandemia mundial, esto parece una película de drama y ciencia ficción sin ningún final cautivante contemplado; al menos esta vez tuve la decencia de poner la ropa bajo techo una vez que la lavé, luego de la práctica con el raudal anterior tomé mis precauciones.
“Holi” me saludó Brian saliendo de nuestra habitación, ya se había despertado el compañero.
“Aloha” le devolví el saludo al interpelado que entró al baño con su expresión de recién despierto, no entiendo como puede dormir hasta tan tarde y por tanto tiempo, hasta envidia me daba, es difícil estar solo cuando compartes tu lugar donde dormir, no hay suficiente privacidad, y desahogarme a su vista no era parte de mis acciones favoritas, hoy estaba sensible. Salió del baño y se sentó en el otro sillón de la sala de estar con su suéter azul algo desteñido, pantalón largo de dormir con estrellas y su cabello rubio pintado recién peinado.
“Si quiere ver algo póngalo” le dije dejando el control del televisor sobre el piso que usábamos de mesa poniéndome de pie “me haré algo para comer” terminé de decir.
“Ya” respondió bostezando “se me está congelando la zorra, qué pasa”
Entré a la habitación para buscar comida en el refrigerador, definitivamente no tenía ganas de cocinar ¿pasta con verduras? Debía comer proteína ¿unos huevos tal vez? ¿O atún? Pasta con atún suena rico, fácil y rápido, la comida de toda persona sola y derrotada, y justo antes de abrir dicha nevera me paralicé cuando vi uno de los stickers en la puerta, una mantis religiosa sin sentido pegada sobre el pecho de mi Hombre Araña que había puesto como adorno el día que me mudé.
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No quise volverme mientras me marchaba por la avenida, los lentes y mascarilla cubrían la mayor parte de mi rostro desfigurado por el llanto, ver por última vez el edificio del que siempre salía tan feliz y lleno, saber que no volvería a sentir esa alegría de estar con él, la satisfacción de hacerlo sentir mío y el placer de mostrarme su arte con las manos y lengua, todo se había acabado y es algo que debía aceptar, fue el mismo recorrido penoso en bus de vuelta a mis aposentos que se hizo eterno aunque fuesen sólo cinco minutos, la mochila a punto de estallar pesaba sobre mis hombros y la bolsa en mi mano con Rapunzel retardaba mis pasos, ya había oscurecido y él me pidió que le avisara cuando llegara, moría por escribirle otra vez, por sentir que no iba a desaparecer de mi vida como creía. Abrí la puerta y me encontré a mis compañeros de departamento sentados en la sala, viendo televisión y probablemente hablando de algún tema poco interesante para mí, son mis amigos, sabían a lo que fui, y mi expresión estaba tan clara como el agua del archipiélago de la Polinesia Neozelandesa.
“¿Cómo estás?” preguntó Ricardo rompiendo el silencio de mi llegada.
“¿Qué pasó?” exclamó Brian, queriendo saber si habíamos sido víctimas de la lujuria y culminado en un final feliz y extasiante.
“Necesito… un momento” alcancé a decir mientras dejaba a mi nueva hija en el patio, sin quitarle la bolsa, sólo con prisa de lavarme las manos y entrar a mi habitación.
Dejé la mochila sobre la cama y liberé todo lo que reprimía, no podía respirar, mi llanto ahogado y las cascadas que salían por mis ojos eran cada vez más dolorosas, sus besos, sus abrazos, sus burlas, sus consejos, sus risas, sus miradas, su pan, sus postres, sus comentarios, su olor, sus ojos, ya se acabó, me tapé la boca con una mano esperando silenciar mis alaridos involuntarios y puse la otra en mi pecho intentando recuperar aire y aliviar el dolor físico, tardé unos minutos en volverme a unir y tomé el celular para escribirle.
“Ya llegué, todo cool”
Me senté tratando de recomponerme, tragando saliva como si fuese una enorme pastilla, respirando profundamente como si tuviese contracciones de desesperanza.
El teléfono suena.
“Oiga le dejé en el corta vientos negro el sticker”
leí... inmediatamente cogí la chaqueta y revisé los bolsillos, en uno había un pequeño sticker de una mantis religiosa y por detrás estaban dibujados los ojos retratados del antiguo presidente de mi país de origen, aquel símbolo de socialismo y revolución que tanto detestaba y justo debajo estaban las iniciales de su autor “ I.R” sonreí en lágrimas, claro que me iba a dar algo así, planea burlarse de mí hasta cuando no esté aquí, tan bonito, mierda.
“Me asusté cuando vi al comandante supremo”
escribí el mensaje para él.
“Para que sepa que lo sigo observando”
respondió en el acto.
Caminé hacia el refrigerador y pegué el sticker poco más abajo de la cabeza de mi Hombre Araña, en el lugar adecuado, y en cuanto a los ojos del comunismo los dejé sobre la mesa, estáticos, atentos, esos ojos que detestan el sistema, la burguesía y la derecha. De repente la carta en mi bolsillo empezó a arder de nuevo, si no le hacía saber lo que estaba escrito en esas páginas no iba a poder avanzar, quería que le quedara claro todo, se la debí haber dado hoy, siempre me acobardo al final, él si supo darme ese sticker, se acordó de mi comentario de entre tantas conversaciones que tuvimos cuando le dije que buscaba stickers para adornar mi refri, me hizo llegar su cariño, su esfuerzo, su detalle pero yo no pude darle la carta de mi corazón… o al menos no en físico.
“Le había escrito algo junto con la tortuga.
Gracias por permitirme abrazarlo”
confesé.
“🤨
Qué escribió?”
“Es como un poema
En parte… me dio vergüenza dárselo”
Le respondí sacando el papel del bolsillo y desdoblándolo para poder fotografiar las letras tinturadas en su plano y enviarlas a mi amado.
“como le doy vergüenza todavía
Si ya lo vi hasta desnudo
Y delicioso jaja”
Leí sus últimos mensajes escritos seguidos por dos fotos enviadas, una de la carta que le había escrito y otra del poema que él había creado en mí desde ese 14 de Febrero.
Viernes 19/06/2020
Buenos días chamito,
Hoy desperté temprano otra vez, las ganas de ir al baño son mi mejor despertador, usted sabe, incluso preparé mi té de manzanilla con la única esperanza de sentir esa calidez en mi pecho que se esfumó con usted.
Hace frío, incluso hasta el cielo se coordina conmigo a veces y recordamos todas esas veces que no nos importaba nada con tal de ver el Movistar Arena juntos.
No estoy seguro si va a leer esto, no lo estoy escribiendo para declarar amor o pedir perdón porque ya es de su conocimiento lo mucho que lo quiero y que haría lo que sea para devolver el tiempo, pero las cosas son como son; en fin, quería que este papel al menos le saque una sonrisa y le ayude a recordar lo mismo que el cielo y yo evocamos, lo feliz que fuimos. Y es por todos esos momentos que pienso que tal vez este no es el final, tal vez nos conocimos muy pronto, puede que la vida nos una de nuevo, que tengamos ese hilo rojo encargado de juntarnos cada vez que nos separemos y todo termine como en esas películas que me gustan, tal vez esto sea un medio tiempo para crecer, entrenar y sólo así regresar, más maduros, más estables, y yo menos estúpido.
Siempre lo voy a querer mi chamito.
César Carreño
Ehecutivo comercial de Entel
Esta vez no respondió de inmediato, se tomó su tiempo y estuve tan aliviado por su respuesta tardía, agradecido de que se tomara el tiempo de leerme, de verme, que lo sepa.
No sé si son ideas mías pero Orión brillaba mucho más cuando la veía con usted,
quizás eran sus ojos de miel que contrastaban mejor con el halo de todas sus estrellas,
o era su mirada punzante responsable de que cada parte de mi ser anhelara hasta el más mínimo rayo de luz que estuviese cerca de sus pupilas.
Pero aseguro que sus ojos tuvieron algo que ver.
Ahora nuestra constelación perdió su resplandor,
y el poco destello que le queda depende completamente mis recuerdos de usted y de sus cristales de miel.
No se preocupe, cuando vuelva a mirar la noche se fijará que éste conjunto de astros brillará tanto que no querrán extinguirse jamás,
yo mismo me encargaré de eso,
las estrellas de su recuerdo son las únicas que pude rescatar.
Así que a partir de hoy le hablaré a Orión de usted.
del amor con el que nos alimentábamos,
de su pan recién horneado,
de su olor a madera que tanto adoro,
y, por sobre todo, le hablaré de sus ojos de miel que alguna vez fueron míos.
Suyo.
CesarC
“Perdone que no sea en físico pero se me complican éstas cosas”
Envié los últimos alaridos de mi cariño, mi corazón latía tan rápido como el de un recién nacido, no sabía que esperar, a decir verdad creo que no había respuesta alguna posible en esta dimensión gris y dura que me pudiera tranquilizar. Luego de varios minutos de suspenso y ansiedad se escuchó la notificación de mensajes en mi celular, abrí esa conversación como si me avisaran la mejor noticia de mi vida, ¿le gustó? ¿Fue muy cursi? Tal vez no me expliqué bien, ¿y si no se siente así?
“Que lindo que es usted
Siempre que estuve con usted sentí que me quería, más allá de lo que pasó, nunca dudé que usted me quería
todo lo que recuerdo de usted es eso o tiene que ver con algo que hacía que me demostraba eso, cuando me hacía caso y cuando no, las veces que me ayudó o hicimos vainas juntos, cuando venía y no quería irse. Quizás porque yo no soy así y no lo demuestro tanto, por eso creo que usted no dimensiona todo lo que yo lo quiero”
No podía ahogar mis sollozos y mucho menos podía ver a través de mi mirada borrosa y húmeda, estaba tan aliviado de saber que no todo terminó tan mal como pensé, que no me odiaba, que no fui una mala experiencia, que di todo por él, que doy todo por él, algunas lágrimas caían sobre la pantalla del celular cuando le respondí.
“Por y para usted…
100pre”.
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“Mierda, que no paro de llorar” me dije estirándome sobre mi cama, tratando de volver a la mundo real, observando al techo sin mirar, sin expresión alguna en mi rostro, respirando profundo, tanta añoranza y abatimiento no debería estar permitida en mentes como la mía, observé la carta doblada sobre la mesa justo debajo de los ojos dibujados y vigilantes del dictador marxista, ahora uno de mis deseos era poder darle mis votos de amor en físico para que así, en un día común de asear su habitación, encuentre entre sus cosas guardadas una tortuga verde y desgastada y una carta con el poema más sincero que alguien pudo escribirle, mi estómago rugió exigiendo almuerzo haciéndome tocar aquél afligido abdomen, debería alimentarme, distraerme, acumulé toda mi fuerza de voluntad y me dispuse a la acción de tomar la comida para comenzar la faena, le dediqué una sonrisa tímida a la mantis religiosa del refrigerador antes de salir a mi rutina añorando el día en que sus recuerdos no me desgarren tanto.
C.A CARREÑO

















