Los recuerdos son un fenómeno complicado, no necesariamente complejo, pero sí complicado. Hay muchas cosas que creemos recordar de nuestra infancia que en realidad no son más que recolecciones de cosas que nuestros padres, tíos y abuelos nos han contado conforme íbamos creciendo, mezcladas con las fotos familiares, videos caseros y viejos regalos de cumpleaños que apoyan la veracidad de estas historias. “¿Luquitas, te acuerdas del payaso que trajimos para tu fiesta de 4 años? ¿Qué pesado era, no?” Y, ¿cómo no va a acordarse, cuando lo ha visto en diferido por la pantalla del televisor de la sala, cuando le han contado las mismas anécdotas sobre lo mucho que su mamá se opuso al payaso, cuando aún tiene una de las pelotas que daban como premio por ganar el juego de mar, tierra, tierra, tierra, mar? Somos; nosotros y nuestro entorno, artífices de nuestro propio pasado, no solo porque lo vivimos, sino porque lo reestructuramos a partir de las narraciones de nuestros mayores, que escogen determinados elementos que consideran resaltantes, suprimen inconscientemente otros y crean así un recuerdo que no es un recuerdo, es más como un mito, como un cuento. Así, poco a poco, lo que realmente pasó es lo que menos importa.
Los sueños son toda otra historia. A determinada edad, cuando nuestras pequeñas mentes están aún aprendiendo a fijar las experiencias en nuestra memoria, la línea que separa lo vivido de lo soñado es mucho más delgada. Con forme nos hacemos mayores, una muralla de objetividad y realismo que se va erigiendo entre estos dos mundos. Quizá por ese preciso motivo es tan fácil llenar posteriormente los vacíos que quedan en nuestras memorias de aquellas primeras épocas. A veces recordamos los sueños de nuestra infancia como si los hubiéramos vivido y los relatamos así, porque en ese momento eran tan reales para nosotros como el desayuno que tomamos a la mañana siguiente o el paseo por el parque del domingo anterior. Lucas recuerda caer, lo recuerda como si lo hubiera vivido, la misma sensación que tenía al saltar de un columpio. No es un mal recuerdo, él tenía la certeza de que no le pasaría nada, de que nunca tocaría el suelo, porque precisamente esa es la parte que no recuerda, el inevitable encuentro con el piso de madera de casa de su abuela que debería haber sido la consecuencia indudable de la caída en cuestión.
Cuando Lucas de ocho años relató este recuerdo a Pedro papá, él le sonrió. “Todos hemos soñado alguna vez cosas así, peque. Seguro estás confundiéndote y piensas que pasó eso pero en verdad lo soñaste.” Lucas de ocho años reflexionó al respecto y se preguntó si sería ese el caso con otras cosas que él pensaba recordar, ¿habrían sucedido en verdad? Supuso que era cuestión de aplicar un criterio de credibilidad y preguntarse si otras personas creerían posible que aquello que el recordaba hubiera sucedido. Así su encuentro con Papá Noel en el centro comercial fue finalmente considerado poco factible (“Mamá, te juro que estaba ahí hace un segundo, se ha ido volando en su trineo.”) y la desaparición de la pelota morada que olía a uvas y quedó colgada de un árbol en el club fue, luego de algunas deliberaciones, determinada suficientemente factible (“Mamá, se la comió el árbol, seguro pensó que era una uvita”).
Sin embargo, Lucas pronto se dio cuenta de que no podía clasificar todo en dos columnas ordenadas, ¿qué hacer, por ejemplo, con recuerdos que sus primos comparten, pero recuerdan de forma totalmente distinta? Con el tiempo el tema pasó a segundo plano, como con tantas cosas Lucas perdió interés y dejo de intentar organizar los enredos y resortes que ocupaban su memoria. Al poco tiempo, incluso se olvidó de que se lo había preguntado en primero lugar.
Entonces, un buen día le regalaron un sweater amarillo. El sweater amarillo llegó en la mano de una de esas tías que son siempre presentadas como hermanas de alguien que apenas recuerdas, que piensan que a los doce años aún estás en edad de que te jalen la mejilla; no que eso sea agradable a edad alguna, pero a los doce años Lucas pensaba haber sobrevivido ya a todos los pellizcos de tías que le tocaba vivir. La tía en cuestión venia cargada con una bolsa más grande que el perro labrador de Lucas. Llegó vestida como tía, pero tía mayor; como las chicas del Dalton, esas amigas de su abuela que hace mucho deberían haber dejado de referirse a sí mismas como chicas. Su rostro estaba casi totalmente cubierto por unas gafas de culo de botella amarradas a su cuello por una cinta negra. Era toda sonrisas y gafas, con unos ojos que se veían pequeñísimos a través de las gruesas lunas.
De la bolsa salieron varios piyamas y ropa interior diversa, entre otras cosas; porque había estado en Gamarra la semana pasada “y los precios, hija, estaban para llevarse todo”. Repartió, calzones por aquí, calzoncillos por allá, un polo de un Charmender morado para Mariana, una camisa con un Bob Esponja bordado al cual sospechosamente le faltaba la mitad de la nariz para Pedrito, y un sweater amarillo para Lucas. El sweater podría haber sido bonito, Mariana y Pedrito lo observaron con envidia, era la única pieza de ropa de toda la bolsa que no tenía bordado o estampado a algún personaje popular profanado por colores y formas que no le correspondían en lo más mínimo. Lucas lo observó con desconfianza, era simplemente un sweater de color amarillo; no era del amarillo de los patos de hule que recuerda en su bañera de pequeño, ni del amarillo con el cual tenía que pintar el sol cuando estaba en el nido, pero tampoco era el amarillo de la botella de vidrio de mostaza en los anaqueles de Wong; era un amarillo intermedio, ni oscuro ni claro, ni opaco ni brillante. Era un sweater amarillo.
A Lucas nunca le ha gustado el color amarillo. Durante mucho tiempo no supo, o no quiso saber, a que se debía su aparentemente irracional aversión por ese color. Lo consideraba una irracionalidad común a todas las personas; nadie puede sinceramente explicarte la razón por la cual un determinado color le resulta más agradable estéticamente que otro, nadie puede justificar su elección de color preferido, son cosas que simplemente se dan. Desde pequeño Lucas evitaba la ropa amarilla, los juguetes amarillos, las crayolas amarillas o las plastilinas amarillas; pero siempre hubo suficientes excepciones a esta regla, ¿a quién no le gusta Pikachu?, como para que su comportamiento no resaltara dentro de un mundo donde los niños hacen ascos al color rosado. Lucas siempre fue distinto y, en ese sentido, no resultaba extraño que su color menos preferido fuera distinto al de otros niños de su edad. Lucas tomó el sweater y agradeció a la tía de la sonrisa y las gafas de la forma más sincera que pudo, a los doce años no está uno para hacer berrinche porque no le gusta el color de un regalo y acompañó a sus hermanos al segundo piso para guardar los contenidos de la bolsa en sus respectivos cajones y armarios.
El sweater fue usado pocas veces; un par de tardes semi-lluviosas de agosto en esos días húmedos en que la ropa recién lavada teniene que airearse casi una semana para poder pasar por seca, y el invierno siguiente para el velorio de la tía de los lentes de culo de botella. Pedro papá no le preguntó porque se lo puso ese día a pesar de no ser el color más tradicionalmente apropiado para la situación, Pedro papá rara vez necesitaba preguntar esa clase de cosas, a Lucas le gustaba pensar que simplemente lo sabía y ya.
Durante los días posteriores a la visita de la tía, con el sweater guardado al fondo del armario, Lucas olvidó su existencia. Out of sight, out of mind. Fuera de vista y fuera de mi mente, fue la consigna inconsciente al respecto. Pero Lucas no dormía bien desde ese día, cerraba sus ojos y veía ese color amarillo, lo sentía y lo olía; porque si ese amarillo tuviera un olor, olería así, como el sudor cuando se seca sobre la piel; y se sentiría así, como barba descuidada de un par de días. Miraba el techo durante horas y sabía que la culpa la tenía ese sweater que descansaba tranquilamente en el armario de la esquina bajo una casaca negra de Transformers y una chompa a rayas. Eran sueños de color amarillo, no clasificaban como pesadillas, pensaba él, porque no había ninguna clase de peligro inmediato en ellos, no había ninguna amenaza aparente, solo un color, un olor, una sensación y la seguridad de que si tan solo pudiera levantar la cabeza podría saber lo que estaba sucediendo. Lucas no estaba seguro de si quería saber, solo estaba seguro de que no podía dormir.
Luego de unos días se lo comentó a mamá. “Peque, tu siempre has tenido el sueño difícil, ¿te acuerdas cuando te tenía que cantar para que durmieras? Debías tener 4 o 5 años y me pedías una canción tras otra, a veces hasta me pedías la misma dos veces porque habías cabeceado un momento y pensabas que no te la había cantado; tus hermanos se dormían y tu seguías despierto como un buhito.” Y Lucas se acuerda, no solo porque se lo han contado, sino porque recuerda esa sensación de no querer dormirse, de no querer que mamá lo dejara solo en la habitación. Recuerda escabullirse en la mitad de la noche por las escaleras que daban a la sala, a veces seguido por Mariana, solo para mirar a sus papás y asegurarse de que estaban ahí. Se pregunta si en esas épocas también tenía sueños amarillos con olor a sudor, esos sueños de los cuales se despierta con una sensación de culpa que no puede reconocer en ninguna experiencia anterior pero que por algún motivo identifica con eso, con culpa. “¿Por qué no pones música antes de dormir?” Mi unicornio azul ayer se me perdió; la música ayuda, disminuye el tiempo que le toma dormirse, vuelve a Pedrito loco porque repite siempre la misma canción, pero no es suficiente, no sé si se me fue, no sé si se escondió.
Lucas descubre, luego de probar muchas cosas e incluso dormir un par de noches con la cabeza a los pies de la cama y los pies hacia el cabecero, que cerrar bien la puerta y las ventanas del cuarto le permite conciliar mejor el sueño. Esto también enloquece a Pedrito, “pero por lo menos es Junio, no Enero y estoy harto de escucharte dar vueltas en la cama de arriba. Es que; en este cuarto, si no duermes tú, no duerme nadie, peque.” Se convierte en una suerte de ritual, cada noche, luego de que Pedrito termina de leer un capítulo de Moby Dick, Lucas enciende el equipo de música que hace un año les regaló Pedro papá por navidad y Silvio Rodríguez invade el cuarto. “¿No puedes poner música más normal?” Pero a Lucas le gusta mucho esa canción, “es una de las que mamá nos cantaba de pequeños”. “Mamá cantaba muchas canciones, podrías poner otra cosa, al menos alternar, un día me despertaré con un cuerno de unicornio, y cuando eso pase serás el primero en enterarte porque cornearé hasta el martes pasado.” Lucas no creé que eso sea posible y da dos pasos hacia la puerta del cuarto, extiende la mano para apagar la luz del pasillo y luego cierra la puerta suavemente. Luego revisa las ventanas, una a una. “Parece que pensaras que alguien va a entrar por la ventana, peque. ¿Sabes que estamos en el quinto piso, no?” Lucas no responde, no tiene una respuesta válida ni mucho menos racional, termina de cerrar las ventanas y sube rápidamente a su cama. Pedrito calla, y rápidamente su respiración se vuelve profunda y rítmica, Lucas envidia el sueño fácil de su hermano. Se acuerda del poema del Arenero que estaba en un libro guinda de cuentos en casa de su abuela, el Arenero que caminaba por las casas echando arena en los ojos de los niños que no podían dormir, llevándoselos temporalmente al mundo de los sueños; si tan solo al Arenero se le ocurriera pasar por la calle El Greco 259.