La película Martín Lutero habla del monje alemán del mismo nombre, cuya visión choca abruptamente con las creencias y el poder de su época. Lutero se presenta como un personaje obstinado y terco que se aferraba a sus creencias con convicción y pasión. Al principio, estas cualidades lo estaban llevando a la locura; su fe ciega en las doctrinas lo atormentaba, lo que demostraba cuán profundamente estaba involucrado con la iglesia siendo solo un monje.
Cuando a Lutero se le dieron las herramientas para comprender mejor su fe, estudió y su forma de ver las cosas cambió. Ya no era un creyente ciego; creó su propio criterio sobre lo que profesaba y esto lo llevó a entender los problemas a su alrededor. Comprendió que aquellos que hablaban en nombre del Papa y enseñaban las doctrinas al pueblo estaban yendo en contra de las Escrituras, pues se lucraban a costa de los fieles que, al ignorar la Biblia, confiaban ciegamente en las palabras del Papa.
En medio del miedo que la Iglesia infundía sobre el infierno, Lutero habló de la compasión y del amor de Dios. Se levantó y, junto con él, todos aquellos que no estaban conformes con las doctrinas de la Iglesia católica. Así, impulsó un movimiento que posteriormente llevaría a un nuevo tipo de doctrina, una nueva forma de ver la fe en Dios aparte del catolicismo.
Martín Lutero no quería que la Iglesia se dividiera, solo quería reformarla. Esto se nota en la escena donde el pueblo, movido por la furia contra la opresión de la Iglesia, decide ir a quemarla sin importar quién esté dentro. Aquí Lutero se indigna y condena estas actitudes, para luego entrar a la iglesia en la que una vez sirvió y entender que no podría reformarla. La película termina mostrando cómo Lutero y su esposa reciben la noticia de que el emperador ha permitido que profesen sus doctrinas libremente.
Durante toda la película se ve cómo la arquitectura es un reflejo claro de los paradigmas de la época: las iglesias monumentales como símbolos de poder y grandeza, mostrando una influencia tal que ni el emperador podía ir en contra de sus doctrinas. Las diferencias entre los palacios y las edificaciones religiosas eran casi imperceptibles, algo que destaca la jerarquía en la estructura social y política de esa época.