Escritora de sombras suaves y realidades torcidas. Aquí no arde el cuerpo: arde la palabra. Fanfiction, relatos, universos oscuros y algo de ironía. 🖤 Entre líneas, aún late la Liebre.
I recently renewed my Patreon page, and little by little it is becoming a more intimate space to share stories, creative processes, and fragments of the Nocturna Hare universe.
For now, most of the content is created for Spanish-speaking readers, because that is the language where my ideas and emotions are born. But I also want to open this space to English-speaking readers, so I’ll gradually begin creating sections and content in English as well.
Thank you to everyone who chooses to follow this creative journey, even while it continues to evolve.
Patreon is empowering a new generation of creators. Support and engage with artists and creators as they live out their passions!
Renové mi página de Patreon y poco a poco se está convirtiendo en un espacio más íntimo para compartir historias, procesos creativos y fragmentos del universo de Nocturna Hare.
Por ahora, la mayoría del contenido está pensado para quienes hablan español, porque es el idioma en el que nacen mis ideas y emociones. Pero también quiero abrir este rincón a lectores de habla inglesa, así que poco a poco comenzaré a crear secciones y contenido en inglés.
Gracias a quienes deciden acompañar este proceso creativo, incluso mientras sigue transformándose.
I used to collect notebooks in different sizes, colors, and styles, but I rarely filled them. Part of me was afraid of “ruining” them — as if the first page had to be perfect, or every word needed to deserve the paper it lived on.
For a long time, they remained almost untouched, waiting for the right idea, the right moment, the right version of me.
Now it feels different.
Each notebook has its own purpose. One holds ideas, another keeps reflections, and others help me organize the structure behind my posts and creative projects.
They are no longer empty objects waiting to stay perfect. They have become small archives of thoughts, process, and pieces of who I am becoming as a creator.
Sometimes creativity begins when we stop being afraid of using the blank pages.
Sometimes we have so many ideas that we rush to create them all at once. We start with excitement, inspiration, and the feeling that everything must happen immediately.
But eventually, there comes a moment when we can no longer keep the same pace — not because the ideas disappear, but because the structure behind them was never fully organized.
From my own experience, I had to pause for a while to reorganize everything and truly define what I wanted each of my creative spaces and social platforms to become. It meant deleting, rearranging, questioning, and refining my style.
At times it felt messy, even frustrating. But in the end, there is something deeply satisfying about seeing everything finally fall into place.
Sometimes stopping is not losing momentum. Sometimes it is the only way to build something that can truly last.
🕯️ Epílogo – La verdad detrás del cuento: La Casa Negra
Aunque mi historia es una ficción, el lugar que la inspiró es completamente real.
En el corazón de la Colonia Roma, en la Ciudad de México, existe una construcción conocida por generaciones como La Casa Negra de la Roma.
Una mansión antigua, de muros ennegrecidos y portones cerrados, que durante décadas ha sido protagonista de relatos de miedo, tragedias y misterios.
Cuentan que en los años cuarenta funcionó como hospital improvisado durante una epidemia.
Cuando el brote se extendió, se clausuró con cuerpos dentro… y desde entonces, nadie volvió a habitarla sin sufrir extraños sucesos.
Otros dicen que sus paredes absorben el dolor, que las sombras se mueven aun cuando no hay luz, y que quienes han entrado juran haber escuchado susurros pidiendo auxilio.
Mi versión no busca repetir la leyenda, sino tejer una nueva, mezclando lo urbano con lo íntimo:
una herida, un amor roto, un alma que vuelve a un lugar donde la vida y la muerte se confunden.
Las imágenes que acompañan este texto son reales, tomadas de búsquedas en Google, porque la casa sigue ahí, respirando entre las calles modernas, como si vigilara a quienes aún la recuerdan.
La Ciudad de México es así: un enorme corazón hecho de historia, cemento y fantasmas.
Y entre ellos, La Casa Negra permanece, recordándonos que algunos lugares —igual que ciertos amores— nunca terminan de morir del todo.
Llegué a la Roma con el sol de octubre clavándose en los cristales, como una advertencia. La Casa Negra se alzaba al final de la calle, oscura aún a plena luz del día, con esas molduras enrojecidas por el polvo y un portón que parecía tragar el aire. Mi jefe decía que solo era una casa vieja con mala fama y un registro absurdo de rumores, pero a mí la piel se me erizó en cuanto crucé el zaguán: estaba fría por dentro, como si el tiempo no lograra encenderla.
Traía mi cuaderno de obra, fotografías de referencia, guantes y mascarilla. Olía a cal apagada, madera húmeda y algo más… una nota metálica, oscura, como si la humedad tuviera memoria. Caminé por el vestíbulo y escuché el eco de mis pasos rebotar en el mosaico: pequeñas flores negras sobre fondo crema, desgastadas por fiestas, despedidas, enfermeras, pacientes—la historia mezclada como cal con arena.
“Buenos días”, dije al silencio, por costumbre tonta. El silencio respondió con un crujido en la escalera, ese gemido antiguo que hacen los peldaños cuando recuerdan demasiado peso.
Instalé mi mesa de trabajo junto a una ventana, donde la luz entraba oblicua y levantaba partículas como estrellas lentísimas. Pasé horas midiendo marcos, revisando cornisa, catalogando fisuras. De pronto sentí que no estaba sola. No fue un golpe de miedo, sino una vibración sutil, como cuando alguien que conoces entra a una habitación y tu cuerpo se entera antes que tus ojos.
—¿Estás sola? —preguntó una voz.
Me giré. Él estaba en el marco de la puerta, apoyado con una naturalidad indecente para ese lugar. Era de mi edad, quizá un poco mayor. Tenía el cabello oscuro, alborotado, y tatuajes que se asomaban por las mangas de una playera negra. En las orejas, aros de metal que atrapaban la luz. Me sorprendió mi propia sonrisa, automática, como si lo conociera de otra vida.
—Por ahora —respondí—. Pero en un rato llegan los albañiles.
—Ah —sonrió—. Soy vecino. Pasé a curiosear.
No había alarma en su presencia. No era el tipo de extraño que enciende las alertas. Al contrario: su energía callada me recogió, me abrigó. Se presentó como Iván. Sus manos eran frías cuando estrechó las mías, pero firmes. Caminó conmigo por el corredor y lo escuché soltar una carcajada breve cuando le conté el rumor del hospital, las muertes misteriosas, la gente que juraba oír pasos de madrugada.
—La gente oye lo que tiene miedo de oír —dijo—. Y las casas… aprenden a respirar como quienes las habitan.
Me acompañó todo el día. Comentaba detalles mínimos—un clavo sin cabeza, un dibujo escondido bajo capas de pintura, una grieta con forma de raíz—con una atención rara, amorosa. Cuando llegó el equipo, se fue con un gesto de despedida: dos dedos en la frente, una reverencia invisible. “Nos vemos mañana”, prometió.
Y así fue.
Al día siguiente, su figura estaba ya en el vestíbulo esperándome. Me mostró un cuarto que aún no habíamos abierto, con un vitral roto en el que el rojo parecía sangre coagulada y, al centro, una flor azul intacta. “No la repares demasiado”, me dijo. “No todas las cosas necesitan volver a ser nuevas. Algunas solo quieren ser vistas.” Fue esa frase y no otra la que me clavó un anzuelo en el pecho.
Me gustaba cómo se inclinaba para mirar las vetas de la madera, la paciencia con la que tocaba las paredes como si fueran un cuerpo que se despierta. Hablábamos poco; no hacía falta. Se sentaba frente a mí durante el descanso y me contaba historias de la colonia: aquel cine que ya no estaba, la panadería donde vendían conchas gigantes, la chica de la bicicleta roja que un día dejó de pasar. Yo tomaba notas sobre rodapiés y, entre líneas, sobre la forma en que Iván sonreía con una melancolía que parecía prestada.
—¿Por qué está tan fría la casa? —pregunté una tarde.
—Porque se la llevaron por partes y todavía no se la regresan —dijo—. A veces las casas aman. Y a veces no las aman de vuelta.
El resto de la historia la encontrarás en mi Patreon
Esta historia está inspirada en una de las leyendas urbanas más inquietantes de la Ciudad de México: La Casa Negra.
Elegí este lugar no solo por su fama entre los relatos paranormales, sino porque es también la ciudad que me vio crecer —una urbe viva, con sus luces, sus sombras y sus secretos antiguos que parecen respirar en cada esquina.
Entre sus calles, donde el pasado y el presente se rozan como fantasmas, surge este relato: una mezcla de mito y herida, de amor y oscuridad.
Es un texto largo, escrito con el corazón y la piel erizada.
Espero que lo lean con calma… y que, cuando terminen, todavía se atrevan a apagar la luz. 🕯️