Quien idealiza el camino, de seguro andará tan a ciegas como los autos en nuestras carreteras en las noches de tormenta. Así lo sentí en aquel "voy hacia ti" que fue nuestro viaje semioficial a La Perla de Oriente. Digo "nuestro" porque llevé a mis padres y "semioficial" porque iba en calidad de reportera, pero nadie firmó mi autorización de salida.
Tan solo, en el nombre de Enrique, Andrés me dio una aprobación tan formal como puede serlo un "Si quiere, vaya", en voz alta, y un tácito: "Igual, no me importa lo que haga".
-...Siempre y cuando termine el trabajo pendiente...
Como quien dice: vaya al baile, pero antes lave, planche y barra. Siendo justa, Andrés no era malo, él solo ponía tareas y tareas y tareas, olvidándome de que me dio luz verde para salir temprano ese sábado.
Todavía le quedaba luz al sol cuando salí, seis horas después de que mis padres anunciaron estar listos. Fui por ellos y acompañé nuestro recorrido con un casete sinfín con la canción de La Voz Más Bella. Así, con la melodía que recomenzó una y otra vez, tomamos el camino hacia La Perla del Oriente.
El telón de atrás de las montañas se sacudía por los relámpagos. La lluvia nos hizo patinar. Los huecos del camino, convertidos en pozos eran invisibles y los neumáticos se maltrataban de más. Papá iba crispado en el asiento, temeroso de que tomara mal una curva. Estar a mi lado en la carretera era para él la tortura más grande. Mamá iba dormida. Era la única que no cargaba consigo un infierno.
El mío era la sensación sobrecogedora del ambiente. El temporal quería decirme algo: "Regresa", en cada relámpago. "Sabes bien que no tomas este camino por los motivos correctos", gritaba la voz de mi consciencia. Pero, ¿cuándo hacía yo algo por los motivos correctos? ¿Cuándo las grandes epopeyas del mundo tenían su origen en ellos? Ni siquiera los grandes amores. Y es que ni siquiera una buena intención garantizaba un "resultado correcto".
"Voy hacia ti", repetía mi obsesión en un coro sin fin mas agotador que la canción recurrente de la que, por cierto, liberé a mis padres pasada la primera hora. "Voy porque tengo que saber, tengo que intentar. Concretar o desistir -me justificaba-. Pero alguna decisión debe resultar de este viaje".
En eso, un automóvil blanco, que venía cortando el viento y la tormenta, me adelantó por la derecha, rasgando la montaña que bordeábamos. Papá se espantó creyendo que nos llevaría consigo al abismo. Apenas sonreí: "Nada, no me asusta esto ni La Voz Más Bella con su depresión infinita".
Les temía más a los huecos cubiertos de agua, que eran muchos.
Otro relámpago con su trueno en la orquesta del cielo. De adolescente había imaginado una historia que describiera una noche así, en la que todo terminara en una carretera así, en un automóvil patinando ante una luz en contraría, enceguecedora y tarde. Había imaginado así el fin de dos amantes: Él, tan parecido a El Más, El Eterno, conduciendo como loco, huyéndole a quien sabe qué, y la protagonista, yo, a su lado, dormitando a medias buscando no pensar en lo que estaba dejando atrás y solo abría los ojos en el último momento para ver esa luz en contraría, enceguecedora y tarde, porque después, solo cabía la oscura muerte.
En cambio, tuvimos que detenernos. Algo obstruyó la carretera, quizás un derrumbe por los que la vía era tristemente célebre. Dimos con una fila que avanzaba lentísimo. Papá sentenció: "Fue un accidente". Y minutos después lo vimos: El mismo auto blanco que nos rebasó una hora antes, convertido en una rota cáscara de huevo, había llevado consigo a otros al infierno.
Dos adolescentes se abrazaban llorando su desesperación. Unos socorristas desplegaban una sábana. La Policía de Carreteras nos instaba a circular hacia el fin de las montañas donde nos esperaba a llanura sin estrellas y, mucho más allá, La Perla prometida, nuestro destino de esa noche.
Ni papá ni yo nos percatamos del desvío. Media hora atrás quedó el anuncio: "La Perla, 1 Km". Y vimos el resplandor de la ciudad, pero caímos de nuevo en la oscuridad profunda, solo herida por los rayos, lejos. Las señales del camino, que se nos volvió angosto, comenzaron a anunciarnos poblaciones que no recordaba haber oído en ninguna clase de geografía.
-Mijita, no sigas... La Perla está muy atrás....-dijo Papá y di un drástico giro de vuelta. Por lo visto, la sensación de "Todo lo impide", sería el sino de nuestro viaje.
No sé cómo dimos con La Finca del Arpista, a diez minutos de la ciudad. Aunque nosotros gastamos cincuenta. El Pionero del Arpa, ya legendario, y su joven esposa nos esperaban despiertos y nos tenían un plato de comida a cada uno. Aunque quería correr, buscar mi hotel y llegar al coliseo donde La Dama Llanera y su Carlos me esperaban desde el mediodía, no podía ser tan descortés de dejarles a mis padres y escaparme. El Pionero del Arpa había tenido la paciencia de esperar y el detalle de guardarnos una cena, era justo que le oyera sus historias de los tiempos en los que nadie en La perla de Oriente y sus a rededores había visto un arpa. Así pasaron un par de horas más, el reloj era inclemente. Nos alcanzó la medianoche.
Papá me acompañó a buscar mi hotel, claro, después de dar con la escurridiza Perla. Fue fácil, por el aviso de neón discotequero que marcaba el hospedaje que me reservaron. Justo allí esperó papá a que me registrara y subiera a cambiarme, antes de dejarme en el coliseo con mis anfitriones.
Ya a salvo de la tormenta, ahora convertida en leve llovizna, afuera de la ventana. La habitación humilde que me tocó se me antojó entrañable, por las esperanzas. Todo tenía una razón de ser: La invitación providencial de La Dama Llanera, el hecho de que mis padres se quedaran en otro lugar, el mensaje alegre de El Manager de La Voz Más Bella, cuando le escribí que coincidiríamos allí: "Prométeme que no te irás sin saludarnos". Mi respuesta, de que mas, bien, me prometiera él llevarme con ellos al concierto y el: "Ok, mi vida, es una promesa. Nos vemos en La Perla".
Y ya estaba yo allí. En La Perla prometida, mirándome al espejo mientras me cambiaba de camisa, después de haber sorteado los huecos empantanados, las trampas y los rayos del camino, como si hubiera vencido dos o tres dragones en pos del hombre al que todavía tenía que rescatar de sí mismo.
Lo que seguía, desde ese punto hasta el momento de tenerlo frente a mí, no sería más que conteo regresivo.