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“¿Podrías… Elaborar, por favor?” Parpadeó un poco perplejo—ofendido, pero esforzándose en ocultarlo. ¿Acaso ya se le notaba lo que había bebido o…?
-Es decir,- comenzó, con la impresión de que su comentario anterior lo hizo enfadar -tu eres, definitivamente, guapo, pero luces como si…- a falta de palabras, Tallulah hizo un movimiento vacilante con la mano, señalándolo -…como si la situación te hubiera superado-.
-No diré que te ves horrible, pero…te ves horrible...-.
TALLULAH LINDZEN (2017); FIESTA DE BIENVENIDA, LAVOIE UNIVERSITY.
Encuentra en un espacio del patio, cómodo el césped y complaciente la luz solar que acaricia sus facciones. Siempre ha sido fan de la calidez del astro que brilla intermitente en el manto celestial y que le transporta a momentos de su vida en donde el verano por lejos ha sido uno de sus instantes más recordados. La sombra de un tercero pronto llega para cubrir por completo el espectro de sus fantasías mán anheladas y aniquila por completo la atmósfera que fácilmente lo arrastra al mejor de sus trances. “Dos pasos a la izquierda, o a la derecha, no me importa cuál decidas, pero me estás tapando” y aquello se podría considerar su manera de pedir permiso.
Arqueo las cejas cuando sus ojos se encontraron con los del contrario, como queriendo preguntar ‘¿en serio?’. Tallulah bufó, por pura costumbre, mientras lo seguía mirado por encima del hombro -¿Sabes que no eres dueño del patio, verdad?- su tono sonaba dulce y tranquilo, a pesar de sus palabras que no eran del todo amables. Procurando pensar qué podía ser lo peor que le podía suceder, se quedó unos cortos minutos más en su posición, apenas los suficientes para tomar una fotografía del agradable jardín y lo que le rodeaba. Y solo entonces se deslizo a un costado. Aunque no quiso, sus ojos volvieron a clavarse en su inesperado acompañante -No cuesta nada ser amable- y era irónico que fuera ella quien decía esa frase, dudaba que alguien la recordara por su amabilidad, que, para ser honestos, era casi inexistente.
ig: a.le__
Apenas la hora del almuerzo había llegado, Milo ya era de los primeros formados para pedir su alimento una vez que su hamburguesa estaba lista y su bebida le fue entregada se dirigió donde las mesas se encontraban y no era difícil decidir donde se tenía que sentar ya que la mayoría estaban aún desocupadas pero sin ánimos de pasar la hora de comida solo se dirigió a una que ya estaba ocupada, sentándose frente a la persona que había llegado primero. “Sólo espero que la carne si sea de res este semestre y no intenten convertirnos en veganos sin que nos demos cuenta, de nuevo.” Pronunció con un tono burlón resaltando más su acento británico.
Miro al castaño con los ojos entrecerrados, preguntándose quién era y por qué pensaba que podía sentarse con ella, en su mesa. -¿Qué tiene de malo ser vegano?- la voz le salió un poquito más mordaz de lo que esperaba, se arrepintió al instante, pero no se iba a disculpar y tampoco dio señal de querer hacerlo. En su lugar llego uno de sus panecitos en forma de pez y sus labios y los mastico hasta que quedaron completamente triturados. -¿Sabes?, la industria ganadera es una de las que más contamina y deforesta el ambiente. ¿No te interesa?, eso esta jodido- puntualizo, era que ella misma no era vegana ni vegetariana, pero por alguna razón sintió el pinchazo por defenderlos, quizá porque le quería llevar la contraria al muchacho, ya que, así como algunas personas creían en el ‘amor a primera vista’ ella creía en ‘fastidio a primera vista’.
No estaba llegando tarde a ningún lado, caminaba rápido solo por pura costumbre. En una de sus manos llevaba una malteada que acababa de comprar y con la otra se encargaba que su morral no se deslizase por su hombro para acabar en el suelo. Se distrajo unos segundos con uno de los folletos pegados en la pared, obviamente sin dejar de caminar, y su descuido le llevó a la muerte trágica de su malteada… Y posiblemente la suya, la bebida se había desparramado en la persona con la que acababa de chocar y en ella misma–. Solucionemos esto rápido –soltó, alzando la mirada. El incidente y la posible disputa con la otra persona cambiaban por completo su plan del día, ¿se estaba irritando? Sí, sí lo estaba.
Tallulah ahogo un grito al sentir la sustancia fría por encima de la tela, en su pecho. Era increíble, ahora no solo tenía la parte trasero mañana de tinta azul, sino que también tenía ahora ese batidero en la blusa. Miro a la chica, con el ceño fruncido y sus ojos casi sacaban chispas, el sentimiento de iracundo se intensifico al notar la expresión el rostro de la contraria. -¿Es enserio?, ¿yo soy la que tendrá que ir a su habitación para cambiarse de ropa y tú estás molesta?- bufó -A lo mucho habrás perdido unos dos dólares por tu estúpido batido- continuo, y como Lulu simplemente era así, de repente dejo de estar enojada. Dejo que un suspiro le robara todo el oxígeno de los pulmones. -¿Qué sugieres? ¿Te doy dos dólares y tú me compras una blusa nueva?-.
No estaba seguro de adónde dirigirse, llevaba minutos buscando a sus compañeros y no había tenido éxito en ello ante el tumulto de gente que se encontraba por su alrededor. Era la bienvenida, lo entendía, pero eso no quería decir que se sintiera cómodo con tanta gente por todos lados. Decidió irse a la cancha de fútbol, esperando que sus amigos estuvieran reuniéndose ahí. “Mierda, lo siento mucho.” Se disculpó al empujar a alguien, esperando que el vaso que la persona tenía en la mano no se le hubiera derramado. “Hay tanta gente que es imposible pasar sin empujar a alguien.” Agregó, con fastidio, dejando que este sentimiento se reflejara en la acentuada mueca que sus labios estaban formando.
-No solo eso, también se quedan ahí paradas, conversando como si no fueran un estorbo- le respondió, porque a ella tampoco le agradaba el asunto y en primer lugar choco contra el desconocido debido a que otras personas le impedían el paso, efecto en cadena. Echo una rápida mirada al desconocido, imitó la mueca de sus labios, soltó un bufido y puso los ojos en blanco -Que no ha sido mi culpa, y tampoco acepto tu disculpa- entonces le dio un pequeño sorbo a su San Pellegrino sabor higo y naranja.
Aquel día no era el mejor de los suyos, y el punzante dolor de cabeza que se apoderaba de su juicio no estaba colaborando con su intento de terminar de arreglarse para el acto de bienvenida a la universidad. Aturdida por el titileo de la lámpara de su habitación, la pelirrubia apretujó sus ojos con intensiones de relajarse. Inhaló profundamente para luego exhalar de la misma manera y finalmente abrirse a la penumbra que ahora la rodeaba. “¿Pero qué-?” cuestionó en voz alta. La bombilla había colapsado. “¡¿Y ahora qué se supone que haga?!” irritada, exclamó hacia el objeto como si este fuese capaz de responderle. La noche caía fuera de su ventana y ella debía terminar su maquillaje si no quería salir como si acabara de levantarse. Rodó sus ojos y se levantó de la silla del escritorio que utilizaba como peinadora, pataleando hasta la puerta de la habitación para incorporarse en el pasillo. “¿Alguien tiene una bombilla que pueda regalarme?”
-¿Crees que alguien casualmente tendrá una bombilla entre sus cosas?- Tallulah negó con la cabeza, por la incredulidad sobre todo, ahí era difícil hasta que te prestaran un pincel y es que todo tenían al menos uno -Tendrás que esperar hasta que termine la bienvenida o hasta mañana para hablar con alguno de los consejeros, creo- echo una rápida mirada al páramo oscuro que debía ser la habitación de la rubia -Oye, si quieres puedes acompañarme a mi habitación y arreglarte eso que tienes que en la cara- hizo un ademan con la mano, señalando detrás de ella, a su habitación, que se encontraba apenas unos cuantos metros atrás.
VANESSA CARLTON - A Thousand Miles
“¡Cuidado, cuidado! ¡No ocupes ese asiento!” Es la primera advertencia que lanza Bailey luego de accidentalmente haber llenado la silla con tinta azul en un vano intento por recargar uno de sus rotuladores. ¿Por qué de todos los días tenía que haber escogido justamente este para volver todo un desastre?
Para cuando las palabras tomaron sentido en su cabeza, Tallulah ya estaba medio apoyada sobre la banca, echó un brinco de lo más descoordinado dejando caer al suelo algunas papas de su bandeja -¡Bailey!- exclamo, más triste que cualquier cosa, aquellas eran sus jeans preferidos, intento girar el cuerpo para ver el daño recibido -¿Con amigos así…?- pero la frase no termino de salir de sus labios, estaba demasiado distraída sintiéndose mal por sus hermosos e irreparables pantalones -¿No se nota mucho, verdad?...y yo que venía a invitarte a algo de comer…-.
“¡El piso es de lava!” exclamó, mientras caminaba por uno de los pasillos exteriores, sólo porque quería ver la reacción de la gente alrededor, o quizás porque estaba aburrida y quería fastidiar un rato.
Si alguien alguna vez le preguntaban si conocía a Alexandra Webb la respuesta sería un total y rotundo no. Talullah se quedó estática en su lugar, con la mano a medio camino a su mochila y el rostro entre desdeñoso y pasmado. -Tengo que felicitarte, eres la única persona en toda la universidad que me hace sentir vergüenza con tan solo mirarla-.
“¡Hey, espera, se te queda…!” exclamó en medio del pasillo. La persona a la que llamaba siguió caminando y Freya, asmática y todo, no estaba en condiciones para correr detrás de ella, en especial cuando la multitud de estudiantes comenzaba a dispersarse. Así que hizo lo más lógico. Agarró el libro que se le había quedado a la otra persona, tomó impulso y lo lanzó con los ojos cerrados, sin siquiera apuntar.
Desde el momento en que vio la manera en que la menor arrojaba el libro y luego este formaba el arco perfecto directo a la multitud que se alejaba, supo que no había manera en que aquello fuera a terminar bien. Ahogó una risa cuando el libro por fin aterrizo en la cabeza de otro alumno, escuchó ‘plopf’, un gruñido, susurros de preocupación y finalmente un puñado de risitas. -Fue un buen tiro- le aseguro a la contraria, acercándose desde atrás, con una sonrisa en los labios, aun con ganas de reír -La mejor forma para comenzar el año es eliminando a la competencia, claro- y, sin poder seguir aguantando, echó otra risa.