“Más allá de los truenos”
Sintió una puntada en la cabeza. Colgaba boca abajo y el olor era insoportable. Había mucha niebla. Escuchó quejidos que venían desde arriba. No sabía dónde estaba. Giró la cabeza y se sobresaltó. Un reptil enorme lo miraba con los ojos en blanco y algunas moscas volaban alrededor.
Cerró los ojos. Lo despertó un trueno. Algunos segundos después sintió un pie contra la nuca. Algo lo estaba pisando. La presión cedió y empezó a sentir uno de los brazos. Después de moverlo un poco, hubo un crujido y alcanzó a soltarse. Lo primero que hizo fue tocarse la cara y se largó a llorar.
Nunca había tenido la barba tan larga. A su novia no le gustaba. Trató de pensar en ella pero las imágenes se le confundían. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Estaba cubierto por una superficie dura llena de burbujas. Reconoció el olor a madera podrida. Con la mano libre arrancó algunos pedazos y soltó el torso y el otro brazo. Se dobló para hacer lo mismo con las piernas y algo se rompió.
Cayó unos metros. Podía sentir las burbujas duras contra la espalda. Se levantó y se agarró la cintura. Cuando abrió los ojos, lo vio. Parecía un canguro pero tenía el pelo largo y muy blanco. Lo miraba a los ojos y repetía el mismo ruido mientras movía la cabeza de un lado al otro.
Lo último que se acordaba era estar manejando a la casa de sus suegros. Su novia cumplía años. Estaba llegando tarde. Después de eso, nada. El canguro se agachó y arrancó un pedazo de madera descubriendo los miembros de otra criatura. A través de la niebla pudo ver el zigzag de un relámpago. Después, un trueno.
El canguro bajaba a los saltos, cayendo sobre distintos bloques de madera podrida. Dudó unos segundos y empezó a seguirlo. No era fácil mantener el ritmo. Los truenos lo sobresaltaban y cada nuevo relámpago iluminaba el descenso con un color diferente del espectro.
En la autopista llovía. Había algo en el cielo. ¿Una luz verde? El canguro se agachaba y arrancaba madera podrida. Parecía estar buscando algo. Siguieron bajando y con el tiempo la niebla empezó a disiparse. Alcanzó a ver el final del descenso y apuró los últimos metros.
Cayó sobre suelo firme, las piernas le fallaron y se golpeó la cabeza. Se levantó y miró hacia arriba. Las formaciones cubiertas de madera se perdían entre la niebla. El canguro le apoyó una pata en el hombro y sin darle tiempo a nada le chupó la cara, limpiándole la sangre que le caía desde el costado de la frente. Después lo levantó y lo cargó sobre los hombros.
(Ilustración de Fernando Martínez Ruppel)
Quiso resistirse pero estaba muy cansado. El canguro corría entre una vegetación que parecía cambiar de forma, tamaño y color siguiendo el pulso dictado por el cielo. Algunos elementos se mantenían estables. Piedras, árboles, un río. Por fin llegaron a una cabaña. La cabaña permanecía más allá de los truenos.
Cuando entraron había una criatura extraña en cuclillas. ¿Se habría quedado dormido mientras manejaba? Tenía que despertarse o iba a tener un accidente. El canguro lo bajó de los hombros mientras la criatura se levantaba. En el centro del cuello tenía una cabeza angosta parecida a una botella. De los lados le colgaban dos miembros de poco grosor con pelos verdes y amarillos en las puntas.
Cuando vio que se le acercaba, intentó escapar pero el canguro lo paró en seco. Los dos miembros que colgaban junto a la cabeza de la criatura cortaron el aire y se le metieron por la nariz. Por un momento quedó ciego y sintió vibraciones que le recorrieron el cuerpo en todas las direcciones.
Se frotó los ojos y una voz empezó a hablarle. La criatura lo miraba pero no movía la boca. Los dos miembros caían flácidos entre los hombros. La voz estaba adentro de su cabeza y le decía que no había por qué asustarse, que había trabajado sobre el centro del habla y que ahora podían entenderse.
La voz le contó lo que sabía. Unas criaturas enormes bajaban del cielo y disipaban la niebla con sus alas. Secretaban un líquido con un olor penetrante y dejaban caer cuerpos inconscientes en la mezcla. Después de un rato desaparecían, el líquido se solidificaba y volvía la niebla para taparlo todo.
Le preguntó qué eran esas criaturas. Pasaron unos segundos y la voz en su cabeza le dijo que la imagen más parecida que encontró en su cerebro era la de un colibrí, pero que la escala y composición eran muy diferentes. Le preguntó dónde estaban, qué era ese lugar. La voz le dijo que no sabía, pero que los seres de abajo de las maderas venían de todos los rincones del universo.
Después de aquella luz verde, pudo olerlo. Debía ser el guiso que preparaba su suegra. ¿Pero por qué no podía abrir los ojos? La voz le dijo que le estaba hablando y que lo necesitaba ahí, que no se distrajera. Le contó que creía que estaban en un gran nido y que rompiendo la madera podrida se producían truenos que modificaban la realidad del planeta.
El canguro volvió a levantarlo por el aire y lo sentó en los hombros. Salieron de la cabaña justo a tiempo para ver a una de las aves soltar un torrente de líquido blanco y espeso en el que cayeron unos bultos de varios tamaños. El canguro gritó y alguien respondió desde algún lugar bien arriba. Se escucharon más gritos y algunos segundos después el enorme pájaro cayó a unos doscientos metros de donde estaban.
Cuando llegaron al lado de la criatura, encontraron los cuerpos destrozados de seres que parecían hombres con piel de elefante y varios brazos de color oscuro. El canguro dio media vuelta y se fue. Se quedó solo sin saber qué hacer. Se acercó al ave y notó que todavía respiraba. Quiso tocarla pero la voz en la cabeza le dijo que no, que esperara.
A los pocos minutos, el canguro llegó con el ser de la cabaña arriba de los hombros. Lo dejó en el piso. La criatura con cabeza de botella se acercó. Los pelos verdes y amarillos se movían. Como un rayo, los dos miembros se metieron por uno de los oídos del ave moribunda. Pasaron unos segundos y la voz le dijo que ahora entendía.
Los pájaros gigantes buscaban reconstruir un planeta perdido a partir de todos los mundos habitados por seres inteligentes. Las abducciones se repetían en cada rincón del cosmos. Buscaban la diferencia y cada criatura nueva modificaba las relaciones en todo el sistema. El planeta era un enorme nido neuronal en el que esperaban representar aquel mundo perdido y poder empollar el huevo que todavía no era.
Se tocó la barba. Los truenos marcaban un ritmo que no podía seguir y le dijo que sí a la voz en su cabeza. El canguro empezó a gritar. Se acercaron más hombres con piel de elefante y los ayudaron a subir el cuerpo del ave por la pared que se perdía entre la niebla. Necesitaban un poco de suerte. La voz en la cabeza le dijo que no se preocupara, que podía ocupar el tiempo comiendo el guiso de la suegra o planeando las próximas vacaciones.
La voz le contó que el canguro pertenecía a una especie que había recorrido una buena parte del universo y conocía muchas culturas. Los hombres con piel de elefante eran seres fuertes y prácticos que habían logrado colonizar galaxias enteras. Debajo de las maderas había especímenes de varios planetas y el canguro había ayudado a todos los que había podido encontrar.
La niebla se disipó unas cuantas veces hasta que por fin tuvieron su oportunidad. Cuando el líquido se secó sobre el cuerpo del ave moribunda y las burbujas reventaron, la voz se despidió con un quejido. No le dijo quién era. Los truenos se detuvieron y siguió la nada anterior al principio de las cosas.