¿Quién dijo que los ángeles tienen alas? Yo confirmo que no todos son así. A mi Dios me dio la oportunidad de vivir con uno. Mi ángel es más bien “ella” y es rubia; de contextura delgada y pequeña, pero con mucho coraje aunque suele perderlo justo cuando hay truenos y escucha uno que otro petardo. No luce alas, pero si una afelpada cola con unas mechas blancas al final, de cuatro patas y luce un brillante pelaje el cual, a veces pienso que tiene vida propia, pues insiste en acompañarme adonde sea que vaya impregnándose en mi ropa.
Ella es Manchas y más que una mascota se ha convertido en mi eterna compañera de vida. Este mes celebro su llegada a mi vida, la llegada de un ser que no esperaba y que ganó mi corazón de forma tan sutil.
¿Qué yo la rescate? ¡No, qué va! El rescato fui yo. Me enseñó a cuidar de una mascota, me ha enseñado lo que es un amor de bueno, fidelidad y compañía. Bueno, por lo menos hasta que alguien con algo de comida no se cruce entre nosotros.
No es fácil cuidar de una mascota, siempre lo he dicho y Manchas ha sido el más claro de los ejemplos para mí. Los que me conocen de cerca saben todo lo que hemos batallado y eso que se ha librado de muchas batallas en donde se la daba por perdida. Mi madre incluso la llamo de “guerrera”. ¡Si les contará! Se ha librado como por tres ocasiones de la muerte.
Ya son doce años a mi lado y cada día que pasa se me hace más difícil comprender que no será eterna y que el reloj empieza a correr en nuestra contra. Se nos acaba el tiempo y por eso la disfruto lo más que puedo. Lidiar con su enfermedad no ha sido nada fácil, pero estoy dispuesto a luchar con ella y no me importa ensuciarme desmenuzando su comida para evitar que se atragante o limpiarla como ocurre, curar sus heridas y que me manche mi ropa o mi cama (lo siento mamá. Tú eres la que más sufre por tus sabanas), no me importa que llene de lana mi cama o mi ropa, ella se ha convertido en lo mejor que he tenido en mi vida. Ella ha levantado en mí ese sentimiento que puede compararse al que tiene un padre por un hijo.
Ahora toca cuidar ese hermoso regalo que Dios me otorgo. Ahora nos toca enfrentar una última y muy dura batalla, y solo Dios sabe quién saldrá vencedor. Y aunque hay puntos que no están a nuestro favor, acá estamos listos para luchar. Mientras tanto, disfruto cada momento que me queda con ella.
Y si por si acaso, algún hater piensa que todo esto es nada más que una ridiculez y que mi mascota jamás leerá todo esto; pues bien, ella sabe cuánto la amo. Todos los días se lo digo y todos los días ella me lo demuestra. O si piensas que esto es ridículo pues señores, no me importa. Ella lo vale todo.
Estas líneas, más bien, son para todos aquellos que se rehúsan en rescatar a un animalito (sea cual sea su tipo), aquellos que no quieren darse una oportunidad en tener una mascota. Señores, ¡no saben de lo que se pierden! Ellos están llenos de amor y eso es lo que más falta nos hace. Así que la próxima vez que traten de alejar a una mascota de ustedes, mejor piénsenlo dos veces. Puede ser que están perdiendo la oportunidad de tener su propio ángel guardián en esta tierra.














