La puesta en escena de The Black Parade es un juego liderado por alguien que, en un desborde de su propia imaginación, nos invita a creernos el cuento. Y mientras está jugando, con la cara pintada de blanco y un traje militar de una dictadura inventada, lo ves: no le tiene miedo a nada. Ni a verse inmaduro o ridículo, ni a ser afeminado y estrambótico. A nada. Lo mueve la convicción de que su idea es espectacular e hilarante. Ahí radica el poder de su presencia escénica, que es inmensa, incendiaria. Deja una estela de fuego en cada inflexión de la voz, adornando la pantomima con muecas y adoptando cada dos por tres la postura (un pie sobre el parlante) que delata a la persona detrás del personaje. Adelante, somos miles con las mismas ganas de jugar a imaginar cualquier cosa, explorar la idea en vez de dejarla morir ahí, enterrada en lo mundano. Él viene y te dice: este es el juego que me inventé. En medio de la actuación mira a sus amigos y se ríe, rompe personaje porque total es todo en broma, una cosa que se le ocurrió. Se desprende la premisa, me parece, de que cada quién puede jugar a lo que se le cante si tiene suficiente coraje.















