En la búsqueda constante de algo más, dirigimos nuestros ojos hacia horizontes lejanos, ignorando la vastedad desolada que yace dentro. Como errantes en un páramo interno, vagamos entre las dunas de pensamientos y los desiertos de emociones. La anhelada paz parece una quimera escurridiza, atrapada en arenas movedizas de ansiedad y tormento. Cada paso hacia adentro revela cicatrices olvidadas y heridas sin sanar, como ruinas solitarias de un pasado tumultuoso. La búsqueda deviene en un sendero sin fin, un laberinto de oscuridad que parece devorar la esperanza. En esta travesía sombria, quizás encontramos que la paz, como un oasis lejano, se desvanece entre nuestras manos antes de poder saborear su tranquilidad efimera.


















