Satoru Gojo y Akari Itoyama entrelazan sus historias desde la adolescencia como estudiantes de hechicería. La presencia en la vida del otro, aunque es intermitente, es significativa: el primer beso, misiones, pérdidas, discusiones y en el futuro, parentar a un hijo. Una historia sobre madurar y las segundas oportunidades.
Tags:
Idiots in Love, Fanfic en español, Slow Romance, Slow Burn, Eventual Smut, primer beso, primera vez, Virgin Gojo, Masturbación, Diálogos sugerentes, Arriba los fanfics en español, Maternidad, Domestic Fluff, Satoru no entiende indirectas, Gojo es un ícono bisexual en ésta historia, Soft Gojo Satoru, Gojo Satoru Being an Idiot, Possessive Gojo Satoru, Fluff and Smut, Bisexual Gojo Satoru, satosugu, Demisexual Gojo Satoru, Se irán añadiendo tags a medida que avance la trama
Lista de capítulos
Capítulo 1: El primer beso
Capítulo 2: Empatía Maldita
Capítulo 3: Come Back Home
Capítulo 4: Genética
Capítulo 5: Speciallz
Capítulo 6: El espíritu del templo
Capítulo 7: Una situación pegajosa
Capítulo 8: Una flama se enciende
Capítulo 9: Visitantes
Capítulo 10: El desfile nocturno de los 100 demonios
Satoru Gojo y Akari Itoyama entrelazan sus historias desde la adolescencia como estudiantes de hechicería. La presencia en la vida del otro, aunque es intermitente, es significativa: el primer beso, misiones, pérdidas, discusiones y en el futuro, parentar a un hijo. Una historia sobre madurar y las segundas oportunidades.
Tags:
Idiots in Love, Fanfic en español, Slow Romance, Slow Burn, Eventual Smut, primer beso, primera vez, Virgin Gojo, Masturbación, Diálogos sugerentes, Arriba los fanfics en español, Maternidad, Domestic Fluff, Satoru no entiende indirectas, Gojo es un ícono bisexual en ésta historia, Soft Gojo Satoru, Gojo Satoru Being an Idiot, Possessive Gojo Satoru, Fluff and Smut, Bisexual Gojo Satoru, satosugu, Demisexual Gojo Satoru, Se irán añadiendo tags a medida que avance la trama
Lista de capítulos
Capítulo 1: El primer beso
Capítulo 2: Empatía Maldita
Capítulo 3: Come Back Home
Capítulo 4: Genética
Capítulo 5: Speciallz
Capítulo 6: El espíritu del templo
Capítulo 7: Una situación pegajosa
Capítulo 8: Una flama se enciende
Capítulo 9: Visitantes
Capítulo 10: El desfile nocturno de los 100 demonios
Satoru Gojo y Akari Itoyama entrelazan sus historias desde la adolescencia como estudiantes de hechicería. La presencia en la vida del otro, aunque es intermitente, es significativa: el primer beso, misiones, pérdidas, discusiones y en el futuro, parentar a un hijo. Una historia sobre madurar y las segundas oportunidades.
Tags: Idiots in Love, Fanfic en español, Slow Romance, Slow Burn, Eventual Smut, primer beso, primera vez, Virgin Gojo, Masturbación, Diálogos sugerentes, Arriba los fanfics en español, Maternidad, Domestic Fluff, Satoru no entiende indirectas, Gojo es un ícono bisexual en ésta historia, Soft Gojo Satoru, Gojo Satoru Being an Idiot, Possessive Gojo Satoru, Fluff and Smut, Bisexual Gojo Satoru, satosugu, Demisexual Gojo Satoru, OFC con más experiencia que Gojo, Narradores alternados entre primera y tercera persona, Sé que puede ser molesto pero estoy trabajando para que funcione, Se irán añadiendo tags a medida que avance la trama
Encuentra ésta historia en AO3.
Capítulo 16: SPM
Advertencia: contenido sexual explícito.
Aquel era un espíritu de primer grado; lo supe en cuanto lo vi. Tres metros, pequeños brazos rampantes por todo su cuerpo como plumas despeinadas. Un solo ojo, gigante, brillante, de iris color ámbar. Estuvieron a punto de enviar a los de primero para exorcizarlo, y aunque prefiero no combatir contra espíritus de cuasi primero grado o superior, me parecía una tontería mandar a novatos como Kugisaki e Itadori. ¿Cómo se les ocurría? Era reducirlos a carne de cañón. ¿Habría sido plan de Satoru? En vista de esta situación, tomé la misión e intercambié con ellos el espíritu que se me había asignado en un principio.
Y no me arrepiento, pues el flujo de su energía maldita podía sentirse sin necesidad de verlo, y ahora que lo tenía en frente, sus brazos se estiran como ligas de hule para atraparme. Aprovecho nuestra diferencia de tamaño para escabullirme con algunas piruetas, pero no es suficiente, tengo que pelear. Tomo un tubo oxidado del suelo y lo refuerzo con energía maldita para utilizarlo como arma.
El objetivo aquí no era simplemente convertir en polvo a este espíritu, sino encontrar a una adolescente que había sido tragada por él: viva o muerta, leía el informe de la misión.
La chica vino a esta bodega abandonada para fumar hierba con sus amigos, hasta que desapareció. Mientras la buscaban, uno de ellos alega haber visto una extraña criatura del tamaño de un humano, esto lo obligó a él y al resto del grupo a huir.
Quizás el bocadillo lo había hecho crecer. Quizás no fue la única presa que devoró esa noche.
Se me ocurre utilizar sus larguiruchos brazos como cuerdas para inmovilizarlo. Corro a su alrededor tratando de esquivar sus múltiples manos para evitar que me atrapen, pero al final no soy lo suficientemente veloz.
Me sostiene frente a su ojo y al hacer contacto visual conmigo, su iris se vuelve de un rojo luminoso, como un foco fluorescente. Siento cosquillas como hormigas alrededor del cuerpo, acompañadas de una desagradable y dolorosa sensación de entumecimiento. Me retuerzo, tratando de zafarme, cuando escucho a esta criatura —que no tiene boca— hablar:
—¿Por qué no funciona?
—¿Qué cosa? ¿Estás tratando de tomar control de mi cuerpo, verdad? —lo increpo en voz alta, apretando los dientes mientras hago un esfuerzo por escabullirme.
—¿Puedes escucharme?
Entonces me doy cuenta de que lo estoy escuchando en mi cabeza.
—Sí puedo. ¡Ahora bájame o sufrirás las consecuencias!
—No lo puedo creer, ¡no había hablado con nadie en años! —brincotea con renovado ánimo—. ¿Cómo te llamas?
Se me hace un nudo en el estómago. No es posible que esté sintiendo empatía por un espíritu maldito que se tragó a una persona. Pero es un hecho, quiero responderle.
—Itoyama.
—¡Uuuh, qué emocionante! —brincotea—, yo me llamo… yo me llamo… —Utiliza uno de sus brazos para rascarse las pestañas—. En realidad no lo recuerdo.
—Oye, respóndeme algo, ¿tú te tragaste a una chica castaña que vestía una sudadera verde?
—No lo recuerdo. Me he tragado a varias personas y ahora todas están en mi estómago. Es la única manera en que me siento acompañado.
No necesito tocarlo o leerlo para entender la enorme soledad que encarna. Es una emoción muy común pero también una de las más complejas de manipular en un espíritu y sé que aunque pueda entablar una conversación con él, no hay forma de razonar con una criatura de su tipo; seguirá dañando a la gente porque es su único propósito.
—Pero ahora no necesito tragar más gente si puedo hablar contigo. Tú serás mi última cena y entonces al fin me sentiré satisfecho.
—Lo siento, pero no puedo permitirlo —susurro, aferrándome a mi instinto de supervivencia para sobreponerme a la sensación de conmiseración que me inspira su alma.
El espíritu me aproxima a su ojo, que al parecer también es una especie de boca. Entonces invoco un dominio simple, haciendo uso de mi reserva de energía maldita para zafarme de sus puños y con gran fuerza asestar un golpe directo en su pupila.
Todo sucede casi en cámara lenta. El gigante se tambalea y pierde el equilibrio por un momento, cerrando el ojo con fuerza, cubriéndolo con sus brazos para aplacar el dolor. En cuanto aterrizo en el suelo, percibo una poderosa oleada de energía maldita que me obliga a girarme para encararlo. Es Satoru, de pie a mis espaldas, observando la escena con una sonrisita.
—Ups, voltea —apunta sobre mi cabeza. He bajado la guardia por unos segundos, los suficientes para que el espíritu de la manipulación me tome nuevamente y esta vez, sin pausa ni piedad, me azote de cara en el concreto.
Intento protegerme del impacto con energía maldita, pero no es suficiente. La nariz me cruje como un gong en el cerebro y un río de sangre se desata a través de mis fosas nasales. El dolor es intenso, pero no solo me aturde, alimenta en mi interior un colérico arranque de fuerza que me nubla toda empatía. Pienso en cosas, muchas cosas, sobre la criatura que ahora me sostiene con su abyecta naturaleza y el hombre que observa, impasible, cómo me muelen a golpes.
Esto es suficiente para encontrar la fuerza y la malicia para combatir a la criatura, obligándome a utilizar mi técnica ritual de una manera que me hace sentir sucia después, manipulando sus emociones y utilizando su poder paralizante a mi favor.
Una lluvia de sangre púrpura explota tras asestarle un golpe cargado que resulta definitivo. Pronto su espíritu se disuelve en el viento como cenizas de hombre muerto, descubriendo una pila de cadáveres putrefactos en distintas fases de descomposición, incluyendo a la chica que estaba buscando, reconocible apenas por el llamativo color de su sudadera. Es una pena, era tan joven.
—Sabía que lo tenías controlado —exclama Satoru, levantando su pulgar como signo de aprobación, pero mantengo cara de pocos amigos.
Lo ignoro a propósito para enviar un mensaje de texto solicitando la presencia de la policía forense a fin de que se encarguen de los cadáveres, pero al finalizar me quedo un momento de pie, mirando las gotas de mi propia sangre escurrir por mi nariz. Tratando de recuperar el aliento por la boca, me giro nuevamente hacia mi prometido.
—Hace tiempo que no te veía.
—Estuve algo ocupado.
—Eso imaginé.
Satoru borra su sonrisa, percibiendo, ya sea por el brazalete o por mi rostro, mi descontento general.
Tengo ganas de reclamarle un montón de cosas, casi ninguna relacionada con su papel de espectador durante el momento más álgido de la batalla ni con mi sensación de fracaso ante el resultado de esta. Después de todo era parte de mí trabajo y podía admitir que también me hubiera ofendido sí hubiera intervenido. Sin embargo, algo que sí se me antojaba es que hubiese pasado conmigo el día de la boda de Mafuyu, o alguno de los días posteriores. También hubiese sido lindo hacer la mudanza juntos; que viese a Nanako emocionada con su nueva habitación y estrenar la cocina preparando una deliciosa cena para tres.
Lo sé, no tiene sentido, no hay relación de una cosa con la otra, pero duele como si se hubiese destapado una herida después de quitar la costra.
Sin decir más nada, me encamino hacia el auto, que se encuentra afuera del parque industrial. En el camino me limpio la boca con el antebrazo de mi chaqueta, ignorando el llamado de Satoru. Hubiese sido lindo… sí, hubiese sido lindo que Satoru estuviese ahí para abrazarme después de mi encuentro con Sukuna.
Finalmente Gojo decide caminar detrás de mí, adivinando mi malhumor. Hacía semanas que no nos veíamos pero gracias a los mensajes de texto y las llamadas logré ser paciente. Sin embargo, pasamos los últimos cinco días sin comunicación, como si no fuésemos cercanos, como si yo fuese una chica encajosa que busca su atención. Odiaba sentirme de esta forma. Odiaba mi comportamiento irracional. Odiaba las palomillas azules que indicaban que Satoru leía mis mensajes y los ignoraba deliberadamente.
Sí bien fue un vicio que siempre tuvo, al ver que no se repitió al regresar de Kenia, me permití creer que tendría consideración extra con su ahora prometida, pero resultó que no había sido lo suficientemente clara con mis deseos.
Azoto la puerta del coche al subirme. Satoru se desliza ágilmente junto a mi, observando cómo Akari Nitta pregunta por mi estado mientras me pasa la bolsa de hielo y las gasas. Nunca había necesitado tantas, de hecho, nunca me habían roto la nariz. Sentía hinchada toda la cara, incluyendo los oídos que me zumbaban.
Mientras recuesto mi cabeza en el asiento, veo y escucho a Nanami repetir:
—Si ya decidiste estar con él, debes priorizarte a tí misma. Concentrarte en tus propios asuntos y aferrarte a ellos siempre. Así la espera será menos agonizante.
Lo que en pocas palabras significaba: búscate una vida propia, Itoyama.
Y eso intentaba, de verdad que lo hacía, pero me conocía enamorada. Mi ineluctable anhelo, mi patética necesidad de contacto, mi líbido flamígero, todo ello sacaba la peor versión de mi. Tendrían que pasar por lo menos unos años para apaciguarlos.
Sin embargo, una de las razones por las que me gustaba Satoru, era por su férrea voluntad, sobre todo en lo que tenía que ver conmigo.
—Luces de mal humor.
—A decir verdad, lo estoy —suspiro mirando a la ventana.
—¿Es porque te incomoda que te vea en este estado? Sabes que un poco de sangre no me asusta. Además, ya te he visto hecha polvo muchas veces antes…
Lo fulmino con la mirada. Él ladea la cabeza, aparentemente confundido.
—¿Estás en tus días?
Suspiro.
—Já, como si supieras qué es eso.
—Tengo una idea general.
—Apenas si hay mujeres en tu vida, ¿cómo vas a saberlo?
—He tenido alumnas adolescentes con periodos incapacitantes. Un profesor debe saber de esas cosas.
—No es lo mismo.
—¿Entonces no?
—No.
Otro silencio. Parece que Satoru lo está reflexionando muy detenidamente.
—¿Te visitó mi madre mientras no estuve?
—No.
—¿Alguien de mi familia?
—Gojo…
—¿No sería más fácil si solo me lo dijeras?
—¿Ah sí? Prueba contestando los textos que te dejé hace casi una semana. ¿Siquiera los lees o sólo abres el chat para eliminar la notificación? Quizás ahí está la respuesta.
—Espera, ¿es esto un berrinche? —se inclina para asomar su cabeza por debajo de mi barbilla—. ¿Akari Itoyama está haciendo un puchero porque no le contesté los mensajes? —insiste picándome las costillas con las mejillas sonrojadas. Lo aparto de un manotazo.
—Llámale como quieras. Quizás quiera ghostearte en este momento pero en vivo y en directo. ¿Qué tal eso?
—Diría que es el tipo de cosas que esperaría de tí —se cubre suavemente una sonrisa de autosuficiencia—. Es normal extrañar a tu prometido…
Satoru extiende su brazo para pasarlo sobre mis hombros, pero los muevo para impedirlo.
—No creí que mis sentimientos significaran tan poco para ti.
Satoru responde con más silencio, alimentando mi desasosiego.
Desgraciadamente en ese momento yo no terminaba de entender que Satoru era un novio neófito que tenía que enfrentarse, en su primer noviazgo, con la enorme responsabilidad de una relación con una madre soltera. Sí bien todas las relaciones tienen sus retos, no imaginaba lo que era alinear dichas responsabilidades con las del ser casi omnipresente que él encarnaba, porque si no eran los asuntos de la escuela, era los del clan, o su compromiso conmigo, o Japón entero demandando su protección. El hombre apenas sí tenía dos días libres al año, uno que se tomaba en su cumpleaños y el otro al final del curso. Por más justas o injustas que fueran mis demandas, la verdad era que el hombre no podía ser todo lo que el mundo exigía. Y aún así, ese día no pude empatizar con ello y lo lamento. La verdad era que sí estaba por llegarme mi periodo, pero en ese momento estaba embebida en mis sentimientos más primarios, en ese celo del enamoramiento que demanda fusionarse con el ser amado en más de una forma. Pero desear a un Satoru doméstico y cercano era como forzar una pieza de rompecabezas en el lugar incorrecto.
—No son un juego. De ninguna manera lo son —responde finalmente, rompiendo el hilo de mis pensamientos—. Quizás prioricé de manera desafortunada mi atención.
—¿Has pensado en tener más de un asistente? —pregunto con ironía, sosteniendo la mirada sobre el camino.
Satoru ríe por lo bajo.
—Los tengo. De hecho son cinco en total. ¿O cinco y medio? No importa, Ijichi me ayuda con los asuntos de la escuela, además del becario que a veces me ayuda con el papeleo y a quien le pago con golosinas. Golosinas caras, por supuesto. También tengo un equipo cuidando los negocios del clan, el cual dirijo a través de mi abogado y a quien te presentaré pronto. También están mis abuelos, que ven por los asuntos internos del clan, de corte más bien familiar, lo cuál es una monserga y es lo que más me aburre, pero igual de importante que las anteriores porque también incluye los preparativos de la boda. Por último tengo a Okkotsu haciendo una investigación para mí, de la cuál ya te he contado, pero es más bien un proyecto personal. Para lo único que no tengo asistente es para mi vida privada, la cuál eres… tú. ¿Debería contratar a alguien para que conteste por mí?
Quedo perpleja, hecha polvo. Me siento una basura despreciable y Satoru ni siquiera había tenido que fruncir el ceño.
Me quito la bolsa de hielos y la sostengo en mis manos mientras el agua derretida se escurre entre mis dedos. Respondo con una mezcla de culpa y vergüenza
—Tienes razón, estoy molesta. Y probablemente sea egoísta, sobre todo ahora que enlistaste todo lo que tiene en su agenda Satoru Gojo, pero lo estoy. Y no puedo evitarlo por más que lo intente. Lo estoy porque me ignoraste cinco días seguidos. También porque no fuiste a Nagano el día de la boda ni hiciste la mudanza con nosotras. Y porque… —trago saliva para tratar de disipar un nudo en la garganta—. Después de la lectura de Sukuna tú… no estabas allí.
Satoru deja caer el peso de su mirada sobre mi, mientras le rehuyo para no quebrarme frente a él.
—Soy madre, hermana, nieta y hechicera y aunque a veces siento que me vuelvo loca con todo ello, no es ni una fracción de lo que tú tienes que encarar todos los días, ¿no es así?
—Oye, oye, no estoy tratando de comparar…
—Sé que no lo estás. Pero hay algo de lo que me acabo de hacer consciente, y es que no te conozco, Satoru. No realmente. Y me invade un miedo extraño porque no sé si casarme con un desconocido sea buena idea.
Nos miramos de frente por un momento, él mirando mi expresión y yo buscando una respuesta en la comisura de sus labios.
—Veo que no usas tu anillo de compromiso —comenta con más seriedad de la utilizada en toda la conversación.
Pero lo aclaro de inmediato, sacándome el anillo del cuello colgado de una cadena de plata.
—No quiero embarrarlo de mierda ni correr el riesgo de perderlo.
Satoru suspira con alivio.
—A veces me vuelves loco, Itoyama —se desparrama en el asiento, retirándose el antifaz con un dedo.
Ah, sus ojos. Ahí estaban los dos luceros que tanto anhelaba ver. Esas pestañas pesadas y suaves aleteando sobre sus mejillas. Ahora me mira y siento cómo mis piernas se vuelven débiles, bajando todas mis defensas, poniendo mi voluntad en pausa para entregársela a él.
—Te estás mojando la ropa.
—¿Eh?
Tardo medio siglo en reconectar mis neuronas, por lo que Satoru tiene que apuntar con el dedo las manchas de agua que se han escurrido por mi mejilla y caído a mi pecho.
Satoru le pide una toalla a Nitta, la cuál saca del bolsillo del asiento y toma mi mano para quitarme la bolsa de hielos y secarme.
—Lo mejor será que después de la curación te des un baño.
Lo hace con delicadeza, acariciando mi mejilla suavemente con la toalla. Sé que me está secando y quizá limpiando los remanentes de sangre seca que no pude quitarme, pero siento como si hubiese una doble intención detrás de su mano en mi hombro, la cuál ocupa para apoyarse y del ángulo en que inclina su rostro para observar mejor la maniobra. Quiero besarlo. Cielos, cómo quiero besarlo. Pero cómo me duele todo y qué asquerosa debo estar con la cara toda hinchada. Este pensamiento me mantiene inerte, dejando en sus manos mi completa voluntad.
—Lo haremos más tarde —susurra, arrojando su fragante aliento sobre mi boca y sellando la promesa con una sonrisa.
-*-*-*-*-
Mientras cruzamos la escuela hacia el consultorio de Shoko, Satoru sostiene mi mano cuidando que no me tropiece, ya que mi vista no se encuentra en óptimas condiciones por la hinchazón. Si no fuera tan testaruda, probablemente ya hubiésemos llegado, pero mi actitud beligerante no conoce límites, sobre todo cuando se trata de Satoru.
—Puedo cargarte, no estás tan pesada.
—Para variar hoy quiero llegar por mi propio pie —rechazo su oferta.
—¿No te has puesto a pensar que eres un poco orgullosa?
—Es un intento de conservar mi dignidad.
—Y dramática también.
—Algo me dice que disfrutas de tratarme como damisela en apuros.
—Y prejuiciosa.
La atmósfera había vuelto a cambiar entre nosotros, volviendo más bien al tono beligerante que nos gustaba llevar. Bueno, yo no estaba tan segura de gustar de este modo, pero era el que me brotaba del pecho en ese momento.
Me hacía recordar en cierta forma a un par de adolescentes que se pican las costillas para llamarse la atención mutuamente. Es excitante y divertido, hasta que estás en una relación real con esa persona y se presenta la verdadera oportunidad de mostrar afecto solo para quedarse en blanco.
Creo que Satoru y yo estábamos en ese estado, demasiado deseosos de tener la atención del otro, pero demasiado tímidos para demostrarnos afecto. Aún así, Satoru lo intentaba a su manera.
—Eres un masoquista. ¿Cómo puede gustarte alguien como yo?
—Descuida, nadie es perfecto.
—Excepto tú, ¿no es así? —digo con humor.
—Sí, en eso tienes toda la razón. Si algo puedo aplaudirte es tu excelente gusto.
—Ah, gracias. Lo tomaré como cumplido. De hecho, el primero que me haces.
—Mentirosa, no puede ser el primero.
—Te reto entonces a que me refresques la memoria.
Satoru se queda en blanco por un momento, pero rápidamente resuelve.
—En primer lugar, te elegí como mi futura esposa y madre de mi heredero. Ese es el cumplido más grande del que soy capaz.
—Mmm, no, no me convence, aunque quizás el cumplido reside en las razones por las que me elegiste. A ver, endúlzame el oído.
Satoru aprieta los labios, luchando con su timidez antes de formular algo.
—Eres fuerte. Temblando y con miedo, le haces frente a los espíritus malditos. A diferencia de algunas amigas tuyas que saldrían corriendo a la menor provocación.
—Oye, no cuenta si el cumplido termina ofendiendo a alguien más.
—Bueno, bueno. Aunque la primera parte sí es real.
Se rasca la barbilla mientras trata con todas sus fuerzas de ponerse creativo. Casi puedo ver el humo saliendo por sus orejas mientras su cerebro se sobrecalienta.
—Vaya, se ve que es difícil pensar en algo más —suspiro.
—No es verdad. No es eso.
—Quizás no te gusto realmente. A lo mejor quieres casarte conmigo por miedo a quedarte solo.
—Oye, espera…
—Quizás es la familiaridad que encuentras conmigo. Supongo que es más conveniente estar con alguien a quien no tienes que explicarle tus últimos diez años y…
—¡Para ya, Itoyama! —Me toma del hombro, tapándome la boca con una mano—. ¿Por qué no me dejas hablar? Eres tan exasperante a veces —se queja con genuina frustración.
—¿Lo ves? —Bruscamente quito su mano de mi boca—. Me pregunto si no estamos cometiendo una locura.
Sonríe cínicamente.
—En realidad no conozco a un solo hechicero cuerdo. ¿Tú sí?
Aprieto los labios tratando de luchar contra las lágrimas que empiezan a formarse en mis ojos. Satoru me suelta el hombro, descolocado, cerrando los ojos y suspirando con frustración. Cuando vuelve a abrirlos, se vuelven más suaves. Su mano viaja por mi brazo hasta encontrar la mía.
—Oye, no quise… —Suaviza su tono, tomándome de la barbilla para alzar mi cara—. Lo siento... —Hace una pausa para reformular lo que está por decir—. No sé cómo expresar esto. Creo que la razón por la que no logro articular correctamente es… porque me gusta todo. Me gusta todo de ti, hasta las cosas que no tienen sentido.
Las lágrimas terminan encontrando su cauce a través de mis mejillas hinchadas. ¿Cómo era posible que Satoru estuviera diciendo esto mirando de frente mi cara molida?
—Quizás las palabras no alcanzan para describirlo, o al menos no tengo en este momento la facultad de formar una oración coherente, pero tengo que decirte que —cierra los ojos como si fuera a saltar al vacío— me gustas. Todo me gusta de tí, tus ojos, tus labios, t-tu… no sé, todo. En serio. Y esa forma en que me sacas de quicio, me retas todo el tiempo, demandas mi atención, me gusta porque siento que te importo. No como Gojo el hechicero o cabeza del clan u hombre de negocios o el profe, sino como hombre, como persona. Como puta persona, carajo.
No he parado de llorar, mi cabeza quiere estallar, pero lo beso porque me duele más pensar en lo que ha tenido que lidiar desde hace tanto.
A veces uno como segunda pareja no puede evitar compararse con la anterior, y jamás había encontrado una sola razón por la que yo fuese digna de suceder a Geto en el corazón de Satoru, o al menos de ser su vecina, pero en ese momento me plantee la posibilidad de ser esa que podía ofrecerle un lugar seguro al Gojo adulto. Aunque la hechicería sea parte de nosotros, y el clan observe cada uno de nuestros pasos, en nuestra habitación somos solo dos personas, dos cuerpos, dos corazones. No hay lecturas, ni barreras infinitas, solo dos cuerpos cuyos corazones laten acompasados al dormir, y bueno también al hacer otras cosas.
Satoru corresponde el beso, tomándome de la nuca para hundir su lengua en mi boca. Es un beso desesperado, hambriento, distinto al que inicié. Nuestros pechos apretados hacen deliciosa fricción, la cual disfruto aunque me duela el cuerpo y su mano en mi culo esté cerca de un moretón que tengo en el coxis.
Lanzo mis brazos por detrás de su cuello pidiendo más. Más lengua, más cercanía, más piel. Y entonces lo siento, pero no me detengo, simplemente bajo la velocidad. La erección de Satoru rozando mi vientre, provocando fuegos artificiales en mi pecho, colocando deliciosas imágenes en mi cabeza y sobre todo, un calor que me recorre todo el cuerpo.
Sí no estuviese en uno de los patios de la escuela, y no me zumbaran los oídos, probablemente me estuviera quitando la ropa, pero hay una parte de mi cerebro funcionando todavía.
Rompo el beso con cuidado, despidiéndome temporalmente de su boca con un pico en la comisura de los labios.
—Lo haremos más tarde —repito la frase con la que me prometió este beso en el coche y con un apretón de culo me responde:
—Vamos a arreglarte la cara primero. Funciono mejor si la chica con la que duermo tiene un rostro redondo y atractivo.
—¡Ey! —golpeo su brazo a modo de juego, tratando de encontrar el cumplido guardado en esa expresión.
—Estoy hablando de ti y de tu adorable cara, no te puedes enojar por eso —se defiende.
Niego con la cabeza dándole la razón, insegura de cómo proceder. Pero no hay que pensarlo mucho, ya que vuelve a ofrecerme la mano para recibirla con un apretón y una sonrisa encantadora al tiempo que reanudamos el paso hacia el consultorio.
-*-*-*-*-
—Hola tortolitos, hace mucho que no los veía juntos —saluda Ieiri con buen ánimo, sin inmutarse por el estado de mi rostro y de las señales que le hace Satoru para evitar que hable del tema.
—Profe Gojo —una cabeza de cabellos rosas se asoma con curiosidad por detrás de una cortina—. ¿Señorita Itoyama? Por poco no la reconozco —se disculpa apenado, pero no tanto como yo por dejar que me vea en este estado.
—Ah Itadori, qué buen momento para presentarte formalmente a Akari Itoyama, tu salvadora y mi prometida.
¿Qué? ¿Cómo que buen momento?
—Wow, ¡tenía muchas ganas de conocerla! —hace una reverencia—. ¿Pero está usted bien? Parece que acaba de regresar de una pelea.
—Ah, sí, pero nada que Shoko no pueda sanar —respondo con la cara roja no solo de la hinchazón, sino de la vergüenza.
—Las narices rotas son mi especialidad —añade la susodicha lavándose las manos.
—¿Pero tú qué haces aquí? ¿Estás herido? —le pregunto a Itadori.
—No, bueno, ya no lo estoy—se rasca la cabeza.
—Este chico sí que tiene la cabeza dura. Le cayó un bloque de concreto encima y apenas le hizo un chichón.
Shoko nos muestra la placa de rayos X que confirma sus palabras.
—Satoru, ¿qué ocurrió? ¿A dónde lo mandaste?
—Descuida, apenas si era una maldición de tercer grado. Además, yo estaba observando todo a la distancia.
—No se preocupe señorita, en serio, estoy bien. Creo que quien necesita atención en este momento es usted.
—Yuji tiene razón. Anda, recuéstate —sugiere Shoko—. Itadori, ¿nos podrías dar un poco de privacidad?
—Ay, sí, por supuesto. Fue un gusto conocerla por fin, señorita Itoyama —retrocede hacia la puerta haciendo varias reverencias—, y muchas gracias por todo, espero verla de nuevo. ¡Con permisito!
Al cerrarse la puerta, Satoru nos sonríe como padre orgulloso.
—Es un buen chico, ¿no es así? —sonríe Satoru. Asiento para darle la razón.
Me recuesto en la camilla mientras Shoko posa una lámpara sobre mi cara.
—Veo que ese espíritu maldito te dio problemas.
—Dale un respiro. Era de primer grado —explica Gojo.
—¿Ustedes lograron sentir la energía maldita de Sukuna? —Reflexiono en voz alta, cambiando completamente de tema—. Es como si Itadori además de ser un recipiente fuera un sello hermético.
Las miradas de Ieiri y Satoru se encuentran.
—De hecho, a penas si el chico produce energía maldita. Cualquiera pensaría que el poder de Sukuna fluye a través de él, pero no, lo contiene, y sin hacer mucho esfuerzo al parecer.
—Noté eso mismo la primera vez que lo ví. Es un caso de estudio muy especial, y la verdad hubiera sido un desperdicio asesinarlo —añade Satoru.
—Bueno, ya habrá oportunidad de seguir hablando de esto. Se hace tarde y tengo otras cosas qué hacer —interrumpe Shoko, colocándose los guantes estériles—. Voy a proceder a acomodar el tabique antes de utilizar energía inversa sobre ti. Gojo, ¿podrías sostenerle la mano? Va a necesitarlo.
Cuando Satoru se acerca, mi mano se mueve sola, buscando la suya.
—Respira hondo, linda —me dice Ieiri.
Cuando escucho el hueso crujir, un escalofrío me recorre y mis ojos se llenan de lágrimas, pero no puedo hacer nada por evitar que corran por mi sien, empapando mi cara.
—Es todo, ya pasó.
Y sosteniendo la mano de Satoru, no logro parar de llorar, pero no estoy segura si es por el intenso dolor o por las emociones contenidas hasta ahora.
-*-*-*-*-
De una manera u otra, Satoru y yo terminamos en su habitación. No necesariamente en un intercambio acalorado, sino como un gesto de confianza.
Finalmente me permito ser llevada en brazos como la damisela en apuros que siempre evito ser, pero en este momento me visualizo simplemente como lo que soy, una novia con deseos de cercanía con su novio y que disfruta del aroma de su cuello y del calor de su pecho. Es fundamental la forma en que le confío mi cuerpo exhausto y dejo que me lleve a un lugar privado como lo es su habitación.
Nunca me había traído, y mucho menos invitado, por lo que apenas me entero de los privilegios de los que solo goza un profesor titular que al mismo tiempo es el principal benefactor de la Preparatoria. Uno de ellos consiste en un baño privado con tina, privilegio que al parecer, sólo pensaría en compartir con alguien de confianza.
Este trato preferencial casi me hace olvidar su ausencia en las semanas pasadas, pero me ha prometido y yo le he creído, que me involucraría más en su vida, aunque se tratara de cosas que él consideraba tediosas como los negocios y la diplomacia entre clanes.
Antes de entrar a sus dominios, compartimos un plato caliente y reconfortante de sopa miso en el comedor de la escuela, mientras conversamos sobre las cosas que le obligaron a ignorar mis mensajes. Me confiesa sus intentos por evitar que las imposiciones de su familia me agobien, sobre todo con lo que tiene que ver con la boda, un evento, soy consciente, que no se hará a nuestro gusto, sino del clan.
—Asistirá todo el mundo, incluso gente que no conocemos.
—Así son las bodas.
—Pero los Gojo no saben hacer fiestas. Creo que la recepción es una de las razones por las que le huía al matrimonio.
—Ya me imagino, pero siempre podremos disociarnos. Yo estaré pensando todo el tiempo en la noche de bodas. —Sonrío de forma sugerente.
—¡Buena idea! —Me apunta con sus palillos. —Además trataré de pensar en el encaje de tu ropa interior.
También mencionó algunos problemas de adultos que tuvo que resolver para Itadori. Ahora que era huérfano y su custodia pasaba legalmente a Servicios Sociales, tenía que intervenir para evitar que se lo llevaran.
—Él no lo sabe, pero ahora soy su tutor.
—Entonces ahora tú te haces cargo de sus gastos.
—Es correcto. Aunque la escuela paga a sus alumnos por el trabajo que desempeñan machacando maldiciones, son los padres o tutores quienes administran dicho recurso. Al ser menor de edad, no puede tener una cuenta de banco, ni trabajar sin la autorización de un adulto. Ahora yo soy esa figura.
—¿Y no es importante que lo sepa?
—No quiero que nuestra relación como alumno-profesor se vea afectada ni que confunda las cosas. Además —suspira—, creo que así es más fácil de asimilar para alguien como él.
—¿Entonces es mejor que crea que está solo en este mundo?
—No lo está, ahora la escuela es su hogar. ¿O estarías dispuesta a adoptarlo?
Me quedo en silencio, incapaz de responder a su pregunta. Tanto o más que el matrimonio, asumir la maternidad de una criatura es una de esas cosas que te cambian la vida, por lo que no podría responder así como así.
Satoru nota mi diálogo interior y continúa con media sonrisa.
—Todos tenemos una situación familiar compleja, y él no sería el primero ni el último huérfano en ser reclutado como hechicero. Además, ahora tiene a sus compañeros de clase, Fushiguro y Kugisaki. Incluso a los de segundo. Ellos serán su familia de ahora en adelante.
La habitación de Satoru es amplia y limpia, pero se sentía fría. Se nota que no pasa mucho tiempo aquí y la lectura maldita lo confirma. Ni siquiera huele a él, sino a limpiapisos.
Me coloca de nuevo en el suelo para permitirme quitarme los zapatos y como entro en confianza, me pongo a merodear. La cama es suave, de tamaño Queen con almohadas mullidas y sábanas grises, custodiada por un par de mesitas de noche que sostienen una lámpara a cada lado de la cabecera de pino.
Hay una salita de vinipiel color negro con una mesita de centro y un librero angosto con algunos libros. Cuando me acerco me doy cuenta de que la mayoría son mangas viejos.
—Creí que no tenías hobbies.
—Ya no los colecciono. Ahora leo en digital.
—¿Qué te gusta?
—Mmm, ya sabes, el clásico shonen de comedia…
—¿Qué es esto?
Selecciono un tomo cuyas hojas amarillentas llaman mi atención: Junjo Romantica, cuya portada presenta a dos personajes masculinos entrelazados de manera comprometedora. Pero al querer hojearlo, este desaparece al instante de mis manos.
—Olvidaba que tenía esto aquí —musita Satoru al momento de abrirlo, dejando caer al piso una hoja cuadriculada doblada en forma de corazón, la cual recoge de inmediato.
—¿Te da vergüenza que lo vea? —lo molesto.
—Lo leí hace mil años pero se me olvidó deshacerme de él.
Esto me resulta divertidísimo, sobre todo al notar que sus orejas empiezan a enrojecerse.
—Ajá —respondo con incredulidad.
—Sí, era de Shoko. Ella coleccionaba está serie y me insistió, pero nunca lo terminé. Usaba esto como separador —se refiere al corazón decorado con dibujos de bolígrafo negro.
—Tipico Satoru culpando a Shoko de todos sus gustos culposos.
—No es mi culpa que sea tan ñoña —se encoge de hombros.
Satoru me lo da de mala gana, conservando el corazón de papel. La verdad es que sólo quiero provocarlo un poco, ya que a él le encanta hacerlo con todo el mundo, pero también puedo percibir genuina vergüenza emanando en él, lo que me indica que debo parar aquí.
Tomo el manga y lo observo seriamente sin emitir ningún juicio ante el romance entre chicos que retratan sus páginas.
—Como que alguna vez escuché de él —digo, refiriéndome al manga—. Shoko también trató de reclutarme en su club fujoshi durante la preparatoria. Es curioso, porque empecé a leer yaoi en la universidad, justo cuando a ella dejó de interesarle.
—¿También eres una de esas? —hace cara de asco.
—¿Cuál es el problema? —lo confronto a modo de juego, dando un paso adelante.
—Eso es de pervertidas.
—¿Lo dice el que robaba ropa interior de su crush en la preparatoria?
—¡¿Qué?! ¿Quién te dijo eso? —abre los ojos súbitamente.
—Todo el mundo lo sabe — le miento.
—Eso es un ru-rumor falso y tonto… —alega con nerviosismo.
—La verdad sí te creo capáz.
Su forma de reaccionar lo confirma. Satoru es una persona llena de confianza y sé que si fuera cualquier otro ni siquiera se molestaría en convencerme de lo contrario. Pero de alguna manera me agrada saber que le importa lo que pienso de él.
—Venga, estuviste enamorado de un hombre, ¿y qué? ¿Crees que un viejo manga yaoi va a intimidarme?
Me dejo caer en la cama, sintiendo cómo mis huesos crujen al aterrizar en el fino colchón. Satoru se sienta a mi lado, quitándose el antifaz con cansancio.
—¿De verdad no te importa? —pregunta dándome la espalda.
Cierro los ojos para descansar la vista, mientras elijo mis palabras. Sabía que nunca podría hacerle competencia a su primer amor, pero quizás podía colarme en su corazón si aún quedaba espacio. Después de todo, yo me encontraba en una situación similar y había encontrado el espacio para hospedarlo. Para ser precisos, en ese momento sentía que mis sentimientos por él habían desplazado un montón de cosas del pasado e instalado de forma caótica nuevas pasiones y deseos.
Me preguntaba de qué forma me quería. ¿Sentiría este amor avasallante que yo sentía por él?
—Mientras tus sentimientos por mí sean sinceros…
Siento el colchón hundirse y su cabeza posarse sobre mi barriga, lo cuál me arrebata una sonrisa. Sin pensarlo dos veces, hundo mis dedos en su cabello, acariciando su cráneo con un masaje suave. Este suspira con satisfacción.
—Entonces no tienes de qué preocuparte —responde de manera apenas perceptible.
Abro los ojos para buscar los suyos, y me sorprendo al encontrarlos mirándome con ternura. Era lo más cercano a una confesión de amor que había escuchado de su parte.
Sabía que era un hombre de hechos, más que de palabras, por lo que estaba dispuesta a confiar en él.
En ese momento hay en mi pecho un remolino que me azota. Es algo tan cálido y potente como la lluvia de verano. Sus ojos azules, claros y brillantes como el cielo, hacen que todo mi cuerpo se sienta débil. Casi me hacen querer entregarle mi cuerpo en forma de ofrenda, solo para expresar lo vulnerable y protegida que me siento en su presencia.
—¿Te apetece un baño? —rompe el silencio, interrumpiendo mis elucubraciones. —Tengo algunas sales aromáticas. ¿Te gusta la lavanda? Mandaré a comprar más para la próxima.
—Satoru —me reincorporo sobre mis codos, obligándolo a mover su cabeza de mi barriga—, tomemos el baño juntos.
Sus mejillas vuelven a colorearse de malva y yo solo puedo mirar sus labios como si fuesen carnada. Estiro mi brazo para acunar su mejilla y acariciar su boca con el pulgar, comunicándole mi deseo.
—Quiero hacer algo primero —sugiere.
Se inclina lentamente para tomarme de la nuca y depositar un beso casto donde nos quedamos unos segundos, saboreando la cercanía de nuestros rostros con los ojos cerrados. Es como un gesto de reconocimiento, como cuando metes la mano al agua antes de meterte. El aire caliente que expulsa su nariz acaricia mi mejilla y su aroma inunda mis sentidos.
Rompemos el beso de manera gentil para mirarnos a los ojos, pero cuando encuentro su mirada ardiendo, entiendo que este tierno intercambio ha mutado en algo más. Me veo presa de un frenesí y me abalanzo sobre él reclamando sus labios, desabrochando la chaqueta de su uniforme sin pensarlo dos veces.
Satoru me corresponde con la boca abierta, buscando mi lengua con la suya y sus brazos envolviendo mi torso con fuerza. Siento mi cabeza arder y mi corazón desbocarse ante la cercanía, que aunque precisa, no parece suficiente en este momento. Mi cuerpo se estremece ante la novedad de sus besos, de su aroma, de su tacto, pues cada segundo se siente como un regalo.
Coloco mis manos sobre la tela de algodón que aún cubre su pecho para sentir sus latidos acelerados. Es él quien se quita el resto de la prenda, esforzándose por no romper el beso.
Quiero tocarlo, sentirlo todo, recorrer su piel húmeda y caliente, pero antes de que eso ocurra Satoru ya está alzándome los brazos para quitarme la parte superior del uniforme. Obedezco sin chistar como raras veces lo hago y dejo que me despoje de la ropa.
Poso frente a él en sostén mientras su mirada baja a mis pechos. Siento que sus ojos me queman al recorrer mi desnudez, pero no me toca, le gusta tomarse su tiempo mientras la humedad se forma entre mis piernas y un cosquilleo me recorre el vientre anhelando su toque. Es agonizante, pero delicioso.
Aprovecho esta pausa para ponerme de pie y desabrocharme la falda. La dejo caer al suelo sobre mis pies, luego la licra de algodón que siempre uso debajo, quedando en ropa interior frente a él. Satoru me mira con los labios entreabiertos, lo cuál me hace sentir valiente. De manera coqueta decido darme una vuelta, acariciando mi vientre y mis piernas de manera sugerente.
—No sabía que podías leer el pensamiento. ¿O es que la pulsera también detecta lo caliente que estoy?
—No es necesario. Lo puedo ver con mis propios ojos —miro su abultada entrepierna, mordiéndome el labio.
—Entonces haz algo al respecto, Itoyama.
—¿Qué necesitas? —me mojo los labios.
—Quizás si te quitas el sostén… o las bragas…
—¿Puedo proponer algo?
—Siempre que sea algo pervertido —ladea la cabeza, sonriendo de manera lasciva.
Me acerco a él, quien está sentado con las piernas abiertas al borde de la cama. Me coloco entre ellas, colocando el pecho a la altura de sus ojos y las manos sobre sus hombros. Me doy cuenta cómo le resulta difícil apartar la mirada, lo cual me satisface, pero decido tomar un poco el control de la situación alzando su rostro tomando su barbilla.
Coloca sus manos en mi cintura, pero no por mucho, porque flexiono mis piernas para arrodillarme frente a él tratando de mantener el contacto visual. Acaricio sus muslos, apoyando mi mejilla sobre una de sus piernas.
—¿Te ayudo con esto? —acaricio el botón de su pantalón, rozando a propósito su erección con el antebrazo. Su sonrisa se vuelve un rostro de asombro casi adolescente, asimilando mi posición. De hecho pasan varios segundos antes de verle asentir con la cabeza, señal con la que me hago cargo de desabrocharle la prenda. Él me ayuda levantando la cadera hasta que arrojo el pantalón al piso, dejándolo en sus boxers de marca. Rápidamente vuelvo a mi posición, buscando liberar su erección, pero me detiene tomando mi rostro en sus manos. Es cuando me percato del rubor que maquilla sus orejas y parte de su cuello.
—Itoyama —me mira fijamente—, ¿es lo que creo que es?
No puedo evitar sonreír con ternura.
—¿Estoy siendo muy osada?
—Lo estás, pero… mierda, quiero verte hacerlo.
Me suelta abruptamente para reclinarse en la cama, apoyándose en los codos y abriendo las piernas. Ahora soy yo quien se queda muda ante la visión de los músculos de su abdomen y sus muslos flexionados. Mierda, se ve jodidamente sexy y me lo quiero comer entero. No espero más y libero su erección, mojándome los labios al contemplarla. Con la punta de mi lengua recojo las perlas de líquido preseminal que humedecen la cabeza rosada de su pene, saboreando las notas saladas. Satoru sisea con el ceño fruncido sin apartar la mirada mientras mi lengua explora y humedece el resto de su longitud.
Cierro los ojos para concentrarme en el relieve de cada una de las venas que recorren su piel suave y tierna. Me deleito con los gemidos ahogados que Satoru emite, pero que me indican sus puntos dulces, abonando información para después.
—Ah, Itoyama… —Sus labios dejan salir mi nombre como una súplica y yo lo saboreo de forma egoísta y vanidosa. Pauso el paladeo para masturbarlo con una mano, obligándole mirarme a los ojos. —Por favor —dice casi en un suspiro. Luce tan hermoso con el flequillo cayéndole sobre los ojos vidriosos.
Quiero torturarlo, como si me estuviera vengando por las noches en que me tuve que consolar a solas pensando en él. Quiero negarle el placer de mi toque como él me negó el suyo sin saber que lo anhelaba. Pero este era el lado oscuro de mi deseo. En cambio mi cuerpo quería entregarle todo, absolutamente todo, como si existiese solo para complacerlo.
En medio de esta contradicción mi boca decide por mi y lo tomo todo. Satoru echa la cabeza hacia atrás cuando toca el fondo de mi garganta, liberando un gemido desde el fondo de su pecho y sé que no durará mucho. Me obligo a contener una arcada, salivando para aliviar la fricción
Satoru parece atónito y adolorido al observar mis labios alrededor de su miembro; el cómo entra y sale de mi boca.
—Ah, mierda Itoyama. No quiero saber, no quiero saber… —farfulla de manera incoherente, cerrando los ojos con fuerza. Me pregunto fugazmente a qué se refiere, pero dejo ir ese pensamiento al sentir sus caderas moverse con el ritmo de mi boca.
Su reacción de éxtasis, me parece más cerca del orgasmo que de la tensión, lo que alimenta mi avaricia. Deseo verlo explotar, sentir su cuerpo temblar bajo el hechizo de mi boca, someterse al placer que yo le ofrezco.
Mi mano sostiene la base mientras la otra se sostiene de su muslo, ayudándome a mantener el equilibrio para aumentar la velocidad.
—Mmmm —le hago saber que también lo estoy disfrutando. Pero es un placer extra corpóreo. Algo que estimula otras partes de mi ser pero que no sabría nombrar. De hecho, ni siquiera estaba pensando en la humedad que empezaba a escurrir por mi pierna, ni en los calambres que desde el vientre electrificaban mi cuerpo, sino en la imagen de este hombre tan hermoso rendido ante mi.
Su mano en mi cabello se tensa y sus muslos me presionan cuando vuelvo a meterlo hasta el fondo, pero es cuando nuestras miradas vuelven a encontrarse que Satoru explota en mi boca, inclinándose sobre mí.
—¡Ah-mmm!
Eufórica por esta victoria trago el líquido caliente de su orgasmo sin dejar de sonreír.
No me había pasado esto antes. No me había sentido de esta manera sobre nadie más. Quizás se debía a que era Satoru Gojo a quien tenía en mi boca.
Se deja caer sobre el colchón mientras limpio con mi lengua cualquier rastro del líquido lechoso que hubiese quedado, cuando vuelve a incorporarse de repente, tomándome de los hombros para ponerme de pie.
Reclama mis labios con los suyos, metiendo su lengua ávida por buscar su sabor en mi boca.
—Eso fue diabólico. Siempre supe que había algo malvado dentro de ti pero no creí que esto.
Me besa a media risa e intenta desabrochar mi sostén sin lograrlo. Sé que me lo habría arrancado de ser posible, pero en su lugar me lo quita por encima de la cabeza como si fuera una blusa, lo que abona a mi buen humor.
—¿Qué es tan gracioso? —masculla pegado a mi boca. No logro responder de inmediato, mientras me quito la pantaleta.
—Te falta práctica —respondo.
—Mmmm, eso no será problema —sonríe.
Nos dejamos caer en la cama sobre nuestros costados. Coloca una mano en mi nuca para profundizar el beso y la otra sobre uno de mis pechos, el cual empieza a apretujar con cierta brusquedad.
—Más suave —le pido. En su lugar se acomoda para llevarse mi pezón endurecido a la boca, haciéndome arquear la espalda.
—Quiero cogerte —dice tomando el otro pecho, pasando su pierna sobre mi cadera, pegando a mi vientre el nuevo esbozo de su erección. —Te quiero sobre mi.
Yo también lo quiero, pero no logro formar palabras, solo un gemido ahogado.
Nos gira sobre el colchón para colocarme encima de él, sentándome en su abdomen.
—Esta debe ser la vista VIP —acuna mis pechos con su manos, jugando con mis pezones—. Ojalá pudieras ver lo que yo.
—Estoy contenta con mi punto de vista. No lo cambiaría —niego con la cabeza.
—¿Acaso te gusto? —me guiña el ojo.
—Eres un tonto —digo a modo de broma.
Buscando algo de fricción, empiezo a restregarme sobre su abdomen, moviendo las caderas.
—He imaginado esto muchas veces —admito con voz mantequillosa.
—Estás bastante mojada —susurra para sí, mirando su estómago.
Coloco mis manos sobre su pecho y me inclino sobre él para pegar nuestras frentes.
—¿Tú has pensado en mí cuando estás a solas?
Su erección da un pequeño brinco rozando mi culo. Supongo que esa es una manera de responder, pero no es todo, me rodea con sus brazos y me aprieta contra él en un abrazo cálido y afectuoso. Y a decir verdad, algo inesperado.
Atrapa mis brazos contra su pecho, dejándome en una posición incómoda, pero lo dejo pasar, porque esto también me llena de mariposas.
—No sabes cuánto —dice en un suspiro, como si las palabras se escaparan de su boca.
Es difícil explicarlo, pero en ese momento el deseo se convierte en algo que podría describir como una ola de afecto que golpea y baña mi cuerpo. Zafo mis brazos para corresponder su abrazo, pegando mi mejilla contra la de él y envolviéndolo con todas mis fuerzas como si fuera un caparazón de tortuga.
Mis pensamientos también cambian de sintonía. Las imágenes lascivas de cómo quiero cogérmelo se transforman en recuerdos inocentes de nuestro primer beso. Sobre todo estando en esta posición horizontal, con los pechos pegados, aparece en mi memoria el momento en que cayó sobre mi, tumbándonos al suelo.
—Oyeeee, no te había visto antes, ¿eres nueva? —preguntó aquella vez con voz pastosa. No tenía sus gafas puestas y yo nunca lo había visto sin ellas, impactada por el espectáculo que eran sus ojos color zafiro.
Al calor de ese recuerdo pienso: ¿por qué ese beso resultó tan mal? ¿por qué no pudimos enamorarnos en ese entonces? ¿fue mi culpa que las cosas resultaran así?
Y cierro los ojos con fuerza, aferrándome a él como tratando de anclarme de nuevo al presente, donde nada de eso importaba.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Asiento, levantando la cabeza para mirarlo y pienso, ojalá algún día puedas sentir por mí lo que siento por tí ahora. Pero no digo nada, lo beso de manera más taimada, tratando de escalar de vuelta al lugar de donde me había bajado. Y la verdad es que no tardamos mucho porque su lengua vuelve a reclamarme, mientras me acomoda la pelvis de manera que su erección hace fricción con mi culo.
—Quiero cogerte, déjame hacerlo —susurra en mi oído.
—Creí que queríamos esperar a la noche de bodas.
—Mmmm, lo sé —continúa moviendo las caderas.
—Tengo una idea —le digo.
—Me encantan tus ideas —responde llevando mi lóbulo a su boca.
Me coloco en cuatro puntos sobre la cama indicándole que se ponga detrás de mi, ofreciéndole un nuevo ángulo de visión de mi cuerpo desnudo.
—Wow —coloca sus manos en mi cintura, pegando nuestra pelvis, buscando fricción—. Creo que sé en qué estás pensando.
—¿Tú también puedes leerme el pensamiento? —bromeo.
—Ah sí, claro. —Pasa suavemente su pulgar por mi abertura. —No es que no sea evidente que me quieres dentro de tí.
Al sonido de sus palabras, mis paredes se contraen.
—Pero seré fiel a mi palabra. —Mete suavemente un dedo, haciéndome gemir—. Esperaré a ese día y te llenaré tan profundo y tan lento que vas a llorar rogando que te dé más y más…
Satoru empieza a mover su dedo adentro y afuera ilustrando sus palabras, dándole a mis paredes apenas una probada de lo que pide mientras su erección me soba el culo.
—Otro dedo, Satoru —pido con los ojos cerrados.
—¿Debería hacerlo? Sin duda me tomaste muy bien con tu boca hace un momento. Además, fuiste buena chica y te lo tragaste todo. Una conducta ejemplar, verdaderamente. Pero…
Su pulgar empieza a acariciar mi clítoris, añadiendo notas dulces a mi placer.
—No puedo dejar de pensar que alguien más te enseñó a hacer eso.
¿Qué? ¿Por qué se pondría a pensar en ello si sabe que tuve otra relación? Poca o mucha claro que tenía experiencia. ¿Le habría desagradado mi comportamiento osado? ¿Prefería chicas tímidas sin experiencia? ¿Debía fingir para complacerlo?
—Satoru —es lo que logro decir en mi defensa, que más que un argumento es un gemido.
—¿Fue el inepto de Hirose? ¿Él te dijo cómo hacerlo? —dice al tiempo que aumenta la velocidad, tanto de su brazo como de su cadera.
Sólo logro gruñir, porque no sé qué es lo que quiere que diga, pero mi cerebro se está derritiendo con ambos estímulos.
—¿Y él de dónde lo aprendió? ¿O fue tu propia iniciativa? Sé que eres bastante proactiva y curiosa.
—No entiendo, Satoru —digo con voz temblorosa.
Con la mano izquierda me toma del hombro para incorporarme y pegarme contra su pecho.
—Debo considerarme afortunado, ¿no? Ahora soy tu aprendiz, pero no puedo evitar pensar en quién fue el maestro de mi maestra. Y no sé por qué pero no compro la idea de que el insípido de tu ex fue quien te…
—¿Por qué estamos hablando de él en este momento? —reclamo.
Con cierta brusquedad me inclina sobre la cabecera de la cama, obligándome a sostenerme con los brazos, cuando siento el segundo dedo entrar.
—Saaa…toru —digo cerrando los ojos.
—Dime su nombre —ordena.
La velocidad de sus dedos es la justa, la que piden mis entrañas, así que no puedo concentrarme realmente en su juego retorcido, y mucho menos cuando siento el temblor de la cama que provoca su mano izquierda sobre su miembro.
—Fui yo —exhalo—, mmmm, yyyo aprendí sola.
—Mientes —gruñe.
—Mmmm…
No puedo pensar claro. Quizás esto debiera preocuparme, pero no puedo dejar de pensar en los celos que le han provocado mi hazaña y lo sensual que me hace sentir.
—Yo aprendí sola —insisto. Siento el placer acumularse, colocándome en el camino correcto—. Tenía un juguete.
—Já, ¿qué? —sonríe con incredulidad.
—Así Satoru, no pares —le pido y él me complace colmándome con un tercer dedo.
—¿Aún lo tienes?
Asiento.
—¿Lo usaste hace poco?
Asiento de nuevo.
—Estaba pensando en tí, lo juro.
—Ah, mierda.
Al sentir su semen caliente sobre mi espalda, mi propio placer explota, tomando como rehén sus dedos que aún siguen dentro de mí. Me sostengo con fuerza de la madera y entierro la cara en mi brazo, emitiendo un grito mudo.
Mis piernas tiemblan mientras me dejo caer sobre las almohadas, dónde trato de recuperar el aliento.
¿Qué acababa de pasar? De pronto la lucidez empieza a volver a mí.
—Akari —Satoru se acuesta junto a mí, jadeando.
—Satoru.
Nos miramos a los ojos mientras recuperamos el aliento, cuando sus dedos me quitan el cabello gentilmente de la frente.
—¿Estás bien?
Tomo su mano y la acerco a mis labios para besarla. Huele a mí.
—Eso fue…
Satoru se tapa la cara con las manos.
—Mierda, estuvo increíble.
Sonrío, tratando de entender lo que acaba de pasar.
—Sí, bueno, lo disfruté aunque de una manera extraña.
—Luces jodidamente sexy cuando te corres.
—Tú también —asiento al recordar la vista desde abajo.
—No puedo esperar a la noche de bodas. —Se acerca para colocar su frente contra la mía. —Tengo muchas ganas de estar dentro de tí.
—Mmm, también quiero sentirlo —acaricio su mejilla.
Permanecemos con los ojos cerrados, con la respiración acompasada mientras me acaricia la pierna.
—Creo que acabo de arruinar tus sábanas —digo sintiendo como se escurre el líquido por mi espalda, manchando las sábanas.
—Puedo comprar otras.
—También puedes lavarlas.
—Ah sí, tienes razón.
Otro momento en silencio. Ahora mi mano ha migrado a su espalda, justo sobre su cicatriz para acariciarla
Quisiera abordar el tema anterior pero tampoco quiero arruinar este dulce momento de arrumacos. Pero Satoru se me adelanta.
—Amm, creo que hay algo de lo que quisiera hablar. —Aparta la mirada. Satoru se acuesta boca arriba con los brazos detrás de la nuca. —No debí mencionar a Hirose. Quizás… estuvo fuera de lugar.
Me abstengo de emitir alguna opinión, deseando que elabore. No es que quiera que se disculpe realmente, sino que quiero ahondar en ese fetiche que parecía tener sobre mi — digamos— experiencia.
—Sin embargo te corriste, así que algo de lo que dije debió gustarte.
No sé qué responder. Satoru se vuelve a su costado para mirarme.
—¿Te gustó lo que hice? ¿Te pareció atractivo?
Asiento.
—Pero Satoru, hay cosas que uno debe dejar en la cama.
—¿Lo que pasa en la cama se queda en la cama?
Asiento.
Creo que es hora de ese tan ansiado baño.
-*-*-*-*
El agua caliente exhala un vapor con olor a lavanda que resulta relajante. La primera en entrar a la bañera es ella, cubriendo su cuerpo de espuma por debajo de su clavícula. Gojo tarda un poco más, quien se entretiene respondiendo una lista de mensajes “urgentes”, que obviamente no eran para tanto, bueno, al menos no para él.
Recargado en el lavabo del baño y acariciado por la luz cálida, la geografía de su cuerpo se definía de forma deliciosa. Akari observa con la barbilla sobre el borde de la bañera, reflexionando sobre el poco tiempo que ha tenido para observar a su prometido. Hasta ahora solo le ha podido mirar sin ropa en dos interacciones, donde casi toda acción ha sido a ojos cerrados.
Quizás resultaría extraño pero podría pasarse horas simplemente mirándolo, entretenida trazando un plano de la ubicación de cada una de sus marcas y lunares. Además, todo hechicero tiene cicatrices, unos más que otros, pero alguien intocable como Satoru era difícil de imaginar herido. Akari desconocía la historia de la cicatriz que atravesaba su pecho y su espalda, aunque no hacía falta ser experta para adivinar que esa herida podría haberlo puesto al borde de la muerte.
De hecho, hay algo interesante con las cicatrices que Akari no se había puesto a estudiar a fondo y era su carga emocional. Toda cicatriz visible guarda información, pero pareciera haber una relación entre su resistencia a desaparecer con su impacto emocional en los hechiceros. Bien dicen que no hay herida más dolorosa que la del corazón (en sentido figurado).
—¿Te gusta lo que ves? —la voz de Gojo interrumpe sus pensamientos, obligándola a arrancar su vista del abdomen bien definido que amerita un último vistazo.
Akari asiente con una sonrisita.
—Bastante.
Gojo sonríe complacido con el cumplido. La verdad es que a pesar de ser un célebre y virtuoso hechicero, la mayoría de sus conocidos evitaban adularlo para no alimentar su ego de por sí inflado, pero hasta el más corpulento necesita ser alimentado de vez en cuando.
Si bien no era extraño que alguna persona lo increpara por la calle atraída por su altura y llamativo color de cabello, casi siempre el antifaz era suficiente para disuadirles de sus coqueterías. Por otro lado, cuando usaba gafas sus ojos se convertían en la atracción principal, por lo que los guardaba para cuando se sentía en confianza o lo suficientemente falto de atención para salir a presumirlos.
Cuando estaba con Akari, la cosa era diferente. Era notorio su preferencia por el Satoru de ojos desnudos, pero sin importar a cuál tuviera en frente siempre se esforzaba por hacer evidente su afecto y esa transparencia lo hacía sentir seguro.
Aunque no era su deseo compararla con nadie más, no podía evitar recordar la zozobra de su amor adolescente por Geto con una mezcla de nostalgia y hastío. Sí hablamos de heridas del corazón, quizás esa daga que atravesó su pecho dejó tal cicatriz por todo lo que representó el evento en su vida. Como por obra del destino, Itoyama estuvo ahí para presenciar cómo el horror invadía su alma para luego extirpar su corazón. Después de todo, el amor correspondido era uno de los pocos milagros que jamás habían presenciado sus seis ojos hasta este momento.
Después de atender la mensajería del fin del mundo, se quita la toalla del torso para unirse a su prometida en la bañera, quien se acomoda para hacerle espacio. Pero siendo el hombre larguirucho que era, la romántica escena de la bañera estaba resultando algo cómica en su lugar.
Finalmente quedan frente a frente con las piernas entrelazadas de manera que la maniobra de salida se auguraba igual de compleja, pero que ahora funcionaba. Los dos se miran con sonrisas divertidas complacidos de la cercanía extraña de sus cuerpos.
—Confieso que nunca había compartido bañera con nadie —admite Satoru—. Espero que no se te suba a la cabeza.
—¿Ni siquiera con Geto? No te creo —se burla Itoyama.
—Lo juro. Además ni siquiera se bañaba.
Esto arranca una carcajada de Akari, sobre todo al recordar el olor a lavanda que difícilmente podría olvidar y del que seguro Satoru tampoco podría.
—Entonces espero que las trusas que le robabas estuvieran limpias.
—Descuida, siempre me aseguraba de ello.
Era extraño, pero todo esto le hacía gracia a su prometida, como si fueran solo dos amigos molestándose el uno al otro. ¿Qué tan cerca estaba esto de volverse un problema?
—Necesito saber algo —dice Satoru.
—La información tiene un precio.
—Pequeña tacaña y ambiciosa, sólo piensas en dinero.
Akari niega con la cabeza.
—Para nada. Pero si yo te respondo tú también debes responder a lo que sea que yo te pregunte.
Satoru la mira con los ojos entrecerrados, fingiendo desconfiar de su propuesta pero termina aceptándola más pronto que tarde.
—Tus… digamos… habilidades con la boca. ¿En serio las aprendiste sola?
Akari no puede evitar sonrojarse. Lo que dijo en ese momento de pasión no era mentira, pero tampoco la extensión entera de la verdad y honestamente le resultaba embarazoso compartirlo con alguien que no tomó papel en ello, pero que quizás merecía saberlo.
—Sí practiqué un poco por mi cuenta para hacerlo mejor.
—¿Mejor para quién?
—Tú sabes quién.
—Ese tonto…
—¿Estás celoso?
Satoru recarga su espalda en la bañera, refunfuñando. Akari lo mira fijamente hasta que decide continuar.
—No tenías obligación de hacerlo —añade Satoru.
—No lo hice por eso.
—¿Y?
—Lo hice por mi propio placer —sonríe. Satoru luce confundido. —¿De verdad te molesta? Creí que eras consciente de ello.
—No me molesta, en realidad es todo lo contrario, es solo que…Ya no podré ver a Hirose de la misma forma.
—Ya te dije, lo que sucede en la cama, se queda en la cama.
Satoru asiente.
—Pero debo aceptar que me gustó que fueras algo brusco en la cama —añade.
Satoru sonríe.
—Lo tomaré en cuenta.
Akari acaricia sus costillas con el pie, lo que le hace cosquillas a Satoru. Hasta que él lo toma y lo mordisquea. Akari no puede dejar de pensar en lo afortunada que es de ver este lado tan tierno de Satoru Gojo, pero también está ansiosa por tomar su turno.
—Sé que Geto fue tu primer amor, pero —hace una pausa, formulando su pregunta—, ¿acaso fue el único?
Gojo suelta el pie con cuidado. Sabía que Itoyama tenía preguntas sobre eso y que indagaría en un momento dado, pero después de pegar los cuerpos no sabía si se le antojaba hablar de él aunque parecía lo más justo. Por lo que antes de responder, busca la manera de acabar con el tema de forma que también extinga su curiosidad.
—Sí. Siguiente pregunta.
—¿Qué? ¿Es todo? ¿Dónde está la información jugosa? ¿El drama, el chisme?
—No hay tal. Mi vida es más aburrida de lo que cree la mayoría. De hecho alguien alguna vez me dijo que era “un tipo muy cerrado y que ahuyentaba a las personas”. Creo que eso lo resume todo.
El silencio reina sobre ellos un par de segundos, pero Satoru la deja elaborar. Se notaba que había algo trabajando en su cabeza y era mejor que saliera del horno a su tiempo. Akari toma el piesote de Satoru y lo saca del agua para acariciarlo.
—Para ser justos eres un circo andante. Es muy entretenido estar contigo, solamente te falta la peluca y el maquillaje. ¿Cómo que alejas a las personas? Yo me sentí muy atraída por tu sentido del humor. Bueno, no al principio y no todo el tiempo, pero…
—Esto es Japón, Itoyama. Sí no es bajo una carpa, con varias cervezas encima, el japonés promedio huye de la diversión.
—Yo no lo hice.
—Y es por eso que estamos aquí.
Satoru abre sus brazos, presentando la escena: dos amantes después de hacer el cuatro letras compartiendo espacio en la bañera, fingiendo que es romántico, lo cuál lo hace, de hecho, romántico, porque solo dos personas que ya se perdieron el asco preferirían estar aquí en vez de cualquier otro lado.
—Debo confesar que a veces pienso que me elegiste porque era la única opción, pero luego te miro y me parece una idea bastante estúpida.
—Lo es —responde con una risita—. Rechacé a otras cinco mujeres por tí. Es más, ni siquiera tuve que dirigirles la palabra, le pedí a mi asistente que le redactara la misma carta a las cinco.
—Eres un grosero —responde negando con la cabeza.
—Quizás eso las consuele. Se salvaron de estar con un idiota como yo.
—Yo no dije eso —lo toma de la mano, gesto que Satoru corresponde—. Cuando empezaste a buscar esposa, ¿no era más fácil llegar a un acuerdo con alguna de ellas?
—Quería tomar el asunto en mis manos y por lo menos entregarle mi florecita a alguien que me resultara menos despreciable.
—¿Te refieres a las candidatas de tu familia? ¿Acaso las conoces lo suficiente para hablar así de ellas? Recuerda que tu madre fue una novicia como ellas.
—Eso no las hace mejores. Y justo ese es el punto. ¿Dónde quedan sus voluntades? ¿Alguna de ellas tendría las agallas de enfrentar a mi familia para proteger a nuestro hijo de las garras del clan? No lo creo. Sí decidieron entregarle su vida a sus familias no dudo que lo hagan con sus hijos. Por eso no quise tener nada que ver con ninguna de ellas.
—¿Qué te hace pensar que yo no lo haré?
Satoru la toma de la muñeca y la acerca a su cara de un jalón.
—Porque eres una rebelde. Mandaste a la mierda la escuela de Hechicería aunque tenías un futuro prometedor, mandaste a la mierda tu compromiso con un hombre que no te supo dar tu lugar y me mandaste a la mierda a mí cuando te pedí muy inconscientemente que me rentaras tu vientre. Tienes tus prioridades claras, Itoyama, y eso me gusta.
—¿Es decir que sí te hubiera aceptado la propuesta no te habrías enamorado de mí? —pregunta con humor, picándole las costillas con la otra mano.
Satoru lo medita un momento.
—Quizás hubiera sucedido eventualmente.
—¿Tú crees?
Este asiente.
—No es algo que admitiría frente a nadie más, pero aunque nunca dejé que nadie se acercara a mí, deseaba que alguien lo hiciera de todos modos. Y no me refiero precisamente a una relación romántica, sino… a una conexión.
Itoyama lo mira con adoración mientras él mira al techo al hablar, pero cuando este se percata, vuelve los ojos hacia ella como en un gesto de reconocimiento.
Akari intenta zafar sus piernas para poder acercarse y besar a Satoru, pero el movimiento hace que el agua se derrame, lo que vuelve un caos la maniobra. Sí, se esperaba que el siguiente acomodo fuera tosco y poco elegante, pero no impide que Itoyama lo ejecute de todas formas, buscando colocarse a horcajadas de Satoru, acunar su cara entre sus manos y depositar un beso dulce y tierno en sus labios.
Gojo la toma de la cadera para ayudarle a mantener el equilibrio sin apartar la mirada de sus ojos, aunque su cuerpo desnudo esté frente a él. Es un gesto de otra índole, algo más allá de su conexión sexual, que también resultaba maravillosa y emocionante, pero que pertenecía a la cama, apartado de las palabras y confesiones íntimas de este momento.
—Satoru, de verdad estoy enamorada de ti —susurra cerca de sus labios—. Sé que aún falta mucho por conocerte de ti y viceversa, pero es algo que me emociona del mañana y me alegra que sea a tu lado.
Gojo envuelve a su prometida con sus brazos como cuerdas alrededor de su torso para descansar su cabeza en su pecho. Quisiera decirle, de verdad quisiera decirle cosas tan románticas como lo hace ella, pero no encuentra la fuerza en su pecho para hacerlo sin que sienta una profunda vergüenza. No de ella, sino de sí mismo. Ojalá pueda hacerlo el día de su boda o en su gran noche. Se lo debe. Por todas las veces que ella ha preguntado y él no ha podido más que responder de manera indirecta. Cada una de las veces que ella expresa su inseguridad y él no ha podido hacer nada por disiparla, crece la deuda.
En cambio recibe un beso en la coronilla como si fuera un buen chico. Como si un abrazo fuera suficiente para pagarle todo lo que ha hecho por él. Pero Itoyama es tan perceptiva que tal vez sabe lo que hay en su corazón. Quizás no haya necesidad de externarlo con palabras. Quizás sus actos han hablado por él todo este tiempo y la pulsera que los une comunica sus corazones de una manera más profunda.
Hay una ansiedad que lo invade, pero cuando sus dedos aprietan la piel de su prometida, ella responde.
—Aquí estoy, aquí estoy —con voz dulce y tranquilizadora, acariciando su nuca, provocándole cosquillas.
Cosquillas que de alguna manera logran atravesar su columna hasta su cadera y luego a su entrepierna. ¿Sería demasiado pedir otro round?
—Gracias por contarme todo esto. Aunque no creas que no me dí cuenta que desviaste mi pregunta sobre Geto.
Satoru se pone rígido. En más de un sentido.
Itoyama lo toma de las mejillas para mirarlo a los ojos.
—Quizás sea justo dejarlo por la paz si eso te incomoda.
Satoru asiente agradecido y termina la charla tomando nuevamente sus labios como rehén.
-*-*-*-*-
Recuerdo con mucha claridad la primera impresión que tuve de cada uno de los chicos. La nueva generación moldeada por los de la nuestra estaba ciertamente hecha de otro material. Poseían una madurez que yo hubiera deseado a su edad, empujada por una determinación férrea que les favorecía en batalla.
La mañana en que conocí a Kugisaki saldría a correr con Panda. Eventualmente nos hicimos buenos compañeros de ejercicio porque el cardio no era lo nuestro —las patas cortas de un Panda no son buenas para desplazarse a altas velocidades— y teníamos marcas similares. Los demás nos sobrepasaban por mucho, haciéndonos sentir viejos y acabados (bueno, quizás solo a mi), pero me consolaba poder ir a la par de alguien más.
—¿Hoy nos acompañas? —le pregunto a Satoru, mientras me amarro las agujetas antes de salir. Él nunca corre con nosotros.
—Quiero presentarte a la nueva alumna de primero. Se nos unió hace dos semanas pero no estabas cuando llegó. Te va a caer bien.
—¿Tú la reclutaste?
Satoru esboza una sonrisa colocándose el antifaz.
—Ella se postuló por su cuenta. Aunque su técnica ritual me parece interesante, fue definitivamente su entrevista la que nos convenció a Yaga y a mí. Está loca.
—¿Qué? ¿Lo dices de forma metafórica?
—Un buen hechicero debe estar algo loco para hacer bien su trabajo —sonríe.
Nobara Kugisaki era una chica bajita, de cabello decolorado que vestía un conjunto deportivo de marca conocida. Al principio creí que pertenecía a la estirpe de algún clan importante, confiando en que una chica de provincia siempre reconoce a otra, hasta que Satoru me aclara que es una simple campirana, criada por una madre y abuela no hechiceras. Pero que con el primer pago de la beca se había ido directo a Harajuku a comprar ropa en las boutiques de moda. Por su buen estilo yo hubiese jurado que era una citadina de cuna, pero supongo que hay personas que simplemente nacen con el estilo en la sangre.
—¿Es usted alumna? Parece profesora —me cuestiona.
—Me lo dicen mucho —respondo con una sonrisa.
—Bueno, no soy quién para juzgar. Dicen que es la prometida del profe Gojo, ¿es cierto? ¿Es por eso que la aceptaron a su edad?
Me quedo en blanco. ¿Acaso esta chica no tenía filtros?
—Eres muy honesta —respondo con la voz temblorosa, tratando de reponerme de sus afilados cuestionamientos.
—Yo no tuve nada qué ver —explica Gojo—. Todos son bienvenidos a la preparatoria de Hechicería, excepto si tu técnica ritual apesta —susurra—. De hecho, siempre estamos cortos de personal.
—Ahora que nos la presentó quizás deje de hablar tanto de ella —le dice Nobara, atravesando otro puñal en mi pecho.
—¿Qué? —exclamo tratando de recuperar el aire, sintiendo las mejillas calientes.
—La menciona cada que tiene la oportunidad —explica Fushiguro.
—Incluso cuando no tiene nada qué ver con la clase —tercia Itadori, rascándose la mejilla con nerviosismo.
—Ay, están exagerando. No hablo de ella todo el tiempo…
—Sí lo hace —responden al unísono.
—El profe Gojo es fan número uno de su novia —interviene Panda, quien parece haber escuchado todo el chisme—. La verdadera pregunta es, ¿desde cuándo son novios? —pregunta con alevosía y ventaja, tomándose del brazo de Kugisaki.
—Aaaah, déjame pensarlo —Satoru se rasca la cabeza. No sé si esté bien hablar de esto con sus alumnos, así que respondo de manera tajante.
—Nunca fuimos novios, simplemente nos comprometimos —me cruzo de brazos.
—¿Qué? —responden escandalizados, incluso Fushiguro (a su manera).
—Pero nos conocemos desde hace años, ¿no es así? —pasa su brazo sobre mi hombro. La verdad no es tan simple como eso, pero tampoco quiero dar más detalles.
—El romance entre hechiceros es muy complejo chicos. Mejor concéntrense en sus estudios y ya que sean adultos lo comprueban por su cuenta —suspiro—. Panda, aún nos faltan cinco vueltas —lo tomo del brazo y lo jalo de vuelta a la pista. Este se deja llevar, decepcionado de alejarse del chisme.
-*-*-*-*-*-
Ese mismo día por la tarde, Satoru lleva a sus alumnos a una misión. Los de segundo también salen al llamado y los de tercero al parecer están suspendidos, por lo que la escuela se queda prácticamente desierta. Sólo se escucha el trino de las aves y las chicharras lejanas, lo cual me parece relajante. Aunque debo admitir que hacía mucho calor, por lo que decido estrenar mi nuevo uniforme, que era una versión veraniega del diseño anterior.
Más tarde, el director Yaga me convoca a su oficina, donde lo encuentro haciendo un peluche con lana verde.
—Escuché que la misión de ayer salió bien.
Suspiro. En realidad no quería hablar de eso, mucho menos en un día tan agradable.
—No estoy segura de eso —admito, desviando la mirada—. No pude salvar a la chica.
—El reporte forense podría tardar unos días, pero casi puedo afirmar que la chica falleció al instante de ser engullida. Ahora gracias a ti ese espíritu no dañará a más personas y los cuerpos fueron devueltos a sus familias, así que debes estar satisfecha. —Mi expresión no parece complacerle—. La mayoría de las veces es todo lo que un hechicero puede hacer por la sociedad y eso es suficiente.
Asiento, tratando de ignorar el creciente remordimiento que borbotea en mi estómago.
—En otras noticias —prosigue—, ahora sabemos que el espíritu que enfrentaste era de primer grado. Debo decir que lo resolviste bien para alguien de tu rango.
—En realidad hubiera sido de ayuda saber eso antes de acudir.
—Esa información no siempre está en nuestro poder. Un hechicero debe estar listo para todo.
—Entiendo —asiento nuevamente, cabizbaja.
—Y respecto a tu promoción, Satoru ha estado haciendo campaña para que sus compañeros hablen bien de ti con los altos mandos. No me sorprendería que el error de categorización del espíritu se haya debido a él.
Suspiro.
—Yo también sospecho lo mismo.
Alguien toca la puerta, es un hechicero asistente trayendo unos documentos. Yaga agradece y prosigue mientras los revisa.
—De no ser porque es el líder de su clan y goza de los recursos e influencias necesarias para poner de cabeza el sistema de Hechicería entero, pensaría que lo está haciendo para sacar ventaja de su matrimonio —dice tratando de inyectarle humor a esta conversación.
—Quizás solo intenta verse mejor con su familia —sonrío de manera sardónica—, ya sabe, no es lo mismo casarse con una hechicera de segundo grado que con una de primero.
—No lo subestimes, Itoyama. Satoru puede ser muchas cosas pero no es superficial. Sí fuera por él, ni siquiera le hubiera pasado por la cabeza casarse con nadie.
Yaga tiene razón. Son mis emociones más primarias las que ponen estos patéticos lloriqueos en mi boca.
Hago una reverencia para disculparme.
—Lamento expresarme de esta forma. No tengo justificación.
—Pero sí hay algo que me preocupa, que los esfuerzos de Satoru sean en vano. Es evidente que no le has hablado de tus deseos de conservar tu rango actual.
Me encojo de hombros.
—No, la verdad no he encontrado el momento adecuado.
El director me entrega una hoja que se lee: “Solicitud de promoción de rango según las métricas de la hechicería”.
—Comunícaselo pronto, pero si cambias de opinión, debes llenar éstas formas y entregárselas a quienes consideres que te puedan ayudar. De lo contrario solo deséchalas.
—Gracias.
En realidad no había mucho qué pensar al respecto. Ya había tomado mi decisión por el bien de mi familia, hasta que…
—Antes de que te vayas, debo advertirte algo Itoyama. Esta decisión, si bien puede beneficiarte, también tiene un costo, uno que podrían terminar pagando los más jóvenes. Te recuerdo que nuestros dones no son solo una maldición, sino también una responsabilidad que tenemos que cargar. ¿Estás dispuesta a ver cómo otros la cargan por ti?
Tienen que ver Sueño En Otro Idioma. Es una de mis películas mexicanas favoritas y la recomiendo cien por ciento. Contiene temas LGBT+, reflexiones sobre la lengua, su importancia cultural y las conexiones humanas.
MARIE FRANCE PISIER as CHARLOTTE BRONTË in LES SOEURS BRONTË (1979)
RUTH WILSON as JANE EYRE in JANE EYRE (2006)
MIA WASIKOWSKA as JANE EYRE in JANE EYRE (2011)
a first of summers season 2 is out yay go read my woke BL
read afos in: korean / english / spanish
there are a lot of different themes and topics i explore this season that i hope you can resonate with in some shape or form... thank you for the support! i'm not the most confident person when it comes to their work so it means a lot to me that some of you read what i put out into the world.
i'd also love it if you followed me on twitter! it's where i'm more active about afos -> https://x.com/pppanghouse
Art References in Jujutsu Kaisen s3 opening: The Kiss - Gustav Klimt // The Scream - Edvard Munch // Ophelia - John Everett Millais // Dead mother l - Egon Schiele // Two Sleeping Children - Peter Paul Rubens // Camille Monet and a Child in the Artist's Garden in Argenteuil - Claude Monet // The Three Judges - Honoré Victorin Daumier
there’s something sinister about the way satoru looks at you.
maybe sinister isn’t the right word, because it’s not unwelcome. it’s not malicious either, just unfamiliar. subtle yet so forward, and so unlike the carefree version of him that you’d come to know.
he stopped looking at you through a barrier last week. started pulling his blindfold down to peer at you through his icy lashes, blue irises on full display.
he pushes through the discomfort just to look at you without anything in the way. ignores the sudden onslaught of light piercing through his sclera because you are much more important. you can see it in the way his pupils retract, then expand again. rejecting the sight in front of them then swallowing as much of it as they can because his brain finally registers that it’s you.
you could almost never tell where his eyes were focused before this all started, but something about the way his head would shift when you’d enter the room usually told you that his sights weren’t set too far from you.
it was always a slight change. a shift of the chin. only a centimeter difference, if even that. a subtle glance over whenever you’d laugh, maybe a more obvious one if the cause of that laugh was another man. either way, the weight of the 6 eyes on you was unmistakable.
you’re in the conference room alone together the first time he pulls his blindfold down fully. babbling on about the instructor presentation schedule this week, maybe something more. you can’t recall much besides the sight five deft fingers wrapped around dark silk, pulling until you’re face to face with a shade of blue so enamoring you’re not even sure it has a name.
gojo smiles when your tangent rattles to a stop, punctuating the silence with the softest laugh.
“did you sleep good last night?” he asks, eyes searching your face like they’ll somehow pull the answer out themselves.
“yeah, why?” he softens at that, like the knowledge of whether or not you did had been weighing on his mind.
“good. you look nice today.” is all he offers you before he pulls the blindfold back up, slipping out of the conference room, leaving you to grapple with the knowledge that you’re on his mind a lot more than you’d think.
Satoru Gojo y Akari Itoyama entrelazan sus historias desde la adolescencia como estudiantes de hechicería. La presencia en la vida del otro, aunque es intermitente, es significativa: el primer beso, misiones, pérdidas, discusiones y en el futuro, parentar a un hijo. Una historia sobre madurar y las segundas oportunidades.
Lista de capítulos
Capítulo 1: El primer beso
Capítulo 2: Empatía Maldita
Capítulo 3: Come Back Home
Capítulo 4: Genética
Capítulo 5: Speciallz
Capítulo 6: El espíritu del templo
Capítulo 7: Una situación pegajosa
Capítulo 8: Una flama se enciende
Capítulo 9: Visitantes
Capítulo 10: El desfile nocturno de los 100 demonios
Satoru Gojo y Akari Itoyama entrelazan sus historias desde la adolescencia como estudiantes de hechicería. La presencia en la vida del otro, aunque es intermitente, es significativa: el primer beso, misiones, pérdidas, discusiones y en el futuro, parentar a un hijo. Una historia sobre madurar y las segundas oportunidades.
Encuentra ésta historia en AO3.
Capítulo 15: Ryōmen Sukuna
El viaje a Sendai, estoy segura, Gojo no lo hubiera podido predecir. No imaginaría que sería la llave que marcaría su destino.
Aquella madrugada recibo su llamada:
—¿Hola? —respondo con voz ronca y los ojos apenas abiertos.
—¡No vas a creer lo que sucedió! Encontramos el dedo de Sukuna pero un chiquillo se lo tragó —exclama riendo de forma histérica, martillando mis tímpanos. Despego el teléfono de mi oreja, aturdida.
—¿Cómo que se lo tragó? ¿No fue Fushiguro o sí?
Miro el reloj, ya pasa de media noche.
—Fushiguro recibió una paliza, pero estará bien. Resulta que el dedo estaba en manos de un pequeño grupo de adolescentes completamente ignorantes de lo que tenían enfrente, así que les pareció muy fácil arrancarle el sello que contenía su emisión de poder maldito. Y ahora Sukuna reside dentro de uno de ellos, Yuji Itadori. ¿No es hilarante?
Gojo se carcajea mientas me siento en la cama, asimilando. Su relato no tenía ni pies ni cabeza y sobre todo me parecía inverosímil la idea de que el rey de las maldiciones se hubiera encarnado en el cuerpo de un simple chico mortal. Además, toda la situación parecía divertirle a Satoru de sobremanera y a pesar de su extraña manera de relacionarse con los demás, no lo consideraría un sádico que se burlaría de la muerte de un chico inocente. Porque, tendría que estar muerto, ¿no? ¿Quién sobreviviría tal flujo de energía maldita?
—N-no te estoy entendiendo. ¿Alguien falleció?
—Los otros dos chicos que acompañaban a Itadori están en el área de cuidados intensivos del hospital de Sendai. Pero él está vivito y coleando. En este momento vamos en el tren bala de regreso a Tokio —le escucho sonreír como si estuviera muy orgulloso de su hallazgo.
—¿Y sus padres te dieron su consentimiento? ¿Cómo te vas a llevar así a un chico poseído? Podría ser un peligro para el resto de los pasajeros.
—Ni una cosa ni la otra. Su abuelo acaba de morir así que Itadori es huérfano, y en este momento se encuentra inconsciente. Yo lo dormí.
—Cielos —suspiro.
—Voy a necesitar tu ayuda, Akari. Sé lo que sigue. Los peces gordos no me dejarán conservarlo.
—Satoru… —contesto de forma grave.
—¿No lo harás? ¿No ayudarás a tu prometido? —dice haciendo un puchero.
—Hablas como si se tratase de una mascota.
—Bueno, llamémoslo experimento. Llama mi atención su capacidad de intercambiar su consciencia con Sukuna enteramente a voluntad. Es como si lo tuviera en sus garras, totalmente a su merced; resulta fascinante de observar. Creo que es una oportunidad única de exorcizar a Sukuna.
—Pues opino que solo estarías dando a los altos mandos más razones para enjuiciarte, y sabes bien que es justo lo que están buscando. Debiste erradicar la amenaza en el acto.
—Por muchos argumentos que quieras darme por teléfono, son todos inválidos. Tendrías que verlo para entenderlo. Y te recuerdo, sobre todo, que es un niño del que estamos hablando. ¿No quisieras averiguar si podemos salvarle la vida?
Aprieto los dientes.
—Y en efecto, los altos mandos tendrían buenos motivos para enjuiciarme —prosigue—, a menos que les demuestre que lo hice pensando en un beneficio mayor para la población de Japón.
Ya imaginaba por dónde iba esto.
—¿Y yo qué tengo qué ver en todo esto? —pregunté de todas formas.
Lo escucho reír por lo bajo.
—¿No es obvio? Creí que eras más perspicaz, Itoyama. Usaremos tu Empatía Maldita para leer a Sukuna.
-*-*-*-*-
Tuve que viajar a Tokio de manera urgente. Apenas amaneció organicé todo para llevar a Nanako conmigo, ya que estaba bajo mi cuidado. Mafuyu en ese momento no tenía cabeza para otra cosa que su gran día y yo le había prometido encargarme por completo de nuestra hija. Satoru quería que declarara a favor del caso de Itadori y para ello necesitaría hacerle una lectura.
Estaba conflictuada. Había dos voces en mi mente peleando por resolver un conflicto ético que no había experimentado antes, ni siquiera en los quirófanos veterinarios.
Mientras la lectura no podía matarme, la sola idea me hacía temer por mi vida, y más que eso, no estaba segura de poder darle a Satoru el resultado que estaba buscando. Había leído las emociones de maldiciones antes, casi todas poco complejas, fáciles de asimilar, pero sabía que Sukuna podía ser un caso aparte. Deseaba haber estudiado su técnica ritual un poco mejor. No estaba segura de lo que encontraría dentro de su alma, y sí bien, ésta estaba alojada dentro o alrededor de la del chico, nada aseguraba que no la hubiese infectado ya.
Mientras medito sobre esto, miro a Nana profundamente dormida en mis brazos, pensando si fue buena idea traerla conmigo. Sus largas pestañas de color cobre acariciaban sus mejillas redondas como plumas sobre una almohada. Con seres puros y pacíficos como ella, me costaba imaginar a quién se le habría ocurrido las criaturas en ambos espectros de la luz. Temía por ella pero me aliviaba tenerla a la vista. En teoría no tendría que pelear y tampoco aceptaría misiones durante mi breve estancia, así que había una buena posibilidad de que todo resultara a nuestro favor.
Nos hospedaríamos en un lindo hotel y la llevaría a comer sus nuggets de dinosaurio favoritos. Todo saldría bien.
Me encuentro con Ijichi afuera de la estación. Nana se talla los ojos tratando de mantenerlos abiertos.
—Señorita Itoyama, no me avisaron que tendríamos compañía —la mira con angustia. Sé que no es rechazo, sino la idea de involucrar a una pequeña en un evento truculento como el que se avecinaba.
—Me temo que no hay nadie en casa que pueda cuidarla. Esto surgió de último minuto. Nana, ¿quieres que te presente a Ijichi?
Nana niega con la cabeza y esconde su rostro en mi cuello.
—Lo siento, Nanako suele ser más sociable, pero venía dormida en el camino y tuve que despertarla. Cuando interrumpo su ciclo de sueño se pone de mal humor.
—No la culpo, yo también me pongo igual. Seguro es difícil salir corriendo ante un llamado como este y lo peor es que la pequeña aún no puede beber café—abre la puerta del auto, bromeando.
—Más vale que sea urgente, de lo contrario Satoru se habrá ganado una paliza.
En el camino, Nana va observando la ciudad de Tokio. No es su primera vez aquí, pero siguen asombrándole los rascacielos. Saco una leche de banana de la mochila y se la doy con una pajilla, lo que la pone de mejor humor.
Mientras conversamos, noto que Ijichi mira a Nana por el retrovisor, preguntándose seguramente a quién se parece. Esto es sólo una conjetura, pero decido apaciguar su curiosidad.
—Es igual a su padre, ¿no crees?
—¿Ah? N-no sabría decir. Pero me imagino que de él heredó su particular color de cabello.
En otras circunstancias, Nana ya habría salido a presumir la herencia de mis ojos, pero aún estaba sería.
—No quisiera parecer grosero, pero… ¿quién cuidará de la pequeña Hirose mientras comparece? La verdad es que jamás he sido niñero y no sé si sea el mejor momento para debutar.
—No te preocupes, Gojo lo hará. Nos lo debe.
—¿Hoy veremos al señor Gojo? —exclama Nana con renovado semblante.
—¡Ah, buenos días señorita! ¿Por fin se digna a dirigirme la palabra?
—Mamá, dime, dime, dime —jala de la manga de mi suéter.
No puedo evitar sonreír ante la forma en que se emociona.
—Sí, hoy lo veremos.
—¡Sí! —festeja removiéndose en su asiento.
—Jamás había visto a alguien tan emocionada de ver a Gojo, ni siquiera a usted.
Me sonrojo. Sí tan solo supiera que soy muy buena disimulando.
Llegando al hotel, Nana y yo desayunamos y nos bañamos. Y mientras mira la tv con sus juguetes en la cama, yo me preparo un café bien cargado para espantar el cansancio.
Satoru no tarda en llegar. Al escuchar el timbre me apresuro para ver por la mirilla.
—Nana, mira quién vino a vernos.
Al abrir la puerta y ver su característica sonrisa, a Nana y a mi nos brillan los ojos.
—¡Señor Gojo! —exclama Nana, prácticamente arrojándose de la cama. Este la recibe en cuclillas, pero lo que no previene son sus bracitos abalanzándose sobre su cuello en un abrazo apretado. Él tarda un poco en corresponderle, palmeando su espalda con cuidado, con las orejas rojas.
—Wow, qué rápido has crecido —le dice.
—¡Mi mamá dice que crecí dos centímetros!
—Seguro ya creciste más —señalo—. Hace tiempo que no te mido en la pared.
—¿Y si me mides ahorita?
—No podemos rayar la pared aquí, además, necesito tener la marca anterior para comprarla.
Nana se encoge de hombros, decepcionada.
—¿Está bien si te cargo? —le pregunta Satoru. Nana asiente efusivamente.
—También estás más pesada. Apuesto a que es puro músculo —aprieta su brazo, invitándola a flexionar su conejo.
Con la niña en brazos se acerca a mí y me da un beso en la mejilla, lo cuál me hace sonrojar de manera efusiva.
—Mamá, te pusiste roja como tomate —se burla de mí, lo que me empeora mi rubor—. Señor Gojo, ¿usted besa a mi mamá porque es su novio?
—Sí, es correcto.
—¿Y se va a casar con ella porque la quiere mucho?
Tanto Gojo como yo nos miramos perplejos por la pregunta.
—Nana, esas son cosas de adultos. De hecho, el señor Gojo no debió besarme frente a ti, así que he decidido castigarlo. No más besos por hoy.
—¿Qué? —protesta Satoru—. ¿Con qué autoridad osas castigarme? ¿Acaso también eres mi madre?
—No, pero soy la adulta responsable a cargo. Así que tengo derecho a hacerlo.
—¿Desde cuándo tu madre se volvió tan intransigente?
—¿Qué es eso? —pregunta Nana.
-*-*-*-*-
Yo no sabía, pero la guarida de los altos mandos se encuentra en el Palacio de Gobierno de Tokio, lo que me hace caer en cuenta que el consejo debe estar conformado, en su mayoría, por políticos y empresarios. No olvidemos que sus identidades son anónimas, pero si quisiéramos, sí de verdad nos interesara, sé que para Satoru sería pan comido desenmascararlos. Es por eso que se cuidan mucho de él. Justamente utilizando esta dudosa influencia, Satoru ha conseguido inmiscuir a su prometida en el caso, mientras que el destino para cualquier otro hechicero de bajo rango la historia sería muy diferente.
—Llévala a los nuggets y déjala jugar en los juegos infantiles.
—¿De esos que huelen a pies? —Satoru arruga la nariz con desagrado.
—En su mochila hay gel antibacterial y toallitas desinfectantes.
—Recuérdame de nuevo por qué tengo que hacer esto.
—Porque lo prometiste. Y porque yo voy a estar ocupada salvándole el pellejo al pobre chico que involucraste.
—Yo no lo involucré. Él solito decidió comerse el objeto maldito.
—Entonces rectifico: al pobre chico que por tu falta de supervisión se le metió el chamuco.
No lo puedo ver, pero sé que debajo del antifaz Satoru pone los ojos en blanco.
—Menos mal que confío en ti, si no, estarías despedida.
—¿Despedida de qué‽ —pregunto entre risas. Satoru se toma un momento, luego me sujeta de los brazos y me planta un beso casto en los labios.
Escucho a Ijichi rechinar de la impresión a nuestras espaldas, tapándole los ojos a Nana.
—Olvídalo —dice a mi oído—, no lo haría aunque fueras una incompetente. Qué suerte que seas buena en lo que haces.
El beso no solo me roba el aliento, sino también las palabras. Antes de poder protestar, un par de elementos de seguridad llegan por mi.
—Señorita Itoyama, el consejo está listo para recibirla.
Asiento, mirando a Satoru despedirse con la mano antes de que se cierren las puertas del ascensor.
-*-*-*-*-
La energía es pesada, propio de un edificio que antiguo que guarda tantos eventos. Camino escoltada por un largo pasillo alfombrado, cuyo papel tapiz de grullas me crispa los nervios por alguna razón. Nos detenemos frente a dos eminentes puertas de madera, cuyos grabados son protagonizados por demonios luchando contra guerreros antiguos. A pesar de las características tradicionales de su construcción, junto a esta, hay una cámara y un intercomunicador. Uno de los guardias toca un timbre. Se escucha cómo responden del otro lado de la línea.
—La señorita Akari Itoyama está aquí —dice con voz grave de cara al micrófono.
—Que pase —le responde otra voz anodina.
Las puertas se abren, intimidantes y pesadas frente a mi. Un salón apenas iluminado me recibe. Los miembros del consejo se encuentran cada uno detrás de un biombo que proyecta sus sombras sobre el bambú y el papel como si fuesen espectros. Una voz a mi derecha me recibe.
—Akari Itoyama, hechicera de segundo grado y estudiante especial de la Escuela Metropolitana de Hechicería de Tokio. Fue convocada por este Consejo a propósito del caso número *****, de nombre Yuji Itadori. Su presencia aquí fue solicitada por Satoru Gojo, quién, tenemos entendido, está comprometido con usted desde hace un mes.
—E-eso es correcto, señoría —trastabillo al hablar.
—Y quien, según el expediente, es también su tutor de Hechicería. ¿Es así?
—Lo es.
Otra voz continúa:
—Estos factores la descalificarían por completo como especialista auxiliar del caso por conflicto de intereses, pero dado que el director Masamichi Yaga dio su voto de confianza, hemos decidido considerar su asesoría en este caso. ¿Tiene usted algo que decir en su defensa?
—No, señoría. Considero que ya se ha dicho todo. Y prefiero que mis actos hablen por mí.
—De acuerdo, procederá a darle lectura al acusado para deliberar si es una amenaza inminente para la población de Japón. Será escoltada hasta la celda.
Más pasillos con grullas. Siento como si atravesara el esófago de una bestia camino a su estómago. Usamos el elevador para bajar a lo que se llama “Sótano de Seguridad” dónde se aseguran los acusados más peligrosos.
—Tiene que seguir las instrucciones al pie de la letra —enuncia un guardia con voz grave—. Yuji Itadori se encuentra preso tras un portal de máxima seguridad. Para abrirlo tiene que pronunciar este ritual.
El hombre me entrega un sobre simple de papel. Dentro, en tinta china, está escrita la frase en cuestión.
—El ritual muta cada que alguien entra y sale. Es inútil replicarlo en éste u otro portal una segunda vez. Téngalo en mente.
Asiento.
Las puertas se abren y entramos a una habitación iluminada de forma tenue con algunas velas. ¿Por qué esconder al chico en el subsuelo? Obviamente si Sukuna intentara usar su cuerpo para huir, tendría que atravesar varios pisos llenos de hechiceros, pero, según lo relatado por Satoru, sería improbable, sobre todo por el sorprendente control que tiene el muchacho sobre el ser maldito.
—Es aquí. Debe abrir la puerta con el ritual.
Desdoblo el papel para leerlo en voz alta.
—Ojos y ventanas, puertas y portales, candados inmortales, se abren con la inmaculada llave.
La entrada al portal aparece y un remolino de energía que abre paso a una habitación secreta. Miro a uno de los escoltas antes de cruzar.
—El portal se abre del otro lado con el mismo ritual. Suerte, señorita Itoyama.
Atravieso el portal y entro a una pequeña habitación de dos por dos cuyas paredes se encuentran tapizadas con rituales escritos en tinta. El chico que asumo es Yuji Itadori se encuentra atado a una silla, inconsciente. Mi corazón se encoge al verlo. Me parece una barbaridad tratar a un menor así, pero temo empeorar todo si lo desato.
Antes de empezar la lectura, siento la habitación. Normalmente las personas expiden información perceptible a algunos metros de mí, pero aquí no siento nada. Todo es apacible. Asumo que se debe a los rituales neutralizantes.
Me coloco en cuclillas frente a él y miro su rostro. Es un niño golpeado y herido y me apena verlo así. Sin embargo, luce tranquilo, lo que es una buena señal.
—Yuji Itadori, solicito tu permiso para leerte. ¿Me dejarías? —le digo al chico aunque sea capaz de responderme. Acerco mi mano a su cabeza, y la coloco sobre sus cabellos rosas. Es entonces cuando siento que la información se descarga de una forma vertiginosa que no esperaba. No, de hecho es como si me golpearan con esta.
Pero no es todo, logro ver un lugar, divisar cosas.
No es una lectura común y corriente, donde visualizar espacios me ayuda a traducir mis lecturas. En este momento creo estar viendo lo que hay dentro de este niño, como si la maldición me hubiera tragado.
Mis pies se encuentran sobre un charco de aguas rojizas, mientras sobre mi cabeza se yergue la estructura de un esqueleto que sostiene una carpa de carne. Hay una energía densa y oscura a mi alrededor.
En seguida encuentro a Itadori sentado sobre una cama de huesos tratando de construir una torre, algo que solo haría un preso muy aburrido o un infante, quien percibe mi presencia de inmediato.
—¿Ah? Hola. No había visto a nadie más por aquí. Creí que solo éramos el otro tipo y yo.
—Hola, ¿cómo estás? Mi nombre es Akari Itoyama, vine a cerciorarme de que estuvieras bien —respondo con una sonrisa, tratando de aligerar el ánimo.
—¿Yo? Ah… no me quejo, pero ojalá el otro tipo fuera más amigable —responde de manera casual—. Y a todo esto, ¿en dónde estamos?
—En realidad no estoy tan segura —miro a mi alrededor—. Generalmente las emociones se alojan en un lugar entre la mente y el alma, pero dudo que esto sea tuyo.
—¿Entonces cómo entró aquí? ¿Es amiga del otro tipo? ¿Su… secuaz?
—¡Ja! Yo no tengo secuaces chiquillo ignorante —declara una voz estentórea que me provoca un escalofrío. Su sombra se materializa sobre una silla que asemeja a un trono sostenido por una pila de cráneos de bovino. Es un hombre adulto con un inquietante parecido a Itadori pero lleno de marcas negras en el rostro y en los brazos—. ¿Y tú quién eres? ¿Acaso este niño posee otro alter ego? —dice con una sonrisa canina. Se acomoda en su silla, adoptando una pose monárquica, mirándome hacia abajo, como un ser inferior. ¿Sería esta una personificación fiel de Sukuna? Lo imaginaba muy diferente. Quizás simplemente había adoptado la forma de su recipiente para adaptarse mejor. Pienso bien mi respuesta antes de emitirla; no quiero hacerlo enojar.
—Soy Akari Itoyama, hechicera, y vengo a hablar con Ryomen Sukuna.
—¿Qué quiere una asquerosa y mundana hechicera con él? —me gruñe, pero ignoro sus palabras. A fin de cuentas es una maldición como cualquiera.
—Solo quiero hacerle unas preguntas. No todos los días regresa el rey de las maldiciones, ¿o sí? Por ejemplo, ¿cómo pudo sobrevivir este niño a su posesión?
Apunto a Itadori, quien niega con los hombros, que a pesar de estar viviendo la situación parecía ignorante de todo lo relacionado a ella.
—¿Y crees que voy a responderle eso a una vulgar mujer como tú? Mejor manda a alguien más. ¿Quizás a ese hechicero albino que parece más interesante? Sé que al menos me daría buena batalla. O es acaso que… ¿estás aquí para entretenerme de otra forma? —sonríe con malicia.
—¡Oye, no seas grosero con la señorita! —Itadori se pone de pie, apretando los puños, pero enseguida me pongo frente a él de manera protectora.
—Lamento no poder enviar a alguien más apto —me vuelvo hacia Sukuna—. Mi técnica ritual tiene sus limitaciones.
—¿Lees mentes o algo así? —bosteza.
—Empatía Maldita.
Se ríe a carcajadas.
—¿Así que aún hay de esos en esta era? Creí que la Hechicería evolucionaría con el paso del tiempo, pero veo que quizás mil años no fue nada para ustedes. ¿Sabías que la Empatía Maldita es una forma primitiva de otras técnicas como la Manipulación de Almas o la Posesión del Numen?
Itadori gruñe a mis espaldas.
—Lo sé —admito—, pero soy la única que ha podido entrar en tu dominio inn…
Utilizando su velocidad inhumana, Sukuna baja de su trono y me toma por el cuello, levantándome en el aire.
—Si eres consciente de tu inferioridad, ¡¿cómo osas venir ante mí y pretender que te dirija la palabra?!
—¡Dejala en paz! —Itadori se abalanza contra él para intentar defenderme, pero con su brazo libre, Sukuna lo manda a volar como si no fuera nada. Me retuerzo al verlo estrellarse contra una columna de hueso, dejándolo aturdido. No dudo en reaccionar tratando de hacerle daño con mi técnica ritual, pero esto apenas si le hace cosquillas. En respuesta, aprieta más su puño alrededor de mi garganta, lastimándome con sus afiladas uñas y acerca mi oreja a su boca.
—Fue muy ingenuo de tu parte venir aquí, hechicera. ¿Quiéres saber si me interesa dominar a la humanidad, exterminar a los hechiceros y generar caos en el mundo? Pues claro que sí, pero eso ya lo saben, ¿no? ¿Viniste por algo más? No importa —con una de sus afiladas uñas arranca el botón de la chaqueta de mi uniforme—, ahora he decidido que aprovecharé tu visita y te usaré como juguete hasta que mueras. Me pregunto cuánto podrás soportar…
Entro en pánico, mis ojos se llenan de lágrimas, no puedo respirar, no logro contraatacar, lo último que escucho es mi cuello crujir.
-*-*-*-*-
Abro los ojos de vuelta en la celda de Itadori, aspirando desesperadamente el aire que creí haber perdido. Sin embargo, todo parece intacto, incluso mi chaqueta. Lucho por acompasar mi respiración.
Era una situación extraña, como si hubiese sido un sueño.
Como expliqué antes, mientras que los sueños son una expresión del metabolismo del alma que la mente ayuda a procesar, las emociones están alojadas entre ambas.
Cuando una emoción negativa es incapaz de ser procesada, se atasca y se pudre dentro de nosotros, volviéndose energía maldita. Lo que hacen los espíritus al alojarse en una persona es generar esas emociones negativas para que el alma produzca alimento para él.
Pero Sukuna no es una maldición común y corriente, él produce su propia energía maldita. No necesita producirle ningún mal a Itadori. Sin embargo, eso no quiere decir que el propio Sukuna no genere la propia, y sin un cuerpo que la metabolice, el chiquillo debe estar absorbiendo todos los residuos. Pero, ¿cómo es que este chico logra procesar el flujo de energía maldita que emana de Sukuna?
Quizás nació con dones que despertaron hasta este momento. Aún así, me es difícil imaginar a un hechicero común y corriente manejar tal flujo de energía. Tendría que ser por lo menos de grado especial para lograrlo.
En ese momento entiendo que con quién debo hablar es con Itadori. Tengo que concentrarme en él para evitar que me distraiga el poderoso flujo de energía de Sukuna. Sí tan solo te conociera mejor, Itadori.
Vuelvo a posar mi mano sobre su cabeza y trato de concentrarme. Al principio recibo información emocional de Itadori, pero el dominio termina por absorverme como si se tratase de un agujero negro.
Por el esbozo que tuve, puedo deducir al menos, que se trata de un adolescente común y corriente, con emociones normales. ¿Cómo era posible que se estuviera enfrentando a Sukuna sin alterar su esencia? Apenas llegaría a polvo sí te tratase de otro ser humano.
Dentro del dominio, escucho sonidos de manipulación de huesos. Camino un poco, hasta que me encuentro a Itadori de cuclillas junto a una montoncito. El sonido de mis pasos me anuncian.
—¿Qué? ¿Está usted aquí? Pero si yo…
Apunta a su labor. Me imagino que acaba de enterrar mi cadáver.
—Aquí no podemos morir. Estamos en un lugar onírico. No importa cuantas veces lo intente, Sukuna no puede hacerme daño en este lugar.
—Oh, te sorprenderías de lo que puedo hacer…
La voz de Sukuna resuena en las paredes, como un ronroneo diabólico.
—No daño físico, al menos —le explico a Itadori—. Por cierto, gracias por hacer esto por mi.
Apunto a mi tumba, Itadori se pone de pie desempolvándose los pantalones.
—Es lo menos que podía hacer. Todos merecen un entierro digno. Eso me recuerda… —hace una pausa. De pronto, Sukuna ya está detrás de él y lo jala de los cabellos.
—Deja de molestar a mi presa. ¿No ves que vino por una segunda ronda?
Me mira con malicia. Esta vez Itadori logra asestarle un golpe en la mandíbula, con el que logra desasirse de sus garras.
—¡Eres una molestia! ¿Por qué no la dejas en paz?
—¿No ves que viene conmigo?
Estos dos tenían una dinámica de compañeros de cuarto muy extraña. Itadori no le tiene miedo en verdad y Sukuna no parece tan violento con él como lo sería con todo el mundo. Bueno, al final le estaba haciendo un favor prestándole su cuerpo, ¿no?
—Esta vez vengo con Itadori —interrumpo su intercambio de gruñidos—. ¿Podría hablar con él unos minutos?
—Podrías —se acaricia la mandíbula—, pero no a cambio de nada. Quítate la chaqueta para ver si me gusta la mercancía.
—¿Cómo puedes hablarle así en frente de mí? —Itadori se lanza sobre él pero Sukuna lo esquiva con facilidad.
Me sonrojo de la vergüenza y del disgusto. Ojalá pudiera darle un golpe yo misma, pero en este reino solo soy una sombra. Si no quería salir expulsada de nuevo, tenía que cooperar un poco, así que me quito la chaqueta del uniforme.
Ambos detienen su riña para mirarme.
—Ya está, ¿puedo hablar con él unos minutos?
Sukuna aprovecha la distracción para golpear a Itadori y mandarlo a volar.
—Nada mal, hechicera —me está escaneando con la mirada—. Además de leer emociones, ¿qué más sabes hacer?
—He estado casada dos veces. Ya te podrás imaginar —era parcialmente verdad—. Propongo algo. Una pregunta por cada botón de la camisa. Déjame hablar con el chico.
—No, señorita. ¡No lo haga! —grita desde un cráter de huesos. Con alguna especie de hechizo, Sukuna lo encadena.
—Acepto —sonríe el maldito.
Estoy un poco nerviosa, pero me desabrocho el primer botón. En realidad planeo salir de aquí después de una pregunta, de una sola.
—Lindo cuello —toma asiento en su trono—, y luce mejor con mi mano alrededor de él.
Ignoro su comentario.
—Itadori —tomo una bocanada de aire—, ¿quién es la persona que más amas en el mundo?
—¿Eh? —se pregunta Sukuna.
—¿Eh? —se pregunta Itadori, reincorporándose.
En ese momento, el lugar empieza a temblar.
—¿Qué está pasando? ¿Es esto una trampa? —el maldito se pone de pie, dirigiéndose a mí preparado para tomarme del cuello, pero logro dar un salto para esquivarlo. Por alguna razón se mueve más lento.
—¿Itadori? —insisto.
—Maldita perra escurridiza, ven para acá.
Entre mis piruetas, logro divisar a Itadori, sentado viendo a la nada con los ojos llorosos.
—Está bien, Itadori. Tómate tu tiempo.
El lugar continúa temblando. Tomo algunos huesos y los arrojo hacia Sukuna como si fuesen lanzas, pero no tienen mucha densidad, así que apenas y le causan alguna molestia.
Sé que la pregunta que acabo de hacer no es sencilla de responder para algunas personas, y menos, me imagino, estando en su inconsciente.
—No lo sé, estoy solo —responde—. La única persona a la que recuerdo haber amado hoy está muerta.
—¿Y eso qué carajos importa? —gruñe Sukuna.
—¡Este es el cuerpo de Itadori! Tú solo eres un huésped y no debes olvidarlo.
—Es cuestión de tiempo para que recupere mi forma y la primera persona a la que destriparé será a ti.
Tropiezo, por lo que soy capturada del cabello.
—¿Quién es, Itadori? Necesito que me lo digas —grito.
Sukuna me golpea con sus garras, rasguñandome la cara, haciéndome sangrar.
—Esta vez no voy a matarte. Voy a mantenerte aquí cautiva conmigo.
Me arranca la blusa, reventando los botones. Afortunadamente tengo una blusa interior debajo.
—Supongo que se te acabaron las preguntas hechicera. Ya no hay más botones.
—¿Y el de la falda? —sonrío de forma burlona—. ¿Es tu abuelo, Itadori? ¿Tu abuelo es la única persona a la que amaste?
Escucho su corazón palpitar y sus cadenas crujir. Recuerdo las palabras de Gojo por teléfono:
—Ni una cosa ni la otra. Su abuelo acaba de morir así que Itadori es huérfano…
El dolor del jalón de cabellos y el ardor en la mejilla desaparecen y con un destello blanco me despido del dominio de Sukuna.
—Sí y su nombre es Wasuke Itadori —alcanzo a escuchar antes de salir.
-*-*-*-*-
Despierto en mi habitación con el sol en la cara. Hoy es la boda de Mafuyu. Ha elegido para el gran evento un caluroso día de primavera.
Troto alrededor del parque sintiendo el cuerpo pesado y las articulaciones pegadas. De hecho, no logro llegar a mi marca habitual, pero al menos hoy sí me levanté al sonido de la alarma.
Mientras tomo una ducha, repaso todo lo que tengo que hacer. Cocinar el desayuno, darle de desayunar a Nanako, llevarla al salón de Yukio para que la peinen, vestirla y llevarla a la casa de sus abuelos paternos…
Este día requiere todo de mi, pero últimamente no me he sentido con la energía habitual. Desde mi interacción con Sukuna, siento que su energía residual se ha prendado de mi, que, sí no fuera hechicera, pensaría que es a causa de algún espíritu.
—Mamá, ¿por qué no vas a venir conmigo? —me pregunta Nanako mientras va en el asiento trasero, sacándome de mis pensamientos. Estoy conduciendo hacia la casa de su abuela.
—Porque es un día especial para la familia Hirose y es una fiesta exclusiva.
—Pero tú eres mi mamá, ¿no eres parte de mi familia?
—Sí pero hay lugares a los que debes ir con papá y otros a los que debes ir con mamá.
—Ojalá pudiéramos estar todos juntos —responde con un dejo de tristeza en su voz.
Ya había hablado con ella sobre esta situación, pero eso no suprimía sus deseos de ver a todos sus seres queridos reunidos a su alrededor. Esperaba que algún día lo entendiera.
Al dejarla en la puerta de su abuela, esta y yo apenas si cruzamos palabra.
—Pasaré por ella a las ocho —digo antes de irme y la señora asiente, probablemente aliviada de por fin deshacerse de la sombra de nuera que tenía en mi. Ahora solo era la madre de su nieta, nada más, nada menos.
Mientras hago el supermercado me paseo por los pasillos mirando las alacenas sin prestar mucha atención. Sólo quería pensar. Satoru había prometido que pasaría el día de hoy conmigo, pero después de lo ocurrido con Itadori tuvimos que cancelar. En este momento él estaba de vuelta en Sendai acompañándolo para ayudarle a arreglar sus asuntos antes de traérselo a Tokio, incluídos los servicios funerarios para su abuelo.
Después de mi lectura pude testificar a su favor. Me di cuenta de que era capaz de contener a Sukuna de manera segura, pero sugerí instruirlo en la hechicería para mejorar su control. Finalmente los altos mandos no desistieron de su ejecución, pero la aplazaron a cambio de convertirlo en un instrumento para recuperar el resto de los dedos, encomienda que podría demorar incluso una década —justo lo que Satoru buscaba—, aunque no dejaba de darme pena el pobre chico. Estaba condenado a una vida interrumpida y forzado a ejercer la Hechicería sin tener otra opción. Pero para Satoru era una victoria; habría salvado la juventud de un chico que no merecía perderla.
Sobre esto cavilaba cuando mi celular vibra en mi bolsillo; era justo el Rey de Roma.
—¿Cómo estás? ¿No me extrañas? —contesta de manera burlona.
—¿Cómo van las cosas en Sendai? ¿Dónde está Itadori? —evado sus preguntas.
—Está junto a mí, de hecho quiere hablar contigo…
—¿Qué? ¿yo? —se escucha a lo lejos—. Ah, ¿hola? ¿Señorita Itoyama?
Sonrío al escucharlo.
—Hola Itadori, ¿cómo estás?
—Estoy bien gracias a usted y al profe Gojo. Solo quería agradecerle por todo lo que hizo por mi. No guardo recuerdos de ello, pero… sé que sin su ayuda no hubieran aplazado mi ejecución.
—¡Es mejor no acordarse! —intento fingir optimismo—. Sin embargo, lamento no haber podido hacer más.
—No, para nada. Yo solo decidí meterme en este embrollo.
¿Embrollo? La palabra se quedaba corta. Itadori estaba maldito. Tenía al mismísimo diablo alojado en su interior, a un paso de su alma. Su vida, aunque no fuese arrebatada por un tercero, podría convertirse en un infierno.
El momento en que dimensioné aquello, fue la mismísima noche de mi lectura. Pesadillas que por un momento me hicieron pensar que Itadori estaría mejor muerto que en vida y que quizás yo sería artífice de su infierno. Especialmente porque Itadori era buen chico. La manera en que intentó defenderme de Sukuna, en una condición total de desventaja, hablaba de la nobleza en su corazón, y eso sí era digno de recordar.
—Por cierto, siento mucho lo de tu abuelo. Sé del profundo afecto que le tenías.
—Era el único familiar que tenía. Mis padres murieron cuando era muy pequeño y casi no guardo recuerdos de ellos. Quedaría a cargo de Servicios Sociales de no ser porque el profe Gojo va a llevarme con él a la escuela de Hechicería.
—Eso suena excelente. Sé que harás amigos muy pronto. Ya conoces a Fushiguro, ¿no es así? Él será tu compañero.
—Sí, parece buen tipo aunque un poco malhumorado. Se ve que tiene mucho talento.
—Entonces nos vemos allá, Itadori.
—¡Sin duda! —sonríe.
—Es mi turno —escucho a Gojo quitarle el teléfono—. ¿Qué vas a hacer hoy? No te hundirás en la cama todo el día, ¿o sí? Me decepcionaría mucho saber que te pusiste a llorar frente al televisor —tapa la bocina del celular con una mano y le susurra a Itadori—, hoy se casa su ex.
¿Qué?
—Eso suena terrible —responde con voz temblorosa.
—¡Satoru! ¿Qué derecho tienes de contarle eso a tus alumnos? —exclamo.
—¿Verdad que suena patético?
—Lo es aún más pasar este día sin ti —respondo molesta.
En realidad no lo estaba. Sabía que este día llegaría y que lo pasaría sola, incluso desde antes de comprometerme con Satoru. Y tenía que afrontarlo como cualquier otro día de la vida. ¿Qué estaba buscando? Ya llevaba un rato paseando por los pasillos del supermercado sin ver nada realmente.
—Para tu información sí tengo cosas qué hacer —prosigo—, así que voy a colgar.
—Espera, hay algo que tengo que decirte…
—Textéalo.
Cuelgo.
Ahg, qué infantil. ¿Por qué Satoru sacaba este lado tan patético en mí?
Continúo con las compras y al salir reviso el celular, encontrando, en efecto, un texto.
—¿Por qué no te das una vuelta a nuestra casa? Quería ser yo quien te diera el primer tour pero quizás es mejor así. Hay una sorpresa para ti.
Nuestra casa.
Satoru me había dado las llaves pero como él dijo, planeábamos ir juntos.
En vez de volver a casa, conduzco a la dirección que me había dado. Se trataba de una zona acomodada, a las orillas de la urbe. A unos minutos de carretera que parecían sacarte de la ciudad, se encontraba la casa. Al aparcar frente a la propiedad, me tomo un momento para admirarla.
Dos pisos con un balcón con vista a la ciudad. Lucía como una cabaña para vacacionar en vez de una casa, pero con acabados nuevos y elegantes.
¿Cómo habría elegido la casa? ¿Cuál habrá sido su criterio? Era hermosa, pero nunca me había visualizado a mí misma en un lugar así, sino en algo más modesto como la casa de mi abuela, donde honestamente me conformaba con tener un jardín.
Dejando de lado mis complejos, decido entrar.
Al abrir la puerta, me recibe la sala de doble altura. Los muebles aún están envueltos en plástico transparente. Los ventanales se asoman hacia el bosque, envolviendo la casa en naturaleza. También hay una chimenea, lo que me parece increíble. Los inviernos aquí suelen ser muy duros pero la idea de pasarlos en una sala como esta me llena de emoción.
La cocina era muy amplia, recubierta de mármol en color negro, con una isla en medio. El refrigerador está encendido. Dentro no hay nada más que botellas de agua.
En el primer piso también hay un par de salitas vacías que podríamos convertir en estudios o bibliotecas.
Subo las escaleras de madera al segundo piso. Hay cinco puertas. Una es un baño completo. El resto son habitaciones. En las primeras dos hay camas con colchones aún en su plástico. Luego entro, en la que asumo, será la de Nanako, porque su cama ya está lista, con un cobertor verde hoja y peluches de animales sobre ella. Hay más muebles en sus cajas, aún sin armar. Un baúl de juguetes, un escritorio, un silloncito y libreros.
Me siento en la cama y tomo un mono de peluche para abrazarlo. Si esto lo eligió Satoru, debió tener en cuenta el gusto de Nana por los animales y mi trabajo en el zoológico y sé que le va a encantar.
Finalmente busco la habitación principal, la que sería nuestra recámara. Aquí me asesta la sensación de su energía residual y me reconforta de alguna manera.
La cama King size con cobertores azules luce como una bella promesa y en las mesitas laterales se posan un par de portaretratos.
En el lado derecho se encuentra un dibujo firmado por Satoru, con su característico estilo infantil, donde estamos juntos y dice: aquí va nuestra foto nupcial. El gesto me hace sonreír como idiota y abrazando el dibujo me arrojo a la cama para patear en el aire con mariposas en el estómago. Entonces el otro portaretratos queda a la altura de mis ojos y me doy cuenta de que es una foto mía con Nanako, aquella que le mandé en el invierno y que nunca respondió. Entonces sí la había visto. Y no solo eso, la observó y la eligió para tenerla de su lado de la cama. Al tomarla y tratar de leerla, siento un calor dulce en el pecho; Satoru había impreso una tierna emoción sobre la foto.
Mi teléfono vibra con un mensaje de texto suyo.
—¿Te gusta nuestra habitación?
—Luce adecuada para pasar aquí al menos un par de días sin salir de la cama —respondo.
—¿Haciendo qué?
—Se me ocurren un par de actividades.
—Eres una pervertida.
—Vuelve pronto, Satoru. Nos queda aún mucho por hacer.
—¿En la cama?
—Y en la ducha, en el piso, incluso en el dojo…
—De pronto el matrimonio no suena tan mal.
—¿Apenas?
—De hecho supe que quería hacerlo en el momento en que toqué tu barriga.
—¿Quieres decir después de molerme a golpes en el dojo? Eres un sádico.
—Quizás lo soy. ¿Aún así quieres casarte conmigo?
—Sí quiero —finalizo mirando el dibujo.
Pero en medio de la dulce dicha amorosa, flashazos de las pesadillas me asaltan, como si hubieran estado esperando a que bajara la guardia. Entonces me invade el miedo y una idea aterradora. ¿Qué tal si el oponente que haría realidad la visión de la señora Gojo era el propio Ryomen Sukuna? ¿Qué tal si su llegada no fuera fortuita? ¿Qué tal si debí dejar que el maldito durmiera otro siglo y ayudar a Itadori fue un error?
-*-*-*-*-*-
Epílogo
—¿Y la señorita Itoyama también es profesora en la Preparatoria de Hechicería? —pregunta Itadori, empacando sus cosas.
—Ella es estudiante. Abandonó la hechicería en su adolescencia pero el año pasado retomó sus estudios.
—¿Y es buena hechicera?
—De hecho está a punto de ascender como hechicera de primer grado —esboza una sonrisa orgullosa—. Además, es mi prometida.
—¡¿Qué?! —exclama Itadori con sorpresa—. Jamás lo hubiera imaginado.
—¿Por qué te parece difícil de asimilar? ¿Se nota que somos de distintas sociedades? —pregunta evocando un aura de rosas y diamantes a su alrededor.
—Para ser honesto —se rasca la mejilla con un dedo—, me parece una persona muy opuesta a usted.
—¿Qué? —se le cae el teatrito—. ¿De qué hablas? —pregunta ligeramente ofendido, pero genuinamente interesado en conocer su opinión.
—Quiero decir… no es por ser grosero pero creo que a usted le falta algo de tacto. Dice las cosas sin importar si hiere los sentimientos de los demás y la señorita Itoyama parece todo lo contrario. A mí me da igual cómo me habla, simplemente me parece que sus personalidades son muy diferentes.
—No dejes que te engañe con su voz meliflua, también tiene su lado odioso. Pero es cierto, tiene el don de la empatía con la gente que lo merece —le revuelve el cabello.
—¿Cree que le caigo bien?
—Oye, no te creas mucho por lo que te dijo por teléfono. Aún te falta mucho para ganarte su admiración.
Lizzie Hernandez es escritora de fanfics, mexicana apasionada por las letras y el arte audiovisual. Conversamos con ella hace poco en una entrevista, en ella nos contó su perspectiva sobre la sociedad y el arte en general.
El día de hoy nos permitió mostrar un escrito suyo, alejado de los fanfics, pero llena de imaginación con un mensaje sobre uno de los problemas que aqueja a nuestro planeta.
EL ZAPOTE
Es difícil mantenerse en esta posición, como iguana, bajo el sol ardiente del medio día, tras una loma que me oculta y que me ofrece el perfecto mirador hacia las excavaciones que frente a mí, a unos metros, cientos de hombres le hacen a mi antiguo campo de flores.
Tengo mi peso entero apoyado en mis articulaciones más sensibles: los codos y las rodillas hundidas en la tierra, mi piel clavada en las pequeñas piedritas, que como asquilines, envían pequeñas punzadas de dolor que por unos minutos parece soportable. Pero no quiero que me vean. Observo con recelo cómo remueven un suelo fértil y lo hacen a un lado con tal ligereza que hace que se me contraigan las tripas. No saben que con esas máquinas estarían deformando los recuerdos cálidos de los veranos que ahora están guardados en el pasado y el polvo que pronto se llevará el viento a rumbos ajenos. La tierra nació aquí y aquí debería quedarse, como yo, que soñaba con envejecer bordando debajo del zapote con vista a mi campo de flores.
Las mejillas se me empiezan a mojar con gotas saladas que llegan a mis labios y que sorbo al instante. Se me hace una llaga en el corazón pues veo cómo degüellan el viejo zapote y cae derrotado, pesado, amordazado de boca y atado de manos. Tengo un intenso impulso de levantar la barbilla del suelo y levantarla al cielo para gritar que paren esta masacre, que no me arrebaten el espacio que convertía mi utopía en naturaleza viva. Me desangro cuando comprendo por qué rara vez las fantasías se materializan, porque es peor cuando miras en silencio cómo las destruyen otros seres que no comprenden el lazo invisible entre la sanidad y la esperanza, que cuando no se realizan nunca. Mis sueños siempre albergaron este prado.
Antes de lo que me doy cuenta, los pies ya se me movieron y corren hacia el árbol tumbado, esquivando unos obstáculos y cercas que parecen invisibles a mi paso masivo. ¡Hey, niña! No puedes pasar. Oigo que me gritan pero tengo que escuchar el último suspiro del zapote. Mi cabeza se agita violentamente cuando unas manos rugosas me agarran de los brazos e impiden que dé otro paso. Caigo de sentaderas al polvo, gritando, ¡Mi árbol, mi árbol!, todavía resistiéndome a las fuerzas.
“Mocosa, éste no es lugar para que andes. ¿Qué no entiendes que está prohibido el paso?”, me grita una voz de hombre muy cerca del oído, con gran violencia.
“¿Y usted no entiende que es ese mi árbol el que cortó?”, respondo como fiera, enseñando los dientes.
“Aah chingá,”, empezó a burlarse el viejo prieto y empolvado. “¿Cuándo se ha visto una india con tantas propiedades? Esto pertenece al gobierno niña. No porque te anduvieras trepando en él como changa, ya se hace tuyo.”
“Es como decir que el que engendra es padre. Déjeme ir, viejo cochino.”
“Ahora menos te dejo pasar. Vámonos, a chingar a su madre.”
“Eso cree usted. Hasta que no me deje acercarme a ese árbol, me va a seguir viendo por aquí.”
“No te apures, niña, que para eso está la policía.” Dice otro trabajador, acercándose a su compañero para tomarme del otro brazo y halarme fuera de la zona de construcción.
“El monte es muy amplio y voy a seguir aquí hasta que no me dejen acercarme al árbol.”
Mientras los dos apestosos hombres me jalan de nuevo al monte, yo me sigo resistiendo. Observo cómo otros trabajadores, junto a los que pasamos, se me quedan viendo; unos con miedo, otros con burla y los más malditos con morbo; seguro nunca vieron a nadie luchar por lo que se ama.
Escucho ruidos metálicos y volteo y alcanzo a ver cómo unas enormes máquinas empiezan a remover mi árbol, con todas las raíces de fuera. Es como ver un corazón humano ser extirpado de un cuerpo. ¡Mi árbol, mi árbol!, sigo llorando, hasta que me avientan y caigo de hocico contra el suelo, probando en mi lengua el sabor de la tierra. Toso una o dos veces y me levanto derrotada. Es raro decirlo así, que uno se levanta con la derrota, pero aceptar que se ha perdido también es una postura humana. ¿Estaba ya, resignada, a lo que le fuera a deparar el destino a mi viejo zapote? No, claro que no. Si ya no puedo tener al viejo, me voy a plantar uno nuevo.
Corro de nuevo a la loma en donde estaba escondida. Sigo bajo el sol, sudando, siguiendo de cerca con la mirada el depósito en donde ubica el tronco de mi árbol. No lo puedo perder de vista, en cualquier momento podrían echar encima otros troncos y de pronto perderse entre el relieve. Era preciso estar atenta.
Pasan los minutos y no pierdo de vista el recinto ni cuando me limpio la frente con el dorso de mi mano. Tengo sed y me arde la piel, pero no me perdonaría dejarlo morir así, como si en adelante cualquier fruto o bebida representaría una desazón para mí.
Todavía no pasa el tiempo que tenía planeado, cuando empiezo a sentir en las piernas unas patitas suaves, recorriendo lentamente mi piel. Sé que tengo un bicho y me permito voltear un segundo para ver qué es. La sangre se me hiela cuando veo el aguijón café de un bravo alacrán recorriéndome la pantorrilla. Siento pánico, sobre todo de que se me vaya a meter entre las faldas y me vaya a picar en una zona más oculta. ¿Cómo lo quito? ¿Con un palito? Haber, haber, en dónde, en dónde. Volteo fugazmente hacia árbol, sin olvidar mi misión principal y observo que las máquinas amarillas arrojan dos troncos más sobre el viejo. No hay tiempo, tengo que correr ya. No hay palitos, ni una piedra grande o una hoja verde que todavía resista al animalejo. Todo es polvo y piedritas y asquilines que por suerte no se me han acercado, pero los prefiero mil veces porque no son mortales. Quiero volver a llorar porque el alacrán sigue subiendo, pacito a pacito sobre la parte trasera de mi muslo.
Me arriesgo, no soporto el miedo, por mi pierna y por mi árbol y lo aviento con la mano, pero se me queda pegado y me pica fuerte en la palma de la mano. Grito del susto y del dolor que se me olvida. Me levanto horrorizada zangoloteando la mano con el afán de que se caiga al suelo y sin ver resultados, dando brinquitos, me lo quito con la otra hasta que cae de nuevo al polvo. No pierdo tiempo y lo apachurro.
Corro sin pensarlo de nuevo hacia el área de construcción pero esta vez rodeo el circuito de trabajadores y me dirijo al montón de árboles. Las máquinas están maniobrando y aunque sienta que se me van a caer encima, con un gran vacío en el pecho y el estómago, los rodeo, sólo para que éstas dejen caer otros dos troncos pesados, alzando el polvo al aire, nublando mi vista e inundando mi nariz.
Me empieza a arder la mano con un terrible espasmo hasta el hombro, que de repente me hace arquear la espalda y no sé si lograré hacer algún trabajo manual en mi estado, pero tengo que intentarlo. Veo que las máquinas se detienen y aprovecho para acercarme, pero de este lado no logro reconocer cuál raíz es cual y las figuras enormes de los árboles longevos apilados ahí, no me dejan divisar el follaje. Saco mi navaja y elijo cortar la raíz del árbol más grande. Hago un gran esfuerzo con mi mano torpe porque no puedo buscar apoyo en la otra y sollozo de la desesperación, sobre todo porque escucho que ahí vienen por mí. Es la niña otra vez, gritan y aprietan el paso. Trato de maniobrar más duro, pero estas raíces son muy gruesas para mi pequeño instrumento.
Aquí están los asquerosos trabajadores, rodeándome de nuevo y yo los enfrento con la navaja empuñada, quisiera haber traído el machete de mi abuela nada más para ver de a cuánto nos tocaba; lo fácil que hubiera resultado cortar mi pedazo de raíz.
De repente empiezo a sentir una opresión en el pecho, cortándome la entrada de aire gradualmente, intento hacerlo por la boca pero tengo un hormigueo en la garganta que hace la entrada de aire casi dolorosa. Caigo de rodillas, miro hacia los troncos y la grieta que logré hacer en la raíz, pero no puedo dejar de pensar que probablemente aquel no era mi zapote y que mis esfuerzos fueron inútiles. Me dejo desvanecer en el suelo.
Amo los días lluviosos. Algo en los cielos nublados, en el suave sonido del agua cayendo sobre la tierra caliente, el aroma a tierra mojada… me provoca mariposas en el estómago, como si estuviera enamorada.
Sé que a mi mamá no le gustan. A ella le producen el efecto contrario. Se pone tensa, irascible.
Dice que es porque un día la asaltaron en un día lluvioso. Me llevaba en brazos (yo era una bebé) y ella corría de vuelta a casa para que yo no me mojara, así que, para cortar camino, decidió meterse por unos callejones solitarios pero que sabía nos ahorrarían tiempo. Fue un grave error, desgraciadamente. Lo único bueno fue que el transgresor no me hizo nada, pero a mi madre le provocó un susto de muerte que aún experimenta al dormir.
*-*-*-*
Ayer se puso muy violenta. Mis padres han tenido problemas, pero mi madre pocas veces explota de esta manera.
Sé que mi papá debía recogerla más temprano, pero mi mamá hubiera podido esperarlo un poco más, aunque no lo hizo. Prefirió enfrentarse al aguacero que estaba cayendo y llegó empapada a casa.
Azotó puertas, lo molió a gritos; casi lo corre de la casa. Y no te miento, me molesté mucho, aunque no dije nada. No había justificación para tal drama. Pero es el verano, y para mi mamá es como la temporada de alergias que le alteran nervios.
*-*-*-*-*
Debo confesar que aunque los días lluviosos me encantan, las noches lluviosas me deprimen. Me siento melancólica y sola. A veces tengo pesadillas sobre mí misma perdida en las calles de la ciudad con una tormenta sobre mi cabeza, sin poder encontrar refugio por ninguna parte. Yo llamando desesperadamente el calor de mi hogar pero obligada a quedarme en el piso sucio y mojado con el corazón helado. Luego, alguien me toma de la mano y me rapta, pero nadie me escucha gritar.
Mi papá ha contactado a un psicoterapeuta que trabaja con la hipnosis. Dice que se cansó de las rabietas de mi mamá y que sospecha que se debe a algo más que problemas conyugales. Ella aceptó de buen grado, cosa que a todos nos extrañó. Y en parte no es algo que me alivie, porque si se animó a pedir ayuda, quiere decir que algo le está pasando y ella lo sabe. Me pregunto (en lo más profundo de mi mente) si el incidente del asalto le afectó más de lo que se pudiera esperar, digo, a mucha gente la asaltan seguido y en la cultura mexicana eso es de rutina, se ha tornado de un “¿Estás bien? Vamos a levantar una denuncia al ministerio”, a un “Qué pendejo, debiste esconder bien tus cosas. Ahora vas a tener que comprarte un celular nuevo con un dinero que no tienes”, y luego sigues con tu vida, pero mi mamá dejó parte de la suya en ese callejón.
*-*-*-*-*
Mi mamá ha tenido pesadillas desde que visitó al hipnotista. Según me cuentan, las sesiones de regresión se graban en video para que el terapeuta pueda analizar los resultados de la sesión. El paciente está semi inconsciente en el proceso, aunque solo le quedan fugaces recuerdos de lo que dijo o lo que recordó.
Ahora la veo pensativa y muy seria. No sé si esto fue buena idea.
*-*-*-*-*-*
Ya llegaron de la sesión de hipnosis de cada sábado. Mi mamá se encerró directamente en su cuarto. No dijo ni pio y mi papá tampoco sabe qué fue lo que pasó en la sesión, pero nos dice que no nos preocupemos, que el doctor le advirtió de este tipo de reacciones, sobre todo después de esta sesión, en donde revisaría con la paciente los extractos de los videos.
*-*-*-*-*
Es de noche y está lloviendo. Mi mamá llora a todo pulmón en la otra habitación. Un sentimiento de intranquilidad me roba el sueño y mientras me tuerzo bajo las cobijas no puedo evitar pensar lo peor, maquinar las peores teorías sobre lo que descubrió. Y por alguna razón no dejo de pensar que el recuerdo del asalto volvió por ella, y no será fácil deshacerse de él.
*-*-*-*-*
Hoy me pidieron acompañar a mi mamá a la sesión con el terapeuta. En realidad se trata de una sesión familiar. Supongo que nos van a explicar el tratamiento o algún tipo de diagnóstico. Nos sentamos todos y el terapeuta comienza:
“Les agradezco el apoyo que le han brindado a la paciente, esto es muy bueno para su tratamiento. Hay en específico un evento que marcó su vida y que hoy está causando estragos en su estabilidad emocional. Verán, la mente, con tal de protegernos, a veces suprime recuerdos que nos causan malestar, sin embargo, el subconsciente los almacena y dado que no sólo el cerebro tiene memoria, el cuerpo también reacciona ante el recuerdo. Esto puede explicar muchas cosas, sobre todo para ti que eres su esposo. No sabemos por qué ahora y no antes se empezó a manifestar de una forma tan llamativa.
El primer paso para una rehabilitación es sin duda aceptar el problema, y es importante, ahora que ella ha asimilado lo que le pasó, que lo exteriorice. He estado trabajando con ella al respecto y me ha dicho que se siente lista para hablar sobre ello. ¿Verdad?”
Mi mamá asiente con una media sonrisa y los ojos se le llenan de lágrimas. Verla así me rompe el corazón. Quiero que esto acabe de una vez.
*-*-*-*-*
Esta vez he sido yo quien se encerró en su habitación después de la sesión. Traté de ahogar mi llanto en la almohada, pero fue tan doloroso que ni eso pudo amortiguar el sonido de mis lamentos. Me siento culpable, me siento víctima, me siento rota, justo como mi mamá debe sentirse todavía.
Yo era demasiado pequeña para comprender lo que había pasado en ese callejón, pues apenas tenía un año. Sólo sé que mi mamá hizo lo que fue necesario con tal de mantenerme a salvo y cada vez que imagino lo que le hicieron a ella a cambio de no hacerme nada a mí, siento un odio y una nausea que me asfixia.
No quiero que nadie me vuelva a tocar. No quiero volver a salir. No quiero volver a ver un día nublado. La humanidad está hecha de mierda y hoy experimento una pérdida inexplicable del tacto. Ya no quiero sentir nada. Pero hoy también empieza mi rehabilitación. ¿De verdad hay un tratamiento para recuperar la fe en la humanidad? Y el verano aún no termina.