Nunca te olvidé Nunca te olvidé, aunque el tiempo intentó deshilacharte de mis costuras, como si fueras un hilo rebelde que se resiste a quedarse en el tejido de la memoria. Caminé con tu ausencia en el hombro, pesada como un pájaro que no vuela, pero que insiste en latir. Y cada latido marcó tu nombre, como un golpe suave y constante que me recordaba que hay presencias que no se van aunque les abra la puerta. Te busqué en mis propios rincones, allí donde guardo los dolores que se convirtieron en flores, y las flores que se marchitaron antes de ser nombradas. Te encontré escondido entre mis costillas, aferrado como un pequeño incendio que no sabe apagarse, y entendí entonces que uno no elige a quién recuerda: el recuerdo elige quedarse, como un huésped testarudo al que no se le puede pedir que se vaya. Nunca te olvidé porque tu sombra aprendió a caminar junto a la mía. En los días de luz, se alargaba hasta tocar mi mano; en los días sin sol, se volvía tan pequeña que parecía abrazarme desde adentro. A veces me enojaba con ella, con esa parte tuya que insistía en ser parte mía. Otras veces, lo confieso, la buscaba para no sentirme sola. Llené cuadernos con palabras que no te nombraban, pero que hablaban de ti. Dibujé amaneceres torcidos, lunas que se partían en cuatro, corazones que se desbordaban sin romperse. Todo era un intento torpe —pero honesto— de dar forma a lo que tu ausencia dejó: un hueco que no pesa, pero duele; un vacío que no se ve, pero quema. Hay amores que pasan como trenes nocturnos, dejando apenas un rumor metálico detrás. El tuyo no. El tuyo se quedó como una cicatriz en la muñeca: no duele siempre, pero su historia es imposible de borrar. Y aunque a veces quise arrancarla, comprendí que también las cicatrices son una forma de belleza, porque hablan de lo que se sobrevivió, de lo que fue tan intenso que no cabía en el cuerpo sin dejar huella. Nunca te olvidé porque olvidarte habría sido arrancarme una parte del alma que todavía respira sin permiso. Y yo, tan terca como la vida misma, preferí convivir con tu fantasma antes que dejarlo morir. Lo alimenté con silencios, con miradas perdidas, con madrugadas que huelen a café y nostalgia. No sé si eso es amor, o simple necesidad. Tal vez es ambas cosas. Tal vez ninguna. Lo cierto es que aquí sigues: no como herida, no como peso, sino como un color que se mezcló con los míos y ya no sé separar. Eres ese rojo que aparece de pronto en mis pensamientos, esa tinta que insiste en escribirte incluso cuando no quiero. Eres el eco que responde cuando la vida me pregunta quién fui, y a quién quise tanto como para recordarlo incluso cuando dolía. Y aunque el mundo siga girando, aunque los días pasen con su acostumbrada insolencia, hay algo que no cambia: Nunca te olvidé. Porque a veces la memoria es la forma más sincera del amor.

















