Retrato.
[Hola abuelo. Hola abuela.
Les escribo esta carta porque los extraño. Ustedes siempre me dijeron que las cartas nos conectaban con nuestros seres amados porque eran hechas con nuestro puño y letra.
No se preocupen, yo ya aprendí a hacerme de comer, entonces ya no tengo que comer platos congelados.
Mi mamá sigue igual, ella busca el amor con otro hombre. Ojalá se diera cuenta de que todos solo tratan de aprovecharse de ella, porque cuando se dan cuenta que tiene un hijo, todos huyen. No es como si yo quisiera un nuevo papá, se me hace innecesario ya. No sé si tengo idea aún, o soy muy joven, pero no entiendo el amor. Parece una carga, o una búsqueda sin fin para encontrar a alguien más.
Ojalá algún día podamos vernos de nuevo y merendar pan con café.]
Han pasado 1648 días.
Shizu vivía en una pequeña casa cerca de la entrada del bosque. Su rutina coincidía con la rutina del sol: amanecía con él, trabajaba en los campos del viejo durante el día, y justo al anochecer ya se encontraba en casa para descansar y repetir todo al día siguiente.
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No era raro que Shizu se levantara durante las madrugadas al escuchar ruidos ensordecedores e incomprensibles.
“1649 días ya…” murmuraba Shizu mientras calentaba un poco de agua. La noche era tranquila, y como apenas entraba el otoño, el ruido de los insectos había desaparecido, y solo se escuchaba el burbujeo del agua, y el zumbido de la bombilla de la cocina. Shizu procedió a moler unas hierbas que había recogido, las colocó en el filtro, y vació lentamente el agua hirviendo.
El agua mutaba en té, cambiaba su color, su olor e incluso su sabor. ¿Quién diría que el agua al contacto con cualquier otra cosa cambiaría totalmente su composición? Este aparentemente sencillo, pero minucioso proceso relajaba a Shizu. Más allá del sabor y del aroma, Shizu disfrutaba el proceso de todo.
El proceso de levantarse por las mañanas, de tender su cama, de asearse, escoger su ropa para el día, elegir el desayuno… todas estas pequeñas decisiones certeras lo hacían sentirse en control de su rutina, que, si bien parecía la misma todos los días, eran sus pequeñas variaciones que hacían que su vida no pareciera aburrida… tan solo cotidiana.
[Muchacho, otra vez con ojeras, no descansas, ¿verdad?]
“Usted podría hablarme normalmente, anciano.”
“Tienes razón, pero me sorprende que no me has hecho ninguna pregunta desde que llegaste. Solo te has asentado en este pequeño poblado aislado de la sociedad y has desarrollado una rutina aparentemente sana para sentirte en control.”
“No creo que esté mal querer vivir una vida sencilla lejos del ajetreo de la ciudad.” – contestó Shizu mientras araba los campos para las cosechas de otoño.
“No te preocupes, tienes mucha razón, y quien soy yo para quejarme del muchacho que ha adelantado mi retiro arando mis campos, la verdad que nunca habría conseguido esos tratos con los comerciantes aledaños para vender mi cosecha. Soy un viejo muy dichoso desde que llegaste, Shizu.” [Y cuando uno envejece, a pesar de no tener una estrecha amistad, uno se vuelve más sensible a la gente que le ayuda. De cierta manera estoy preocupado por ti muchacho.]
“Gracias, pero todos tenemos cosas que queremos compartir y cosas que no.”
Los días transcurrían así: ocasionalmente el viejo cuestionaba la hermeticidad de Shizu y él lo rechazaba de forma apática. Araba el campo, y el otoño tornaba el bosque de un color ocre.
“Llevas más de 4 años aquí, Shizu y nunca te he invitado a las festividades del pueblo.”
“Procuro no involucrarme mucho con la gente, aparte no me gusta salir de noche.”
“Me da un poco de pena admitir esto, pero necesito tu ayuda, como anciano, ya que la cuesta al templo es muy inclinada, y yo ya no soy el de antes.”
“¿No hay nadie más que lo pueda ayudar?”
“Muchacho, tú conoces este poblado, aparte de ti y de mí, nadie vive de este lado de la montaña. Los víveres los traen los vecinos a cambio de cosecha. No hay motivo alguno para salir de aquí.”
“¿Qué es esa festividad?”
“El guardián del bosque. Ofrecemos tributos en un altar y nos quedamos celebrando toda la noche en el templo.”
“¿El guardián del bosque?”
“El que protege el bosque de las inundaciones y las sequías, es gracias al guardián del bosque que podemos cosechar tan abundantemente.”
“Lo pensaré.”
Shizu terminó su día como cualquier otro. Al ponerse el sol, él ya se encontraba reposando en su cama.
Al no conciliar el sueño, procedió a calentar un poco de agua para su rutina de té. Entonces alguien llamó a la puerta.
“¿Sí?”
[Vamonos, muchacho]
[Dije que lo pensaría.]
[Pero quiero ir, y no tengo a nadie quien me lleve.]
“Está bien está bien, pero no se acostumbre a sacarme de noche.”
Shizu abrió la puerta y encontró al anciano con dos lámparas de vela.
“¿No tiene lámparas en casa?”
“Para este ritual, debemos llegar al templo iluminados por el fuego del guardián. Él es el señor del fuego, creador de vida, de cenizas y de nuevos ciclos.”
Shizu caminó con el anciano sosteniendo una lámpara de vela; sorprendentemente, la vela nunca se apagaba y a pesar de no iluminar muchos pasos adelante, iluminaba constantemente el camino.
Cuando el camino se tornó muy pesado, le ofreció su brazo al anciano. A pesar de que sus pasos eran lentos, su agarre era fuerte.
Poco a poco a la distancia, un cuerpo flameante se avistaba, había mucha gente.
[Casi llegamos.] El anciano mencionó en sus pensamientos, como para ahorrar su aliento.
Al llegar, todo estaba engullido en color ámbar ocre: los puestos de comida, los niños persiguiéndose unos a los otros, y el templo en sí. El templo era viejo, pero estaba muy bien preservado, justo enfrente, había una gran fosa que ardía en llamas.
“Ahí dejamos nuestras velas, el guardián del bosque nos entrega a todos una pieza de él y todos somos parte de él.”
Al llegar, muchas personas se acercaron al anciano para saludarlo.
“Que bueno que ya llegó, y veo que ahora viene acompañado. ¿Es su nieto?”
“Para nada, este muchacho es el Shizu del que les hablé.”
“¡Oh, Shizu! Es un placer por fin conocerte, no sabes lo feliz que has hecho al anciano, yo hasta diría que sí tienen relación de sangre. Pasa, pasa, come lo que quieras.”
Shizu no estaba acostumbrado a comer tan tarde, pero la comida era deliciosa, digna de un festival.
“Shizu, acompáñame, no hemos arrojado nuestras velas al fuego del guardián.” - Mencionó el anciano.
Al arrojar las velas al fuego, se hacía una pequeña reverencia al guardián. Shizu copió los movimientos del anciano y quedó absorto mirando al fuego.
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Shizu salio corriendo instintivamente. Como no conocía el camino, se perdió en una arboleda cercana al templo. Su garganta se cerraba mientras corría y entonces cayó al suelo. Se reincorporó aún acostado, y se sentó al lado de un árbol abrazando sus rodillas. El ruido de la gente, el calor del fuego, todo lo ahogaba, lo hacía sentir pequeño y desesperado.
Habían pasado 4 años desde aquella experiencia, y lo sentía todo tan próximo. Tener una rutina lo mantenía en control, pero apenas saliera de esa rutina, a terrenos no explorados, Shizu recordaba la experiencia de perder a una persona cercana y buena.
[El mundo es cruel.] – pensó.
[No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada. No pude hacer nada.]
“¿Qué haces acá? ¿Te perdiste? ¿Tienes miedo?”
Era uno de los niños del templo. Todavía tenía su vela, por lo que se podía distinguir bien su rostro.
“No tengo miedo, creo que sí me perdí… ¿tú no has llevado tu vela al fuego?” – dijo Shizu mientras se paraba.
“Aún no, ¿me acompañas?”
“Claro.”
Shizu lo tenía claro: acompañaría al niño a dejar su vela, y preguntaría el camino de vuelta. No tenía por qué soportar estar ahí. Estaba seguro que le comprenderían.
“Shizu, ¿a dónde fuiste con tanta prisa?” – mencionó una de las señoras amigas del anciano.
“Fui a explorar y me encontré a este niño, lo estoy acompañando a llevar su vela.”
“…” [Ya veo.]
Shizu siguió su camino extrañado por el pensamiento de la señora.
“Aquí estamos, niño, arroja tu vela.”
(Muchas gracias por acompañarme, joven muchacho. Aunque debería de decir: “de nada por traerte de vuelta”.)
(¡?) “De qué estás hablando?” preguntó Shizu nervioso.
Los nervios de Shizu provocaron que su parpadeo fuera cada vez más intermitente. En cada parpadear, veía cómo el niño se transformaba en una bestia mitad zorro, mitad humano, con una túnica blanca y detalles brillantes como el ardor de una fogata.
(Te ibas a perder en el bosque, y no ibas a volver. No estás listo para eso.) Mencionó el ente.
Shizu instintivamente le respondía en su cabeza.
(Eres el guardián del bosque. ¿Te apareces así de fácil?)
(Existimos muchos de nosotros que convivimos en equilibrio con los humanos. Yo le debo mi vida al maestro Sen, por lo tanto, me he dedicado a resguardar los bosques de las calamidades para que las cosechas, un bien humano, sean prosperas. Con el tiempo la gente adoptó esta extraña tradición de agradecérmelo como si fuera todo un mérito propio.)
(¿Con el tiempo? Eso suena a…)
(¿Cientos de años, no Shizu?) interrumpió el maestro Sen.
(Sen, muchacho, tú no cambias nada con los años, la gente empezará a sospechar.)
(Con el paso del tiempo, la memoria humana se deteriora, Tsune. Aunque pronto será hora de emprender un nuevo viaje hasta que cambien las generaciones otra vez.)
Al pasar tanto tiempo solo, Shizu había desarrollado un hábito de sobrepensar y sobre analizar las cosas. Tanto en el ente Zorro y el maestro Sen hablaban de cientos de años como si fueran algo cotidiana, y el sugerente viaje del maestro aludía a que debía viajar para que su recuerdo fuera olvidado y pudiese regresar sin compromiso a ser sospechado.
(Estás en lo correcto, muchacho. Por cierto, permíteme presentarme, mi nombre es Tsune, soy un Hitsune, zorro de fuego. Eso que haces con la mente no es propio de un humano, ¿qué especie eres?)
(Aún no lo sabe. Ha vivido cuatro años conmigo y es la primera vez que te visita, Tsune.)
(Vaya vaya vaya. No sé qué tan importante sea la identidad propia en la especie humana, pero en los komorebi, lo es todo. Cómo concebimos la realidad, cómo nos desarrollamos, cómo nos conectamos al equilibrio del todo. Tu carácter ansioso e inestable, tu insomnio, tu angustia, todo esto habla de una falta de conexión contigo mismo y quién eres.)
Shizu quedó atónito. Él no le había comentado con nadie de su insomnio, sus pesadillas, su angustia… de inmediato recordó aquella noche con Foa y el incidente con los taika. En su corazón existía el resentimiento con el pueblo que después le dio la espalda. Fue entonces cuando hurgando entre las cosas de Foa, encontró varias cartas del maestro Sen. Localizó el pueblo donde se encontraba y emprendió su viaje sin más. Nunca se había cuestionado su extrañeza, su habilidad para ver esas criaturas, siempre fue un huérfano, siempre estuvo aislado de los demás, no vivió un abuso agresivo, más bien, una exclusión silenciosa. Al llegar con el maestro Sen, cruzó pocas palabras con él, después tomó el arado y se puso a trabajar sin pensar mucho en ello. El maestro Sen le sirvió refrigerios al cabo de un tiempo, y preparó un cuarto.
“Quédate lo que necesites.”
Las temporadas pasaron, las hojas de los árboles volaron y volvieron a renacer. La luz atravesaba los follajes y dibujaba sombras en el suelo. En ocasiones, venían niños con el mandado de sus madres para intercambiar cosechas con el maestro Sen. Al poco tiempo corrió el rumor de un muchacho ayudando al abuelo Sen, en sus cosechas. Algunas señoras curiosas se asomaban para ponerle cara al desconocido, pero era todo.
Verano. Otoño. Invierno. Primavera. Verano. Otoño. Invierno. Primavera. Verano. Otoño. Invierno. Primavera. Verano. Otoño. Invierno. Primavera.
Así pasaron 4 años en los que Shizu había callado sus sentimientos hasta el día de hoy, frente a una deidad local, comenzó a sentir un remolino dentro, un ardor que escalaba a su garganta. Calor. Mucho calor. La mente de Shizu se sentía ligera y sus ojos flotaban sin rumbo, había perdido el control de su cuerpo. Su reacción natural fue tirarse al suelo para estabilizarse.
(Necesito sentir algo sólido.) pensó.
Al caer sobre el pasto, varias personas que se encontraban en el festival, mostraron su preocupación, pero con una señal de Tsune, siguieron su rumbo.
El suelo flotaba, no tenía un rumbo fijo, era impredecible, lo que alteraba aún más los sentidos de Shizu. De reojo miró al maestro Sen y a Tsune, ambos se acercaban a él para levantarlo. Después todo quedó negro, sin luz.
(Entonces me di cuenta que mi vulnerabilidad se debía a que nunca acepté mi realidad. Fue así cómo proyecté más de la cuenta en Foa y cómo su muerte me hizo perder la esperanza en un mundo mejor. Su sacrificio, aunque “humilde”, fue opacado por la ignorancia y el egocentrismo del pueblo que salvó. ¿Y si no empatizo con los humanos porque no pertenezco a ellos? Quizás esa era mi respuesta ahora… encontrarme en el equilibrio del mundo, ¿verdad?)
(…algo así muchacho.)
Shizu se levantó de su cama, frotó sus manos. Al mirar por la ventana notó una ligera ventisca que hacía bailar la copa de los árboles.
(Se acerca el otoño.)
Entonces, del armario saco un viejo y empolvado espejo que supuestamente estaba colgado en el baño para realizar el aseo personal. Lo colgó de un viejo clavo en el baño, y se observó durante unos minutos.
(…)
Se rasuró los pocos vellos desalineados de la cara y peinó su cabello. Empacó unos cambios de ropa en una mochila y se dirigió con el maestro Sen.
Las hojas comenzaban a caer lenta pero incesantemente, sí, el otoño se acercaba, y con ello el invierno, la época más oscura del año. Sin las hojas en las copas de los árboles, la luz se torna más cegadora.
“Acompáñame lo que necesites.”
Y así ambos comenzaron a caminar un rumbo sin destino fijo.

















