34th World Amateur Go Championship en Sendai, Miyagi, Japón.
29 de agosto a 6 de septiembre de 2013.

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34th World Amateur Go Championship en Sendai, Miyagi, Japón.
29 de agosto a 6 de septiembre de 2013.
Tokio(s).
Me parece que se atraviesan varias fases a la hora de conocer (de conocer bien), una ciudad como Tokio.
La primera es antes de conocerla. Uno sabe que es la ciudad más grande del mundo (más de treinta millones de habitantes), y sabe que es la capital de Japón. Se imagina luces de neón, videojuegos, ruido, go, subtes, y templos. Busca fotos en google, porque sabe que va a ir y está ansioso, y encuentra todas más o menos iguales: grandes panorámicas de la ciudad, con el Rainbow Bridge, la Torre de Tokio o el Skytree; o calles repletas de luces y carteles. Ninguna ayuda mucho.
La segunda fase es cuando uno recién la conoce. Parece fácil, todo eso de que uno se perdía era mentira. No es tan grande, son un par de puntos estratégicos y el resto casitas. Lo de las luces de neón también era mentira, no son tantas y están sólo en algunos lugares. Ok, pasaron unos días, creo que ya la conozco.
La tercera fase es después de los diez días. Un momento, si sigo por este tren da toda la vuelta, me conecto con otro subte, salgo, me tomo un colectivo, después otro tren, combino con otra línea... No, pará, ¿dónde estoy? Ah, por acá pasé el otro día... No, no era acá. ¿Por qué nadie me entiende cuando le hablo? Ok, me cansé, ¿dónde están los negocios, los robots, los clubes de go? No entiendo absolutamente nada de esta ciudad.
Y después está la cuarta fase. Ay, Tokio, qué historia tenemos juntos. Era verdad eso de que más que una sola ciudad, eran muchas juntas. Era verdad que había terremotos. Era verdad que había lugares de videojuegos de siete pisos. Que se puede caminar y caminar y caminar sin fin. Que a veces las luces deliran, y a las pocas cuadras, la tranquilidad de un barrio de casitas bajas y señoras en bicicleta generan la mayor paz interior que uno pueda tener. Y además de todas las cosas que eran verdad, hay miles más que nadie nunca había comentado. como que es una ciudad con tanta historia y tanta identidad que es imposible que uno nunca termine de conocerla o de entenderla. O que los años y años de destrucción y reconstrucción, de terremotos, incendios, y bombardeos son tan visibles en todos lados que son una parte ineludible de la identidad local. Que hay panaderías y cafeterías, como en todos lados. Que hay miles de librerías y la gente lee mucho. Que todos saben un poco de inglés (! shock, esa nadie se la esperaba). Que las estatuas de los próceres son de samurai. Que andar en bicicleta es muy extraño (van por la vereda y de cualquier manera), pero muy lindo. Algo muy bueno: que a nadie le molesta que le saques fotos, y que nadie lo prohíbe casi en ningún lado (ni en museos).
No sé qué se puede escribir sobre Tokio, porque la verdad que no encuentro palabras para describirla. Debe ser por eso de que no es una sola sino muchas. Tendré que hacerlo por partes, en algún momento. De todos modos, seguramente exista una quinta fase de conocerla: después de irme. Procuraré escribir al respecto.
Hon dojo.
Vine a Japón con un objetivo, además del de participar en el 34vo WAGC: estudiar durante un mes en un dojo de go, un sueño que idealicé desde que empecé a estudiar el juego. De hecho, todas mis expectativas en clasificar para uno de los torneos internacionales en Japón o en Corea, escondían como causa real las ganas que tenía de quedarme en esos países, por un tiempo, estudiando, más allá de los torneos mismos. Algo cambió en el camino.
El 6 de septiembre llegué con mi valija, mi enorme y pesada valija, a la estación de Asagaya, en Tokio. Me fue a buscar, corriendo (sic) uno de los sensei del dojo, Kim. Kim tiene 24 años, como yo, es 7 dan amateur y se dedica a enseñar go y artes marciales japonesas (karate y aikido).
Cuando llegamos al dojo la primera vez, me dijo que dejara la valija en la entrada, y literalmente en la primera habitación en la que entré, me dijo que jugara un partido con otro muchacho, calculo que también de nuestra edad o un poco más joven. Nos sentamos en el piso de tatami y jugamos en un goban tradicional, por primera vez en mi vida.
Un rato más tarde llegó Hon, el sensei director del dojo, y finalmente me mostró el lugar. Hon es coreano, tiene 35 años, y es primer dan profesional por la Kansai Ki in. Fue insei en Corea desde los 4 años (según sus palabras, gracias al lavado cerebral de su padre, 7 kyu), pero no llegó a ser profesional allá. En Japón como amateur, sin embargo, construyó uno de los mejores dojos del país, en donde estudian amateurs, insei y profesionales. Entre sus logros principales están Ichiriki Ryo (3p) y Fujisawa Rina (1p), que tiene el récord de ser la persona más joven en la historia del go en Japón en convertirse en profesional (a los 11 años y 6 meses). Hon, además, es una excelente persona, y en extremo simpático.
El primer cuarto del dojo, que hacía las veces de living y de sala de estudio.
La rutina del dojo consiste, básicamente, en el siguiente horario. 9.30 a 12.00: estudio (benkyo); 12.00 a 13.00: comida (gohan); 13.00 a 17.30: benkyo; 17.30 a 18.20: gohan; 18.20 a 21.00: benkyo. Esto es todos los días de la semana, menos el jueves, donde hay descanso (yasumi) general.
Cuando está el grupo de estudio, el benkyo se realiza en conjunto. Esto es, por lo general, desde las 16.00 los días de semana, y desde las 9.30hs los sábados y domingos. Dado mi nivel (bajo, al menos dado el contexto), mi grupo de estudio oficial era el más bajo (tengo entendido que eran 3 grupos), y mis compañeros tenían por lo general entre 7 y 13 años. La mayoría de ellos, además, era más fuerte que yo.
El cuarto de estudio correspondiente a mi grupo.
Después de las 21.00, los estudiantes que se quedaban a dormir ahí (eso iba variando conforme los días), por lo general seguían revisando partidas o estudiando hasta alrededor de las 12 de la noche, cuando se iban a dormir.
Dormir, también, se hacía a la manera japonesa. Como todos los cuartos tenían la doble función de ser cuartos de estudio además de sus funciones hogareñas (el de la foto de acá arriba, por ejemplo, era también cocina), la habitación para dormir era el cuarto de estudio del grupo superior. Esto significa, básicamente, dormir en futones, que se arman antes de acostarse, y se desarman a la mañana (antes de las 9.00).
La habitación donde dormía, y el cuarto de estudio del grupo superior.
La realidad es que seguir el ritmo del dojo al pie de la letra era absolutamente imposible, y desde un principio lo tuve claro. ¿Por qué era imposible?, me pregunto con sinceridad. Por un lado, porque en el momento de estar en el dojo, estaba en Tokio también, y no había manera de que no me permitiera salir a ver, al menos de vez en cuando, qué había ahí afuera. Mis intereses, creo que a diferencia de otros estudiantes del dojo, superan al go. Por otro lado, por la falta de hábito de mantener la concentración durante doce horas por día (es un hábito que, creo, no se adquiere en poco tiempo). Por último, por estar tanto tiempo sin poder hablar. En el dojo no había nadie que hablara inglés o español (salvo palabras sueltas del primero). Mi japonés es, como mínimo, muy primitivo, por lo que el resultado de un día completo en el dojo era el de un aislamiento algo severo, y necesitaba aliviarlo con, al menos, varias caminatas diarias.
Me encontré a los pocos días saliendo, o escapando, más de lo que había planeado. Era, en parte, por las razones enunciadas más arriba. Pero había algo más, y esto probablemente fue enteramente mi culpa. Antes, en Argentina, pensaba que en Asia, seguramente, se estudiaba diferente. "El dojo me va a servir para ver cómo estudiar", "estar tanto tiempo en el dojo me va a cambiar radicalmente la manera de ver el juego", "ahí voy a experimentar el go de verdad". Pues bien, sorpresa: resultó que el juego era el mismo. Y el estudio, también. No había ningún secreto guardado en Asia. Ellos hacen problemas (tsumego y tesuji), revisan y memorizan partidas profesionales, y juegan y revisan sus propias partidas. Hacen todo eso en grupo, y lo hacen doce horas por día.
¿Perdió la magia el go? En absoluto. Lo que perdió la magia de manera completa fue el mito que yo construí sobre la escuela japonesa de go. No hay realmente diferencias cualitativas con lo que siempre hice. La diferencia es cuantitativa, y eso es lo que marca, al final, el gran cambio: el go, acá, es profesional. Eso significa dos cosas: 1. se puede estudiar doce horas por día; 2. cuando es profesional, no es un placer.
Y el último punto, sumado a mi epifanía y a la muerte del mito que yo solo había armado, fue lo que me terminó de convencer de lo único que podía hacer. Unas dos semanas después de llegar al dojo, con mi grande y pesada valija, me iba de nuevo, a ver qué había allá afuera.
We'll always have Sendai.
Sendai. Una ciudad relativamente chica (alrededor de un millón de habitantes), al norte de la isla de Honshu, que fue sede del 34th World Amateur Go Championship en el que participé, representando a Argentina. Desde Tokio mantengo el recuerdo, siempre muy feliz. Es una ciudad extremadamente vivaz y bella, de un tamaño justo para recorrerla sin mucho esfuerzo ni trenes ni caminatas.
Probablemente la belleza de la ciudad en mi memoria esté teñida de las experiencias del torneo. Como primer torneo internacional, debo decir que superó ampliamente las expectativas. La organización impecable, y la buena onda general de todos los involucrados permitieron vivir sin obstáculos la experiencia increíble de participar de un certamen de más de sesenta personas, todas y cada una de ellas de un país del mundo diferente. Pocas maneras tan potentes de sentirse uno más en el planeta, igualado completamente.
El nivel realmente competitivo, claramente, se da entre los primeros 20 jugadores de la lista, no obstante lo cual atravesar ocho partidos de unas tres horas de duración cada uno, en cuatro días, foguea de una manera intensa el propio juego de torneo.
Es realmente raro. Bajar a desayunar al lobby del hotel con el grupo armado (inevitablemente, se arman grupos), y salir a jugar a la mañana y a la tarde con el que toque, de cualquier parte. Y hacer de eso una rutina.
Nota respecto a los grupos: desde mi punto de vista, eran tres principales. 1ero: los europeos. Si bien eran muchos, había un grupo de unos 6 a 10 de ellos (de paso, los más fuertes), que eran un poco intimidantes. Eran, además, los occidentales que más experiencia tenían en torneos de este tipo. 2do: los asiáticos. Este grupo incluía, en realidad, a todos los que sabían hablar chino: Taipei, Hong Kong, Indonesia, Singapur, Tailandia, Estados Unidos y Canadá. 3ro: los latinos. El grupo abierto. Además de Ecuador, Colombia, y Argentina (los sudamericanos) incluía a España, Portugal, y Finlandia (hijo de un peruano, sabía español). Además, siendo el grupo más abierto, en ocasiones incluía a Itaila, Brunei, India, Nepal o quien se cruzara en el camino.
La sala de revisión de partidas donde, entre otros profesionales, Takemiya Masaki 9p en persona daba comentarios sobre su juego a quien se lo pidiera. Realmente una persona muy simpática.
Mis resultados no fueron acorde a mis expectativas, y logré sólo 3 victorias en 8 partidos, cuando mi objetivo era de 4. No obstante, subí del puesto 45 en el inicio al 39 en el final.
Ahora lo importante:
Experiencia culinaria en Sendai n°1: Bento Box. Este tipo de comida es un clásico en Japón, y se vende preparada así como se ve hasta en los supermercados. Tiene infinitas variedades, y es la comida que nos daban en el torneo todos los mediodías, entre partido y partido. Las opciones eran: pollo, carne, pescado o vegetariano. Si bien es bastante rico y cumple su función, debo decir que con el tiempo llega a cansar. No pregunten qué hay en cada sección, creo que nunca lo supe.
Experiencia culinaria en Sendai n°2: créanlo o no, este es el mejor té verde que tomé en mi vida. En la ceremonia de inauguración del torneo, entre otros eventos tradicionales estuvo la ceremonia del té, donde preparaban para los jugadores lo que se puede ver en las fotos. Sinceramente, hace que todo lo demás que conocemos como té parezca agua sucia.
Al final de la semana, y después de todo el torneo, nos llevaron de tour por la prefectura de Miyagi, donde se encuentra Sendai, que fue la prefectura más afectada por el terremoto y tsunami de la costa este de Japón de 2011 (Sendai, por ejemplo, es una de las paradas del tren más cercanas a la célebre Fukushima). El tour consistió en un recorrido por ciudades que ya no existían más después del tsunami, y de las cuales sólo quedaban algunas ruinas de edificios o las calles marcadas en el suelo. Realmente no se puede decir mucho al respecto.
Con mi jugadora anfitriona, Mai-chan (foto cortesía de la revista Go Weekly). Gran ciudad, grandes amigos, grandes partidos. Gracias Sendai.
Gohan.
Lo primero que hay que decir sobre la comida de Japón es esto: espectacular. Hay cualquier cantidad de variedad, de calidades, de estilos, etc. Pero toda, desde el lugar más barato hasta un plato de mil o dos mil yenes, siempre es rica, y buena.
A continuación un repaso por algunos de los platos que pasaron por mis hashi (palitos).
Mi primera comida japonesa: un ramen de un pequeño barcito de Asakusa. Después de 30 horas de avión, nada venía mejor. Ya dejé de intentar averiguar los ingredientes de las comidas.
Probablemente lo que más como en Japón, udon (carne o salteado de huevo arriba con arroz abajo), que a veces viene con una pequeña sopa de miso.
Me da la sensación de que el sushi es un mito occidental. Por ahora, lo vi sólo como acompañamiento de la bebida o en algún otro uso tangencial. Parece ser sólo para eso, o para eventos de lujo.
Otros dos clásicos japoneses, de mi primera comida en Sendai. Curri (kare) a la izquierda, y soba a la derecha. El soba (fideos que se sirve fríos o calientos sobre esos platitos de madera) superó altamente mis expectativas.
Por último, un desayuno tradicional japonés, que pedí que me preparara al señor Sakamoto, intérprete del World Amateur Go Championship en el último día de torneo. Sopa de miso, variedades de pescado, arroz y verduras. Mucho más pasable de lo que parece.
Por cómo viene la mano, probablemente exista un segundo post sobre este tema. Es que Japón es, sin dudas, un paraíso culinario.
Primeras impresiones.
Tokio.
Después de viajar la distancia más larga que es posible desde Argentina, en dos viajes de avión de 17 y 15hs respectivamente, y de pasar por Qatar (el aeropuerto más raro que conocí hasta el momento), llegué finalmente a Japón.
Mito desmitificado 1: el cansancio. Dormí bastante en los dos vuelos (unas 6 o 7 horas en cada uno) lo que sumado a la emoción de haber llegado a Japón permitió que el cansancio tardara un rato bastante largo en llegar.
Mito desmitificado 2: el jetlag. ¿Qué es eso? Tengo una diferencia horaria de 12hs con mi país (la mayor posible) y en ningún momento sentí el famoso jetlag. ¿Será mi estrategia de ir cambiando de horario el reloj en cada vuelo, ajustándolo al de destino? Ni idea.
Mito desmitificado 3: perdidos en Tokio. La ciudad no pareciera ser tan críptica como el mundo occidental cree. Salí de la estación de Ueno, directamente del Keisei desde el aeropuerto de Narita (ninguna dificultad para tomarlo, todos los encargados del servicio sabían inglés), y me encontré en pleno Tokio. Me tomó un momento caer de pie en la situación. Me quedé quieto, respiré un par de veces, miré bien mi entorno, y ya estaba todo en orden. Debo decir que me causó un poco de gracia sentir a la ciudad incluso familiar.
Tokio se siente, se oye y se huele como uno se imagina. Es raro, pero es así. Los animé, y eso que no he visto muchos, tienen los mismos sonidos, las mismas imágenes. Los japoneses son los mismos que están en el resto del mundo, se visten igual, y hablan igual. Además, son muy amables, y hasta el momento nunca me negaron una ayuda.
Caminé por la noche, y encontré casi todos los lugares algo muertos por Asakusa (eran aproximadamente las diez de la noche). Con un poco más de movimiento encontré unos callejones luminosos de Ueno, con máquinas de juegos, música, bares y algo más de ruido. Con sus diferencias, tanto Ueno como Asakusa se me presentaron muy amables. La sensación es que uno puede encontrar lo que quiera, buscando un poco.
Hoy me desperté y salí rumbo a Sendai, la ciudad en la que el 34th World Amateur Go Championship va a tener lugar a partir de mañana. Hacía mucho calor, no había desayunado nada más que un té verde frío, y me encontré un poco desorientado en la estación de Ueno, por lo que opté por la opción fácil y cara para llegar a Sendai: el shinkansen. En menos de dos horas había llegado, viajando tranquilo, con aire acondicionado, y sin hacer ninguna combinación.
Un poco más de Sendai y del torneo escribiré en estos días. Y ya sé que un post va a ser particularmente placentero de escribir: el de la comida en Japón.
Casi.
Casi todo listo. La cuenta regresiva es de menos de una semana, después de meses (¿años?) de espera. En unos días me voy por 50 días a Japón, literalmente el otro lado del mundo.
La sensación más dominante, además de la ansiedad constante, es de incertidumbre: no sé qué esperar y no me imagino casi nada de lo que puedo encontrar en un lugar tan diferente. Pero no todo es extraño. Mi objetivo es claro y sé, al menos, que voy para jugar al go. Ese es un campo en el que me siento cómodo. Siempre que haya go, es difícil que me encuentre fuera de lugar.
Por lo demás, trataré de dejar caer por acá, cuando tenga tiempo y energía, algunas de mis impresiones de las tierras niponas. Me voy lo más lejos que se puede ir, y tengo la sensación de que, en realidad, es bastante cerca.