Lo sigo amando, aunque ya no me pertenezca.
No lo odio.
No puedo.
Y a veces eso es lo que más duele.
No fue malo conmigo, no fue cruel.
Fue humano.
Y aunque el amor se fue apagando, yo lo seguí cuidando como si aún estuviera ahí.
Como si bastara con mi amor para los dos.
Dijo que ya no sentía lo mismo.
Y yo no pude enojarme.
Solo sentí cómo algo dentro de mí se rompía en silencio,
como cuando se cae una taza en la cocina de madrugada y nadie se despierta.
Duele más saber que fue real,
que dio todo lo que pudo.
Que no se fue por cobarde, sino porque quedarse habría sido mentirse.
No lo culpo.
Sé que hizo lo imposible por quedarse.
Y sé que perdí a alguien único.
Y quizás eso es lo que me está partiendo ahora.
Porque amar a alguien que ya no te ama no es un pecado,
pero sí es una condena silenciosa.
Y aquí estoy, abrazando los restos de lo que fuimos,
sin saber si algún día podré dejarlo ir por completo,
pero queriéndolo aún con todo lo que me queda.
-O.











