Marino
El mar no le pertenece,
ni la ruta, ni el viento,
ni el mástil o el timón.
Y sin embargo,
hay algo que lo mantiene ahí,
de pie contra la tormenta.
Algo que no se toca,
que no se nombra,
pero que vive,
como sal en la piel,
como luna sobre el mar.
Dicen que el marinero es libre,
que su hogar es cualquier puerto
y su techo, un cielo de estrellas.
Cada noche en alta mar
las sirenas cantan,
pero no lo seducen.
Sus voces se rompen
antes de alcanzarlo,
porque hay un alma
que las ahoga.
Una sola.
Y todo lo puede.
Las olas golpean el casco,
lo sacuden, lo retan a ceder,
a soltarse, a olvidar,
a dejar de escribirle,
a dejar de rezarle,
a decirle adiós.
Pero no naufraga.
No como esperan.
Se hunde, sí,
pero hacia adentro.
Hacia ese lugar
donde su recuerdo habita.
Porque hay amores
que no se poseen,
que no se quedan,
que no prometen
puertos seguros.
Te permiten soñar,
te ahogan de amor,
te dan vida con una sonrisa,
porque puedes alzar el ancla,
salir de puerto,
Y aun así,
pensar en ella,
se vuelve hogar.
Él la lleva
como se lleva el horizonte:
lejana, inalcanzable,
pero siempre presente.
En su pecho,
en ese rincón
donde el mar no entra,
ella es, y basta.
Así sobrevive,
día tras día,
noche tras noche,
con la nostalgia como brújula
y su aroma como norte.
Tan valiosa es,
que bautizó una estrella,
aquella que te lleva al alba,
el alpha, el inicio, el camino.
Y aunque el mar sea inmenso,
y el tiempo insista en perderlo,
él sigue.
Porque hay certezas
que no necesitan tocarse.
Porque hay regresos
que no dependen del mapa.
Y porque en algún lugar,
más allá de la espuma
y del cansancio,
el marinero sabe…
que siempre encontrará
la forma de volver a casa,
volver a ella.
Su Shakespeare















