Advertencias: Lenguaje fuerte, presencia de una navaja (sin uso), conversación sobre anatomía y prendas de compresión (binder), rubor/vergüenza corporal y situaciones incómodas entre adolescentes.
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Niego la navaja una y mil veces, pero convencer a Baji es una misión imposible. Al final, sin pedirme permiso, termina guardándola en uno de mis cajones.
—Déjala ahí, luego te explico —me dice con total naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo dejar armas blancas en habitaciones ajenas.
Después de eso, nos ponemos a hablar de mangas. Él se sienta en el piso, apoyado contra el borde de mi cama, y yo me acomodo en el suelo justo enfrente de él. En un momento la conversación se apaga y se instala un silencio entre los dos. Pero no es para nada incómodo; es un silencio tranquilo, de esos que solo tienes con alguien con quien te sientes en confianza.
De repente, Baji hace algo que me toma por sorpresa: se quita la chaqueta. Abajo lleva una playera de tirantes negra. Lo primero que hago es quedarme mirando cómo batalla como un tonto para pasar el yeso de su brazo fracturado por la manga. Me da bastante risa ver sus gestos, mientras él suelta una que otra grosería al aire, frustrado. Cuando por fin termina de sacarla, se estira levemente hacia atrás y deja la chaqueta sobre mi cama.
Y cuando hace eso, mis ojos se desvían hacia otra cosa. Mierda. Sí que está entrenado. No tenía la menor idea porque siempre que lo veía traía ropa floja o chaquetas encima, pero ahora que lo tengo de frente, no puedo evitar notar sus brazos fuertes y los hombros anchos.
—¿Entrenas? —pregunto con curiosidad, sin poder contener la duda.
Baji levanta una ceja con un toque de coqueteo al escucharme. Luego, sonríe lleno de orgullo.
—Sí, me gusta entrenar mis brazos —dice muy animado. Flexiona su brazo sano y aprieta el músculo para presumirme.
Eso me da mucha risa. Es un completo idiota. Me suelto una pequeña carcajada.
(Perspectiva de Baji)
Se ríe de mis músculos, la muy bruta, como si ella tuviera los suyos enormes. Le doy un leve empujón a su pierna con mi pie, jugando, y ahí noto la firmeza de su pantorrilla. Como es invierno, nunca nos habíamos fijado en esas cosas del otro. Yo ya sabía que ella hacía patinaje, así que floja no estaba, pero no tenía idea de qué tanto entrenaba.
—No sé de qué te ríes, si tú ni debes tener músculos —le digo para que se deje de burlar, incorporándome un poco.
Ella me clava una mirada de completa indignación.
—Te vas a sorprender —responde con una sonrisita burlona.
La verdad, yo nunca había visto a una mujer con brazos fuertes, y ella no tiene la facha de ser una chica de ese estilo, pero pensándolo bien tiene sentido por su deporte. Me acomodo mejor en el piso para verla bien. Ella se quita la chaqueta y me quedo frío. Levanta ambos brazos a los lados doblando los codos con orgullo; sus bíceps se marcan de una forma impresionante, redondos, firmes y con una curva muy definida que resalta al instante, acompañada de unos hombros bien formados. Definitivamente tiene más fuerza y desarrollo que la mayoría de las chicas.
No lo puedo creer. Se me forma una sonrisa enorme en la cara. A mí me gustan los cuerpos entrenados; no de manera extraña, simplemente me parece genial esforzarse por estar en forma y ver a otras personas así se me hace muy cool. Y ella, definitivamente, es de lo más cool. Me mira con una sonrisa llena de orgullo, disfrutando mi cara de shock.
—No lo puedo creer, pelearías muy bien con ese brazo —suelto emocionado.
Pero en cuanto lo digo, la cara se le transforma por completo. Frunce un poco el ceño y empieza a decirme que ni loca, pero mi mirada se desvía un segundo hacia su pecho. No le estoy mirando los pechos en ese plan, sino que noto una estructura rara que se marca debajo de su playera ajustada. Como es de tirantes, se alcanza a ver la tira de su sostén, o un top deportivo, creo, porque las tiras son mucho más gruesas que uno normal. Pero abajo de eso, la tela se ve extrañamente rígida y plana. ¿Acaso usa vendas?
(Perspectiva de la protagonista)
—Jamás podría pelear, me da demasiado miedo. No me gusta lastimarme y me da mucha cosa la sangre —digo, bajando la mirada mientras jugueteo nerviosa con las mangas de mi chaqueta.
Cuando vuelvo a levantar los ojos para mirarlo, me doy cuenta de que Baji me está mirando fijamente el pecho. ¿Qué carajos? No tenía al muy imbécil en ese concepto. Me empieza a entrar una incomodidad horrible en el estómago. ¿Debería decirle algo o mejor me quedaba callada? Siento que es mil veces más incómodo que me siga viendo ahí a tener que reclamarle que deje de hacerlo. Al final, Baji es un hombre más.
—¿Me estás prestando atención? —le suelto con tono serio, buscando que reaccione y aparte los ojos de una vez.
—¿Usa vendas? —dispara Baji instantáneamente.
Casi ni me deja terminar de hablar cuando suelta esa pregunta. Me quedo helada. ¿Cómo mierda se había dado cuenta? Por eso me estaba mirando... No quiero responderle. Siento cómo la rosácea me traiciona por completo, subiendo a mil por hora por mi cuello hasta encenderme las mejillas. Carajo.
(Perspectiva de Baji)
Carajo. Algo hice mal. Se puso toda roja en un segundo, pero roja nivel tomate. Lo peor es que justo antes de mi pregunta era de las pocas veces que no tenía la cara encendida; se había relajado por fin conmigo y yo la vine a poner incómoda de nuevo. Si mi madre se entera de que ando incomodando a una chica en su propio cuarto, me mata.
Ella no me respondió. Pasaron unos segundos eternos en los que solo se escuchaba el silencio de la habitación, rota únicamente por el sonido de su respiración. Tomaba aire despacio, como intentando procesar todo y armar una respuesta en su cabeza que no la hiciera morir de la vergüenza. Verla así me dio un poco de culpa.
—No hace falta que respondas —le solté, más que nada para ser cortés y bajar un poco la tensión, aunque por dentro me carcomía la intriga. ¿Se habría lastimado y por eso se envolvía así? Tenía las mejillas que le ardían. —¿Te lastimaste?
Ella estaba mirando fijamente hacia el piso, toda tímida, encogida en su lugar. Pero en cuanto mencioné lo de la lesión, levantó la cabeza rapidísimo, abriendo mucho los ojos.
—¡No, no, no! Estoy bien —dijo de golpe, moviendo las manos de un lado a otro en un gesto exagerado de negación.
Vi cómo respiraba profundo, intentando recuperar el control de su propio cuerpo. Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y, esquivando un poco mi mirada, soltó en un hilo de voz:
—Es... un binder. —Le costó un montón hablar, se notaba a leguas que le daba una timidez tremenda tocar el tema conmigo.
—¿Andá? ¿Y eso qué es? —le pregunté sin rodeos.
Para que no se sintiera tan acorralada, me moví un poco en el suelo y me senté justo a su lado, pegando mi hombro al suyo. La verdad, yo no sé mucho cómo ayudar a la gente cuando se pone así de nerviosa o sensible, soy bastante torpe con los sentimientos. Pero mi madre siempre me dice que cuando alguien la está pasando mal, lo mejor es ponerse al lado para que se sienta acompañado. Eso hacía yo con ella en la cocina cuando la veía triste o cansada por el trabajo. Así que supuse que con esta chica funcionaría igual.
—Es para entrenar... sostiene mejor que un sostén normal —explicó ella, sin mirarme, con los ojos clavados en sus propias manos.
Ya, ahí entendí para qué servía el famoso aparato. Pero la muy tonta se había puesto demasiado tímida por una tontería. Miraba para cualquier lado menos a mi cara, tenía las orejas y el rostro completamente encendidos por la rosácea, y no paraba de jugar con sus dedos, moviéndolos con ansiedad. Tenía todos los síntomas de manual del nerviosismo.
Por suerte, mi mamá solía hablar de estos temas conmigo en casa. Según ella, yo ya estaba en edad de "tratar" con chicas y su mayor miedo era que fuera un idiota insensible o un grosero, así que me había explicado un par de cosas sobre las mujeres. Recordando sus consejos, decidí usar mi sabiduría.
—Bueno, es lo que te tocó —le dije con tono relajado mientras estiraba mi mano sana y le revolvía el cabello con brusquedad, pero con cariño.
Para mis adentros, me sentí un genio. Pensé: «Lo hice perfecto. Afronté una situación súper incómoda para ella de la manera más madura posible. Mi madre estaría orgullosa de mí».
—¿Eh? —respondió ella de inmediato.
Se acomodó el cabello que le dejé alborotado y me miró directo a los ojos. Tenía una cara de confusión total y el ceño tan fruncido que casi se le juntaban las cejas. ¿Lo hice mal? ¿Qué dije? No entendía nada. En serio, es mil veces más fácil tener amigos hombres, a los golpes nos entendemos al toque.
—Tener pechos —le aclaré, mirándola igual de confundido por su reacción.
—Y sí, soy mujer —respondió ella, subiendo el tono, todavía más desconcertada—. ¿De qué estás hablando, Baji?
—De que te sientes insegura con eso —le respondí, completamente seguro de mi teoría. Mi mamá me había dado todo un discurso sobre cómo las chicas a veces se ponen inseguras con sus cosas hormonales o con sus cuerpos, y que los hombres no teníamos que andar de burlones, sino calmarlas y hacerlas sentir seguras. Pero el manual de mi vieja no estaba funcionando con esta chica.
—¡No me siento insegura! —soltó ella de golpe.
De la nada, se le formó una sonrisa limpia en los labios y empezó a reírse de mí, lo que hizo que ahora el que frunciera el ceño a mil por hora fuera yo.
—Lo utilizo porque sostiene mejor para el ejercicio y ya me quedó la costumbre de usarlo, no tiene absolutamente nada que ver con una inseguridad —explicó, mirándome como si yo fuera el bicho raro de la habitación.
Me crucé de brazos, mirándola de reojo mientras ella se terminaba de reír de mi gran discurso de caballero. Definitivamente, entender a las mujeres era un tema completamente aparte...
Poco después, ella se levantó como pudo y se metió al baño, dejándome solo en la habitación. Me quedé ahí sentado en el suelo, mirando hacia la puerta cerrada. La verdad, en cierto punto me daba un poco de intriga saber el tamaño real de sus pechos sin esa cosa encima, pero más allá de eso, pensándolo bien, su cuerpo era magnífico. La admiraba bastante; no muchas chicas tienen su cuerpo entrenado al nivel de ella, menos en zonas residenciales tan finas como esta, y los cuerpos así de trabajados no son para nada comunes en Japón. Es muy cool.
(Perspectiva de la protagonista)
Cruzo el umbral del baño, cierro la puerta detrás de mí y me dejo deslizar lentamente hasta quedar sentada contra la madera, abrazando mis rodillas. Siento las mejillas hirviendo; la rosácea me tiene la cara completamente encendida.
¿Por qué carajos teníamos que terminar hablando de mis pechos? Sé perfectamente que no lo hizo con mala intención, que Baji es súper directo y no tiene filtros, pero ¡Dios mío! Caí en cuenta de golpe de que es un hombre. O sea, sí, obvio que ya lo sabía, pero tener a un chico de mi edad metido en mi cuarto, hablando tan relajado de mi cuerpo y de mis vendas me vuela la cabeza.
Y encima me pongo a pensar en él... Tiene un gran cuerpo, muy marcado, con los hombros anchos y esos brazos fuertes que se le notaban tanto con la playera de tirantes. Sacudo la cabeza con fuerza, dándome palmaditas en los cachetes para reaccionar. ¡No! No debería estar fijándome en esas cosas. No tengo que distraerme. Bastante mal me siento ya por ser una vaga estas últimas semanas que no entrené por culpa de la pierna, como para encima ponerme a pensar en los músculos de mi amigo.
Es una locura total, tengo que calmarme antes de volver a salir.
Advertencias: lenguaje moderado, menciones de pandillas juveniles, referencias a violencia callejera, armas blancas (navaja), humor, situaciones familiares caóticas y desarrollo de amistad con posible romance.
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El fuego en mis mejillas no había bajado en todo el día; la rosácea estaba en su peor momento, picando y ardiendo como si me estuvieran acercando una plancha a la cara. Pero, honestamente, el malestar físico no era nada comparado con la vergüenza que me carcomía por dentro. Iba a presentarle a Baji a mi padre. ¿Eso era normal entre amigos? Apenas nos conocíamos hace dos semanas y media. Me parecía todo demasiado rápido, pero bueno, él ya me había presentado a su madre antes, y como él tiene más amigos que yo, supuse que eran sus costumbres y que era algo común.
Estaba recostada en mi cama esperando a que llegara, con la mirada completamente perdida en el techo. Sentía que la cabeza me daba mil vueltas. Tenía ganas de desaparecer, de que el suelo se abriera y me tragara para no soltarme nunca más.
De golpe, el timbre cortó el silencio. Quise reaccionar rápido, pero a mi pierna lastimada simplemente no le dio la gana obedecerme. Me impulsé como pude y caminé hacia la entrada arrastrando el pie, frustrada. Cuando salí al pasillo y me asomé a la barandilla de la escalera para mirar hacia la puerta principal, vi a mi padre. Él sabía perfectamente que Baji venía hoy, pero no tenía la menor idea de cómo era. Al verme bajar de esa forma tan torpe, soltó una risita falsa, totalmente burlona, y me sacó la lengua con gracia. Mi padre esperaba a un chico común y corriente; ni se imaginaba el tipo de chico que estaba del otro lado.
Mi padre giró el picaporte y abrió la puerta de par en par. Ahí estaba Baji. Iba a decir algo, pero en cuanto vio la figura imponente de mi padre, se calló de golpe y frunció las cejas, desconfiado.
Yo seguía intentando bajar los escalones lo más rápido que mi lesión me dejaba, que era a paso de tortuga, apoyando un pie a la vez. Baji se quedó parado en el umbral: una mano metida en el bolsillo del pantalón y la otra enyesada, apuntando en ese ángulo raro y torcido. Tenía la cara completamente seria, con una expresión de no entender qué estaba pasando, mientras mi padre lo analizaba de arriba a abajo en silencio, manteniendo su postura impecable. Baji ladeó un poco la cabeza, buscando mi mirada por encima del hombro de mi padre, y en cuanto me vio bajar con dificultad, se le ablandó el rostro y se le formó esa pequeña sonrisa de colmillos que ya le conocía.
—Mi madre te adora —soltó de la nada, con su voz un poco rasposa, mientras asentía levemente.
Llegando a los últimos escalones, escuché a mi padre hacer un pequeño ruido con la garganta, algo desconcertado por el aspecto descuidado de las prendas de Baji. Se hizo un poco hacia el costado y Baji, sin pedir permiso ni dudarlo, aprovechó ese espacio mínimo para meterse a la casa. Mi padre cerró la puerta despacio, dándose la vuelta para no perderse ni un movimiento de la situación, bastante intrigado por el espécimen que acababa de entrar a su sala.
Baji se acercó a mí y me extendió la mano sana.
—Dijo que está encantada porque me hiciste aprobar el examen de historia —siguió hablando como si nada, con su tono rudo pero extrañamente considerado—. Que te va a invitar a comer algo a la casa como agradecimiento.
Me sujetó los dedos con cuidado y me ayudó a bajar el último escalón para que no hiciera fuerza con la pierna lastimada. Aunque sea un chico de la calle y no tuviera el protocolo que yo estaba acostumbrada a ver en casa, su madre lo había educado bien; era un caballero a su manera, dentro de lo que su brutalidad y su naturaleza salvaje le permitían.
Giré los ojos hacia mi padre. Estaba parado a unos metros, mirándonos con una sonrisa de lado, de esas que usa cuando está evaluando, y me hizo una mueca con la cabeza para que se lo presentara.
Le apunté a Baji con el dedo, mirándolo a él primero.
—Papá, él es Baji —dije, tratando de mantener la voz firme a pesar de los nervios. Luego miré a Baji—. Baji, él es mi padre.
Baji se dio la vuelta por completo para encararlo. No tenía ni una pizca de modales refinados ni saludó con una reverencia formal, pero clavó sus ojos oscuros en los de mi padre, sosteniéndole la mirada con total seguridad, sin achicarse ni un segundo ante la presencia de un hombre que claramente desbordaba autoridad.
—Buenas tardes —dijo Baji, asintiendo con la cabeza de forma seca, manteniendo la mano sana en el bolsillo.
Mi padre lo miró fijamente, detallando su cabello largo, su postura relajada y el yeso, para luego extenderle la mano con una cortesía impecable, aunque con una distancia evidente.
—Mucho gusto, Baji. Había escuchado de ti, aunque admito que me toma por sorpresa tu... estilo —comentó mi padre, con un tono refinado y una sonrisa educada que ocultaba perfectamente lo que realmente estaba pensando—. Pasa a la sala, por favor. No queremos que mi hija pase más tiempo de pie con esa pierna.
Baji lo miró bastante mal por el comentario anterior. Él tenía la mecha extremadamente corta; con cualquier detalle insignificante explotaba y ya cargaba con varias peleas encima. Baji no era tonto, y pude notar perfectamente cómo reprimía todos sus impulsos de lanzarle un golpe a mi padre.
—Vamos a ir a la habitación de su hija —dijo Baji con una pequeña sonrisa de lado. Todos en esa entrada sabíamos perfectamente a qué estaba jugando: quería marcar territorio y desafiar a la autoridad, y su plan habría funcionado si mi padre no hubiera sido exactamente igual a él durante su adolescencia.
—Yo puedo llevarla hasta arriba —insistió Baji, buscando seguir pinchando a mi padre. O al menos eso creía él.
La realidad era que mi padre se estaba haciendo el fuerte y el refinado solo para molestarlo. Si en la puerta hubiera aparecido un chico con corbata y modales impecables, mi padre se habría comportado como alguien sumamente relajado a quien no le importaba nada. Él era un hombre joven, comprensivo y muy libre, pero en su momento las había hecho todas y juntas; le llevaba varios años de ventaja a Baji en eso de conocer la calle. Ahora era un abogado respetado, del lado de la justicia y de la ley, pero hubo una época en la que salía a delinquir. No al nivel de pertenecer a una gran pandilla, pero sí tuvo alguna que otra pelea pesada y ciertos asuntos turbios. Se calmó por completo cuando conoció a mi madre, pero ahora fingía ser el hombre más correcto del mundo por el mero hecho de fastidiar, y con alguien tan impulsivo como Baji, la tensión escalaba rápido.
—No lo molestes, papá —intervine antes de que la situación pasara a mayores.
Vi cómo la expresión rígida de mi padre se ablandaba de golpe y torció la boca en un gesto de decepción.
—Qué aburrida —se quejó, adoptando una postura mucho más floja y natural.
Baji se quedó completamente descolocado. No entendía nada; me miró a mí, luego a mi padre, tratando de descifrar qué acababa de suceder. Tal vez se lo explicaría más tarde, o tal vez no; esto de tener amigos nuevos era excesivamente agotador.
—Relájate —soltó mi padre, apoyando la mano en mi cabeza para revolverme el cabello de manera afectuosa.
Luego se dirigió hacia Baji con una sonrisa alegre, abrió los brazos de par en par y lo envolvió en un abrazo. La verdad es que no sabía cuál de las versiones de mi padre prefería, pero lo que sí era un hecho era su gusto por provocar a los demás. Tenía que separarlos pronto. Baji se quedó totalmente petrificado por el abrazo; no supo qué hacer más allá de dar una pequeña palmada con su mano sana en la espalda de mi padre. Su rostro era un poema: no entendía absolutamente nada, sin saber si la situación estaba bajo control o si corría peligro.
Mi padre lo soltó, le halagó el cabello largo con un comentario rápido y volvió a volcar su atención en mí. Esto ya era demasiado para mí; no quería hablar con nadie más en lo que quedaba del día. Definitivamente detestaba las bromas de mi padre.
—Luego se ponen de acuerdo con lo que van a comer y me avisan, ¿está bien, preciosa? —me dijo mientras me acomodaba los mechones que me había despeinado y me plantaba un tierno beso en la coronilla.
Aproveché ese pequeño bache de silencio, le señalé la escalera a Baji con la mirada y empecé a subir lentamente, apoyando mi pierna lastimada con cuidado en cada peldaño. Baji caminaba detrás de mí, en un completo mutismo; todo ese suceso familiar había sido demasiado para procesar.
Cuando por fin entramos a mi habitación, me dejé caer en la cama debido al cansancio físico y mental. Baji cerró la puerta detrás de sí.
—Te traje un regalo —anunció con una sonrisa enorme que dejaba ver sus colmillos. Se acercó a la cama y se quitó la mochila de los hombros.
Me incorporé para quedar sentada y él se acomodó justo enfrente de mí. Los dos quedamos en medio del colchón.
—¿Un regalo? —solté, extrañada. Era muy raro que él me trajera algo, ¿por qué querría darme un obsequio?
—Uno es mío y el otro es de mi madre —aclaró mientras revolvía el interior de su mochila, apartando algunos billetes arrugados y un par de envoltorios vacíos—. Mi madre dijo que tenía que regalarte algo por haber ayudado con lo del examen, pero el de ella me pareció algo cursi, así que te traje algo por mi cuenta.
Antes de que pudiera responderle, sacó una pequeña bolsita de tela y me la extendió con orgullo.
Tomé la bolsa y, al abrirla, saqué una cadena de plata muy fina y delicada. Era preciosa: un brazalete pulcro y brillante decorado con detalles de pequeñas flores de pedrería transparente y una hermosa flor central de un tono rosa suave y traslúcido. Tenía un sistema de cierre ajustable con dos pequeñas esferas de plata colgando al final de los hilos. Era, sin duda, la cosa más hermosa que había visto en mucho tiempo.
—Ay, es muy linda... Dile a tu madre que muchas gracias —dije, enternecida, mientras intentaba colocármela en la muñeca.
Baji extendió su mano sana y me ayudó con el cierre de manera torpe pero cuidadosa. Al contacto, sus manos se sentían extremadamente callosas y se notaban lastimadas, especialmente en la zona de los nudillos por culpa de las peleas. La diferencia con mi piel, delicada y cuidada gracias a mis cremas, era abismal.
Luego de asegurarme la pulsera, Baji volvió a meter la mano en su mochila y extrajo otro objeto, ocultándolo dentro de su puño cerrado. Algo sobresalía un poco, pero no lograba descifrar de qué se trataba. Abrió la palma frente a mí.
Al principio me costó entender qué era lo que sostenía. Era un objeto alargado, con un mango negro decorado con un diseño de cintas cruzadas de color rosa pastel y pequeños detalles que simulaban perlas incrustadas. Lo miré con una expresión de total confusión para que me diera una explicación.
Baji, con un movimiento rápido y experto de los dedos, activó el mecanismo del objeto. Con un chasquido metálico, un filo oscuro y puntiagudo salió disparado hacia el frente. El estúpido chico me estaba regalando una maldita navaja automática decorada. Qué imbécil.
—¿Qué demonios, Baji? —exclamé, apartando con cuidado su mano para alejar el arma de mí.
Baji parpadeó, completamente incapaz de comprender mi reacción de rechazo.
—No sabía qué regalarte y esto me pareció bastante útil —respondió con una seriedad pasmosa, como si fuera la conclusión más lógica del mundo. Para él y su entorno de pandillas, regalar armas blancas era el pan de cada día.
—No voy a aceptar eso, Baji. Es sumamente peligroso —dije, totalmente indignada. Este chico no regulaba bien, en serio comenzaba a darme un poco de miedo su falta de sentido común.
—Te enseñaré a usarla. Además es rosa; te gusta el rosa, ¿no? —argumentó con total naturalidad, mirándome fijamente.
Dios mío, este chico definitivamente había entrado en demencia.
disculpa la pregunta, pero borraste la ff de sanemi? 😯
HOLAAA BUENAS, voy a ser sincera, la borre por que no tenía mucho tiempo para escribirla y no quería dejarlas sin historia y es una historia que me gusta y entusiasma demasiado, estoy escribiendola, va a tener la misma historia que la original, voy a cambiar algunas partes pero en general es lo mismo, va a estar mejor escrita y con más detalles y cosas, espero logren entender 🩷🌷🫶
Advertencias: Menciones a una lesión deportiva y referencias al fallecimiento de un familiar. También contiene situaciones de tensión familiar leve y lenguaje coloquial.
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La cena con Baji fue hace apenas cuatro días y, desde entonces, la verdad es que no deja de hablarme. Me hace increíblemente feliz.
Hablar con él es divertido. Siempre tiene algo que decir, alguna ocurrencia inesperada o una forma extraña de ver las cosas que termina sacándome una sonrisa. Poco a poco se está convirtiendo en un gran amigo y me encanta la confianza que estamos agarrando.
Pero esa noche... esa noche todo se descontrola.
A mí me fascina la noche. Es mi momento favorito del día, cuando la casa se queda en silencio y todo parece estar en calma. Acabo de salir de bañarme y me seco el pelo con una toalla mientras disfruto de la tranquilidad, porque en mi casa todos ya duermen profundamente.
Mi plan es perfecto: me queda un anime por terminar y tengo toda la cama para mí.
Mientras me cambio, empiezo a enrollarme las vendas en el pecho. La verdad es que normalmente no me las pongo para dormir, pero como tengo la pierna lastimada y no puedo entrenar, me da un cargo de conciencia terrible. Me siento un poco inútil por estar parada, aunque sé que necesito descansar. Ponérmelas para dormir es mi forma de sentir que no pierdo la costumbre; una tontería mía para no sentirme tan culpable por el parón del entrenamiento.
De repente, un sonido rompe el silencio de la habitación.
Bzzzz... Bzzzz...
Alguien me está llamando al celular.
Voy rápido hacia la cama, medio rebotando para no apoyar mal la pierna, extrañada por la hora. Es rarísimo que alguien me llame tan tarde.
Cuando agarro el teléfono y veo el nombre en la pantalla, el corazón me da un vuelco.
Baji.
—¿Hola? —atiendo, con un "hola" chiquito y tranquilo que contrasta por completo con lo que escucho del otro lado.
Su voz suena extraña. Agitada.
No logro descifrarla bien. ¿Está preocupado? ¿Nervioso? No, imposible. Baji y los nervios no parecen ir en la misma frase.
Pero todo cobra sentido cuando habla.
—Estoy yendo para tu casa, necesito que me ayudes con lo de la escuela.
La sangre se me hiela por completo.
Siento que la Tierra se detiene de golpe.
Todas las frases de auxilio del mundo cruzan mi mente al mismo tiempo. «Trágame, tierra», «que me parta un rayo», cualquier cosa.
La cara se me calienta de golpe y siento la rosácea subir por mis mejillas a toda velocidad.
Dios mío.
—¡¿Qué?! ¡No, pará, Baji! ¡Es tardísimo! —intento frenarlo, completamente desesperada—. No podés venir a esta hora, mis papás están durmiendo y...
—Ya casi llego, no tardo nada.
Me interrumpe, ignorándome por completo.
Y corta.
Así, sin más.
Me quedo mirando la pantalla en shock, con el teléfono todavía pegado a la oreja.
Intentar convencer a la cabeza más dura de todo Japón es una batalla perdida desde el principio.
¡El problema es que el muy tonto no me está pidiendo permiso, simplemente me está avisando que ya está en camino!
Me quiero morir del susto.
¿Cómo voy a explicarle esto a mis padres si lo escuchan entrar?
"Hola, sí, un chico vino a mi habitación en mitad de la noche".
Es terrible.
El pánico empieza a llenarme la cabeza y me hace caminar en círculos por la habitación. No sé qué hacer, cómo reaccionar ni dónde esconderme. Conociendo a Baji, sé perfectamente que, cuando se le mete algo entre ceja y ceja, es imposible hacerlo cambiar de opinión.
Me miro las manos terminando de ajustar las vendas, escucho el silencio de la casa —que hace apenas unos minutos me resultaba tan reconfortante y ahora parece una bomba de tiempo— y solo puedo pensar una cosa.
Por favor, que no me descubran.
Termino de acomodarme las vendas y me siento en la orilla de la cama. Me quedo mirando fijamente el teléfono, esperando a que la bomba explote.
La verdad es que ya no puedo hacer nada más.
De repente, la pantalla se ilumina y el teléfono vibra.
El mensaje me deja helada.
Baji: Abrí la ventana.
Mis dedos se mueven a toda velocidad sobre el teclado.
Yo: ¿¿Ventana??
Baji: La de tu habitación.
Miro de reojo hacia el balcón, con el corazón en la boca.
¿Se trepó por ahí?
¿En serio subió por el balcón?
Me levanto como puedo, arrastrando la pierna lastimada con cuidado de no hacer ruido, y me acerco al ventanal.
Destrabo la ventana y la abro apenas.
Ahí está.
Es él.
Abro el ventanal un poco más, lo suficiente para que pueda pasar, y Baji entra a mi habitación como si fuera el patio de su casa, sacudiéndose el frío.
—Abrí más rápido la próxima, hace un frío horrible afuera.
Lo dice con una naturalidad y un volumen que me ponen los pelos de punta.
Dudo muchísimo que en su casa le hablara así de fuerte a su mamá a estas horas.
—¡Hablá más bajo! Mis papás están durmiendo —le pido en un susurro desesperado mientras cierro la ventana a toda prisa, rogando al cielo que nadie se haya despertado.
Pero a Baji parece importarle muy poco mi advertencia.
No me presta atención ni un segundo.
Sus ojos oscuros ya recorren cada rincón de mi habitación con curiosidad.
En una de sus manos lleva un cuaderno arrugado y un lápiz, pero, en lugar de sentarse, empieza a caminar de un lado a otro.
Abre mis cajones, revisa mis cosas y observa todo como si estuviera en un museo.
—Sí que tienen dinero en tu casa.
Comenta aquello mientras examina los detalles de la habitación.
—¡Dejá de tocar eso! —susurro, sintiendo cómo la rosácea vuelve a encenderme las mejillas por los nervios.
Intento frenarlo como puedo.
Lo agarro del brazo para llevarlo hacia el escritorio que tengo al lado de la ventana, pero él es pura fuerza y, además, tan inquieto que, para cuando consigo sentarlo, ya revisó media habitación.
Mientras sigue entretenido tocando algunos adornos del escritorio, por fin me explica el verdadero motivo de su visita nocturna.
No estudió nada.
Absolutamente nada.
Tiene que ponerse al día sí o sí, pero mira las hojas y no entiende una sola palabra.
Lo dice con una frustración que se le nota en la cara.
Me explica, con un tono mucho más apagado que el habitual, que no quiere volver a repetir el año.
No quiere que su mamá se decepcione de él.
Necesita ayuda urgente y, por alguna razón, decidió que yo era su última salvación.
Lo miro ahí sentado, con su cabello largo, su apariencia de chico rudo y el lápiz entre los dedos como si fuera un objeto completamente desconocido.
Y el enojo se me pasa un poco.
Sigue siendo un peligro tenerlo ahí a esas horas. Sigue siendo una locura que haya escalado hasta mi balcón en mitad de la noche.
Pero verlo tan preocupado por su mamá me hace darme cuenta de algo.
Detrás de toda esa impulsividad, detrás de esa forma caótica que tiene de hacer las cosas, Baji realmente es un buen chico
Me paro al lado de él, que ya se está entreteniendo jugando y dando vueltas en mi silla giratoria. Acerco la mirada para observar su cuaderno y... Dios mío. Mierda, este chico solo tiene dos hojas locas y, para colmo, están pésimamente escritas. No solo no estudió, sino que tampoco sabe escribir bien; la ortografía es terrible. Qué desastre. Por suerte, mi salvación aparece doblada entre las hojas: un itinerario con el temario completo del examen. Ahí está todo lo que tiene que estudiar. Menos mal, porque de las clases actuales yo no sé absolutamente nada.
—¿Sabes esto? —pregunta Baji, mirándome desde abajo.
Su expresión me da cierta ternura. Tiene el ceño fruncido y se le nota genuinamente preocupado por la situación.
—Sí, espérame que busco mis cuadernos. Es historia, no es tan difícil —le digo mientras me doy la vuelta hacia una cajonera que tengo en una esquina del cuarto.
Yo terminé la escuela el año pasado. Con Baji tenemos la misma edad, dieciocho años, pero como él repitió el curso, todavía sigue atrapado en la escuela.
—¿Tienes cosas guardadas de la escuela? —suelta desde la silla, con un tono entre sorprendido y burlón.
Ignoro su comentario y solo le digo que sí con la cabeza. Claramente me está juzgando por ser tan ordenada y guardar mis apuntes.
Me acerco de nuevo al escritorio con mis cuadernos viejos en la mano. Apenas Baji los ve llegar, suelta un quejido y deja caer la cabeza con pesadez sobre la madera de la mesa, completamente rendido antes de empezar. Sin pensarlo mucho, le agarro el cabello largo con cuidado pero con firmeza y le levanto la cabeza. Él me clava una mirada de pocos amigos, entrecerrando los ojos; sé que va a decir alguna estupidez o a quejarse, pero no lo dejo ni hablar.
—Tienes que estudiar —le digo con tono firme.
Me alejo un poco y me apoyo en mi cama, que está justo al lado del escritorio. Me siento con cuidado, estiro la pierna lastimada sobre un almohadón grande para que descanse y abro el primer cuaderno.
Mi cerebro se está derritiendo por completo. Esta chica es una sargento. ¿Quién diría que con sus cachetes rojos y su habitación toda rosa iba a ser así de estricta? No me deja descansar ni un solo segundo. Si me distraigo tantito, me da un golpe ligero con el lápiz en los nudillos para que reaccione. No me deja mirar a otro lado que no sean los benditos libros. Los emperadores muertos ya me tienen cansadísimo y siento los ojos pesadísimos.
Pero noto que a ella también se le están cerrando. Mañana tengo clases temprano y el sueño, de a poco, se va apoderando de los dos. Para estar más cómodos, decido moverme y me acuesto a su lado en la cama con el libro en la mano, mientras ella me sigue explicando algunas fechas en voz baja. A pesar de que es dura para enseñar, tengo que admitir que es una buena maestra; las cosas importantes y los detalles ya se me quedaron grabados.
Un rayo de sol directo en la cara me despierta. Miro a mi alrededor un poco confundido y me doy cuenta de que nos quedamos completamente dormidos. A mi lado está ella, profundamente dormida. Se ve muy tierna; incluso descansando mantiene ese color rojo natural en sus mejillas por la rosácea. Giro un poco la cabeza hacia la mesa de noche para ver el reloj: faltan cuarenta minutos para que empiecen mis clases. Si me apuro, llego bien.
En ese momento, ella empieza a moverse, se despierta de golpe y se endereza en la cama. Se me queda mirando un segundo, luego mira hacia el frente con los ojos entreabiertos. Es la primera vez que la veo tan desorientada, con el cabello un poco revuelto.
—¿No tienes que ir a clases? —suelta con la voz ronca del sueño mientras se estira, se pone unas pantuflas y estira la mano para acariciar algo al final de la cama.
Levanto un poco la vista y me quedo helado. Hago un ruido de afirmación con la boca, pero toda mi atención se desvía hacia la punta del colchón: hay cuatro gatos acurrucados, estirándose perezosamente.
Esta habitación es mi maldito sueño. Me pongo a mirar bien las paredes y las repisas. Tiene una biblioteca repleta de mangas y cómics, una consola nuevecita con el juego que llevo meses queriendo probar, y ahora resulta que también tiene gatitos. No tengo idea de por dónde entraron ni de dónde salieron, pero esto es el paraíso. Me acerco a los gatos y empiezo a acariciarlos; son súper mimosos y buscan mi mano. En serio, me dan ganas de quedarme a vivir aquí el resto de mi vida.
Veo que ella se levanta y se mete por una de las puertas que tiene el cuarto. Me da curiosidad, así que me levanto y me paro cerca de la puerta a esperarla. Cuando sale, se asusta un poco al verme ahí plantado y me mira con el ceño fruncido.
—¿Quieres pasar al baño? —pregunta levantando una ceja, divertida por mi cara de intriga, mientras se hace a un lado para dejarme pasar.
Miro hacia adentro y... ¡es un baño propio! Mierda, esta chica sí que tiene dinero. Es un baño normal para una sola persona, ni muy grande ni muy chico, pero lo tiene todo metido en su propia habitación. Me meto y me pongo a chismear sus cosas: una plancha para el cabello (creo que es eso, mi mamá tiene una parecida), vendas de repuesto por todos lados, maquillaje y un montón de cremas para la cara. Todo ordenado y limpio, muy genial.
Cuando salgo, la encuentro sentada en el piso acariciando a sus gatitos, que están súper juguetones.
—Ya me tengo que ir —le digo, agarrando mi cuaderno arrugado y el lápiz, esperando a que camine hacia la ventana para abrirla.
—Puedes salir por la puerta principal, mis padres ya están trabajando a esta hora —dice ella, caminando hacia otra puerta.
La sigo con la mirada. Esta habitación tiene como tres puertas: la del baño, la de salida y otra que no sé a dónde da, pero algún día lo sabré. Es jodidamente genial este cuarto. Ella abre la puerta y salimos al pasillo. Mientras la sigo, voy mirando la casa; no es una mansión gigante, pero está increíble. Todo limpio, ordenado y con decoraciones bonitas. Al bajar las escaleras, noto que hay varias fotos colgadas en la pared. Son fotos de ella de pequeña y de su familia. Por lo que veo, solo aparecen ella y su papá. Es hija única, fija que está súper mimada.
Llegamos a la entrada y ella me abre la puerta principal para que salga a la calle. Me acomodo la mochila y la miro de reojo con una sonrisa traviesa.
—Hoy en la noche vuelvo para jugar con tu consola —le suelto de golpe, dándome la vuelta rápido para caminar por la acera antes de que me diga que no.
A la distancia alcanzo a escuchar cómo me grita que ni lo piense, pero ya es tarde; ya decidí que voy a regresar.
Cierro la puerta con cuidado y una sonrisa enorme me delata por completo. Me quedo mirando la madera un momento, con el corazón todavía latiéndome a mil por hora, pero con una sensación hermosa en el pecho. ¿Así se sentían las pijamadas con amigos? Qué lindo. Realmente me gustaba pasar el tiempo con él.
—¿Qué debería hacer si mi hija trae a un chico a escondidas a la casa? —una voz a mis espaldas rompe el silencio.
Pego un brinco del susto, sintiendo que el alma se me sale del cuerpo. ¡Mierda! ¿Qué carajos hace mi papá acá? Dios, que me trague la tierra, que me parta un rayo, todas las frases de auxilio del mundo vuelven a pasar por mi mente. Me giro despacio, muerta de la vergüenza, y lo veo. Mi papá me sonríe levemente, apoyado contra la pared. Como me tuvo muy joven, es un padre súper comprensivo y moderno, pero esta es la primera vez en mi vida que hago algo así. No sé dónde meterme.
—No... no es lo que parece —consigo modular, queriendo que la tierra me trague.
Él sonríe un poco más y se acerca a mí con paso tranquilo. ¿No está enojado? Ay, no sé, la verdad es que solo quiero correr a mi cuarto, taparme con las sábanas y morir de la pena.
—Explicámelo entonces —pide con ese tono sereno de siempre, el que usa cuando quiere transmitir de verdad. Se para frente a mí, estira su mano y me acaricia suavemente la mejilla con el pulgar.
—Es... es un amigo que necesitaba ayuda urgente con la escuela. Vino, lo ayudé a estudiar y ya... Pero es solo mi amigo, nada más, en serio —las palabras se me trastabillan por los nervios. Siento un ardor insoportable en la cara; la rosácea me debe tener el rostro completamente encendido, rojo como un tomate.
Mi papá me mira fijo un segundo, se ríe bajito por mi desesperación y me envuelve en un abrazo cálido, de esos que te desarman. Apoya su mentón en mi cabeza y me susurra al oído:
—Te estoy criando solo —dice con una mezcla de cariño y cansancio tierno, para luego alejarse un poquito y mirarme a los ojos—. Siempre sé sincera conmigo y no me compliques las cosas, ¿sí? Confío en ti.
Me da un beso tierno en la frente. Mis papás me tuvieron cuando apenas tenían diecisiete años, y mi mamá falleció cuando solo tenía veintiuno. Mi papá me crió prácticamente solo desde entonces. Siempre me repite eso, que lo ayude siendo honesta. Es el hombre más amoroso del mundo y hace todo lo posible por darme lo mejor, aunque sé que hay cosas de chicas que todavía no sabe muy bien cómo manejar.
—Está bien, papá —respondo, sintiendo cómo el aire me vuelve al cuerpo. Él siempre tiene ese superpoder de transmitirme calma absoluta—. Esto... hoy seguramente venga de nuevo a jugar a la consola —suelto de golpe, hablando rapidísimo antes de arrepentirme.
Decir un "seguramente" es un "claramente", porque conociendo a Baji, el tipo va a caer en mi balcón o por la puerta principal sí o sí. Es mejor avisar desde ya para no empeorar las cosas, aunque los nervios se me vuelven a poner de punta.
—Está bien —asiente mi papá, dándose la vuelta para caminar hacia la cocina—. Luego me lo presentas formalmente, princesa —me dice con un guiño antes de dejarme sola en el pasillo.
En cuanto se va, me dejo deslizar por la pared y me siento directo en el piso, suspirando con fuerza. Demasiadas emociones para una sola mañana. Entre Baji trepándose a mi habitación, los exámenes, los gatos y mi papá atrapándome in fraganti, siento que la cabeza me va a estallar. Solo quiero volver a mi cama rosa, abrazar a mis gatitos y dormir por diez horas seguidas.
Izuku no elegiría un restaurante elegante ni un sitio lleno de gente. Buscaría un lugar tranquilo, bonito y lo bastante apartado como para que ninguno de los dos se sintiera incómodo. Un lago escondido a las afueras de la ciudad, rodeado de árboles y senderos poco transitados, sería exactamente el tipo de lugar que escogería.
La orilla estaba cubierta de césped suave y flores silvestres que crecían sin orden entre el verde. El agua permanecía casi inmóvil, reflejando el cielo como un espejo. A medida que avanzaba la tarde, los colores del atardecer comenzaban a teñir la superficie de tonos dorados, naranjas y rosados. El aire era fresco, tranquilo, y el único sonido constante era el del viento moviendo las hojas de los árboles.
–––
Izuku había pensado en pedirte que fueras su novia desde antes de que comenzara la salida. De hecho, llevaba días imaginando cómo hacerlo. Había preparado algunas palabras, repasado distintos escenarios y tratado de convencerse de que podía decirlo sin ponerse demasiado nervioso.
No funcionó.
Durante toda la tarde estuvo más inquieto de lo normal. A veces parecía distraído, otras se quedaba callado de repente o tardaba demasiado en responder cosas simples. Cada vez que pensaba que había encontrado el momento perfecto, los nervios terminaban ganándole.
Lo peor era que seguramente ya sospechabas algo. Habían salido juntos varias veces antes y conocías lo suficiente a Izuku para notar cuando algo ocupaba toda su cabeza.
Las horas fueron pasando y la confesión que había planeado para el mediodía nunca llegó. Sin darse cuenta, terminaron caminando junto al lago mientras el sol comenzaba a bajar. Fue entonces cuando entendió que si seguía esperando un momento perfecto, probablemente nunca lo haría.
Así que respiró hondo, reunió todo el valor que tenía y decidió decirlo de una vez.
"Cuando estoy con vos me siento feliz de una forma que no me pasa con nadie más. Y... me gustaría saber si te gustaría que intentáramos esto juntos. Si te gustaría ser mi novia." 💚✨
☆ Bakugo Katsuki
Bakugo no elegiría un sitio especialmente romántico. Buscaría un parque tranquilo, de esos donde casi no pasa gente, con senderos silenciosos y varios árboles alrededor. Probablemente te llevaría hasta un banco algo alejado del camino principal, un rincón donde nadie pudiera interrumpirlos.
No sería un lugar impresionante, pero sí cómodo y privado. Lo suficiente para poder hablar sin sentirse observado. El sonido del viento entre las hojas y la tranquilidad del lugar serían más que suficientes para él.
–––
Bakugo ya lo había pensado antes. No fue una decisión impulsiva, pero tampoco algo que hubiera planeado durante semanas. Simplemente llegó un punto en el que sintió que debía decirlo.
Mientras estaban sentados juntos en aquel banco, hablando como siempre, encontró el momento adecuado. Sin grandes discursos ni demasiadas vueltas.
Para él era algo simple: le gustabas y quería que lo supieras.
—Me gustás. Y ya que estamos, quiero saber si querés ser mi novia.
Tan directo como él mismo. Sin adornos, sin vergüenza y sin intención de ocultar lo que sentía.
☆ Shoto Todoroki
Shoto no pasó semanas buscando el lugar perfecto. De hecho, el sitio en sí no era lo más importante para él. Lo que sí tuvo en cuenta fue la época del año.
Sabía cuánto te gustaba el invierno.
Por eso eligió un sendero tranquilo cubierto de nieve, rodeado de árboles cuyas ramas blancas parecían sacadas de una postal. El aire era frío, pero agradable, y cada paso dejaba huellas marcadas sobre la nieve recién caída. Antes de encontrarse con vos, pasó a comprar un par de bebidas calientes, probablemente café o chocolate caliente, además de algo dulce para compartir durante el paseo.
Era un lugar simple, silencioso y acogedor. Exactamente el tipo de paisaje que sabía que te haría feliz.
–––
La confesión de Shoto no fue algo impulsivo, pero tampoco un discurso preparado palabra por palabra. Había pensado en lo que sentía y decidió que quería decírtelo.
Mientras caminaban por el sendero nevado, compartiendo las bebidas calientes y conversando como siempre, encontró el momento adecuado. No parecía nervioso por fuera, aunque sí estaba prestando más atención de lo normal a cada una de tus reacciones.
Cuando habló, lo hizo con la misma honestidad tranquila que lo caracterizaba.
No intentó impresionarte ni buscar palabras especialmente románticas. Simplemente fue sincero.
Te explicó que disfrutaba pasar tiempo con vos más que con cualquier otra persona. Que las conversaciones parecían más fáciles cuando estabas cerca y que, de alguna forma, había empezado a sentirse cómodo y seguro a tu lado. Algo que no le ocurría con frecuencia.
Para Shoto, esos sentimientos eran importantes.
Por eso, después de decir lo que pensaba, te miró directamente y preguntó si te gustaría salir con él.
—Me gusta estar con vos. Me siento tranquilo cuando estamos juntos... y me gustaría seguir compartiendo más momentos así. ¿Te gustaría salir conmigo?
No fue una confesión exagerada ni llena de grandes promesas. Fue algo mucho más propio de él: sincero, cálido y completamente honesto.
☆ Eijiro Kirishima
Kirishima no elegiría un único lugar para confesarse. En su cabeza, una ocasión tan importante merecía una cita completa. Quería que fuera un día divertido, especial y lleno de buenos recuerdos.
Primero los llevaría al cine para ver una película que sabía que podrían disfrutar juntos. Después, al acuario, porque le parecía un lugar tranquilo donde podrían caminar y hablar sin prisas mientras observaban los enormes tanques llenos de peces y luces azuladas. Finalmente, terminaría la cita con una cena que insistiría en pagar él mismo.
Según Kirishima, era lo correcto. Lo suficientemente "varonil" para una ocasión importante.
–––
Después de la cena, cuando ya habían pasado varias horas juntos y el día estaba llegando a su fin, decidió reunir valor y decirlo de una vez.
Te contó lo mucho que disfrutaba estar con vos, lo feliz que lo hacían los momentos que compartían y lo importante que te habías vuelto para él.
Entonces, algo nervioso pero sin apartar la mirada, te preguntó si le darías la oportunidad de ser tu novio.
—Me gustás mucho. Y quería saber si me darías la oportunidad de ser tu novio.
Después sacó un pequeño regalo que había llevado consigo todo el día: dos brazaletes a juego. Uno para vos y otro para él, porque le gustaba la idea de que ambos tuvieran algo que los uniera.
☆ Denki Kaminari
Denki elegiría algo completamente distinto a una cita tranquila. Te invitaría a una feria nocturna o a un parque de diversiones lleno de luces de colores, música, puestos de comida y atracciones funcionando por todas partes.
Desde que llegaran, intentaría que probaran de todo. Juegos donde seguramente perdería intentando impresionarte, puestos de comida donde compraría más cosas de las que realmente pueden comer y atracciones en las que terminarían riéndose durante todo el recorrido. El ambiente sería ruidoso, caótico y lleno de energía, exactamente el tipo de lugar donde Denki se siente más cómodo.
Sin embargo, cuando llegara el momento importante, te alejaría poco a poco de las zonas más concurridas. No demasiado lejos, pero sí a algún rincón más tranquilo donde las luces de la feria todavía pudieran verse a la distancia y el ruido llegara amortiguado.
–––
Durante toda la cita, Denki estuvo más animado de lo normal. Hablaba sin parar, hacía bromas y buscaba cualquier excusa para hacerte reír. Pero a medida que pasaban las horas, los nervios comenzaron a acumularse.
Cuando finalmente encontró un lugar un poco más apartado, se dio cuenta de que ahora sí tenía que decirlo.
Y fue un desastre.
Las palabras empezaron a salir en el orden equivocado. Primero decía una cosa, luego se corregía, volvía a empezar y terminaba contradiciéndose a sí mismo. Intentó explicarte que le gustabas, que no quería incomodarte, que no te asustaras, que llevaba tiempo queriendo decirlo y que probablemente lo estaba arruinando todo.
Cuanto más hablaba, más nervioso se ponía.
Hasta que, cansado de luchar contra sus propios pensamientos, soltó todo de golpe.
—¿Sabés qué? Olvidá todo lo que dije. Me gustás. Muchísimo. Y quería preguntarte si te gustaría salir conmigo.
Después de eso se quedó completamente quieto, mirándote.
Advertencias: lenguaje informal, referencias a lesiones, menciones a pandillas, temas de encarcelamiento, cercanía física, tensión emocional, amistad en desarrollo, sentimientos de soledad y apego emocional.
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Apenas crucé el umbral de la puerta, saqué el teléfono del bolsillo con la intención de buscar en el mapa la ruta de regreso a casa. No alcancé ni a teclear la primera letra cuando el impacto de un cuerpo macizo y enorme contra mi espalda me obligó a dar un doloroso traspié hacia delante. El aire se me escapó de los pulmones por la sorpresa. Antes de que terminara de perder el equilibrio, una mano grande y firme se posó sobre mi hombro, sosteniéndome con la fuerza justa para anclarme de nuevo al suelo. Su agarre quemaba a través de la ropa, deteniendo mi inercia.
—Qué bruto... —protesté en un murmullo, girándome sobre mis talones para encararlo.
Al dar la vuelta, la respiración se me cortó por segunda vez. Estábamos ridículamente cerca.
Baji prácticamente acababa de salir tras de mí y yo apenas había avanzado un par de pasos, por lo que quedé arrinconada entre su pecho y la fachada de su casa. Podía oler el aroma limpio de su ropa mezclado con ese toque rebelde que siempre lo acompañaba. Incómoda por la repentina falta de espacio personal y el calor que me subió a las mejillas, di un paso apresurado hacia atrás para recuperar el aire.
—¿Y por qué carajos te quedaste quieta como un poste justo en la maldita puerta? —replicó él, frunciendo el ceño de inmediato.
Esa expresión hosca y amenazante parecía esculpida en su rostro por naturaleza; a estas alturas, ya me costaba saber si estaba genuinamente cabreado o si simplemente era su forma estándar de mirar al mundo.
—Estaba buscando cómo volver a mi casa —respondí, intentando disipar la tensión con una pequeña sonrisa mansa mientras levantaba el teléfono y le mostraba la pantalla iluminada como prueba de mi inocencia.
Baji bajó la vista hacia el teléfono, soltando un resoplido despectivo.
—Deja eso, boba. Yo te llevo —sentenció.
Antes de que pudiera protestar, extendió su mano sana, empujó el teléfono suavemente contra mi pecho para obligarme a guardarlo y dio un paso felino hacia delante, acortando de nuevo la distancia que yo tanto había intentado establecer. Su imponente figura se cernió sobre mí. Se agachó lo suficiente para que nuestras miradas quedaran a la misma altura, obligándome a sostenerle un pulso visual directo. El cabello oscuro le enmarcaba el rostro con cierto desaliño salvaje. Entonces, levantó la mano a un costado de su cabeza, haciendo tintinear un llavero que giraba perezosamente alrededor de su dedo índice.
—¿Quieres ir en la moto? —preguntó. En ese instante, sus labios se curvaron en una sonrisa lobuna que dejó a la vista sus característicos colmillos. Lucía endiabladamente confiado.
Mi ceño se frunció, no por confusión, sino por la absoluta incredulidad que me provocaba su audacia.
«¿Moto?», repetí para mis adentros, sintiendo cómo una mezcla de indignación y asombro me recorría el cuerpo.
¿Este tipo planeaba llevarme a mí, que todavía estaba recuperándome y adolorida, en un vehículo de dos ruedas? Pero lo verdaderamente delirante no era mi estado, sino el suyo. Mis ojos bajaron instintivamente hacia su brazo derecho, completamente inmovilizado por un maldito yeso blanco y rígido. ¿Cómo carajos pretendía manejar, mantener el equilibrio y ponernos a salvo con un solo brazo útil? Las motos ya eran peligrosas de por sí en manos de conductores experimentados; con Baji al volante, a su estilo temerario y encima lisiado, aquello era una sentencia de muerte segura. Además, ponía las manos en el fuego a que ni siquiera se había molestado en sacar la licencia de conducir.
—¿En moto? —dije finalmente en voz alta, arrastrando las palabras con un tono cargado de escepticismo puro.
Baji soltó una carcajada ronca al ver mi obvia resistencia y volvió a erguirse cuan largo era. Pasó por mi lado con total parsimonia, como si la idea de romper las leyes de la física y de la seguridad vial fuera lo más normal del mundo. Al cruzar, su mano libre se estiró y revolvió mi cabello con un toque brusco pero extrañamente afectuoso, despeinándome por completo.
Me acomodé los mechones de la cara con indignación, dándome la vuelta para seguirlo con la mirada mientras me cruzaba de brazos, plantando los pies firmes en la acera.
—Cuando tengas ese brazo completamente sano... —le advertí, elevando la voz para que me oyera bien y arrastrando las palabras con una lentitud exagerada—, tal vez, y solo tal vez, me voy a pensar si tengo las suficientes tendencias suicidas como para subirme a una moto contigo. Mientras tanto, bájate de tu nube.
Baji torció los labios en una media sonrisa descarada, nada afectada por mi negativa. Con un movimiento fluido de la mano sana, deslizó las llaves dentro del bolsillo de su pantalón, haciéndolas tintinear por última vez.
—Qué aburrida eres —soltó, emitiendo un bufido divertido mientras empezaba a caminar a mi ritmo, adaptando sus zancadas largas a mis pasos todavía un poco torpes.
El trayecto de regreso a mi casa tuvo un contraste extraño, casi irreal. Al principio, la caminata estuvo llena de réplicas rápidas y bromas ligeras que me hicieron olvidar el dolor físico, pero poco a poco, el ruido de la calle pareció desvanecerse para dar paso a una atmósfera mucho más íntima y pesada. Baji, que siempre parecía una fuerza de la naturaleza imposible de contener, bajó la voz. Me habló de Kazutora. Me contó sobre su amigo en la cárcel, sobre la culpa, la lealtad ciega y los lazos que ni las rejas de un reformatorio podían romper. Escucharlo hablar con tanta crudeza y devoción me encogió el corazón; descubrí una faceta de él que no se correspondía con el chico salvaje de los colmillos afilados, sino con alguien que cargaba un peso enorme sobre los hombros.
Cuando finalmente nos detuvimos frente a la fachada de mi casa, el silencio que cayó entre los dos se sintió casi doloroso. El ambiente se había vuelto denso, impregnado de una melancolía que me revolvió el estómago. Me giré despacio para encararlo, clavando la mirada en los escalones de la entrada antes de juntar el valor para mirarlo a los ojos. Tenía que despedirme, pero las palabras se me atoraron en la garganta.
Una punzada de ansiedad, nítida y fría, me atravesó el pecho. «¿Esto es todo?», pensé, sintiendo un vacío repentino. Toda mi vida se había reducido a las paredes de la escuela, a la fría pista de patinaje y a interacciones superficiales con compañeras que jamás pasaban de un saludo cordial. Nunca había tenido un amigo de verdad. Jamás había hecho un plan con alguien, ni compartido una tarde que no estuviera rígidamente programada. Para mí, este día, con toda su locura y sus golpes, había sido lo más cercano a la libertad que había experimentado jamás. Y no quería que terminara.
—Cuando te cures del brazo... ¿ya no vamos a hacer más estas cosas? —pregunté.
Mi propia voz me sonó extraña, tiñéndose de una decepción tan transparente que me avergonzó. Delató por completo lo mucho que me había gustado estar con él, lo mucho que necesitaba ese caos que él traía consigo.
Baji se me quedó mirando, con los ojos oscuros fijos en mí, indescifrables bajo los mechones de pelo que le caían sobre la frente. Por un segundo, la comisura de su labio se tensó, como si la vulnerabilidad de mi pregunta lo hubiera tomado por sorpresa. Se mantuvo en silencio, dejando que el viento de la tarde se colara entre nosotros, y la falta de una respuesta inmediata me hizo desear que la tierra me tragara. Pensé que se burlaría, que diría que solo me estaba acompañando por lástima o por puro aburrimiento.
Sin embargo, rompiendo todas mis expectativas, Baji soltó un suspiro largo y se acercó un paso. Su mano sana se elevó y, con una brusquedad que ya no me asustaba, me dio un pequeño y amistoso golpe con los nudillos en la frente.
—¿Eres idiota o qué te pasa? —dijo, aunque el tono de su voz carecía de cualquier rastro de molestia real—. ¿Crees que te aguanto solo porque tengo un brazo roto y no tengo nada mejor que hacer?
Parpadeé, sobándome el lugar del golpe mientras el calor regresaba a mi rostro, esta vez por una razón diferente.
—No sé... como siempre estás con tus cosas de pandillas y con tus otros amigos... —murmuré, desviando la mirada hacia mi puerta, sintiéndome tonta.
Baji soltó una risotada ronca, de esas que le achicaban los ojos y mostraban sus colmillos. Dio media vuelta, dándome la espalda para empezar a alejarse, pero se detuvo tras avanzar un par de metros. Giró la cabeza por encima del hombro, clavando su mirada brillante en la mía.
—Más te vale que vayas entrenando ese equilibrio tuyo de patinadora —sentenció, ensanchando su sonrisa lobuna—. Porque en cuanto me saquen este maldito yeso, te voy a subir a la moto quieras o no. Y no acepto un "no" por respuesta.
Se dio la vuelta por completo y comenzó a caminar calle abajo, con una mano metida en el bolsillo y su paso desgarbado de siempre, sin mirar atrás.
Me quedé estática en la entrada, mirando su figura alejarse hasta que dobló la esquina. Mi corazón latía a un ritmo acelerado, pero ya no era por el susto del golpe de hace rato, sino por una chispa de emoción genuina que se encendió en mi interior. Toqué la pantalla de mi teléfono en el bolsillo, sonriendo como una boba en mitad de la acera. No me había quedado sola.
Giré la llave de mi casa y entré, sabiendo que, por primera vez en mucho tiempo, tenía algo —y a alguien— por lo que esperar al día siguiente.
Advertencias del capítulo: dinámica familiar conflictiva, gritos/discusiones familiares, tensión social, humor sarcástico, ambiente caótico y Baji siendo un desastre funcional 😭
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La casa de Baji era ruidosa incluso cuando estaba en silencio.
Las paredes parecían guardar ecos de discusiones viejas, de puertas cerrándose fuerte y de alguien gritando desde otra habitación. Desde que había entrado, entendí perfectamente de dónde sacaba él esa manera brusca de hablar, esa costumbre de responder antes de pensar y ese carácter que parecía estar siempre listo para pelearse con el mundo entero.
—¿Y a ti no se te ocurrió ofrecerle agua? —la voz de su madre atravesó el pasillo como un látigo.
Baji, que estaba revolviendo quién sabe qué en su cuarto buscando el manga, soltó un “ya voy” lleno de fastidio.
—No se va a morir de sed.
—Pero sí de vergüenza contigo.
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme.
Eran iguales. Exactamente iguales.
Ella estaba apoyada contra el marco de la cocina con los brazos cruzados, observándolo con una mezcla rarísima entre cansancio y cariño reprimido. Tenía la misma mirada intensa que él, solo que más controlada. Más peligrosa, incluso. Cuando volvió los ojos hacia mí, sentí automáticamente la necesidad de sentarme derecha.
Y después vino el otro reto.
—¿Y por qué la hiciste caminar con esa pierna?
Desde el cuarto se escuchó un “porque dijo que estaba bien”.
—Claro, y si te dice que se tira de un puente también la dejas.
Silencio.
Definitivamente, Baji había perdido esa pelea.
Él asomó la cabeza desde el pasillo, despeinado, irritado y sosteniendo un montón de mangas que claramente había tirado buscando el mío. Me miró unos segundos, como calculando si dejarme sola con su madre era una buena idea o si iba a volver y encontrar la casa incendiada.
Yo tampoco estaba segura.
—Ya vuelvo —murmuró antes de desaparecer otra vez.
Traidor.
Terminé sentada en el comedor frente a su madre, con una mesa impecablemente limpia entre nosotras. El ambiente era extraño. Incómodo, sí… pero no del todo desagradable. Como estar frente a alguien que claramente te está analizando pieza por pieza, aunque sin mala intención.
Ella se acomodó apenas en la silla.
—Eres la primera amiga de mi hijo.
Ah.
Bueno.
Eso explicaba varias cosas.
No sonó como una pregunta, así que no sabía si responder o solo asentir. Pero tampoco parecía una frase lanzada al aire. Era más como… una observación cuidadosamente colocada para ver cómo reaccionaba.
Mi cabeza empezó a trabajar demasiado rápido.
¿Primera amiga?
¿Baji no llevaba gente a su casa?
¿Eso era bueno?
¿Malo?
¿Por qué siento que estoy en una entrevista laboral?
Antes de que pudiera pensar demasiado, ella volvió a hablar.
—¿Cómo se portó contigo hoy?
Tuve que contener una risa nerviosa.
¿Cómo que cómo se portó?
Como un animal callejero apenas domesticado, pero funcional.
Mi mirada se fue un segundo hacia el pasillo donde seguía escuchándose ruido de cosas cayéndose. Seguro estaba destruyendo el cuarto entero por un simple manga.
—Se portó bien… muy caballero —respondí con una pequeña sonrisa.
Y era verdad. A su manera torpe, impulsiva y medio violenta, había intentado cuidarme todo el día. Incluso cuando me hacía enojar.
Ella sonrió apenas, orgullosa.
—Lo crié así.
Sí, bueno… eso era debatible.
Pero antes de que pudiera responder, su expresión cambió apenas. Más seria. Más observadora.
—¿Calificaciones?
Parpadeé.
¿Las mías?
Por un segundo me quedé mirándola sin entender. Después recordé que estaba hablando con la madre de Baji. Claro. Las notas eran prácticamente un tema de guerra en esta casa.
—Ya terminé el secundario —respondí tranquila—. Pero en su momento… buenas.
No hacía falta adornarlo más. No iba a ponerme a presumir ni a dar explicaciones innecesarias. Ella tampoco parecía querer un discurso. Solo levantó una ceja, evaluándome otra vez, como armando una imagen mental de mí en su cabeza.
Sentí que estaba a punto de hacer otra pregunta.
Y sinceramente no sabía si estaba preparada.
Por suerte, justo en ese momento apareció Baji.
Agitado, despeinado todavía peor que antes y sosteniendo el manga como si hubiera sobrevivido una batalla campal para conseguirlo.
—Aquí está.
Me lo extendió rápido, casi demasiado rápido, como si quisiera sacarme de ahí antes de que su madre empezara otro interrogatorio.
Le agradecí enseguida y me puse de pie con el manga pegado al pecho.
Necesitaba escapar antes de que esos dos volvieran a discutir.
Porque iba a pasar.
Se notaba en el aire.
Me giré hacia ella para despedirme.
—Gracias por recibirme…
Casi digo “señora Baji”.
Porque seguía sin saber su nombre.
Y eso me hizo sentir un poco idiota.
Ella parecía demasiado joven para que le dijera señora, además. Tenía esa apariencia de mujer estricta que se mantenía impecable incluso dentro de casa; postura recta, mirada firme, cabello acomodado aunque estuviera retando a su hijo cada cinco minutos.
Al final solo hice una pequeña reverencia incómoda.
—Nos vemos.
Baji me acompañó hasta la puerta mientras detrás de nosotros su madre decía algo sobre acomodar el desastre de su cuarto.
—No exageres, vieja.
—¡Te escuché!
—Era la idea.
Suspiré apenas, escondiendo una sonrisa mientras salía de la casa.
Sí.
Ahora entendía perfectamente por qué Baji era como era.
El vapor subía en ondas calientes desde los fideos brillosos cubiertos de salsa, mezclados con verduras salteadas y trozos de carne. El aroma era intenso, mucho más fuerte de lo que esperaba, y el plato parecía pesar cinco kilos.
Me quedé mirándolo varios segundos.
Después miré a Baji.
Después volví a mirar el plato.
—Dijeron que era para una persona… —murmuré algo titubeante.
Mis manos descansaban sobre mi pierna debajo de la mesa, todavía algo tensas por costumbre. Siempre me ponía rara con la comida cuando había otra gente mirando.
Baji ya tenía fideos en la boca.
Literalmente apenas el plato tocó la mesa empezó a comer.
—No estaba tan loco —dijo mientras masticaba, señalando el plato con los palillos—. Claramente con esto no se llena una persona.
Movió la mano libre con indignación exagerada, como si estuviera por levantarse a denunciar al restaurante por publicidad engañosa.
Lo miré sorprendida.
¿Cuándo comía este hombre?
Era imposible que alguien comiera así de rápido.
—Claro… —respondí despacio.
No podía opinar mucho sobre cantidades.
Toda mi vida había estado llena de restricciones, comidas medidas, horarios exactos y porciones controladas. Mi entrenadora vigilaba esas cosas como un halcón. Por suerte me había dado un poco más de libertad mientras me recuperaba, no demasiado, pero sí lo suficiente para dejarme comer algo “menos estricto” sin mirarme como si hubiera cometido un crimen.
Aun así, ver semejante plato enfrente mío seguía sintiéndose extraño.
Tomé los palillos con cuidado y probé un poco.
El sabor me sorprendió enseguida.
Estaba rico.
Muy rico.
El calor me aflojó el cuerpo casi al instante y seguí comiendo despacio mientras Baji parecía estar participando en una competencia clandestina de velocidad.
Cada vez que sorbía los fideos, sentía su mirada encima.
La primera vez la ignoré.
La segunda también.
A la tercera ya me estaba mirando directamente.
No pasó mucho hasta que abrió la boca para preguntar.
—¿Por qué hacés eso?
Sentí genuino miedo de que me escupiera un fideo encima mientras hablaba.
Tenía la boca llena.
¿Cómo seguía vivo alguien que comía así?
—¿Qué cosa?
Fruncí un poco el ceño.
¿De modales hablaba?
Porque claramente él no era la persona indicada para iniciar esa conversación.
¿Quién lo había criado?
¿Un lobo?
Seguramente.
—Taparte la boca cada vez que comés.
Lo dijo mientras se metía un bocado gigantesco en la boca, contradiciéndose de una manera impresionante.
Parpadeé.
Ah.
Eso.
Sin darme cuenta, tenía una mano cubriéndome la boca mientras masticaba.
Lo hacía automáticamente.
Siempre.
—Me acostumbré a comer así en las competencias… para que no me graben las cámaras comiendo.
Respondí todo junto porque ya conocía cómo funcionaba Baji. Si no le dabas suficiente información desde el principio, seguía preguntando hasta sacar una respuesta completa.
Era absurdamente curioso.
Baji hizo una pausa mientras masticaba.
Después simplemente asintió y siguió comiendo.
Eso también era muy típico de él.
Cuando la respuesta no incluía peleas, incendios, sangre o algo potencialmente ilegal, perdía interés rapidísimo. Se emocionaba esperando una historia increíble y después quedaba decepcionado cuando la explicación era normal.
Lo observé un momento mientras seguía vaciando el plato a una velocidad aterradora.
Cabello negro desordenado.
Las mangas remangadas.
Los dedos sosteniendo mal los palillos.
La cara completamente relajada mientras comía.
Parecía un chico enorme y peligroso… hasta que uno lo veía emocionarse por fideos.
Entonces me acordé.
El cómic.
Había llevado el tomo que íbamos a intercambiar.
Por suerte yo ya estaba bastante llena y Baji… bueno, Baji claramente podría seguir comiendo durante tres horas más. De hecho, estaba mirando mi plato con demasiado interés.
No faltaba mucho para que me pidiera terminarlo él mismo.
Antes de que pudiera hacerlo, abrí el bolso y saqué el cómic cuidadosamente envuelto.
Se lo estiré por encima de la mesa.
—Tomá.
Sus ojos se iluminaron apenas.
Agarró el tomo enseguida y lo apoyó al lado de su plato.
—Me olvidé el mío. Después vamos a mi casa y te lo doy.
Mi cerebro se detuvo.
A su casa.
La frase quedó flotando en mi cabeza mientras él seguía comiendo como si acabara de decir algo completamente normal.
¿A su casa?
La gente normalmente iba a las casas de sus amigos.
Eso era algo normal.
Creo.
Pero… no hacía tanto que lo conocía.
Y además él era…
Bueno.
Baji.
Un delincuente.
Un chico que había estado en peleas, en correccionales y apuñalado.
Aunque nunca me había dado miedo estando con él.
No realmente.
Era brusco, sí.
Ruidoso.
Impulsivo.
Pero jamás me había hecho sentir incómoda de verdad.
Aun así, mi cabeza empezó a pensar demasiado rápido.
¿Y si su mamá estaba ahí?
¿Y si no estaba?
¿Y si era raro aceptar?
¿Y si era más raro negarme?
¿La gente normal pensaba tanto estas cosas?
Mi mente iba cada vez más rápido mientras miraba un punto fijo de la mesa.
Hasta que una mano apareció agitándose enfrente de mi cara.
—Te estoy hablandooo.
Parpadeé y levanté la vista.
Baji me observaba desde el otro lado de la mesa con el ceño fruncido y los palillos todavía en la mano.
—¿Eh?
—Que te quedaste congelada.
Me señaló.
—Hace como un minuto que estás mirando la salsa como si te hubiera insultado.
Sentí calor subir a mi cara inmediatamente.
—No estaba congelada.
—Sí estabas.
—No.
—Sí.
Lo dijo con tanta seguridad que me molestó un poco.
Aparté la mirada y tomé un poco de agua para disimular.
Baji seguía observándome.
Demasiado atento.
—¿Te da miedo ir a mi casa?
La pregunta salió directa.
Sin filtro.
Como siempre.
Casi me atraganto con el agua.
—¡No!
Mi respuesta salió demasiado rápida.
Él levantó apenas una ceja.
Claramente no me creyó ni un poco.
Y eso solo hizo que mi cara se pusiera todavía más roja.
Dios.
Qué chico tan directo.
La pregunta seguía rebotando en mi cabeza incluso después de salir del restaurante.
“¿Te da miedo ir a mi casa?”
Y claramente no me había creído la respuesta.
Mi “no” había salido demasiado rápido, demasiado fuerte, demasiado sospechoso. Encima él me había mirado con esa cara de “sí, claro” que me daban ganas de golpearlo un poco.
Así que, para evitar seguir hablando del tema, terminamos cambiando la conversación hacia cosas completamente triviales.
Bueno.
“Conversación” era una palabra generosa.
Baji hablaba de cualquier cosa que se le cruzara por la cabeza y yo respondía automáticamente mientras intentaba organizar mi mente.
En algún momento, como era totalmente predecible, terminó pidiéndome los fideos que habían sobrado en mi plato.
—¿Te los vas a terminar?
—No.
—Entonces dámelos.
Ni siquiera esperó una respuesta real antes de acercar el plato hacia él.
Lo miré completamente incrédula.
—¿Tenés un agujero negro en el estómago?
—Estoy creciendo.
—Tenés como diecisiete.
—Todavía puedo crecer más.
Mentiroso.
Siguió comiendo como si no hubiera cenado ya suficiente para alimentar a una familia entera.
Yo hablaba.
O al menos fingía hablar.
Porque la verdad era que no estaba prestando atención a nada.
Mi cabeza pesaba demasiado.
A su casa.
La frase seguía ahí.
Rebotando.
Una y otra vez.
Nunca había ido a la casa de un chico.
Bueno… tampoco es que tuviera demasiados amigos.
Mi vida normalmente era entrenamiento, competencias, volver a casa, estudiar y repetir todo otra vez. Incluso las pocas amistades que tenía eran superficiales, compañeras de pista con las que hablaba dentro del club y casi nunca afuera.
Y ahora estaba caminando de noche hacia la casa de Baji Keisuke.
Un delincuente.
Uno bastante grande.
Y absurdamente directo.
Miré de reojo al chico que caminaba a mi lado.
Las manos metidas en los bolsillos.
El cabello negro moviéndose apenas con el viento.
La bufanda mal acomodada.
Caminaba relajado, como si nada del mundo pudiera preocuparlo realmente.
Yo, en cambio, sentía el cuerpo raro.
No exactamente miedo.
Más bien… incomodidad nerviosa.
¿Y si estaba sola con él?
No.
No parecía el tipo de persona que haría algo raro.
Creo.
¿Y si estaba su mamá?
Eso era peor.
Las madres daban miedo.
Más todavía cuando el hijo era como Baji.
Mi cabeza empezó a imaginar escenarios horribles.
¿Y si la madre pensaba que éramos novios?
¿Y si creía que yo era una mala influencia?
No.
Definitivamente él era la mala influencia.
Creo.
Ni siquiera me di cuenta de cuánto habíamos caminado hasta que Baji frenó frente a una casa.
Parpadeé.
Ya habíamos llegado.
Sentí el estómago tensarse automáticamente.
La casa era sencilla, pequeña, cálida. La luz de adentro iluminaba las ventanas empañadas por el frío. Se escuchaba ruido desde el interior, pasos rápidos y algo golpeando probablemente en la cocina.
Baji subió los escalones como si nada mientras yo lo seguía un poco más lento.
Sacó las llaves.
Pero no llegó ni a meterlas.
La puerta se abrió de golpe desde adentro.
Y casi me muero.
—¡KEISUKE, TE JURO QUE SI OTRA VEZ DEJASTE—!
La mujer se frenó en seco apenas me vio.
Era absurdamente parecida a él.
Mismo cabello oscuro.
Mismos ojos afilados.
Misma presencia intensa.
Solo que en versión adulta.
Y claramente estaba a dos segundos de empezar a gritar antes de notar que no estaba solo.
Su expresión cambió tan rápido que me dio miedo.
Parpadeó.
Frunció el ceño.
Después abrió un poco más la puerta.
Y ahí noté algo todavía más aterrador.
Baji también había cambiado completamente.
El chico relajado y ruidoso que venía caminando conmigo desapareció apenas cruzó la entrada de su casa.
—Mamá.
Lo dijo mucho más tranquilo.
Casi obediente.
Me congelé.
No.
No.
Esto era rarísimo.
Era como ver dos animales iguales frente a frente.
Los dos tenían la misma mirada intensa.
La misma energía explosiva contenida.
La misma forma brusca de moverse.
La mujer me observó de arriba abajo con rapidez.
Yo me enderecé automáticamente.
Sentía que estaba frente a una directora escolar.
O peor.
—Buenas noches… —murmuré rápidamente, inclinando apenas la cabeza por reflejo.
Ella siguió mirándome unos segundos más.
Después volvió los ojos hacia Baji.
—¿Y ella quién es?
Directa.
Ahora entendía perfectamente de dónde había salido él.
Baji se rascó la nuca.
—Una amiga.
La mujer levantó una ceja lentamente.
No parecía convencida.
Yo quería evaporarme.
—Vinimos a buscar un cómic —agregó él como si eso solucionara absolutamente todo.
Ella volvió a mirarme.
Sus ojos se achicaron apenas.
Dios mío.
Definitivamente iba a morir ahí.
—Pasen antes de congelarse —dijo finalmente mientras se corría de la puerta.
• La forma en la que discuten y la forma en que se disculpan –Akaashi Keiji,Miya Atsumu,Bokuto Koutarou,Hinata Shoyo,Iwaizumi Hajime,Kageyama Tobio,Kozume Kenma,Kita Shinsuke–