Hey, ¿Lograste verla? —le inquirió al pelinegro, sin poder esta vez mantener su "velo" encima. La noticia de Jade la había destrozado por completo, dejando como única prioridad el estado de su mejor amiga. Ya nada importaba, ni sus caprichos, ni sus mentiras, aún menos su reputación. Absolutamente nada. Se sentía totalmente culpable al no haber acudido a esa fiesta, sin tener oportunidad alguna de poder evitado todo lo ocurrido. Como una idiota no había respondido sus llamados, por el simple hecho de sus estúpidos resentimientos, tales como los de una niña. Y a causa de su infantil actitud, automáticamente había arruinado una vida más. La vida de su justificativo existencial. Cada vez que trataba de imaginar a la joven tendida en una camilla de hospital, con su tersa piel pálida carecente de vida, sin tener chance de volver a ver esos ojos azules cuales la devolvían a la realidad... simplemente ya no soportaba estar un segundo más apartada de ella. Deseaba estar ese mismísimo momento sentada a su lado, dándole buenas vibras, relatando momentos cruciales que ambas pasaron juntas a lo largo de su vida, esperando que diera una alentadora señal. Encontró beneficioso gastar toda la noche anterior leyendo sobre el tema el cual la ojiazul estaba sumida, para avivar esa pequeña chispa de esperanza que al correr los minutos se iba apagando, con la misma rapidez que lo hacía el corazón ajeno— Podríamos estar presenciando una situación aun peor, ¿No crees, cielo? —logró formular, cerrando con pesadez sus ojos, evitando así que las lágrimas que surcaban sus cansados ojos se libraran de dicha prisión. Suspiró con el poco aire que su cuerpo lograba aspirar, puesto a que ni razones para hacerlo tenía la morena. En ese mismo momento el único apoyo que obtuvo en su mísera vida podría estar yéndose directamente a las puertas del paraíso, y su consciente taladraba su cabeza constantemente con la cruel idea— Nate, solo debemos tener esperanza, esta cosa creada por nuestro cerebro hace maravillas, debes creerme —más que para él, esas palabras iban dirigidas para ella. Esas mágicas letras ya no figuraban en su amplio diccionario; esa página había sido arrancada cruelmente de su vida. Tan solo quería refugiarse en los brazos de su ojiazul favorita en todo el planeta tierra, pero puede que esta ya no este el día de mañana. Súbitamente, se encontraba fuertemente aferrada a su hermano, buscando algo de calor para parar de buena vez la solidificación que su corazón comenzaba a sufrir. Sus labios liberaban ahogados sollozos, mientras que las lágrimas corrían una furiosa carrera a lo largo de su rostro. Su castillo de cristal se había roto completamente, y cada pieza caía bruscamente al suelo, oscureciéndose completamente, terminando monótono y sin vida sobre el duro y frío suelo.