Este año no tengo algo cute para San Valentín, pero les traigo mi recopilación de los ecuchi pasándola bien, con 2 dibujos nuevos 👀 (o 1 nuevo y otro del año pasado que nunca subí jeje)
Link a poipiku para los dibujos enteros
La clave es el apellido de don Eloy, patrono del ecuchi (?
Como manda la tradición, este día les traigo a la brotp como viudas de año viejo, y como también indica la tradición cada año que pasa Manu y Pancho salen más fabulosos a bailar en la esquina akadjssk xD
—Hemos tenido un clima estupendo ¿No te parece? —le comentó Manuel al perro que lo acompañaba caminando distraído por el pasillo, una costumbre que había adquirido hace un tiempo.
Lo decía en serio. Las nubes y la niebla seguían mayormente presentes, claro, pero la prolongada falta de temporales capaces de abrir huecos en los muros era algo que no le pasaba desapercibido. Incluso el diluvio desatado tras la llegada de Francisco había durado apenas unas horas antes de menguar y estabilizarse. Eso tenía a la gente de buen humor, esperanzados en que los frutos alcanzaran a cuajar y los techos a cubrirse antes de que asomara el próximo aguacero.
Él también se encontraba de un humor particularmente bueno. No que acostumbrase a estar molesto, solo pensó que sería diferente con la imprevista adquisición de su nuevo esposo, pero lo cierto era que las cosas con el príncipe iban bien. Inesperadamente bien.
Francisco era fácil de tratar. El miedo que exudaba del joven tras su llegada fue decayendo rápido, o al menos lo suficiente para hacerlo espabilar. Todavía se le veía nervioso y melancólico a ratos, pero se esforzaba por adaptarse a la vida del castillo, mostrar buen humor y ser útil, por lo que Manuel se esforzaba también en hacerle las cosas más llevaderas y atender a sus inquietudes de mejor manera que esa primera mañana en el comedor, cuando estalló en carcajadas como no se había reído en mucho, mucho tiempo. O cuando al día siguiente se despertó con el muchacho instalado en su puerta.
“—¿Ropa nueva? —Repitió Manuel con acidez.”
Reconocía que no había reaccionado de la mejor forma ante la primera solicitud de Francisco. Pero en ese momento le había parecido una petición odiosamente estúpida, como si el otro no fuera capaz de entender que las mantas apolilladas y manchas de humedad no eran simples decoraciones para crear ambiente. O tal vez lo había notado y solo estaba siendo un bastardo malcriado. Como fuera, estaba más que dispuesto a pensar lo peor de él.
“—Sí, es que- bueno, verá… —balbuceaba el chico evitando su mirada y frotando nervioso sus manos. Al menos tenía la sensatez de mostrarse avergonzado—. La que traje no es apropiada para este ambiente.
—¿Demasiado elegante para sus tareas mundanas, alteza? —siseó Manuel, listo para asestarle unas cuantas bofetadas verbales al chiquillo si le daba la oportunidad, pero por suerte Francisco se apresuró en poner paños fríos.
—Le aseguro que no es nada de eso. —dijo con suavidad, alzando las palmas frente a él en son de paz—. Pero la señora Marta me advirtió que podría pensar eso en cuanto se lo mencionara. Me aconsejó que mejor debía enseñarle la magnitud del problema.
Eso apaciguó enseguida a Manuel. Si Marta había considerado el tema digno de su atención, entonces debía de ser así. Ya más calmado, acompañó a Francisco hasta su recámara y comprendió que tenía toda razón.
—¿Se supone que esto es… una camisa? —preguntó Manuel, alzando con la punta de los dedos la supuesta prenda. Era un trozo de tela semitransparente surcada por varios hilos dorados y piedras brillantes. Relucía al contacto de la tenue luz de la mañana como si un firmamento de estrellas estuviera cosido a ella, o como si le hubiesen arrancado las alas a un millar de libélulas para prenderlas a una lujosa red.
Francisco bufó, a la vez avergonzado y divertido por sus reacciones y creciente espanto ante el desventurado guardarropa que abarrotaba sus baúles.”
El muchacho le había explicado que se trataba de la última moda en la corte en cuanto a ajuar de novios: telas finas y delicadas repletas de encajes y suntuosas terminaciones; cortes ceñidos al cuerpo, pero de vaporosas mangas; amplios escotes en pecho, espalda y otro buen tanto de sugerentes transparencias. Se notaba que estaba pensado para un clima mucho más cálido, y para enmarcar bellamente su figura e incitar el deseo de su pareja.
Nada de eso le serviría allí. Así que Manuel enseguida le encargó a Marta hacerse cargo del asunto y asegurarse de que Francisco tuviera ropa adecuada, algo práctico y cómodo para el ambiente y vida en el castillo, no fuera a ser que los demás lo acusaran de traer a su esposo en harapos.
A partir de ese momento, y como consecuencia de esa situación, su predisposición hacia el príncipe cambió y una especie de relación cordial comenzó a florecer naturalmente entre ellos, aunque era Francisco quien buscaba constantemente su compañía, como un patito aferrándose a lo primero que había visto al aterrizar en ese nuevo mundo.
Por lo general Manuel se las arreglaba para despachar pronto a cualquiera que lo importunara por demasiado tiempo, pero resultó que no le molestaba la presencia tranquila de Francisco a su lado.
El príncipe solía instalarse todas las tardes en los futones a la esquina de su taller mientras Manuel trabajaba reparando artefactos dañados o preparando ungüentos en el mesón, y se dedicaba pacientemente a remendar calcetas, pantalones y sábanas, o pulir botas y cacerolas, actividades que jamás hubiera imaginado que realizaría de buena gana. Cuando se aburría de pincharse los dedos con la aguja daba algunas vueltas inspeccionando los estantes. Manuel lo observaba de reojo, notando como los ojos del chico se iluminaban o sus cejas se alzaban al dar con algo interesante. A veces cogía frascos, estatuillas, o uno que otro libro, y pasaba los dedos por las ajadas y amarillentas páginas, hojeándolos hasta que el polvo que se levantaba de ellas lo hacía estornudar.
Era un poco adorable, de una forma sencilla y desarmante, y Manuel no podía evitar sentir cierta ternura creciente hacia él.
Eso lo conflictuaba sobremanera. Hubiese preferido que le diera motivos para rechazarlo, que se comportara con arrogancia y altanería hasta hacerse insufrible, para así poder seguir alimentando el desprecio instintivo que sintió al verse tan inesperadamente enlazado a él. Hubiera querido que le diera la excusa perfecta para poder volcar todo el resentimiento que sentía por esa despreciable familia sin culpas sobre él. En cambio, se veía obligado a lidiar con un frustrante conflicto de emociones, donde una parte de él quería mantenerlo lo más apartado posible, y la otra se hallaba incapaz de negarle el acceso a través de las barreras que inútilmente intentó levantar entre ellos.
También estaba el tema de la magia.
La dinastía de los Burgos había prosperado a costa de su linaje y de su gente, usando artimañas para mantener abierto el flujo de magia que era drenada de sus tierras temporada tras temporada. Sin embargo, hace semanas, desde que trajo al príncipe consigo, Manuel sentía su presencia intensificándose. El cambio era débil todavía, casi imperceptible, pero estaba retornando. Notaba que el aire a su alrededor se volvía un poco más denso cada vez que se concentraba; que la carga en la tierra, en las rocas y en las plantas estaba cambiando; que al despertar tenía un cosquilleo en la punta de los dedos, como si su antiguo poder hubiese vuelto durante sus sueños.
“El trato se ha cerrado y la vida puede seguir su curso…”
No había sopesado realmente las implicaciones cuando pronunció esas palabras, aturdido como estaba por lo reciente de la situación. Pero ya con la mente más clara comenzaba a entenderlo: el flujo se había cortado por fin. Después de siglos, el antiguo equilibrio volvería a sus tierras, y no sabía de qué formas extrañas les afectaría. Cómo le afectaría a él.
Se detuvo a medio pasillo al notar una silueta difusa caminando en el jardín trasero.
—¿Cómo fue que llegó allí? —No tuvo que pensar mucho para darse cuenta que se trataba justamente del joven que últimamente poblaba todos sus pensamientos y reflexiones. Nadie iba por ese sector ya que no había huertos ni nada útil que hacer, era simplemente un antiguo paseo abandonado y olvidado en el tiempo.
Lo observó por un rato en silencio a través de la ventana. Estaba a una distancia considerable, pero incluso desde allí podía notar el semblante triste y melancólico del chico mientras se envolvía a sí mismo con los brazos.
Eso bastó para ponerlo en marcha nuevamente.
-o-
—¡Pero por la miéchica! ¡Córrete bestia! —rezongó Muriel al tropezarse otra vez con uno de los perros que rondaban en la cocina, esperando por caricias o cualquier pedazo de comida que cayera de los mesones al suelo.
Francisco escondió una sonrisa escuchando a la anciana despotricando mientras el enorme perro negro y lanudo solo se estiraba perezosamente en el mismo lugar, haciéndole más difícil avanzar. Ya estaba acostumbrado a los reclamos de la irritable pero inofensiva anciana, así como a las risotadas burlonas y comentarios irónicos del resto. Aunque los había sufrido enormemente los primeros días, temiendo que sus amenazas de convertirlo en un sapo verrugoso o un insignificante ratón de campo cada vez que olvidaba tapar la cacerola del arroz o salar las papas se volvieran realidad, incluso luego de que Manuel le asegurara que ninguna de ellas tenía en realidad la capacidad de usar esa clase de magia.
Hasta los gigantescos perros que se acurrucaban frente a la chimenea en el comedor o allí junto a los fogones le habían parecido unas bestias imponentes y tenebrosas; pero con el tiempo entendió que solo eran cachorros como cualquier otro, ansiosos de que les rascaran la pancita, y que las palabras duras de esas personas casi nunca iban en serio. Solo era su forma habitual de relacionarse y mantenerlo en línea mientras se ganaba su lugar entre ellos.
—Están muy malcriados ustedes —continuaba Muriel, esta vez regañando a toda la camada amontonada frente al puchero hirviente de sopa. La miraban atentamente, sin inmutarse ni un poco por su tono severo—. En mis tiempos se las habrían visto feas, manada de haraganes. Entonces sí que había perros de verdad, cazadores astutos y bravos dignos de respeto. Si no hubiese sido por ellos todos nos habríamos muerto de hambre…
—Ay, no empiece… —protestó por lo bajo uno de los chiquitos sentados al lado de Francisco. El trío de niños había tenido la mala suerte de asomarse a la cocina en busca de golosinas justo durante la guardia de Muriel, quien los obligó a quedarse ayudando a Su Real Caracol -como le había apodado ese día- a limpiar lentejas para ganarse el derecho a un postre.
—¿Cómo así? —preguntó Francisco, genuinamente intrigado, al mismo tiempo que el chico. Los dos niños se llevaron las manos a la cabeza instantáneamente, y la pequeña que se había instalado sobre su regazo desde el momento en que entraron en la habitación se bajó de un salto en cuanto vio aproximarse a la enorme mujer.
Francisco se reprendió a sí mismo que ese breve momento de curiosidad le fuera a costar varios puntos de simpatía con los pequeños. Pero tal vez el brillo en los ojos de Muriel lo valiera. La anciana parecía entusiasmada ante la oportunidad de relatar, una vez más, la misma historia que había contado innumerables veces a lo largo de su vida, pero en esta ocasión a alguien que jamás había escuchado nada al respecto.
—Ah, esos sí que fueron tiempos difíciles, los de mi infancia. —comenzó Muriel, deteniéndose un momento para recordarlo bien—. Pasamos varios años con inundaciones y deslizamientos que sepultaban barrios enteros. Fue entonces que el señor decidió abandonar finalmente toda la zona Este y trasladarnos a los pocos que quedábamos dentro del castillo. Se imaginará que tanta lluvia también arrasó con los campos, ni el arroz aguantó mucho sin pudrirse, así que sobrevivíamos a puro grano y papas del silo, carne seca y las tórtolas que caían congeladas en los tejados. Y de la caza, claro. En ese tiempo había cuadrillas de batidores. Eran más grandes aún que estos, con unos ojos que brillaban como antorchas en la oscuridad y un olfato tan fino que podían encontrar un rastro de presas a kilómetros de distancia.
«Recuerdo una tormenta en particular. Yo era muy niña todavía, pero recuerdo que estuvimos casi un mes completo refugiados aquí dentro y las provisiones se acababan. El viento soplaba tan fuerte que parecía que las murallas se iban a derrumbar, y la nieve lo cubría todo, impidiendo salir a buscar alimento. Pero entonces el señor, terco como una mula, se montó el abrigo y con siete de sus mejores perros se aventuró en la tormenta, desafiando al frío y la oscuridad.
Estuvimos dos días esperando, temiendo lo peor. Al tercer día fue que escuchamos los ladridos a la distancia. Corrimos a las puertas y ahí estaba, con sus perros agotados pero triunfantes, arrastrando tras ellos un gran león de montaña y un buen atado de conejos. Aquella carne nos salvó, y a esos perros los teníamos por héroes. A los siete los enterramos en el Patio del Homenaje, junto a los antiguos nobles y señores, y otros grandes sabuesos y corceles. Algún día le mostraré las placas. —Entonces lanzó una mirada severa al grupo que seguía tumbado perezosamente—. Pero ahora, mírelos, con el clima tan bueno y ahí se los ve holgazaneando junto al fuego esperando sobras.
—Tranquila, Muriel, que todavía son cachorros. Ya espabilarán. —suspiró Carmen, que a medio relato había entrado a la cocina para relevarla de su guardia.
—No si dejan que los niños los sigan tratando como mascotitas… —protestó Muriel, viendo molesta como los chiquillos sacaban dos pancitos cada uno de la bandeja que la recién llegada les alcanzó, y huían raudos por el pasillo.
Francisco vio en ambas esa expresión poco frecuente de que estaban a punto de comenzar una discusión en serio, y se adelantó a Marta en su intento por distraer su atención.
—Manuel debió aprender de sus antecesores esa dedicación por su gente. Dígame ¿Se parece mucho a su abuelo? —comentó, buscando desviar la conversación de regreso al relato de Muriel. Intentó pensar en algo más cuando las mujeres solo se lo quedaron mirando—. ¿O a sus padres? Últimamente me he estado preguntado por su familia.
Todos en la cocina se quedaron en silencio por un largo instante. Las tres mujeres intercambiaron miradas significativas entre ellas, como si estuvieran deliberando sobre lo que debían decir y cuál de ellas debía hablar. Finalmente, fue Marta quien rompió el silencio.
—Se parece mucho a sus padres... —comenzó—. Y a su abuelo. Los señores han hecho siempre lo mejor que han podido. El amo Manuel, sobre todo, ha sacrificado mucho por la dedicación hacia su gente, y por eso todos le guardamos gran respeto y aprecio.
—Puede que a veces no lo muestre abiertamente, pero es un hombre muy atento y afectuoso. —complementó Muriel.
Francisco sintió una sensación reconfortante escuchando esas palabras sobre el que era su marido. Quería seguir preguntando, aprender más sobre la familia de Manuel, el pasado del lugar y sus historias. Pero antes de que pudiera formular otra pregunta, Carmen intervino con brusquedad.
—Tal parece que nos hemos quedado sin papas. —declaró, su tono firme retomando el control de las labores—. Altecita, sea bueno y vaya a buscar más al almacén, que todavía queda mucho por hacer antes de la cena.
Algo desorientado por el intempestivo corte de la conversación, Francisco se levantó dispuesto a cumplir lo que le había encomendado, pero en cuanto lo hizo notó los cuatro sacos de papas descansando junto a las alacenas, y entendió que solo quería sacarlo de la habitación y que dejara de interrogarlas.
-o-
Francisco dejó escapar un largo suspiro mientras se alejaba de la cocina, sus pasos resonando suavemente en los pasillos.
No era la primera vez que pasaba, de hecho, se volvía algo habitual que lo apartaran y le escondieran cosas. Era una sensación de desarraigo, como si siempre estuviera en los márgenes, sin pertenecer del todo a este nuevo mundo. Aunque se esforzaba por aprender y adaptarse, se daba cuenta de que aún lo trataban como a un forastero que no debía estar allí y, si bien sabía que era un proceso que le tomaría bastante tiempo, más que las pocas semanas que llevaba conviviendo con ellos, el recordatorio permanente de ser un intruso lo envolvía como la bruma fría que rodeaba permanentemente el castillo.
Con cada paso que daba, se sentía más pequeño, más aislado, más solo. Perdido en sus pensamientos, apenas notó cómo se desviaba de su camino hacia el almacén. Los pasillos parecían alargarse, las galerías se sucedían una tras otra, hasta que finalmente se detuvo, sin saber exactamente dónde estaba. Al levantar la vista, se encontró en un lugar diferente a todos los que había visto antes.
No era como los huertos, ordenados y bien protegidos de las inclemencias del tiempo. El lugar que se abría ante él se había dejado libre de resguardo para que la naturaleza reclamara lo suyo, así como el sendero por el que Manuel lo había traído al castillo. Los caminos de gravilla y piedras estaban desdibujados, apenas visibles entre las altas malezas y los arbustos que crecían sin contención alguna. Flores silvestres de colores apagados se asomaban tímidamente entre el follaje, mientras una fila de delgados árboles, antinaturalmente alineados, flanqueaban el espacio alzándose como colosos marchitos. Al seguir avanzando, sus ojos se posaron con los restos de una fila de asientos ocultos entre las enredaderas, junto a pilares y estatuas rotas cubiertas por gruesos mantos de tierra, musgo y líquenes. En el centro de todo se hallaba una enorme fuente, sus distintos niveles rellenos por múltiples capas de tierra acumulada, hojas secas y ramas caídas sobre las que generaciones de aves y otros animales habían construido nidos y madrigueras.
Francisco se detuvo frente a la fuente, sintiendo cómo el peso del lugar se apoderaba de su ánimo. Al parecer se había topado accidentalmente con los antiguos jardines de recreo, aunque en su estado actual más parecían un cementerio de lo que una vez fue un pasado brillante y glorioso. Otra vista trágica que hacía más evidente su decadencia actual y se transformaba en un reflejo de su propia melancolía. Era un asunto inquietante, y no podía negar que tenía gran atractivo para él y su curiosidad, pero aún no se sentía con la confianza necesaria para intentar abordarlo con sus nuevos vecinos o Manuel, por temor a ofenderlos y que se cerraran aún más con él.
Una ráfaga de viento frío le hizo estremecer y se envolvió instintivamente con sus brazos, deseando haber traído uno de sus nuevos abrigos. La superficie de su ropa ya estaba cubierta con una fina capa de rocío dejado por la niebla a su alrededor. No era tan espesa como el día en que llegó, desde el centro del patio podía ver la parte de los detalles en la fachada del castillo: los altos techos, las grandes ventanas y finas terminaciones bajo una cubierta de enredaderas que amenazaba con tragarlo y hacerlo parte del bosque circundante.
—No ha sido tan malo. —Se dijo, buscando salir del pozo emocional al que se estaba dejando arrastrar.
No había sido tan malo como se estuvo temiendo en un inicio. La vida que llevaba allí no le resultaba del todo desagradable tampoco. Aunque fuesen labores pequeñas, le gustaba ocupar sus días sintiéndose de utilidad, para variar. Dentro de todo, se sentía a gusto trabajando en la cocina y ayudando a servir la comida; estar con los animales en los corrales y en los huertos sin preocuparse por arruinar su ropa; interactuar con la gente sin tanto protocolo y jerarquías marcadas.
Tampoco le disgustaba el entorno, rodeado de bosques y verdor, respirar el aire fresco que se colaba por las mañanas. Pero seguía extrañando el sol, ese sol dorado de las tardes calentando con dulzura su piel, reconfortándolo. Todavía no se acostumbraba al frío permanente y a las múltiples capas de ropa en las que debía envolverse para soportarlo, aunque en algo se compensaba con la calidez de reunirse todos alrededor de la chimenea en el comedor, compartir con los demás, con los niños, los perros… Y Manuel.
Le agradaba Manuel. Era un hombre serio y terriblemente callado, pero era bueno con él y lo trataba con respeto y consideración. Francisco había empezado a notar los pequeños gestos que tenía con él, como el juego de dedales que apareció en su canasto de costura; las velas o la leña extra dejada para el bracero en su habitación los días que sacaba un libro del estante en el taller para leer de noche; o cómo siempre tenía a mano una manta para deslizar sobre sus hombros cada vez que lo veía temblar ligeramente. Eran detalles discretos, pero que apreciaba enormemente pues daban cuenta de su preocupación y atención.
Solo quisiera que le hablara más. No le molestaban las largas pausas en silencio, pero sí le gustaría poder conversar más seguido y libremente con él. Tenían temperamentos similares y estaba seguro de que se llevarían bien, tal vez incluso llegaran a volverse amigos, si tan solo pudieran conocerse mejor. Se le hacía evidente que a Manuel no le gustaba hablar mucho sobre sí mismo. Sus conversaciones, aunque cordiales, rara vez se desviaban de lo necesario y cuando lo hacían, Francisco notaba cómo el hombre rápidamente cambiaba de tema o encontraba alguna razón para excusarse.
Entendía que debía darle su espacio y acabaría soltándose con el tiempo, pero le estaba resultando demasiado difícil respetar sus ritmos cuando se sentía tan solo y desesperado por un contacto más íntimo. Anhelaba tener otra vez, aunque fuera una sola conexión autentica y profunda. Necesitaba con urgencia volver a sentir esa sensación familiar y de pertenencia que había perdido de golpe. Se sentía tan solo y perdido entre esa gente.
Francisco sintió el peso del grueso manto de piel extendiéndose sobre sus hombros, su tibieza abrasándolo de forma reconfortante, disipando parte de sus lamentaciones. Alzó la vista para encontrar a Manuel acuclillado frente a él, prendiéndole con cuidado el broche de madera para afirmar la capa en su lugar.
—Gracias. —murmuró Francisco, dedicándole una suave sonrisa—. Todavía no me acostumbro al clima de aquí. Pero hasta ahora no ha sido tan malo como me estuvieron advirtiendo.
Manuel soltó un leve suspiro.
—Eso es porque hemos tenido un clima particularmente bueno estas semanas. —comentó, sentándose a su lado. Francisco no se percató que estaba sentado al borde de la pileta destruida sino hasta que vio al otro haciéndose un espacio—. Aunque puede que a usted no le parezca, alteza. —dijo con cierto aire socarrón, sacudiéndose las gotas que se acumulaban en las puntas de su cabello.
Francisco volvió a sonreír. Eso era lo que llamarían mal clima en su casa, pero entendía que las cosas eran muy diferentes allí. Todo era mucho más duro: el clima impredecible; el frío que se colaba en los huesos; la comida, las personas, hasta las carcomidas paredes de ladrillo, que se sostenían en pie a pura determinación y puntales de madera. No había casi lujos, ni siquiera para ellos siendo los señores, cosa que se evidenciaba en los parchados bordes de la capa sobre sus hombros. Cada cosa tenía un fin práctico y no se desperdiciaba nada, hasta las cosas más extrañas tenían alguna utilidad.
Recordaba la primera vez que se había cortado picando pimientos. Manuel estaba con ellos en la cocina en ese momento, moliendo hierbas en una esquina. Luego de tranquilizarlo en su pánico inicial por la cantidad de sangre brotando de su dedo, el hombre detuvo momentáneamente a las mujeres en su intento por enrollarle la mano con un trapo y, en cambio, apretó la herida de tal forma que varias gotas del viscoso azul cayeron sobre el mejunje que había estado preparando. Rato después le explicó la razón de su perturbador comportamiento.
“—Siendo un príncipe, su cabello, uñas, lágrimas, o cualquier otro ingrediente que pueda obtener de usted tienen al menos diez veces más propiedades mágicas que la de cualquier otra persona de aquí. Más aún su sangre. —dijo Manuel, revolviendo el cuenco donde la preparación marrón comenzaba a volverse de un intenso violeta—. Lo había estado pasando por alto, pero a partir de ahora solicitaré más seguido de su cooperación, alteza.”
Entonces se había estremecido, pensando que lo haría sangrar y llorar sobre el caldero a diario, pero únicamente le había entregado varios frascos en donde debía meter cada pestaña perdida o hebra de cabello que quedara en su cepillo, cada lagaña, cada cerumen, y otras asquerosas menudencias de su aseo matutino; así como un pequeño tubito que transportaba a todas partes para cuando volviera a cortarse o se pinchara el dedo. Era algo vergonzoso y repugnante, pero inofensivo, así que no tuvo una verdadera excusa para negarse a hacerlo, y al cabo de un tiempo se volvió un asunto rutinario.
Había aprendido a apreciar esa mentalidad diligente y precavida con la que se manejaban, aunque le resultaba demasiado demandante en comparación con su hogar, donde no existía esa preocupación constante por el futuro y los tiempos de escasez, tan ajenas a la vida cotidiana de su gente.
Fue entonces cuando su mirada volvió a vagar por el lugar en el que se encontraban. Había algo desconcertante en ese rincón del castillo. Presentaba un marcado contraste con el resto de los espacios exteriores, donde cada centímetro de tierra estaba cuidadosamente cultivado o siendo preparado para ello.
—Es curioso. —dijo Francisco, rompiendo el silencio mientras sus ojos recorrían los viejos jardines—. Todo aquí es tan... utilitario, tan enfocado a lo esencial. Y sin embargo, este lugar... —hizo un gesto con la mano, abarcando la extensión de pilas de escombros y estatuas casi tragadas por la tierra y las enredaderas—. Este es uno de los antiguos patios de recreo ¿Verdad? De cuando las cosas iban mejor. —No pudo evitar deslizar una de las tantas preguntas que se agolpaban en su cabeza y en su lengua.
Manuel se puso tenso por un instante, observando el mismo paisaje con una expresión pensativa.
—Disculpe, no era mi intención incomodarlo… —comenzaba a disculparse Francisco.
—Sí. —Fue lo único que dijo Manuel al principio, haciéndole creer que de hecho estaba molesto—. Es otro vestigio de esos tiempos…
Había algo en su semblante que Francisco no logró descifrar, una mezcla de nostalgia y tristeza. A ese primer comentario le siguió una larga pausa, como si estuviera decidiendo qué y cuánto decirle, si es que debía decir algo más.
—Aunque más bien era un jardín privado, destinado para el uso de unos recién casados. —elaboró a continuación.
Francisco se giró enseguida en su dirección, intrigado por la pequeña pieza de información que acabara de soltarle voluntariamente. Ansiaba que no acabara allí, con esas dos escuetas frases. Quería saber más, que le contara más. Así que hizo lo mejor que pudo por inspirarle lástima y hacerlo sentir comprometido, mirándolo directamente con la súplica evidente en los ojos.
Manuel resopló al notarlo, arrepentido de haber abierto la boca, pero tuvo la gentileza de proseguir con el relato que hubiese preferido ahorrarse.
—Era un regalo de bodas, junto con todo este pabellón. —prosiguió, señalando el ala que tenía la fachada más finamente ornamentada de todo el edificio—. La construcción tardó varios años porque cada uno de los árboles, mármoles, flores y piedras que se usarían, así como las sedas, algodón y lana para vestirlo fueron seleccionados personalmente por el novio, que quería traer lo mejor de todos los reinos conocidos hasta entonces para deleitar a su futura pareja y no echara tanto en falta las bondades del mundo exterior luego de trasladarse a este pequeño y aislado confín. Decían que durante ese tiempo se podían ver grandes barcos que cubrían todo el horizonte hasta donde alcanzaba la vista, y la gente se amontonaba en las calles para admirarlos a su paso y las mercancías que traían. Fue el tiempo en que mayor prosperidad se vio en el señorío. La gente estaba contenta y expectante del gran acontecimiento… —Entonces se detuvo un momento, remeciéndose incómodo en su lugar—. Pero la boda no ocurrió, y el jardín nunca llegó a usarse para lo que fue creado. Con el tiempo y las desgracias que siguieron cayó en el olvido y los siglos de constante abandono lo transformaron en estas ruinas.
—Eso es… es bastante deprimente. —Francisco se sintió particularmente conmovido al escuchar ese pequeño trozo del pasado y el destino truncado que cubría con un nuevo halo de melancolía el lugar. Ahora los pilares caídos, troncos secos y curvados y las baldosas tragadas por la maleza y el tiempo le inspiraban más lástima que antes—. Como una flor marchita. El eterno fantasma de un corazón roto.
—No tanto así. No se puede decir que fuera un matrimonio motivado por amor, más que nada un intercambio conveniente. —quiso aclararle Manuel, todavía mirando el exterior del edificio, una nota de abatimiento colándose en su voz.
Francisco lo imitó, observando con nuevos ojos la gris y triste construcción. Intentó imaginar cómo habría sido durante sus días de gloría, con las molduras intactas y coloridos estandartes colgando de los balcones; las vidrieras completas y mármoles lustrosos reflejando la luz del sol y el oro y plata de las finas mercancías traídas para la boda; los caminos y senderos enmarcados por hileras de altos árboles y fragantes flores interrumpidas por hermosas esculturas.
—Tal vez se planteara así —dijo, apenas un murmullo—. Pero si el hombre se tomó tantas molestias para asegurar la comodidad de su pareja, es imposible pensar que no tenía esperanzas puestas en su unión. Grandes ilusiones de una vida que se vieron truncadas de un momento a otro.
Sintió los intensos ojos del otro hombre sobre él y al girarse para comprobarlo lo descubrió mirando en su dirección, pero no parecía mirarlo a él, sino más bien a través de él, a algo mucho más allá.
Manuel guardó silencio por varios instantes, perdido en sus pensamientos y Francisco se mantuvo muy quieto y callado para no importunarlo.
—Sí, ciertamente fue así. —admitió finalmente, volviendo al presente.
—¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué no ocurrió la boda? —se atrevió a preguntar Francisco.
—Solo él estaba dispuesto a cumplir con su parte del trato. Los reyes en realidad nunca tuvieron la intención de entregar al príncipe que habían prometido en matrimonio.
«Que esta unión de por concluida la deuda del reino.»
«Finalmente, los reyes han cumplido su palabra y la mano de un príncipe fue entregada en matrimonio.»
Francisco recordó las palabras del erudito, y las de Manuel en el comedor durante su primera mañana, y entonces tuvieron un poco más de sentido. Su esposo pareció notar la realización en sus ojos y asintió ligeramente antes de apartar otra vez la mirada.
—Supongo que finalmente cumplirá su propósito luego de tanto tiempo. No puedo hacer lo mismo con el pabellón porque lo necesito para las funciones del castillo, pero considere el jardín como suyo. Puede hacer cuánto le plazca aquí. Siento que se encuentre en tan pobre estado.
—Me gustaría restaurarlo. —dijo en un impulso. Pensó en arrepentirse de lo que acababa de decir, pero ciertamente no quería hacerlo—. Sé que es un capricho tonto, pero me gustaría intentarlo, saber cómo se veía y recuperar cuanto se pueda se esa antigua belleza. Si me lo permite y no es demasiado inconveniente, claro. Le prometo que no descuidaré mis deberes, ni tampoco le pediré que destine recursos a la empresa. Seguro se le puede dar uso a algunos de los materiales más duros, vaciar la fuente, quitar las malezas, podar los arbustos y volver a delimitar los caminos. Podría ser una buena zona de descanso, y de recreo para los niños cuando el clima sea más favorable…
—De acuerdo. —aceptó Manuel, más fácilmente de lo que habría pensado—. Puedo facilitarle un par de manos para que lo asistan con las tareas pesadas. Y buscaré entre los archivos los planos del diseño original si de algo le sirven.
—Gracias. —Una sonrisa tiró de los labios de Francisco, una verdadera y amplia sonrisa que le llegaba hasta los ojos y enviaba un cálido alivio por todo su cuerpo—. Y gracias por su regalo, en verdad lo aprecio.
—A usted. —Manuel le sonrió tímidamente de vuelta.
Se quedaron un buen rato más allí, lado a lado contemplando el patio en un cómodo silencio. Francisco realmente sentía que podría llevarse bien con ese hombre, desarrollar un mutuo afecto y confianza, y llegar a ser buenos amigos a pesar de todo.
A lo lejos, y varios metros por sobre sus cabezas, un amplio hueco se abrió entre el tupido cúmulo de nubes, dejando pasar un cálido rayo de sol.
—Andando. —murmuró seco el hombre y se puso en marcha enseguida con pasos firmes golpeando sobre las hojas y tierra húmeda.
Francisco, aturdido como estaba por la sorpresiva caída y su repentino cambio de ambiente -que se sumaban a los acontecimientos previos-, tardó bastante en reaccionar. Sin saber qué hacer con todos sus baúles desperdigados alrededor, decidió que lo mejor era apresurarse para alcanzar al hombre que ya se encontraba a varios metros de distancia, volviéndose apenas visible entre la espesa neblina que inundaba el claro de bosque en el que se encontraban. Se levantó como pudo, sacudiéndose algo del barro que le empapaba la ropa y corrió a su encuentro, siguiéndolo en silencio un par de pasos por detrás.
Estaba nervioso, por no decir bastante asustado, y el lúgubre ambiente repleto de crujidos y sonidos extraños no ayudaba a tranquilizarlo. Pronto también comenzó a resentir el frío provocado por la sombra de los altos árboles, la brisa y la niebla que le empapaba las mangas de la camisa y las medias donde no cubría el fino justillo que llevaba encima. Acabó abrazándose a sí mismo, intentando conservar algo de calor y compostura. Lo que menos quería era que el hombre frente a él lo viera temblando como un niño miedoso, por mucho que así fuera como se sentía. Para su desgracia, no pudo ocultar un notorio sobresalto en cuanto el sujeto se detuvo de improviso y volteó a mirarlo.
—No tienes que caminar detrás de mí ¿Sabes? No sé cómo sea allá, pero aquí no se acostumbra y la verdad es que no me gusta tenerte a mi espalda.
—Perdón, mi señor. —Contestó Francisco con voz apenada. Pudo notar que la mirada al inicio irritada del hombre se suavizó un poco al verlo trastabillar, y algo de la tensión que sentía en todo el cuerpo se disipó al notar ese pequeño gesto de misericordia.
El sujeto suspiró pesadamente ante su respuesta y reemprendió la marcha. Francisco se apresuró a ponerse a su lado para no volver a molestarlo.
Un poco -solo un poco- más relajado, esta vez se permitió prestarles más atención a sus alrededores, y pudo notar algunas cosas. Más que un bosque como tal, ese parecía un camino abandonado y consumido por la naturaleza. Entre las ramas y raíces asomaban vestigios de cercas y muros de ladrillo, techos caídos y pilares rotos. Sus botas a veces topaban con series de adoquines y brechas que bien pudieron ser en otros tiempos parte de una acera. Incluso le pareció ver a lo lejos un gran arco de piedras sobre el que varios árboles habían echado raíces.
También se le hizo evidente su destino: sobre las copas de los árboles y la neblina se hacía cada vez más visible la silueta oscura de un castillo. Estaba a mal traer y repleto de enredaderas que subían por sus muros. No parecía elegante ni ostentoso como los que conocía, pero, si no hubiera estado tan nervioso como estaba, a Francisco le habría encantado esa aura misteriosa y trágica que emanaba de él.
Estuvo a punto de abrir la boca para hacer un comentario, pero entonces su acompañante se adelantó al encuentro de dos guardias en armaduras completas que custodiaban un portón de entrada.
—Abrir las puertas. —Mandató el hombre y los guardias empujaron ambas alas igual de oxidada que sus gastadas armaduras. Francisco hizo uso de toda su fuerza de voluntad para no llevarse las manos a cubrir sus oídos ante el horrible chirrido del metal siendo arrastrado para abrirles paso—. Ir al ágora por los baúles del príncipe y llevarlos a la habitación.
Dicho eso los guardias se pusieron en marcha sin decir palabra, y ellos también.
Conforme avanzaban, el lugar comenzaba a cobrar algo de vida. Podía escuchar murmullos y pasos que correteaban por los pasillos interiores, luces que eran encendidas o apagadas y calderas funcionando. Le pareció sumamente extraño al darse cuenta que habían ingresado por un lateral de servicio en lugar de la entrada principal.
Finalmente se cruzaron con una mujer delgada y pálida que se detuvo de lleno en su camino para acercarse a ellos, o más bien a su esposo, cargando un gran cesto de ropa.
—Mi señor ¿Cómo le fue? —preguntó, intercalando sus sorprendidos ojos oscuros entre el hombre y Francisco—. ¿Es que acaso…? ¿Podría ser…?
—Carmen, este es… ehm. —comenzó, para luego girarse a mirarlo—. Muchacho ¿Cuál era tu nombre?
—Oh. Francisco, mi señor. —respondió, intentando no sentirse muy ofendido.
—El príncipe Francisco, de la Casa de Burgos. A partir de ahora será también señor del castillo. Encárgate de hacer que todos los demás lo sepan.
Carmen pegó un grito exaltado y, con grandes aspavientos, salió corriendo a cumplir su misión, dejando olvidado tras ella el canasto y la ropa que voló por los aires y directo al barro.
—Tsk. —Su esposo sacudió la cabeza ante el escándalo de la mujer, quien llamaba con desesperación a una tal Marta. Luego de una pausa, en la que Francisco podría jurar que lo vio comenzar a inclinarse para levantar las prendas esparcidas, solo siguió caminando.
—Ehm, mi señor… —tanteó Francisco una vez hubieron abandonado las galerías donde un puñado de personas asomaban las cabezas buscando el origen de los gritos. Se ganó un nuevo suspiro frustrado de parte del hombre.
—Tampoco tienes que decirme así todo el tiempo. —murmuró, pasándose una mano por el rostro.
—Lo siento. —Se disculpó Francisco instintivamente, agregando luego—… Es que no sé cómo más llamarlo. No conozco su nombre.
Entonces el hombre se detuvo intempestivamente, otra vez, haciendo que Francisco por poco se chocara con él.
—Manuel. —dijo luego de meditarlo un instante—. Mi nombre es Manuel. Puedes llamarme así, o como prefieras, solo… intenta limitar eso de “mi señor”. Me fastidia un poco.
—Está bien, mi se- Manuel. —Se corrigió inmediatamente.
Manuel lo guio por un sinnúmero de pasillos, vueltas y escaleras, más de las que Francisco había anticipado considerando la modesta apariencia de la construcción por la que entraron. Esa primera ala conectaba a otra más grande y robusta que lo hizo pensar que ese había sido un gran y majestuoso edificio en otros tiempos. Los pisos estaban cubiertos con grandes e intrincadas baldosas surcadas por largas grietas y trozos faltantes. Los muros grises se adornaban únicamente con restos de pintura descascarada y vestigios de molduras que se desprendían de ellos convirtiéndose en polvo. De los altos cielos abovedados colgaban enormes lámparas con cristales faltantes y en las que se enredaban una extensa red de telarañas que podrían pasar perfectamente por delicadas cortinas de seda. Una tenue y débil luz de mañana se colaba por las anchas ventanas y vidrieras sin vidrio, al igual que la húmeda niebla que parecía esparcirse por todo ese mundo y no permitía ver mucho más allá de un par de metros.
En todo el recorrido le sorprendió casi no encontrar gente, aunque las pocas personas que se cruzaron se lo quedaban mirando como si una segunda cabeza le hubiese crecido de pronto.
“No han de tener muchos visitantes”, pensó.
Al subir al tercer piso fue que apareció algo más de la rica decoración. Tras subir por unas enormes escaleras de mármol oscuro y barandas talladas con zarzas y aves rapaces accedieron a un amplio corredor flanqueado por múltiples retratos que Francisco asumió eran los antiguos amos del castillo y los ancestros de Manuel. Los rostros descoloridos se levantaban sobre él con la actitud de grandes señores que desafiaban al tiempo y el olvido representado en el moho que comenzaba a tragarse la tela desde sus bordes, sus miradas muertas parecían seguirlos mientras avanzaban en silencio por la galería.
“Su nuevo hogar”. Ese lugar desolado y gris sería su nuevo hogar a partir de ahora, y el hombre gris y silencioso que caminaba serio y callado a su lado era de allí y en adelante su esposo y señor. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando su mente ahondó en las implicaciones de esas palabras. Hasta ahora Manuel parecía poco interesado en establecer alguna clase de contacto con él, pero eso podía cambiar en cualquier momento y Francisco no se sentía ni mínimamente preparado para eso ¿Qué haría si Manuel esperaba que se comportara como “su esposo” una vez llegaran a sus habitaciones?
—Es aquí. —Señaló Manuel, parándose de pronto como solía hacer. Más ansioso que nunca, Francisco atravesó con cautela la puerta que el otro mantenía abierta para él—. Pronto traerán tus cosas para que te instales. Puedes pedirme lo que te haga falta y me encargaré de ver qué se puede hacer, pero no esperes muchos lujos, aquí llevarás una vida mucho más modesta de la que estabas acostumbrado.
Resultaban ser habitaciones de buen tamaño, aunque más reducidas de lo que podría pensarse dado el corredor de acceso. Constaban de un salón principal con un pequeño comedor y un par de sillones; un baño con una tinaja circular y orinal; y la alcoba principal que se abría a una pequeña terraza cubierta por enredaderas y hojas secas, contaba con una cama matrimonial enmarcaba por un alto respaldo de madera oscura, un armario y tocador.
—No esperaba regresar con alguien ¿Verdad? —comentó Francisco sin pensarlo demasiado, mirando su polvoso reflejo en el espejo de pie apoyado en un rincón, el único de todos los muebles que no estaba cubierto por telas amarillentas y comidas de polillas. Resultaba evidente que el lugar no había sido acondicionado para su llegada, o que alguien más las hubiese ocupado por un largo, largo tiempo.
—¿Es tan obvio? —Manuel suspiró pesadamente, otra vez. Parecía que la única reacción que Francisco conseguía de él era esa.
—Lo siento. —Comenzó inmediatamente a disculparse por su torpeza, grosería, o lo que fuera que estaba haciendo mal—. No quise sonar mezquino. Las habitaciones están bien, seguro serán perfectas una vez se quite el polvo y retiren las cubiertas.
—Si eso crees, será mejor que bajes un poco tus expectativas, niño. —dijo Manuel con seriedad.
Francisco no supo cómo responder ante eso y ambos quedaron en silencio por un largo e incómodo instante. Se esforzó buscando en las profundidades de su mente algo con lo que continuar la conversación con Manuel, decidido a no permitirle regresar al mutismo que mantuvo durante casi todo el trayecto hasta la habitación. Tenía muchas preguntas. No sabía nada del hombre o de ese lugar, sus costumbres o qué planes tenían para él. Lo único que sabía es que tendría que dormir allí, y no estaba seguro de si Manuel planeaba acompañarlo.
—¿Y… usted también se trasladará aquí conmigo? —Se atrevió a preguntar finalmente.
Esta vez Manuel no suspiró ni resopló, si no algo nuevo. Sus ojos se abrieron de par en par y su rostro se volvió completamente rojo, hasta las orejas. Igual que un tomate. Francisco sintió un enorme alivio al verlo atragantarse de vergüenza.
—Cof ¡No! No… —Se aclaró la garganta antes de proseguir, buscando retomar algo de compostura—. Yo permaneceré en mis habitaciones. No quiero volver esto aún más incómodo. Para ninguno de los dos.
—Gracias por su consideración. —Francisco quería expresarle con mayor énfasis lo agradecido que estaba por eso, pero pensándolo mejor decidió guardar su dicha para él mismo—. Entonces… ¿Dónde se encuentran sus habitaciones? —Ante la mirada espantada de Manuel agregó—. Para saber dónde encontrarlo si llego a necesitar algo.
—Ah. Claro, claro. Sígueme.
En cuanto salieron de regreso al pasillo se cruzaron con Carmen guiando a un grupo conformado por los dos guardias del portón que traían cargando sus baúles, y un par de personas más llevando plumeros, escobas y cubetas de agua.
-o-
Luego de un rápido vistazo a la puerta que dirigía a las habitaciones de Manuel, Francisco se encontraba sentado junto a él a la cabecera de una larga mesa de madera a la que le vendría bien una pulida de cepillo y aceite. Ambos bebían en silencio sus tés, “El café no se da en este ambiente”, le informó Manuel con cierta satisfacción sádica en la voz cuando le preguntó por la bebida. Así que se había conformado con la taza de té y un trozo de pan y queso junto al puñado de fruta rebanada que constituían su desayuno. Era una comida mucho más reducida de lo habitual, pero le gruñía el estómago y viendo los aún más humildes pucheros de avena que comían los demás supo que debía abstenerse de cualquier comentario al respecto.
El resto de asientos los ocupaban una veintena de personas que Francisco juraría eran parte del servicio del castillo, tanto por sus descuidadas ropas como por los temas que trataban en sus distendidas discusiones, tales como el estado de los huertos y corrales, la escasez de cera para vela y la reiterada desaparición del licor de maíz. Estaba muy concentrado en enterarse de las andanzas de una de las cocineras con uno de los mozos y una lavandera, aguzando el oído para captar los detalles de la conversación por sobre el crepitar del fuego en el hogar y el ruido del aguacero que caía con insistencia y escándalo en el exterior.
La tormenta apareció de un momento a otro, como si alguien hubiera abierto las compuertas del cielo para derramarlo sin piedad sobre el mundo. Francisco nunca había visto algo parecido. En Cundinamarca las nubes se acercaban lentamente alertando de su paso, y se liberaban con suavidad para sembrar de vida la tierra; aquí en cambio parecía que un millar de flechas buscaban echar abajo los tejados. Definitivamente no le gustaría que lo sorprendieran en medio de un paseo por los campos.
En un momento, Manuel se levantó de su asiento llamando la atención de los demás comensales y, aclarándose la garganta, alzó la voz para que pudieran escucharlo claramente.
—Supongo que para estas alturas ya todos estarán enterados. —Empezó Manuel—. Pero si alguno no alcanzó a oír la noticia, les informo que la visita al reino de Cundinamarca ha resultado provechosa esta vez. Finalmente, los reyes han cumplido su palabra y la mano de un príncipe fue entregada en matrimonio. El trato se ha cerrado y la vida puede seguir su curso. —Entonces lo señaló a él con una mano—. He aquí al príncipe Francisco, mi nuevo esposo y señor del castillo. Está aquí cumpliendo su deber, así que no lo carguemos a él con los errores de sus antepasados. Es mi deseo que lo hagan sentir bienvenido y logre adaptarse lo antes posible a su nuevo hogar. —dijo eso último mirándolo a él y Francisco se encogió levemente de hombros bajo su mirada, asintiendo. Manuel entonces volvió su vista al resto de la habitación para finalizar su breve discurso—. Eso es todo, vuelvan a lo suyo.
Y así lo hicieron. Lo primero fue el sonido de los cubiertos moviéndose y pronto las voces también retomaron su curso. Francisco por su parte estaba sorprendido por lo informal de sus palabras, y por sus palabras en sí. No acababa de entender lo que había querido decir con todo eso, pero lo cierto era que poco y nada lograba entender desde esa mañana. Miró a Manuel a su lado, quien se encontraba concentrado devorando el pan tostado entre sus manos. El hombre tardó varios segundos en notar su atención puesta sobre él y entonces se detuvo un momento para mirarlo.
—¿Qué sucede, niño? —preguntó, limpiando las migajas de la comisura de sus labios con el dorso de su mano.
La verdad es que tenía demasiadas preguntas en la cabeza, pero la que saltó indignada de su boca fue ciertamente la menos importante de todas.
—¿Por qué insiste en llamarme “niño”? ¿O “muchacho”? No creo que esa sea forma de tratarse entre esposos. Además… —Hizo una pausa para escrutarlo con la mirada, y ciertamente para darse valor de continuar—. No es que usted sea mucho mayor que yo.
Manuel pestañeó un par de veces. Se veía confundido, aturdido. Pero entonces una mueca desconocida comenzó a tirar lentamente de sus labios. Una sonrisa. Una sonrisa seguida de un sonoro jadeo que acabó en estridentes carcajadas.
Francisco se encogió otra vez, avergonzado. No acababa de entender cómo sus palabras pudieron desencadenar este ataque de risa con el que Manuel parecía estar a punto de ahogarse. Además de eso podía sentir todas las miradas de nuevo sobre ellos y más apenado se sentía.
—Perdón, perdón, no me estoy burlando. —Quiso asegurarle Manuel, todavía riéndose y secando el par de lágrimas que se acumulaban en sus pestañas—. Es que- es solo que… jajaja.
Mientras el otro seguía intentando controlarse lo suficiente para elaborar una disculpa, Francisco estaba concentrado en acabar lo que le quedaba de fruta y correr a esconderse en su habitación lo más pronto posible.
-o-
Cinco minutos. Eso fue lo que tardó la escueta ceremonia que le entregó la mano de su hermanito a ese horrible hombre.
"Que esta unión de por concluida la deuda del reino. El príncipe ahora ha de partir con su esposo."
Apenas si tuvo tiempo de asimilar las palabras del erudito que hacía de maestro de ceremonias antes de que la misma nube negra de la que había brotado el hechicero los consumiera a ambos sin dejar huella alguna.
Cinco minutos luego de eso el puente se había dejado caer y los clarines anunciaron la llegada del príncipe Miguel, quien enseguida entró corriendo en el salón principal, abriendo de par en par las grandes puertas.
—¡Ya-ya estoy aquí! —jadeó el joven, las mejillas sonrosadas y la respiración entrecortada por la veloz cabalgata a campo traviesa y las grandes zancadas con las que había atravesado el castillo desde la entrada principal hasta el gran salón.
Toda la frustración, ira y desconsuelo de la reina se volcaron contra el cansado hombre, doblado de fatiga en medio de la habitación. La cachetada que le propinó resonó en las paredes blancas, así como lo había hecho la voz espectral del hombre que le había arrebatado a su querido hermano.
—¡Llegaste tarde! ¡Ya está casado! —Siseó Catalina por sobre el confundido príncipe. Entre María y Fernanda lograron detenerla y alejarla antes de que pudiera asestarle un segundo golpe con sus puños o pies.
Miguel permaneció quieto en el suelo donde había caído, intentando comprender las palabras de Catalina mientras la marca de la bofetada seguía ardiendo en su mejilla. Sus ojos, llenos de incredulidad, se encontraron con los de la reina que destilaban una mezcla de furia y desesperación.
—¿Casado…? —repitió Miguel, su voz temblando ante la revelación—. ¿Francisco? ¿Casado con quién?
Catalina, todavía temblando de rabia, soltó una risa amarga. Tras ella, María y Fernanda aumentaron su agarre por temor a que pudiese abalanzarse de nuevo sobre el hombre o caer desplomada por los nervios.
—¡Vaya a saber con quién! Un brujo, un espectro, un demonio ¡Da igual! —espetó Catalina—. ¡Está casado con el hombre oscuro que vino a reclamarlo porque tú no llegaste a tiempo!
Miguel se tambaleó en su intento por levantarse, como si en lugar de escupirle las últimas palabras Catalina lo hubiese abofeteado otra vez.
Unos minutos tarde. Solo unos minutos, y toda su vida se había puesto de cabeza.
—¡No! —gritó Miguel, desesperado—. Eso no puede ser. Francisco... ¡No! Debemos ir por él. Tengo que ir por él ¡Voy a encontrarlo y lo traeré de vuelta!
Catalina lo miró con una mezcla de desprecio y lástima, sus manos apretadas en puños a sus costados. Dio un paso en su dirección antes de que las otras dos mujeres la detuvieran, y con voz baja pero cargada de furia le dijo:
—No vengas a hacerte el héroe ahora, cuando ni siquiera tuviste la habilidad o la decencia de llegar a tiempo como mi hermano tantas veces te lo pidió. Si fueras realmente un hombre de honor habrías estado aquí hace días, ustedes estarían casados y Francisco seguiría con nosotros. O si tan solo mi hermano no hubiera sostenido hasta el final esa fe ciega en ti, nada de esto estaría pasando.
Miguel abrió la boca para responder, pero en ese mismo instante un relámpago iluminó el cielo, seguido por un trueno ensordecedor. Apenas entonces notaron que la antes clara mañana se había ensombrecido por oscuras nubes de tormenta, como si la naturaleza misma respondiera a la desesperación y el miedo que llenaban la habitación. Las puertas que daban al balcón se abrieron violentamente con la fuerza del viento que azotaba al castillo y el pueblo a sus pies.
Olvidando momentáneamente su discusión, los cuatro se asomaron al exterior para descubrir a la gente del castillo y sus alrededores corriendo de un lado a otro, atemorizada por la fuerte lluvia que empantanaba los jardines y el viento que hacía volar las cofias y la ropa de los tendederos.
—¿Por qué tanto escándalo? Parece que nunca hubieran visto una tormenta. —comentó Miguel al ver a las mucamas tropezarse unas con otras en su desenfrenada carrera.
—En Cundinamarca no hay tormentas. —respondió Catalina mirando el oscuro cielo que se extendía sobre sus cabezas, preocupada—. Nunca.
Siendo ya la media noche, damos por finalizado este Ecuchifinde 2024
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Su querido amigo una vez le dijo a Francisco que, “la fuerza de un héroe es la voluntad de resistir por un momento más, pues la paz siempre exige los sacrificios más difíciles a quienes luchan por alcanzarla”.
¿Es que no han sido suficientes sacrificios? Esperaba que fuera hora de reclamar nuestra paz.
— Piensa bien en lo que cuentas, ¿estás realmente seguro de que mi amigo entró y se fue solo de este lugar? —notaba como sus palabras incrementaban su gravedad a medida que el cantinero continuaba dándole más información que no comprendía. No acostumbraba a ser tan cortante con la gente común, menos cuando su contraparte estaba tan dispuesta a hablar, pero lo que este sujeto le contaba no tenía el más mínimo sentido.
— ¡Le juro mi señor que así fue! pidió lugar para descansar con su caballo por unas horas, bebió y comió y se fue muy temprano hoy, y nunca lo acompañó nadie más que el animal -su creciente mal humor comenzaba a alterar de forma notable al aldeano. Las manos que hasta el momento había mantenido tranquilamente sobre la barra, ahora gesticulaban frente al rostro del macizo hombre- ¡Y es que no nos dio su nombre! Si hubiera sabido que se trataba del alto arcano, por supuesto que lo habría invitado a quedarse en el mejor cuarto, ¡y sin costo! ¡de eso puede estar seguro!
Debes seguir estando mal herido, ¿Y aún así ni siquiera pediste un cuarto? ¿Qué es lo que está pasando?
Había muchas cosas que no entendía tan bien como su amigo, pero no podía decir que alguna vez estuvo tan confundido con su comportamiento, por lo general no tenían problemas para entender la lógica del otro. Esta situación era algo muy extraño y preocupante.
— ¿Tienes alguna idea de hacia dónde se dirigía?
Quizás no fueran los últimos lacayos del Enemigo arrastrándolo lejos como se había imaginado, pero su compañero debía tener una razón importante para haber dejado el campamento tan abruptamente. Quizás una última misión, un paso final para expulsar al Gran Mal por completo y para siempre de la Nueva Tierra; un ritual del que no había podido hablarle antes y para el que tenían muy poco tiempo.
No puede ser eso, si fuera algo tan apremiante no me lo habría ocultado. No habría ido sin apoyo… no habría ido sin mí.
— ¡Oh! No lo dijo del todo, pero preguntó dónde podía conseguir un bote. Tuve que decirle que aquí no hay nadie que los tuviera, pero que si seguía hacia la costa podía preguntar tanto pasado El Vado o llegando a Aguas Claras, así que pienso que quería seguir el río…
No le dio tiempo de decir mucho más. Colocó dos conchas pequeñas de mullu sobre el mesón antes de girarse hacia la puerta. Avanzó rápido y no respondió a las exclamaciones de alegría y agradecimiento mientras abandonaba el lugar.
Una vez fuera de la posada, tomó rumbo de inmediato al centro del pueblo. Atravesó el mercado sin detenerse, apenas tomándose un segundo para llamar a uno de sus dos acompañantes, que se encontraba realizando sus propias consultas a los comerciantes del lugar. Su semblante fue suficiente para que dejara sus pesquisas y se apresurara a su lado al instante.
— ¿Lo encontró? ¿Alguna idea de cuántos son los agresores? —estaba seguro que solo los años de familiaridad y lo apremiante de la situación le hicieron olvidar al soldado los usuales títulos con los que todos preferían referirse a Francisco en público— Aunque esté herido, sigue siendo el Gran Hechicero, debe haber al menos un rufían de gran poder entre ellos…
Francisco apretó la quijada, cerró los puños y aceleró sus pasos sin contestarle nada. El soldado imitó su andar, y no volvió a hablar hasta que llegaron al lado del comandante que los había acompañado, quien esperaba junto a los caballos y observaba regularmente ambos sentidos del camino principal que atravesaba el pueblo. Solo al verlos acercarse dejó su posición de guardia.
—¡Mi señor! ¿Tiene noticias? ¿Las curanderas nos dieron la dirección correcta?
Si bien no había mago en el ejército más poderoso que Manuel, el resto de ellos no estaban escasos de trucos útiles. Las dos mujeres que dejaron parte de su magia conteniendo los efectos de la espada maldita del Gran Mal fueron capaces de hacer una adivinación limitada, entregándole a Francisco una dirección general hacia dónde comenzar a buscar a Manuel. Llevaban dos días en eso, y el tiempo que los nobles acordaron permitirle posponer la partida de regreso por esta empresa se acababa.
Como si fuera a volver antes de encontrarlo, tendrán que ocultar mi partida un poco más. O simplemente decirles la verdad. No me coronarán sin él a mi lado.
Había que proteger la moral del pueblo, le habían dicho, pero sobre todo el de las tropas, y el Elegido que había ganado contra el enemigo no podía darse el lujo de desaparecer días después de la victoria, no cuando ya se había extendido entre los hombres el precario estado en que había terminado el alto arcano. Era cosa de tiempo que la desaparición del Gran Hechicero también se hiciera de dominio público, y si para ese momento tampoco se podía encontrar al futuro Rey en el campamento, las cosas podían volverse un caos.
Sabía que esa perspectiva era algo que compartían sus acompañantes, por lo que no le sorprendió que Catalina lo mirara con pesar, pero serio semblante cuando les compartió lo que había obtenido preguntando por Manuel en la posada.
—Si no fue un secuestro ni una última jugada de nuestros enemigos derrotados, entonces lo mejor es que vuelvas al campamento y comiences el regreso al segundo reino, nadie quiere extender demasiado el tiempo desde la victoria a tu coronación, nosotros seguiremos el rastro del Gran Hechicero y lo llevaremos de regreso cuando haya acabado sus asuntos.
Asuntos de los que ninguno tenía ni la más mínima idea, por lo que tampoco era seguro cuánto tiempo les tomaría llevar a Manuel de regreso a su lado. Francisco hizo saber su descontento con aquel plan de inmediato.
—¡No sería correcto tomar el puesto sin mi mano derecha a mi lado! ¡No soy solo yo quien tiene un papel aquí!
—¡Ya lo sé! ¡Por eso me quedaré y lo encontraré por ti! Cualquier cosa que esté intentando hacer deber ser importante, o no te habría dejado —la comandante de Granada no hablaba solo por complacerlo, Francisco sabía que lo apreciaba tanto a él como a Manuel, habiendo sido casi como una hermana para él luego de que su familia lo recibiera en su casa para educarlo como el noble que no era, una vez los sabios vislumbraron su papel como El Elegido.
—Si necesita apoyo, sabes que se lo daré, pero tu lugar ahora es preparándote para levantar a la Nueva Tierra luego de tantos años bajo la amenaza del Gran Mal, no interrogando a cantineros y siguiendo el polvo de tu otra mitad, ¡que seguro sabe mejor que tú lo que está haciendo!
Oh vaya, había olvidado cómo era que me diera sermones, ya estaba respetando mucho mi posición.
Si bien lo que la mujer decía tenía sentido, no le parecía que fuera lo correcto, y ya que su rol de hermana no superaba su lugar en el ejército que había jurado estar bajo su mando, se sintió con la confianza de decírselo directamente.
—No, tengo que encontrarlo primero —levantó una mano cuando vio que pensaba rebatirle otra vez, consiguiendo unos segundos más para añadir— Dejó el campamento en muy malas condiciones, con el veneno del filo de la Espada de Sangre aún en su interior, tengo que verlo y hablar con él para asegurarme de que no está bajo el dominio de nadie más que el suyo.
Catalina lo escuchó con atención, y en su rostro notaba que estaba convenciéndola. No sabían qué efecto podía tener los rastros de la magia del Enemigo sobre alguien, y con el poder que Manuel contaba a su disposición, había que ser precavidos si existía la posibilidad de que alguien más estuviera influyendo sobre sus decisiones. Su irracional huida en plana recuperación era suficiente para levantar las dudas, pero si alguien podía distinguir cuando el brujo estaba poseído por algo, o solo era su veta terca haciendo una nueva aparición, en conjunto con su impaciencia para explicarse frente a gente menos versada sobre los ciclos y otras cosas mágicas… bueno, ese era Francisco, sin lugar a dudas.
—¡Por los cielos! —exclamó la mujer, pero su media sonrisa delataba que su estado de ánimo no era tan adverso como parecería por las manos en sus caderas— Y yo pensando que después de haber acabado con la guerra no se meterían en más problemas.
¿Lo vez? Todos están listos para reclamar su paz, ¿por qué no podemos comenzar nosotros? ¿qué más te queda por hacer aquí afuera?... ¿sin mí?
—Aún nos quedan dos días, pero hay varios rumbos hacia la costa y a lo largo del río que Manuel pudo haber tomado, ¿por dónde partimos? —Rodrigo, quien se había mantenido en silencio mientras ellos discutían, dejó a un lado los honoríficos reconocimientos formales que, a causa de la guerra y la compañía de otros, había optado por utilizar, a pesar de que también podía considerarse familia.
Francisco miró a Catalina, y el pliegue que pronto se formó entre las cejas de la mujer le indicó que su seudo hermana mayor estaba teniendo una idea, y solo debía esperar para escucharla.
—El pueblo costero más próximo es Puentemar, si estoy en lo correcto, no creo que piense atravesar el río para seguir al norte, si quiere conseguir un bote para sí, debe estar buscando adentrarse, tal vez ir hasta algún islote cerca de la costa, y por mucho que se bifurque el camino, solo hay dos rutas principales donde podría encontrar alguien dispuesto a intercambiar uno.
Francisco sonrió, y Rodrigo, viendo su rostro decidido, de forma instintiva separó los pies y alzó el pecho, listo para escuchar el nuevo plan.
—Si son dos rutas por las que pudo haber ido, entonces nos dividiremos —comenzó a andar hacia los caballos, y sintió los pasos de Rodrigo y Catalina siguiéndolo de inmediato— Aunque su magia lo esté ayudando, todavía no debe estar recuperando, por lo que no será tan rápido, seguramente lo alcanzaremos antes de llegar a la costa, y nos encontraremos al final en Puentemar.
—¿Con quién irás? —preguntó Catalina, aunque por su cabeza ladeada y sus ojos entrecerrados, ya sospechaba su respuesta.
—Ustedes vayan juntos hacia El Vado, yo me adelantaré e iré directo hacia Aguas Claras.
Para su suerte ninguno quiso rebatirle demasiado. Catalina intentó convencerlo por un momento de que siguiera con la escolta de uno de ellos por seguridad, pero considerando que el mayor peligro en la Nueva Tierra ya había sido acabado por su propia espada, no insistió demasiado cuando Francisco reitero su deseo de hacer el camino solo. Tenía el presentimiento que de esa forma sería como encontrarían a Manuel antes de que este pudiera perderse una vez alcanzara el mar.
Acabaremos lo que sea esto que estés haciendo, no me importa tomar una última misión antes de retirarnos al reino que nos prometieron, con tal de que por fin puedas estar tranquilo.
Si Manuel tenía asuntos que cerrar, y su extraño comportamiento no era a causa de ningún poder nefasto controlándolo; lo ayudaría hasta que estuviera satisfecho, y así de una vez podrían comenzar los años de paz a través de los reinos con buen pie, y lado a lado, como debía ser.
El baile es duro, hay que ir a misa antes y luego un día todo entero con su noche, hasta la madrugada. Más ellos que tienene que saltar, salta...Más cuando la Virgencita vuelva a la capilla, y las gentes a sus casas, tarde irán al monte, a ver las estrellas del desierto. Pero ahora bajo la máscará están poseídos por algo poderoso. Francisco es el Ayahuma, el diablo protector del Carnaval de la Serranía Ecuatoriana, latigando pa' qu bailen. Manuel es el Condor, el mensajeros de los Dioses, bailando para la Chinita, la Virgen del Carmen.
Se van al monte de noche, animados solo del baile y del pisco. La gente se muere en el desierto, pero ellos no, no con los santos, los apus, con la Virgen viendo por ellos. Saben a trago los labios y el aire helado calma el calor de la lana y el cartón que fueron su segunda piel. Por las aberturas veían solo el movimiento colorido de los otros bailarines, pero ahora juntos, miran a las estrellas. Sienten la piel del otro, pegada a la suya. Recuperandose, poco a poco de haber sido espiritus.
[La Tirana es una fiesta de origen aymara del Norte de Chile]
¿Qué se supone que hacen las leyendas una vez cumplido su destino?
Los vitoreos y gritos de felicidad resonaban a través de las paredes de la tienda de campaña que le servía de cuarto personal. Sin embargo, el entusiasmo que se extendía entre las tropas, por la fortuna de presenciar los días posteriores a la victoria, había abandonado a Manuel pocas horas después de su milagroso despertar. Era un hecho asombroso, considerando que su última impresión, antes de caer inconsciente en la arremetida final ante el Enemigo, fue que su cuerpo sería consumido antes de llegar a tocar el piso, destruido por la magia oscura que comenzó a extenderse gracias a la brutal estocada que no tuvo la fuerza de repeler.
Debería estar muerto en esta parte de la historia.
—“… y el Gran Hechicero un alto precio enfrenta” —las palabras del familiar verso le arañaron la garganta al pronunciarlas, y la tos que le sobrevino le recordó la herida punzante en su costado. Percibía la ponzoña toscamente contenida alrededor de la llaga, el resultado de los desesperados intentos de las curanderas por mantenerlo con vida, a demanda del Elegido.
Mi Elegido.
Quizás más tortuoso que el resquemor de la marca oscura que le propinó el Gran Mal, o la preocupante distancia que había cobrado su propia magia, era la nueva y desagradable sensación de angustia que lo embargaba cuando su querido amigo le venía a la mente. Debía ser una más de las voces entusiastas que celebraban afuera. Con lo apegados que se habían vuelto después de todos los años preparándose juntos para cumplir sus destinos, la única razón para no contar con su presencia constante mientras se recuperaba, era su responsabilidad de mantener alta la moral al mostrar su buen estado después de la batalla, ya que todos conocía el estado de Manuel a esas alturas.
Además, los otros señores debían estar apresurando su aprobación para comenzar con los preparativos del regreso a casa para cada uno. Era otro duro golpe a su ánimo el no poder estar a su lado, apoyándolo en estas tareas ahora que la gran guerra había terminado.
De todas formas, tu parte se ha acabado, un Rey necesita políticos a su lado, no mercenarios.
El ardor se transfirió a sus ojos, y la garganta volvió a rasgarle, aunque solo un quejido dejó su boca en ese instante.
Ni de escudo puedo servirle ahora, una puñalada y he quedado destrozado.
— Una esposa es lo que tendrá ahora —en la soledad de su tienda, y contra la algarabía del exterior, su murmullo desolado y las gotas cayendo por su rostro bien pudieron no existir.
Fue lo único que los señores llegaron a discutir a un lado de su litera, durante sus primeras horas de total lucidez, y antes de que Francis- El Elegido - les prohibiera hablar sobre algo más que no fueran sus buenos deseos para la pronta recuperación de Manuel.
No sería la primera vez que enfrentara a los nobles y comandantes con vendas y sangre bajo la ropa, pero era otra dura señal de que su utilidad estaba terminando.
¿Para qué querría un mago con nada más que penosas trazas de magia rondando los pasillos? Sería solo otro noble inservible ocupando espacio en el castillo. Habría sido mejor caer en combate…
—… mejor que verlo desposar a alguien más.
Con su suerte, Fran-El Elegido - le pediría posarse a su lado durante la ceremonia. Siempre generoso al compartir la atención y sus éxitos, pero completamente ciego al anhelo creciente en la mirada de Manuel.
No podía pensar en algo peor que tener un puesto reservado en primera fila para ver su compañero comprometerse con alguien más, después de tanto tiempo siendo el más cercano, y lo más importante en la vida del otro.
— Ser de leyenda apesta —le confesó al cielo de la tienda, y el antiguo resentimiento sobre su posición en la antigua profecía resurgió desde las profundidades de su corazón, en donde lo había mantenido enterrado por años.
La clase de poder con la que había llegado al mundo era un regalo, pero toda otra dicha en su vida -excepto haber conocido a…- casi no valía la pena frente al resto de sacrificios y desventuras que se sucedían estación tras estación durante toda su vida.
Su familia dejó de ser una casta insignificante el momento en que se confirmó su lugar como el “El Gran Hechicero”, y mientras el nombre de ellos se llenaba de gloria, a Manuel lo abandonaron en el templo con los eruditos para ser entrenado y resguardado, hasta que su Elegido se diera a conocer. Y aunque los tiempos que vinieron creciendo al lado del otro fueron muchas veces sus más eficaces aires de aliento; el violento fin de las personas que incidentalmente lo criarlo, marcó un abrupto fin a su niñez.
Los paisajes y los amigos que formaron en el camino a la aventura no borraban la violencia y horrores de los numerosos combates. En medio de todos esos eventos, y como un fuego que creció muy rápido y más de lo que debía, su vieja parentela desapareció casi de un momento a otro, diezmados en un solo movimiento gracias a la traición de vecinos avariciosos y cobardes. La única absuelta de tal fortuna, la hermanita que a penas conocía, fue enviada todavía más lejos de él por su propia protección, a la isla de un lord que, después de tanto tiempo, solo debía estar esperando el momento oportuno para casarla con alguien de su estirpe, y así asegurar la continua buena voluntad del futuro Gran Rey.
— Oh, Tiare, perdóname —una abrupta culpa y nostalgia detuvo sus divagaciones por un momento— … algunas veces olvido que aún me queda alguien fuera de todo esto.
Pensar en la niña, a quien solo conocía por cartas, siempre le traía un amargo dolor en el pecho. Una hermana pequeña que ya no solicitaba promesas de una pronta visita, pues a corta edad había entendido que no era un favor que el resto del mundo pensara que le correspondiera exigir, ni algo que Manuel tuviera el poder de cumplir.
Pero ya no tengo guerra que pelear, ni Enemigo que vencer… y tampoco Elegido que proteger.
—… de todas formas desaparezco de la historia desde ahora.
Haciendo uso de su dilapidada magia, recubrió lo peor de su herida con una capa de energía protectora, sumándola al trabajo bien intencionado de las sanadoras del batallón, y finalmente se levantó de su catre con brazos temblorosos. Por suerte, sus piernas se mantuvieron lo bastante firmes para llevarlo a su siguiente destino.
Entre tanto júbilo y movimiento a lo largo de todo el campamento, nadie se dio cuenta del mago o del caballo faltante hasta unas horas después.
No hasta que Francisco fue en busca de su mejor amigo para decirle que era hora de volver a casa.
Finalmente, el Elegido, junto al Gran Hechicero han vencido en la campaña final contra el Gran Mal que vino del mar. El Terrible Ejército ha sido derrotado y los reinos de la Nueva Tierra liberados de la gran amenaza que estuvo a punto de destruirlos a todos. Ahora que el polvo comienza a asentarse y los fuegos de las batallas se han extinguido, el Elegido está listo para recibir la corona usurpada del Enemigo, para así cumplir con los últimos versos de la profecía, que vaticina la era dorada para los 12 reinos bajo el mando y protección del rey legendario.
Deberían ser tiempos de celebración, pero para Manuel, el Gran Hechicero, el triunfo es agridulce. Herido gravemente por la Espada de Sangre, apenas logró sobrevivir al campo de batalla para anunciar la victoria junto a Francisco, el héroe elegido. Con su magia dilapida apenas expulsando la ponzoña oscura de su cuerpo, y su compañero a lunas de tomar esposa y un nuevo propósito, comprende que, quizás, haya una razón para que el Gran Hechicero no sea mencionado en el último trecho de la historia. ¿Qué más queda por hacer cuando su destino juntos ha llegado a su fin?
Como cualquier casa real que se preciara, la de los Burgos tenía un buen conjunto de leyendas y tradiciones familiares que se remontaban hasta los inicios de su dinastía. Esas historias eran transmitidas a todos y cada uno de sus miembros desde temprana edad, con la esperanza de infundir en sus tiernas cabecitas el respeto y temor necesarios para que ninguno cometiera una imprudencia que atrajera la desgracia e ira de las hadas sobre la familia.
De todas, una se destacaba en importancia y reconocimiento por los habitantes del reino, pues se encontraba tallada en las fuentes de todas las plazas principales de cada ciudad. Era aquella que hablaba sobre como el primero de los reyes de la familia se convirtió, de hecho, en rey.
Nacido sin riquezas, con el tiempo se volvió un joven caballero del reino, querido por la gente debido a su generosidad y buen corazón. Aconteció un día que, encontrando en su camino a una viejecita desvalida a merced del frío y la ventisca, le ofreció su capa y un lugar junto al fuego. La anciana en verdad resultó ser un hada que, agradecida por su bondad, decidió concederle un don.
"Dime, noble caballero, ¿qué es lo que más anhela tu corazón?" le preguntó.
El joven caballero, que estaba profundamente enamorado de la princesa del reino, le confesó su amor y amarguras. A pesar de sus proezas, seguía siendo pobre, y sabía que el rey nunca les permitiría casarse a menos que pudiera ofrecerle riquezas a la corona. El hada, tocada por la sinceridad de su amor, le otorgó un regalo especial: un Reloj de Arena mágico.
"Este reloj," explicó el hada, "te traerá gran prosperidad a ti y al reino si te casas con la princesa antes de que caiga toda la arena, es decir, antes de que cumplas 21 años. Si lo haces, no solo conseguirás la mano de tu amada, sino que también asegurarás la abundancia para ti y tus descendientes."
El caballero llevó tal regalo ante el rey y logró que accediera a la boda apenas la noche antes de la fecha encomendada. Con su unión, el reino prosperó más allá de lo que jamás habrían imaginado: los campos se volvieron fértiles y abundantes; los ríos, tempestades y bestias se hicieron dóciles, y la fortuna sonrió a todos los habitantes.
Pero cuando nacieron los hijos del caballero y la princesa, el hada regresó para advertirles: "La prosperidad que habéis recibido no es eterna o sin condiciones. Vuestros hijos, y los hijos de sus hijos, deberán seguir el mismo mandato: encontrar a su pareja y casarse antes de cumplir los 21 años. Si fallan en hacerlo, las arenas del reloj se detendrán, y todo lo que habéis ganado les será cobrado de manera terrible…"
Las transcripciones variaban en esa última parte. Algunos textos hablaban de una mano siniestra que les arrancaría la vida; otros, que el infortunado se marchitaría como una flor sin sol mientras su corazón se tonara de piedra, incapaz de amar o ser amado; o incluso que acabarían vagando eternamente por los confines de una tierra de fría oscuridad e inmensa desdicha. Sea lo que fuese, la historia se convirtió en una advertencia para todos los miembros de la familia y una responsabilidad particular de los monarcas de hacerla cumplir.
Tal angustiante premisa era justamente la que atormentaba las noches de la joven reina Catalina, imaginando que aquel terrible destino del que tanto le advirtieron de niña lograba alcanzar al menor de sus hermanos, el príncipe Francisco, el único de ellos que faltaba por casarse y a quien solo restaban dos días para cumplir los veintiún años.
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Parte 1
—Tiene que estar bromeando.
Francisco no podía creer lo que estaba pasando. Por un momento llegó a pensar que seguía dormido, un extraño sueño donde su hermana mayor lo levantaba a tirones de la cama para arrojarlo frente a un gran grupo de hombres, pero ya se había pellizcado lo suficiente como para entender que era real.
Francamente, por la desesperación con que Catalina solía abordar el asunto de su matrimonio -o mejor dicho, la falta de este- debió esperarse algo así por parte de la reina.
—Es por tu bien y el del pueblo, Francisco. Todo el reino está en vigilia ahora mismo temiendo por ti. Así que hazles un favor a tus súbditos y elige un esposo. —respondió su hermana, más una súplica que una orden, señalando nuevamente al grupo de hombres.
Era una buena selección de sus generales, comandantes y un par de eruditos los que se inclinaban respetuosamente ante ellos. A pesar de la prisa que traía, Catalina parecía haberse tomado el tiempo de escoger los mejores ejemplares entre los voluntarios que se presentaron para convertirse en su marido. Tal vez en otras circunstancias se hubiese inclinado un poco a complacerla, pero no era el caso en ese momento.
—Se te olvida que estoy comprometido. —Tuvo que recordarle Francisco a su hermana.
—Con un hombre que ni siquiera pudo enviar una confirmación de si vendría o no. —devolvió Catalina, suspirando frustrada con su obstinación—. El alba está a unas horas, Fran, no estoy dispuesta a arriesgarme por la débil esperanza de que ocurra un milagro y el príncipe llegue a tiempo.
—Sé que tú no, pero yo debo confiar en que lo hará y honrar mi promesa. Miguel llegará. —declaró con toda la confianza de la que fue capaz.
“Tiene que llegar”, era lo que se había estado repitiendo toda la semana, pero no podía negar que también comenzaba a inquietarse. Era cierto que el otro no respondió con claridad a ninguna de sus cartas, esas en las que le recordaba las preocupaciones sobre las fábulas familiares y solicitaba su presencia en palacio para disipar los temores de sus hermanas y del reino; pero Francisco sabía que si Miguel hubiese enviado una confirmación de que iría para casarse con él antes de que llegara la fatídica fecha, su padre lo hubiera detenido en el acto. No, no hubo confirmación, pero sabían que la caravana del príncipe estaba de camino a su encuentro, así que no tenía de qué preocuparse.
Miguel llegaría a tiempo.
-o-
El amanecer se elevó finalmente sobre el reino, pintando el mundo de suaves tonos dorados y avivando el murmullo inquieto del despertar de la gente.
Las primeras luces del día bañaban las colinas y campos por los que serpenteaba el camino real, pero este seguía completamente vacío. Francisco había permanecido de pie en el balcón principal desde que la pareja real y él fueron llamados al salón por los eruditos, el corazón expectante, escrutando en la oscuridad cualquier rastro de Miguel o su caravana. Pero en ese momento, mientras el sol ascendía lentamente en el cielo, la esperanza se desvanecía poco a poco y una profunda desazón se abría paso en su pecho, inundándolo de temor.
—Fran... —La voz de María a su lado lo sobresaltó. No supo en qué momento había llegado al castillo ni cuánto llevaba junto a él en el balcón, pero por lo fría que sintió su mano cuando envolvió la suya debía ser bastante—. Ya es hora.
Las palabras de su hermana lo obligaron a aceptar la realidad, ineludible para ese entonces: Miguel no llegaría a tiempo. Y él mismo se había condenado. Sea lo que sea que le sucediera de ahora en adelante, sería culpa de su ingenua obstinación.
—De acuerdo. —Con un último vistazo al camino y las colinas vacías, Francisco se apartó del balcón y siguió a María al interior del castillo.
Dentro, los eruditos no habían perdido el tiempo. Las mesas, bancas, macetas y tapices habían hecho lugar a una serie de altas antorchas alineadas alrededor de un gran círculo que los sabios acababan de dibujar en el piso. Solo los tronos donde Catalina y Fernanda se sentaban estoicas y majestuosas permanecían en su lugar. A sus pies, Francisco reconoció los baúles que los sirvientes habían empacado para su luna de miel. El recuerdo de la ausencia de su prometido lo azotó una vez más bajo los ojos acusadores y desesperados de su hermana mayor. Fernanda por su parte lo miraba compasiva, solo su cuñada podía entender lo que sentía al ver su futuro junto al hombre que amaba desaparecer en un instante.
—Aún hay tiempo, solo tienes que...
Un espantoso estruendo silenció a la reina, como si el destino se hubiese ofendido ante la idea de que intentaran burlarlo. Para enfatizar, un humo negro y espeso comenzó a brotar rápidamente desde el círculo dibujado y a esparcirse por el piso a sus pies. Una lúgubre figura se elevó en el centro de la habitación. Todavía difuso, el espectro abrió los ojos, mirando a todas y a ninguna parte. Finalmente hizo una pregunta que resonó en las paredes vacías.
—Una vez más me han convocado, ¿Quién es el vástago a quién la fecha ha alcanzado?
Escapando del trance y la impresión, uno de los sabios se ubicó tras Francisco para instarlo a responder, pero el joven estaba demasiado conmocionado como para emitir sonido alguno, más cuando el repentino movimiento guió la atención de la sombra sobre él. Nadie se había molestado en advertirles sobre cómo se desarrollaría la ceremonia. Tan acostumbrados a que todo saliera de acuerdo al plan, se esperaba que para ese entonces estaría partiendo a su gira de luna de miel y solo los eruditos tendrían que presenciar el rito.
—El príncipe Francisco de la casa de Burgos, en este día glorioso ha cumplido los veintiún años, y se presenta ante su merced para cumplir con el destino encomendado. —Habló el hombre que se mantenía escondido detrás de Francisco.
—Entiendo y aguardaré al siguiente... ¡Espera! ¡¿Qué?! —La voz fantasmal se agudizó para esas últimas palabras, haciendo evidente su sorpresa.
—El príncipe ha cumplido los veintiún años y se encuentra ante usted para cumplir con su destino. —Repite el sabio, agregando—. ¿Acepta usted su sacrificio?
Un par de manos enguantadas atravesaron la nube de humo, batiéndola hasta que se disipó lo suficiente para que todos vieran emerger al hombre que se ocultaba del otro lado.
Era un joven moreno, ataviado completamente de negro. Tenía una altura similar a la de Francisco, aunque bastante más enjuto. No se podría decir que era en realidad un hombre impresionante, pero a Francisco le pareció terriblemente imponente mientras se dirigía a su encuentro con una feroz determinación en la mirada.
—¿Realmente está soltero? —Le preguntó directamente.
—A-Así es, mi señor. — Respondió Francisco apenas con un hilo de voz.
—El príncipe está aquí para entregarse voluntariamente y así cumplir con su destino al no estar casado ¿Acepta su sacrificio? —Vuelve a insistir el erudito una vez más.
Francisco se esfuerza por mantener algo de dignidad y no temblar demasiado bajo el escrutinio del otro hombre ¿De qué clase de sacrificio se suponía que estaban hablando? ¿Qué pasaría si no lo aceptaba? En ese momento se esforzaba por recordar las palabras de la historia que había escuchado repetidas en un sinnúmero de ocasiones, pero su cabeza estaba vacía de cualquier cosa que no fuese la mirada severa de aquel extraño.
—Lo acepto. —dijo finalmente, y la tensión en la mandíbula de Francisco se hizo más intensa.
—Entonces procederemos con la ceremonia. Acérquense para enlazar sus manos y sellar esta unión.
—… ¿Qué? —La pregunta escapó de la boca de Francisco un instante antes que de la de sus hermanas.
—¡¿Qué?! —Exclamaron ambas con mucha más intensidad.
—¡¿Matrimonio?! Pero- No puede ser ¡¿Vas a permitirlo?! —Protestaba María a viva voz contra la reina, como si la idea de que se casara con ese hombre fuese peor a que acabara muerto, encerrado en un calabozo, vagando ciego por el mundo, o lo que sea que su hermana estuvo imaginando por el “terrible destino”.
—¡Espera un momento! —Catalina se levantó, deteniendo por un instante al sabio que anudaba sus muñecas con el lazo ceremonial—. Ninguno de ustedes me informó de esto. En ningún escrito se mencionaba…
—La mano de un vástago soltero debe ser entregada en matrimonio para cuando cumpla los veintiún años. Esas son las condiciones. —Recitó el hombre, un frío amenazante en la voz y en sus ojos que congeló a todos en la habitación—. El príncipe admitió estar soltero, así que vendrá conmigo. Impídanlo y verán lo que pasará con su hermoso reino.
Lo cierto era que, en ese momento, a él también le pareció un castigo mucho peor que los otros. Acabar atrapado en manos de un desconocido, el que francamente le aterraba, con toda la incertidumbre de no saber qué esperar.
Mientras repetía mecánicamente los votos que les dictaba el erudito, el rostro del hombre frente a él le aparecía desfigurado, como si la nube oscura hubiera vuelto a cubrirlo, como una ilusión, como un sueño. Francisco deseaba con todas sus fuerzas que está vez sí se tratara de un mal sueño, uno del que lo despertarían en cualquier momento para informarle de la llegada de Miguel y podría contarle esa horrible pesadilla de camino al altar. Podría decirle esos mismos votos al hombre que amaba, en quien había depositado todas sus esperanzas y anhelos.
Pero no fue así. Apenas acabaron con el acelerado rito nupcial el hombre -su marido- se inclinó para dibujar rápidamente un nuevo círculo alrededor de ellos y sus pertenencias. Mientras la niebla los envolvía y el mundo que conocía se esfumaba ante sus ojos, Francisco sintió como todas sus ilusiones de un futuro feliz se desvanecían también.
No tuve tiempo para hacer muchas de las cosas que quería para este finde ¡pero aquí va un dibujito hecho en la corquera de los niños!
Cada uno entendió a su manera lo de hacer un <3
Para alinearse con el prompt del día, digamos que es la foto que le mostraron a la señora de la pastelería en la que había descuento de pareja para convencerla que si lo eran ;D
Una serie de dibujos con el prompt AU histórico para el Ecuchi finde 2024. Porque hay una conexión indeleble que los une a través del tiempo y el espacio... el chisme (y Miguel)
Inicio mi participación en el EcuchiFinde2024 con la prompt au histórico. En esta ocasión quise hacer un homenaje a mi episodio histórico favorito del ecuchi: la carta de salutación de Ecuador por el centenario de Chile.
No puedo leer la carta sin imaginarme al Panchito escribiéndola con las hormonas a flor de piel. Es basicamente una carta de confesión de amor de un adolescente (adjunto evidencias). Y además el hecho que sea un poema me hace pensar que se esforzó mucho para impresionar al manolo.
La verdad es que la carta fue leída en voz alta en la celebración del centenario. Pero no me imagino al Pancho teniendo el coraje de confesar su crush frente a tantos testigos, así que se la pasó con sus otros regalos no más, muriendo de ansiedad por dentro.
Manuel la recibió muy conmovido de su gesto y su amistad, solo para pegarse la mansa sorpresa después; pero le correspondió, obvio 🤭. Literal esta fue su cara leyéndola a la noche jsjjs (aun la atesora):
Agradecimientos públicos a Lucy por enseñarnos de este importantísimo acontecimiento canónico del ecuchi ♥️
Aquí el archivo entero por si quieren leerlo y chillar como yo lo hice.
Advertencias Menciones implicitas de situacion politica, homofobia, uso recreativo de drogas y racismo
Resumen De Lima a París, de San Francisco a Viña, Manuel y Francisco tocan y se enamoran. De los 60s a 90s, el show debe continuar.
Playlisting (no son todas las canciones, más las vibes)
Lima, 1970
Cuando se conocen suena, de fondo “Virgenes del Sol” la voz gorjeante de Yma Sumac, la soprano Inca. Al oír la canción Francisco sonrié. Está esperando que comience el concierto de los “Los Jairas”, nunca había pensado ver tanta gente para escuchar música andina, y peor en Lima. Cuando le invitaron a la radio de Machachi por fiestas de pueblo a que toque su charango, él ya se sentía Elvis Presley más o menos o Julio Jaramillo. Cuando fue a Quito no lo podía creer. Pero Julio le asegura que la música andina estña triunfando en Europa. “Los Jairas”, tocan con un gringo que toca la quena. Julio, le dice que hay productores gringos que pueden contratarles, Francsico no sabe si le cree pero cuando le conoce en fiestas de Quito sabe que es el mejor charanguista que ha visto nunca. Así que acepta la locura de venir a Lima a ver un grupo boliviano tocar porque van a hacer unas tocadas de música andina. Franciso llevaba el pelo un poco largo de guagua pero desde que fue a Quito se lo cortó. Hoy, pero, se puso sombrero para que sepan que es indio y a recibido sonrisas de alguna gente, saludos en quechua.
Ahora, los hippies tienen el pelo largo, como el tipo alto a su lado que parece también medio perdido. Es blanco, alto y muy flaco con un bigote que le queda mal y el pelo lacio. Lleva un jean y una camisa blanca se ve moderno, unas gafas que le cubren media cara de marco de abuelita, seguramente limeño con plata. Francisco es callado, pero no es tímido. El otro chico tendrá su edad y está solo.
- Que bien que por lo menos nos pongan Yma Sumác para esperar, ¿no?
El tipo alto no dice nada. Francisco siente un poco de vergüenza pero luego ve que asiente.
- Sí… muy peruano. - Dice con algo de burla en la voz. Le dedica una sonrisa y Francisco quisiera preguntarle si no es peruano pero la musica comienza. El rondado suena un poco como la voz de Yma Sumac, como los pájaros de la cordillera. El hippie se quita las gafas.
El concierto dura dos horas. Francisco no puede despegar los ojos, de los artistas. El estadio se comienza a llenar y el hippie está tan cerca de él que sus brazos se tocan un poco, a su otro lado hay una familia con niños morenos. A Francisco no le molesta, suena el charango y a veces le no puede evitar poner los dedos en las posiciónes para tocarlo despues. El hippie mira tambien concentradísimo. Es una comunión con el público, cuando comienzan a cantar “La vida que me ha tocado” no puede evitar volover a mirar al hippie, los ojos marrón claro brillan, sus labios son delgados pero se extienden en una sonrisa. Los dos asienen.
Cuando para cerrar el concierto tocan “Las Virgenes del Sol” Francisco y su vecino comienzan a aplaudir y se sonrien de nuevo. Con las últimas notas siente una mano en su brazo. Un acento, decididamente no peruano.
- Soy Manuel Gonzalez, mucho gusto.
- Francisco Burgos. ¿Chileno?
Asiente con cuidado, la gente se comienza a ir.
- Yo soy de Ecuador.
Le mira a los ojos y aunque no saben que más decir se sonrién de nuevo, en el estadío aplauden para que toquen la última. Las luces se vuelven a apagar. Suena la de “Chapaco Preguntón” pero los dos se siguen mirando. Francisco se pregunta sí… Sería fácil rozarle la mano con los nudillo, si le quita es que nada, pero si se deja… así hizo con el Segundo Morales, el primero chico al que besó cuando fue a tocar a Cuenca al Corpus Cristi.
Pero no se atreve. Al final encuentra a Julio que le presenta a los músicos y Francisco se olvida de todo. Toman pisco y al final van a una fiesta a unas casas grandes del centro. Hay hartos indios, quichuas aymaras, gringos tambien, gente bien y gente rara. De repente se van hacía una salita donde están fumando y un hombro, de pelo largo, bigote feo, afina una guitarra.
- Franscisco, te presento a Manuel Gonzalez, ahí donde le ves con sus pintas de gringo es chileno y canta tonada, como Violeta Parra. Pero a veces le coge la locura y toca guitarra electrica. Es un huaso sicodelico.
Manuel parece anonadado un segundo. Luego le sonrié.
- Como Violeta tampoco. A mí aún no me invitan a París. Un placer verle de nuevo Francisco.
No explica nada más y comienza a tocar “Yo vendo unos ojos negros”. Francisco no puede dejar de mirarle. Manuel tampoco. Esa noche en Lima a Francisco le ofrecen LSD y no toma, whisky y agradece, pero solo se moja los labios. Manuel le ofrece ir a la terraza y acepta con gusto. Cuando se besan la boca del chileno está seca y se oye solo el mar.
***
San Francisco, 1966
En otra vida, Manuel hubiera sido ingeniero o economista. Es un chico brillante, de familia bien de Santiagon y aunque le gustaba la guitarra y los boleros un poco moridores y las tonadas de fiestas patrias el rock un poco muy ruidoso creían sus padres que se le pasaría cuando fuera a estudiar a Caltech ingenieria en minas.
Manuel siempre ha sido raro. Lee mucho y habla muy poco. Está esperando, ha estado leyendo y escribiendo y esperando. Tocando la guitarra, guardandose para algo que no sabe que es. Cuando se da cuenta que prefiere a los hombres no le choca, ha leido suficientes gringos y franceses para saber que asi pasa. Cuando entiende que no quiere ser ingeniero no se preocupa, sabe que uno puede siempre comenzar tarde.
En San Franscisco, eran los 60s, Manuel nunca ha sido bueno para hacer amigos pero es inteligente y entiende lo que pasa. Fue solo a conciertos de rock y solo a conciertos de funk. Fue solo a la playa y vio de reojo a los hippies. Solo se acerco a uno de sus compañeros cuando le vio tocando una canción que parecía un corrido o una tonada en la universidad. Un gringo rubio, con un tipo que parecía mexicano mirandolo.
- ¿Qué canción es esa? - Preguntó en inglés.
El moreno le sonrió, mirandolo de arriba abajo. Lleva un pantalon de tela y un chaleco con motivos que ha visto en los tejidos mexicanos de las pelicas que veia su abuela. El rubio solo estám comenzando a tocar un country más melodico, como una polka.
- Tantito de folk nomás. ¿Has oido hablar de Woodie Gutrie?
Woodie Gutrie, cantaba canciones viejas americanas que decían en la universidad que eran de campesinos incultos. Manuel era mucho de leer y una cosa le llevó a la otra y seis meses después estaba dejando ingenieria y comenzando literatura americana. Antesa de darse cuenta Manuel estaba escribiendo ensayos comparandon Neruda con la Beat Generation, teniendo opiniones sobre la Guerra de Vietnam, acompañando a Pedro a las reuniones de la la Mexican American Political Association y tomando LSD, mucho LSD en la playa de California que hacía que el cielo se uniera con el mar en una explosión roja. Las guitarra a la que alguien le intentaba sacar sonoridades indias le hacñia pensar en el sonido extraño, del guitarrón, en los tambores de los mapuches.
Cuando se graduó volvió con el pelo largo, un matón mexicano, y la representación de sintetizadores americanos. Sus padres casi se mueren.
- ¿Que vas a hacer Manuel?
- Ir a Viña. Allá necesitan de estos. - Dijo como si fuera evidente, y una semana después, alla fue.
***
Viña del Mar, 1972
Francisco se siente profundamente rídiculo con la dirección en un papelitop ahora destrozando en la mano. Él siempre ha sido callado pero valiente. Voluntarioso dice su abuelita. No le importo cuando le dijeron que vaya a aprenden una profesión y el decidió ser cantante. Pero gastarse casi todos los ahorros para ir a Chile porque le llamó un tipo al que besó una vez es ser ya shunsho. Pero no puede evitarlo, hay algo en Manuel, algo cercano. Cuando le llama siempre hay un momento que su corazón late “cual caballo desbocao” como diría la copla venezolana, al oír las entonaciones de su acento chileno, su voz grave. Se enamora más cada vez que se gasta la fortuna al telefono, le falta prender una vela para poder que la operadora pueda conectarles.
Nunca ha sido él de escribir pero con Manuel han intercambiado decenas de cartas, recortes de poemas y sobretodo canciones. Franscisco le habla a Manuel de sus animales y del campo, siente que le escucha, le habla de como los grupos andinos se están haciendo conocidos como ahora llenan estadios y tienen músicos acompañantes. Manuel le habla de la industria de la musica en la que está entrando más como productor y técnico de sonido.
Siguieron con indignación y luego tranquilidad el proceso por el copyright de “El Condor Pasa”.
Hablaban tambien de otras cosas :
“a veces cuando miro el mar me acuerdo de la noche que pasamos, hay lugares donde los hombres se encuentran en Santiago, pero me parece vacío no saber que puedo después hablar con alguien.”
“El otro día mi perro el Humberto se comió una flores que se llaman acá floripondio y estaba enfermo porque son flores que duermen, me acorde de que usted que tambien se come flores raras. A mí me han ofrecido floripondio, hasta la yagé que le dicen pero no quiero, quiero tener los ojos bien abiertos. No sé como explicar”
Manuel abre la puerta y parece algo molesto. Cuando le ve parece calmarse, coge su maleta y cierra la puerta.
- Señor Francisco.- Saluda, cómo si no lo conociera. Se ha cortado el pelo y por consejo suyo el bigote, pero aún tiene una melena. Las gafas de sol chocan con los parpádos largos de Francisco cuando se besan.
- Manuel González. - Lo dice con un cariño que al chileno haría suspirar.
Cada vez que escribe, cada vez que le habla a Francisco, siente por un segundo que no es enserio. Que se está inventando todo y que se va a disipar todo como una alucinación de las que tenía en la universidad bajos los efectos del LSD. No sabe bien que hacer pero quiere tocarle, deja la mano en su hombro y luego le coge la muñeca delicadamente. No se acuestan ese día, no directamente, pasan más tiempo mostrandose los ultimas discos que han adquirido con el sudor y haciendo llorar a sus respectivos instrumentos. Cuando el sol se está acostando comen pan y con paté. Francisco ha hecho 56 horas de bus con una parada en Lima de una noche asi que Manuel pone un vinil de música india y le masagea la espalda un largo tiempo.
Está vivo se da cuenta, el hombre que le hace reír, que toca el charango con un toque saltarín de sanjuanito está realmente con él, su piel caliente bajo sus manos.
- Con esta música se cogían todos los hippies de mi universidad gringa. - Le murmura cerca del oído, intenta que sea sensual pero Francisco se ríe. Se ríe y se ríe, alegre.
- Shunsho eres Manuel.- Le besa todavía sonriendo. - Yo me acuesto con usted hasta con el himno nacional.
Esta vez es Manuel quién no puede dejar de reirse hasta que comienzan a besarse, se oye afuera, también el mar.
Francisco es serrano y si no confía en bañarse en mar abierto, no puede dejar de mirar al mar. Van al mar casi todos los días y escuchan todos los vinilos que tiene. A los tres días de llegar, Manuel le pide que toque el charango y comienza a tocar, en algunas partes rasgasdos largos en su guiterra electrica.
- Deberíamos ir a París. Usted toca el charango, y yo le hago arreglos sicodelicos. Algo nos han de dar.
Francisco no dice nada. No se ríe, solo piensa, piensa como cuando decidió ir a tocar de pueblo en pueblo, piensa en una vida tan lejos de su tierra.
- No. Muy lejos París, pero si fuera más cerca…
Francisco se da cuenta que nunca ha escrito en Kichwa, pero trata para escribirle una carta a su abuelita y su mamás que habla del destino, de la vida, de que hay aviones, de buscar buenas cosas. Cuando habla con su mamá por telefono, ella llora pero le dice que sabía que es culpa suya porque le dejo hacerse cantante y ellos siempre cogen camino.
***
París, 1991
Los 90s eran otro tiempo, si hubieran sido los 1890, Mario hubiera estado probablement feliz de ir a estudiar a París, porque él era un pianista arrecho, y en ese tiempo París y Vienna eran todo. Pero los tiempos han cambiado y a donde quería haberse ido a Mario, era a Miami, lamentablemente por culpa de Miami Vice, y seguramente por prestigio antes los vecinos lo mandaron a París.
En ese tiempo, solo se hablaba con la casa una vez a la semana. Treinta minutos que le costaban un ojo de la cara. Hablaba más con su mamá que le recomendaba que comiera bien; él decía que por suerte comía como alquilado y que si le gustaba en pan. Hablaba con su papá que le decía que tenía que estudiar, y los estudios del conservatorio, que por cierto, iban muy bien. A quién les mentía era a los primos, que solo le prguntaban las francesas, las parisinas, que dicen que son….
“Sí, sí!” Mentía Mario, porque no tenía como decirles que desde que llegó a Paris, estaba persiguiendo a una colombiana.
Al comienzo no sabía de dónde era Catalina. Tenía compañeros de todo el mundo. Era una morena preciosa, se vestía a la moda, jeans de corte clásico y material bueno y un cintillo, muchas veces azul en el pelo con chaquetas de tela colorida y tacones cuadrados. Moderna y elegante.
- Te juro, Sebas, que la Cata es latina. Latina caribeña, yo conozco a mi gente.- Afirmaba, con la seguridad con la que a los catorce había decidido que sería músico y con la que hablaba en el peor francés del mundo.
Sebastían, su mejor amigo un uruguayo de ascendencia italian que hablaba mejor francés que él le dijo que si parecía latina, pero nunca le oido hablar español.
- Pero puedes preguntar, tiene muchos amigos, es popular en el conservatorio. - Le explica.
- Sí, tercer violín y el cuerpo que acompaña.- dice en voz baja para que las chicas no lo oiga. Sebastían no se lo espera y le mata de la risa.
- No, osea sí. Pero ahí dónde la vez Cata hace mezclas de techno.
Mario ha oido, porque no es por nada pero saber, un poco de música de los USA, el es un hombre de rock, house, salsa y Chopín, Falla y Teresa Carreño. Pero sabe que desde los 50’s están conectado todo a un parlante electrico. Y ahora nisiquiera hay intrumento, y aún así ha conquistado a europa.
- ¿Tecno casero, en París? - Pregunta porque las calles empredradas al borde del Sena y el europop no le parece que va mucho con eso, él diría mas que eso es cosa de alemanes o de gringos.
- Hay todo en París, pero su familia tiene un almacén de discos de vinil y Cds, “L’Ima” calle de Turbigo, en el Marais, unos barrios interesantes.- Explica Sebastían.
- Habrá que ir.
***
Catalina no es tonta, tiene muchos amigos, es el tercer violín de la orquesta joven del conservatorio nacional así que por cariño o interés le han estado ya diciendo que el pianista venezolano, guapo y talentoso pregunta a todos si ella es latina.
Catalina tiene la suerte de serlo, cuando en los 80s se puso de moda adoptar niños colombianos muchos terminaron lejos de su tierra, siendo de otra parte. No soy de aquí ni soy de allá, como dice Facundo Cabral. A veces se acuerda de su madre, pero si la busca quiere que sea después. Cuando de mi primer concierto de solista se ha prometido. No quiere presentarse con menos.
Su identidad está estrechamente ligada a la música, sus padres tenían en la tienda cumbia y vallenato. Compraron dos viniles del Festival de Bambuco, Cantares de Colombia y Sonidos del Pacífico. Junto a las canciones de Maria Elena Wash habían movido cielo y tierra para conseguir Cds de niños de la editora Lexus con hits del tamaño de la Iguana que tomaba café y La Serpiente de Tierra Caliente. En la casa hablan solo español, pero su lengua materna es la música.
Francisco es cantante de música andina, un tiempo fue su actividad principal y su Manuel tiene una negocio de alquiler de equipo de sonido. Pero la familia se dedica sobretodo a “L’Ima” es lugar de peregrinación de trabajadores de las embajadas que se olvidaron de traer música patria, los casados que pasaron su luna de miel en Acapulco, Cartagena o por alguna razón, Lima, de estudiantes latinos nostálgicos y antropologos americanistas. Tienen una pared entera de música andina, más que cualquier disquera de París. Hay unos antilleses que tienen una tienda de música caribeña con más salsa en Colombes, sí, y un argentino que tiene una milona en el distrito 10mo de París con todo el tango habido y por haber dónde a veces van a comer empadas, porque claro que las venden. Pero ellos tiene tonadas chilenas, una buena selección de Salsa y Merengue, Boleros, Bossa Nova, Rancheras y Música del recuerdo. Sobretodo tienen las últimas cumbias y chichas sicodelicas que gustán tanto a los alternativos. Y una sección North American Folk que tiene el disco preferido de Catalina de Rancheras de Linda Ronstand que cree que fue lo que hizo que se enamorara del violín.
El acento de Catalina es raro, usa expresiones que aprende en libros del siglo XIX y en revistas actuales, trata a veces de imitar las novelas y peliculas que compraron en VHS la última vez que fueron a Bogotá. Pero prefiere hablar en la mezcla de acentos que es la suya, le dicen que parece peruana, de los Andes. No ayuda que a veces dice cosas que Francisco ha dicho toda su vida y luego, después de años Manuel le dice, “pero eso es quechua, tus amigos no te van a entender”.
Cata sabe que es privilegiada, mimada, que sus padres tuvieron que luchar para dedicarse a la música. Para estar juntos también, pero eso hasta en París no es lo más común. Esto le dice a Mario cuando le acepta una cita mientras se come una crepe que no dejó que pagara.
Parece que pudiera ver como los engrenages en el cerebro del chico giran como trata de entender lo del charango y la adopción, Viña del Mar y París, la politíca que los obligo a irse y la música que les hizo quedarse juntos. Y sobretodo….
- Mis papás. - dijo con una pausa que trataba que fuera más casual que dramática - Francisco, que toca el charango es un instrumento andino como el cuatro de ustedes. Y Manuel que toca la guitarra pero está más en el sonido. Los dos se conocieron en un concierto, ¿no? Así que yo me crié en la música.
Es una especie de prueba, sabe que lo sabe. El deseo de Mario esta luchando con sus concepciones de la familia y la sexualidad en tiempo real. Quiera saber porque se vinieron a París y si no tenían problemas con eso, si es legar adoptar niños entre dos… lo que más quiere sin embargo es que la colombiana le pare bola.
- ¡Chévere!- Se atreve finalmente. - Qué…. Interesante.
- Sí ¿verdad? - La sonrisa de Catalina parece iluminar la tarde gris de París.
Francisca siempre se había considerado una dama apropiada. No solo porque todos quienes la conocían coincidieran en ello, sino que estaba convencida de la propia corrección de sus sentimientos.
Desde pequeña, y gracias a la diligencia y asidua protección de sus hermanos, supo cómo debía comportarse una señorita si quería escapar a la ruina y la inmoralidad. De ella nunca se conoció un escándalo, ni una sola habladuría, ninguna reserva u opinión desfavorable llevó su nombre a la boca o pluma de persona alguna. De Francisca Burgos solo se oían buenos comentarios: que era una chiquilla encantadora, una señorita ejemplar, alma caritativa, jovencita juiciosa, amiga prudente, intérprete virtuosa, etc. Etc.
Tal reputación le habría significado una extendida y bien merecida admiración en un vecindario más variado y numeroso, o si tan solo su familia hubiese estado dispuesta a sufrir las agonías del traslado ocasional a las localidades de moda para pasar la temporada. Pero siendo como eran las cosas, lo cierto es que sus muchas virtudes y encantos no llegaron al conocimiento de más de una treintena de personas, de las cuales solo un puñado resultaban en parejas adecuadas.
Por suerte, entre aquellos se encontraba Manuel González, su más querido amigo de infancia. Desde el niño flaquito que le extendía la mano para cruzar el canal que separaba los terrenos de sus casas paternas, se había convertido en un competente abogado y hábil administrador, aunque siguiera sin ganar tanto peso como a ella y al médico les gustaría.
También era el hombre que llevaba siendo su esposo por los últimos cuatro años, y el origen de su actual intranquilidad por la penosa solicitud que estaba a punto de hacerle.
—Él lo entenderá. Es un hombre sensato, sabrá que se lo pido por el bien y la felicidad de ambos. —Repetía para sí misma de camino al estudio, cargando una generosa taza de té entre sus temblorosas manos.
La suya fue una unión sensata, motivada por el mutuo deseo de abandonar la protección paterna y aprovechar las bondades que la vida de casados les ofrecía, sin tener que padecer realmente los pormenores más desfavorables de dicho intercambio.
Siendo la hija menor de una familia respetable y bien avecindada, con dos hermanos mayores de fuerte carácter y atentos a su educación, Francisca no conoció lo que era la libertad de movimiento o consciencia sino hasta que se convirtió en la esposa de Manuel, y este se vio ampliamente recompensado con una serena y acogedora vida doméstica bajo la cariñosa y diligente mano de su nueva esposa. Se llevaban bien, sus temperamentos congeniaban perfectamente, así como sus anhelos y objetivos para el futuro juntos. Sentían un profundo respeto y un tierno cariño por el otro, lo que les facilitó la pantomima de recién casados y les ganó la consideración de sus vecinos como la pareja “más armoniosa y dulce de toda la región”. Por eso su enorme angustia cuando se enteró, por nadie menos que la floja y bravucona mucama que acababa de despedir, de los actuales y escandalosos comentarios que se hacían sobre ellos en el pueblo.
Se detuvo en un descansillo poco antes de llegar para palmearse las mejillas y recuperar algo de compostura antes de entrar al estudio de su marido.
—¡Cálmate de una vez! No es que el asunto sea un misterio para él, que además de hombre es abogado y peores cosas habrá escuchado.
Aun así, la mortifica imaginar que Manuel llegara a lamentarse que, en vez de una joven inocente, se había casado con una víbora maquinadora, igual que las señoras distinguidas cuyos intereses representaba. Pero, siendo la mujer sensible que era y estando en juego el buen nombre y la reputación de ambos, no podía retrasar más el inconveniente asunto.
-o-
Manuel podía admitir para sí mismo que estaba asustado. Aterrado más bien. Sin embargo, se esforzaba en mantener esos inconvenientes sentimientos lo más ocultos a la vista de su querida Francisca, para no mortificarla mientras bebía largos sorbos del té que ella le había llevado a su oficina.
Té negro con melisa, lavanda, cedrón, menta… y una vara de canela para darle sabor. El elixir especial de su esposa para cuando debía comunicarle malas noticias. No de esas menores como la llegada de un visitante sin anunciar, ¡sino catastróficas noticas! Como aquella vez en que le informó que sus vecinos insistían en hacerlos benefactores del concierto de caridad; o cuando resultó que parte de sus inquilinos se vieron involucrados en un absurdo e ilegal pleito de faldas y contrabando; o, la más terrible, cuando su madre llegó con planes de permanecer un mes completo en su casa.
Le había servido esa mezcla las veces suficientes para que Manuel fuese capaz de reconocer su particular sabor y propósito, pero no tantas como para que dejase de ponerle los pelos de punta, tan contrario a su propósito original.
Había, además, otro asunto inquietante. Contrario a lo habitual, Francisca permanecía en silencio. Ni una sola palabra sobre su día, el manejo de la casa, las travesuras de los perros o las novedades del vecindario para distraerlo de sus tediosos asuntos legales ¡Nada! Se había limitado a entregarle la bandeja y entonces se sentó en el futón acostumbrado, observándolo en silencio mientras apuraba la infame taza de té. Como si ella misma estuviera demasiado alterada por el mensaje que debía transmitir como para intentar ocultar su terrible misión.
Manuel no lo soportaba más.
—¿Hay algo que quieras discutir, tesoro? —Inquirió, con un tono que tampoco lograba disimular su nerviosismo.
Francisca se estremeció ligeramente al verse descubierta, pero pronto recuperó su semblante sereno, aunque Manuel no dejó de notar el leve temblor en su párpado izquierdo.
—Me has descubierto, querido amigo. En efecto, hay un asunto delicado que debo discutir contigo, pero antes… —Se interrumpió, señalando la taza sobre su escritorio—. Bebe un poco más. Lo necesitarás.
Manuel sintió que un leve temblor se apoderaba de su cuerpo ante sus palabras. “Lo necesitarás”. Sin duda se trataba de algo grande, devastador. Obedientemente, tragó hasta la última gota del sedante que le ofrecían para sus pobres nervios, dispuesto a recibir el golpe mortal de una vez.
¿Qué podría ser? En los segundos que tardó la bebida en deslizarse por su adormecida garganta, un sinnúmero de escenarios dantescos se arremolinaban en su mente: ¿Sería otro huésped indeseado? ¿Otro evento benéfico? ¡El cielo no lo permita! Que los estuvieran obligando a dejar su reclusión nupcial y organizar un baile. Tal vez uno de los nuevos cachorros había muerto ¡Oh! Señor, ¡no! Toda la camada, sucumbida en la ventisca nocturna ¿O quizás un escándalo? Debía ser uno que los involucrara a ellos, o su esposa no sería tan críptica al respecto ¿Una demanda en su contra? O, peor aún, ¿acaso trataba sobre Francisca? Pero ¿qué podría hacer su dulce amiga para atraer las malas lenguas? A no ser que, Dios no lo quiera, había caído finalmente en las garras de un pérfido rufián y quería divorciarse para seguir a ese canalla.
Consciente de que su mente deliraba bajo los efectos del té, se volvió hacia Francisca, dispuesto a enfrentar la situación cara a cara.
—De acuerdo, ángel mío, dime qué ha ocurrido. —la instó, sujetando sus manos entre las suyas.
—Más que acontecido algo, es una petición, o, mejor dicho, una exigencia que debo hacerte. —respondió Francisca, devolviéndole el gesto y apretando sus manos con una fuerza que Manuel jamás había sentido provenir de sus delicadas manos—. Pero temo que, si me atrevo, pensarás que soy una amiga espantosa…
—Te aseguro que nunca me atrevería a pensar tal cosa. Lo que tengas que pedir, pídemelo con tranquilidad, mi cielo, y haré todo lo que esté a mi alcance para apoyarte en lo que necesites.
Francisca tardó un poco más en mirarlo a los ojos, pero cuando lo hizo, Manuel pudo ver en ellos un temor palpable, junto con una decisión ferviente. Fuese lo que fuese que iba a pedirle, no saldría de allí hasta que lo consiguiera.
—Necesito que tengamos un bebé.
-o-
Francisca vio a Manuel tambalearse, acuclillado donde estaba, para luego caer desplomado al piso. Se apresuró en sostenerlo y notó lo frío que se había puesto, su rostro pálido de terror. Lo abanicó desesperadamente con el primer manojo de documentos que encontró a su alcance.
—¡Respira, cariño, respira! —le instaba, inclinándose sobre él mientras el pobre hombre trataba de encontrar su aliento, sin mucho éxito.
—¿Un bebé? —murmuró Manuel, sus pensamientos enredados y confusos—. ¿En dónde conseguiríamos un bebé? ¿Cómo…?
Francisca se detuvo un momento en sus esfuerzos para mirarlo con severidad.
—Sabes muy bien cómo, José Manuel.
Manuel agitó las manos frenéticamente, como si el solo pensamiento fuera una pesadilla tangible que intentaba apartar de su mente.
—¡Oh no, no, no! —negó insistentemente, mientras retrocedía a gatas hacia el respaldo del sillón, sin lograr levantarse, buscando desesperadamente una escapatoria o un escondite—. Imposible. No se puede, pastelito. De ninguna manera.
Francisca lo siguió de cerca y con determinación, una mezcla de preocupación e incredulidad en su expresión.
—Solo será un par de veces. —quiso tranquilizarlo, fallando horriblemente.
—¡¿Veces?! —exclamó el hombre, más espantado que antes.
—Es necesario, querido. Llevamos cuatro años casados y recluidos, la gente empieza a hablar sobre la falta de niños… —intentó razonar con él, la voz dulce y conciliadora como si le hablase a un niño asustado.
—¡Déjalos que hablen entonces! —protestó Manuel, todavía arrastrándose por la alfombra y entre los muebles para evadir su mirada.
—Sabíamos que este día llegaría. —continuó Francisca, arrodillándose y deteniendo su persecución un momento, ya bastante cansada de seguirlo así agachada—, que era una prueba a la que tendríamos que hacer frente tarde o temprano…
—Seguro que podemos encontrar otra forma más conveniente —interrumpió Manuel, la desesperación y el pánico afectando su razón y nublando sus palabras—. No seríamos los primeros. Puedo arreglar una adquisición discreta, o si lo prefieres podrías recurrir a un tercero para concretar el asunto…
—¡¡Señor González!! —exclamó Francisca, alzándose indignada—. ¡Espero que no esté insinuando lo que creo!
Al escuchar ese inusual y elevado timbre en la voz de su esposa, que hacía notar cuánto la había ofendido con sus últimas palabras, Manuel cayó de rodillas frente a ella, aferrándose al borde de su vestido como si su vida dependiera de ello.
—¡Lo lamento, en verdad! ¡Pero por favor, bizcochito, ten piedad! —clamó, los ojos llenos de súplica—. Te juro que ni una palabra de reproche saldrá de mi boca si me dices que lo has resuelto sin requerir de mi penosa intervención.
Francisca reclamó de vuelta su falda, sacudiéndoselo de encima con un fuerte tirón.
—¡Suficiente! Seré clara al respecto, señor. No pienso recurrir a un mozo, a un amante, ni a ningún tipo de truco por el estilo para tener un hijo. Soy una mujer decente, devota, y casada —recalcó eso último, con una intensidad que hizo que Manuel instintivamente se sentara derecho—. Con un hombre sano y en edad de proporcionarme lo que requiero para completar esa labor.
Francisca no pudo mantener mucho más el tono severo, no era propio de ella. Además, viéndolo en ese lamentable estado, fue incapaz de permanecer indiferente a su sufrimiento. Volvió a arrodillarse, esta vez a un lado de su marido y comenzó a sobarle la espalda suavemente.
—Lamento ponerte en esta situación. No es una perspectiva agradable para ninguno de los dos, la concerniente al acto. Pero cuando planeamos cómo sería nuestra vida juntos dijiste que estabas de acuerdo en cuanto a tener hijos.
—En ese momento no pensé demasiado en cómo los conseguiríamos. Pero tienes razón, amor mío... —Suspiró Manuel, considerablemente más relajado gracias a los mimos de Francisca—. Solo un bebé nacido en esta casa calmará la lengua de la gente, pero ¿Estarás bien con ello?
Francisca se reclinó contra su costado, dejando descansar la cabeza sobre su hombro.
—No te mentiré. La idea de parir me asusta un poco, como a toda mujer razonable. En cuanto al embarazo y la maternidad, sí me gustaría. Sabes que ansío tener una familia grande.
—Ay, señor, ¿en qué me metí? —suspiró Manuel nuevamente, acabando con una risita que alegró en algo su semblante y logró contagiar a su esposa.
—Lo haces sonar como si te enviara al patíbulo, cuando solo te pido que yazcas un par de veces conmigo. —protestó Francisca, picándole el costado y haciéndole retorcerse como cuando eran niños.
—Piedad, querida, piedad —suplicaba Manuel entre risas.
-o-
La fatigosa misión se llevó a cabo ese mismo invierno, y para el siguiente otoño todo el vecindario estuvo complacido de recibir la noticia de que la señora de González había dado a luz a una sana y hermosa niña con los mismos y penetrantes ojos que su padre.
Ese feliz acontecimiento, junto a los otros dos que le siguieron, los mantuvo tranquilos respecto de la fertilidad y buen entendimiento de la pareja, para quienes la temida y laboriosa tarea resultó ser escasamente temida, si bien bastante exhaustiva.
Inicio mi participación en el EcuchiFinde2024 con la prompt au histórico. En esta ocasión quise hacer un homenaje a mi episodio histórico favorito del ecuchi: la carta de salutación de Ecuador por el centenario de Chile.
No puedo leer la carta sin imaginarme al Panchito escribiéndola con las hormonas a flor de piel. Es basicamente una carta de confesión de amor de un adolescente (adjunto evidencias). Y además el hecho que sea un poema me hace pensar que se esforzó mucho para impresionar al manolo.
La verdad es que la carta fue leída en voz alta en la celebración del centenario. Pero no me imagino al Pancho teniendo el coraje de confesar su crush frente a tantos testigos, así que se la pasó con sus otros regalos no más, muriendo de ansiedad por dentro.
Manuel la recibió muy conmovido de su gesto y su amistad, solo para pegarse la mansa sorpresa después; pero le correspondió, obvio 🤭. Literal esta fue su cara leyéndola a la noche jsjjs (aun la atesora):
Agradecimientos públicos a Lucy por enseñarnos de este importantísimo acontecimiento canónico del ecuchi ♥️
Aquí el archivo entero por si quieren leerlo y chillar como yo lo hice.