Peaky Blinders | 1.03
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@madwolrdx
Peaky Blinders | 1.03
kaizokuous:
“realmente no tienes que hacer gran cosa…” comienza a explicarle a su amigo. habían quedado de verse unas horas antes en su apartamento, porque samuel se había enterado que su ex novio asistiría a la reunión de hoy. él no planeaba invitar a nadie, pero tras recibir la noticia, sintió la necesidad (en realidad era un capricho) de demostrarle que estaba mucho mejor sin él, ¿y qué mejor que hacerlo mostrándole que estaba viendo a alguien más?
“solo tienes que fingir ser mi cita. fácil, ¿no? puede ser que llevamos un par de meses saliendo, pero aún no es oficial porque… bueno, en todo caso mis amigxs ya lo sabrían. y no lo saben.” continúa, pensando que era un plan perfecto. estaba seguro de que su ex novio se moriría de celos si lo veía con alguien más, especialmente con alguien atractivo. “puedes tomarme la mano, y hacer esas cosas que harías con la chica con la que estás saliendo pero no es exactamente tu novia, pero quieres que lo sea. ¿me explico?” estaba hablando más rápido de lo normal, producto del nerviosismo que le provocaba tener que volver a encontrarse con su ex. “se supone que nos gustamos mucho.”
sabía que estaba mal, que no debía fingir ese tipo de cosas para impresionar a nadie. simplemente podría ir solo y fingir estar bien con la soltería, pero el problema era que no lo estaba. llevaba un par de meses sintiéndose bastante miserable tras la ruptura, así que no se le ocurría algo mejor que devolverle esa miseria, por más inmaduro que fuese. “¿qué te parece? no tienes que besarme si no quieres. total, aún nos estamos conociendo.” esto lo dice a modo de broma, tratando de aligerar el asunto. sabía que era heterosexual, y pedirle ese tipo de cosas quizás era presionarlo demasiado. “¿ves? no es tan complicado. solo tienes que ser amable conmigo y verte bien. te prometo que te voy a compensar, en serio. haré todo lo que me pidas.” // @madwolrdx
Según lo acordado; había llegado al apartamento tras terminar el trabajo en la estación. Por suerte para ambos, pudo cumplir sin sorpresas que le obligaran a cambiar de planes. Después de todo, los crímenes no tenían horario ni días libres. Había venido siendo una jornada levemente más tranquila, cosa que Oliver agradeció. Y ahora estaba allí, instalándose en la sala con un café en las manos y oyendo a su amigo con toda la atención posible. Ciertamente, le era grato visitarlo y pasarse el tiempo entre conversaciones de todo tipo sin mayor tapujo. Para el detective la condición del castaño ante él jamás había sido un problema. Al contrario, desde el primer momento de conocerse se habían llevado muy bien y eso se notaba. “Ok…”. Se limitó a musitar tras las primeras palabras, revolviendo con lentitud del líquido oscuro con la pequeña cuchara mientras lo observaba silencioso y expectante. Cuando lo citó allí, Oliver pensó que se trataría de cualquier cosa, menos de lo que poco a poco comenzó a oír. En cuanto Samuel echó a fuera sus planes, Whittaker ya estaba con el ceño fruncido y el rostro ladeado, casi viéndolo de refilón. Pensó que podría tratarse de una broma, y poco faltó para que se echara a reír, pero la celeridad en Samuel o ese aire incluso emocionado que pudo divisar, le hicieron percatarse que aquello iba en serio y la sonrisa imaginaría se desvaneció. “Espera, espera…” Sosteniendo el platillo con su mano izquierda y evitando que se le fuese a caer, utilizó la derecha para apoyarse en ese alto y alzarla en el aire. “¿Quieres provocar celos en tu ex? Vamos, Samuel, ¿acaso regresaste a tus quince años o sólo quieres molestarlo?”. Desistió del café, dejando la taza en la mesa de centro antes de continuar. “Mira, sé que puedes estar enamorado y quieras recuperarlo. O incluso ya no lo quieras y sólo seas víctima del despecho, ¿pero de verdad te parece adecuado fingir de esa forma? ¿No has pensado qué podría resultarte al revés y sólo lo alientes a felicitarte sin que le importe?”. No quería ser pájaro de mal agüero, pero necesitaba exponerle las posibles opciones porque luego la tristeza sería peor. Usualmente situaciones así nunca terminaban bien. Podría mostrarle con pruebas y casos la cara más fea de aquellos cierres. “¿Qué pretendes obtener de todo esto, Samuel?”.
Theo James for Hugo Boss: The Scent
“Sit down […]”
queenexcelsior:
Sabe que debería optar por seguir palabras contrarias. Hacer algo. Tal vez huir, tal vez quedarse, o simplemente levantar su voz y esperar que lo peor suceda. La otra parte en su interior, esa que es menos valiente y que está demasiado asustada, le indica que no vale la pena, que ya ha sufrido demasiado y exponerse a una situación así puede ser de vida o muerte. Sigue en ese limbo, debatiéndose entre todas las opciones posibles. “Ya estoy haciendo algo, lo estoy hablando contigo.” Responde entonces luego de haberse quedado callada por algunos segundos. Resulta fácil perderse en su mente cuando tantos sentimientos (y todos intensos) la embriagan, la llenan por completo. “Es más de lo que he hecho en años.” Aclara para dejarle saber que esto no viene de ahora, que ya hace mucho no quiere a su esposo, no se siente amada y él lo nota. ¿Que hace? La tortura por ello y cierta parte de su cerebro ya se ha acostumbrado a tolerarlo. Sigue sus pasos con la mirada cuando el hombre se dirige hacia la repisa y gira levemente su cuerpo para seguir teniéndolo en su campo visual. Al principio se pierde un poco, no tiene idea de lo que está haciendo. Cuando toma la botella la idea se va armando en su mente. Abre los labios para decirle que no bebe, que su esposo no se lo permite, pero rápidamente los cierra. Howard no está allí, no hay motivo alguno por el cual deba rechazar ese trago. Ese simple pensamiento provoca que se relaje y que olvida ideas anteriores de querer huir a un sitio en dónde su monstruo personal puede llegar en cualquier instante. “No me siento en el estado correcto para tomar decisiones. Estoy muy confundida.” Necesita que entienda eso, porque de lo contrario se estaría comprometiendo a algo que no está segura de poder cumplir. Por eso es que prefiere pensarlo con la almohada, necesita su tiempo para digerirlo todo. “Ahora mismo solo quiero descansar y olvidarme de éste tema por hoy. Tenía que escapar de esa prisión, estando aquí podré cerrar mis ojos sin miedo.” Se refiere a su hogar, aquel sitio que con el tiempo se ha transformado en una cárcel para su vida. Siempre asustada, siempre temblando cuando Howard se acerca. Allí está segura, no hay señal alguna de su marido y por eso el cansancio acumulado se hace presente. Toma el vaso cuando el hombre se lo otorga y se queda mirando el mismo por unos segundos. “Gracias.” Responde una vez que vuelve a la realidad, sus palabras se sienten como una caricia al alma pues es exactamente lo que necesitaba escuchar. Alguien que entienda sus palabras, que le preste atención y le permita hacer lo que realmente desea (en este caso, huir, descansar y olvidar por una noche). “No sé como te devolveré éste favor, pero encontraré la forma.” Le es inevitable sentirse en deuda, el gesto es algo invaluable para ella. “No, no he comido.” Lleva el alcohol a sus labios y da un sorbo largo. El mismo le hace toser de forma inmediata. Obviamente debería habérselo tomado con más calma considerando que hace años que no bebe.
“No recuerdo haberte cobrado algo. Aunque, sí recuerdo una cosa: decirte que no me debías nada. Así que olvídate de eso. Tómalo como…” Frunció los labios y miró alrededor, antes de enfocarse en ella con un aire pensativo: “Un favor que, en un futuro, tendrás que pagar ayudando a otro. Como una cadena”. Le simplificó, tratando de cerrar esa deuda. No le gustaba que las personas se sintieran en deuda, o agradecidas. Pues, y finalmente, él tampoco era un buen hombre.
Una sutil sonrisa se dibujó en sus labios cuando ella se encontraba mucho más enfocada en el trago y lidiaba con toser, aunque prontamente se esfumó y apoyó una de sus manos en el hombro femenino más cercano con suavidad, evaluando si todo se encontraba bien.
“Con calma y por sorbo”, le recomendó serenamente. “No quiero tener que llevarte a urgencias o que termines ebria antes de que puedas ponerte de pie”. Claramente exageraba a su forma, en broma, pero resultaba útil para seguir restándole tensión a la conversación y dar nuevos aires. Había mucho por hablar, o sencillamente decidir para ella. Mientras más fuesen relajadas las emociones de la noche, mejor. Él no solía confortar a la gente, más bien; era quien las mandaba a descansar de forma eterna. Qué mejor forma de solucionar todos los problemas, ¿no? Así que resultaba extraño, en parte, ser alguien afable y mantener una conversación sin que tratos de asesinatos o concordar nuevos trabajos fuesen el tema principal. Llevaba tiempo de mantenerse alejado de las personas, por opción propia. De vivir al margen y volverse una fantasma al que pocos pudieran prestar real atención. No supo en qué momento la relación entre ambos tomó confianza, una poco usual, pero suficiente para tenerla en su hogar aquella noche.
“Bien, solucionemos algo fácil y rápido”. Le tendió la mano al mismo tiempo que, con un gesto de su cabeza, le pedía que se pusiera en pie. No quería seguir perdiéndose entre pensamientos, porque no deseaba caer en interrogantes que odiaría responder para sí mismo. Así que se enfocarían en la cena por el momento. “Vamos a la cocina y veamos qué podemos hacer para quitar el hambre”. La habitación mencionada se encontraba justamente al costado derecho de ambos, por el final del pasillo tapiado de ventanas al patio de la vivienda. Para vivir solo, John había elegido una casa amplia, de aspecto antiguo y con mucha madera. Con tres habitaciones en el segundo piso, aunque usualmente se la pasaba en la sala o el estudio en ese primer nivel, fumando, trabajando y disfrutando del silencio cuando la vida lo ameritaba. Dos veces por semana solía ir la señora Martha a encargarse de la casa, aunque él solía ser bastante independiente.
“¿Te gusta la pasta?”. Indagó de camino, llevando la copa consigo.
queenexcelsior:
Tensiona los músculos de su mandíbula tras escuchar las palabras de John, palabras que van directamente al hueso y se le clavan en el corazón. “¿Crees que no lo sé? ¿Que no me detesto todos los días por eso?” Respuesta impulsiva sale de sus labios, habla de forma rápida, sacándoselo del pecho. Nunca admitió algo así en voz alta, ciertamente no lo hizo jamás frente a un desconocido, pero allí está, hablándole a corazón abierto, queriendo que sepa cual es su verdad. “Pero estaba sola, estoy sola, y cuando te encuentras en una situación así, en un pueblo comprado por tu peor enemigo… es imposible, no queda nada por hacer.” No tuvo nadie a quién recurrir y las opciones terminaron siendo dos: quedarse allí, acostumbrarse y aguantar o volver con su familia. Creyó que con el tiempo Howard cambiaría, que su corazón se iría ablandando y que ella podría contribuir a que fuera más humano. Definitivamente no sucedió, solo empeoró y su vida fue de mal en peor. Ahora está tal cual como él describió. asustada, viviendo por y para su esposo. Observa como el hombre se levanta y un suspiro se le escapa, uno de angustia pura. Allí, en ese departamento, se está enfrentando a su realidad y a todos sus demonios y rayos, es duro, vaya que lo es. Limpia las lágrimas de sus mejillas con el dorso de la mano, intenta respirar de tres en tres, quiere calmarse y que el llanto cese de una buena vez. Ese grado de vulnerabilidad no le agrada, por eso es que lo reprime siempre que puede, sufriendo en silencio. Baja el mentón para observar a John, quien ahora permanece a su lado de cuclillas y una vez que lo escucha abre los ojos como platos, dándose cuenta en ese mismo momento el gran peligro al que está sometiendo a aquel hombre. “Debería irme.” La preocupación se refleja en sus ojos mientras se debate si levantarse de allí y marcharse o quedarse, aceptando la ayuda que por fin alguien le ofrece después de tanto tiempo. Se siente entre la espada y la pared. “Confío en ti.” No sabe por qué, pero lo hace, así que decide admitirlo en voz alta. Desde que vive en aquel pueblo es el primero que demostró comprensión y compasión por ella, el primero que le ofrece una salida sin tener entonces que luchar sola. “¿Qué pasará si viene a buscarme aquí, John? ¿Que haremos?” Su miedo de nuevo se hace presente, pero es que está allí, no puede ignorarlo cuando se siente tan latente en su pecho. Sin embargo, por primera vez habla en plural, incluye a ambos como un conjunto, como un equipo.
“Entonces deja de detestarte y haz algo”. No elevó la voz, ni mucho menos fue desagradable, pero sus ojos supieron ser certeros. De alguna forma se las arreglaba para mantener la paciencia en un tema qué, para él, se presentaba simple. John solía tomar decisiones drásticas, sin importar el dolor o las consecuencias. En cierta forma, había adoptado por ley que el bienestar propio era primero. Sí había que alejarse, lo hacía. Sí era necesario cortar algo y olvidarlo, se obligaba. Claro que nunca era sencillo, especialmente cuando personas importantes entraban en juego y tocaba blindarse emocionalmente hasta la médula, eso lo había visto en muchos casos a lo largo de sus años. Pero dar el paso era lo importante tras tomar la decisión, y por lo que respectaba a ella, sí el amor ya no era parte de su historia y la semilla del rencor se estaba germinando en su interior, atreverse podía ser algo inminente. El temor seguía siendo una venda, pero todo cae.
“No estoy de acuerdo contigo”. Se puso de pie, y caminó hasta la repisa tras su escritorio a unos pasos de ella. Rodeó el mueble y atrajo la botella de Whisky guardado en una de las esquinas, además de dos copas para el brebaje. “Siempre hay opciones…” Continúo, acomodando ambos vasos respectivamente sobre el escritorio, con la botella de cristal que guardaba el color ámbar en medio. Paseó entonces su diestra de un extremo a otro, tal cual se los presentará y estuviese apoyando sus propias palabras. “Incluso cuando el mundo se cae a pedazos, tú puedes decidir sí sentarte a esperar para ver qué ocurre”, indicó una de las copas. “O sí deseas correr buscando de un refugio”, señaló la otra. “Pero es tú decisión”. Le aclaró, mirándola directamente un pequeño instante. Era joven a sus ojos, pero la desdicha y la desesperación que leía en ella, se palpaba antaña. ¿Cómo era que las personas se permitían poco a poco someterse hasta perder su propia independencia?
Omitió decir algo en cuanto a intentar irse, no la detendría sí eventualmente deseaba eso. Pues, finalmente, ella seguía siendo la soberana de sus conclusiones. Aunque el hecho de llegar hasta su puerta, continuaba diciendo demasiado. Se limitó a servir un poco del licor en cada una, con calma y viéndola de reojo cada tanto. En cierta forma, estaba dándole algo de tiempo para apelar a la calma. No tarda en oírla, y bajo la misma pasividad vuelve a reposar la botella sobre la madera. Sus manos no tardan en hacer lo mismo, con él levemente inclinado. Sus ojos reencuentran a los suyos, y se toma su tiempo para responder. No porque desconozca qué decir, ya que su respuesta interna era clara: despojarlo de vida a él y a quien lo acompañe. ¿Qué más? Omite una sonrisa al pensar en ello, decidiendo inhalar profundamente sabiendo que decirlo no era una opción.
“Por lo pronto…” Sus dedos envuelven los cristales, llevando uno en cada mano. Le ofrece uno, sin importar sí lo beberá o no. “Te presento a la opción: “Correr buscando refugio”, que es precisamente la elegida por ti”. Frunce ligeramente los labios, bebiendo del trago al fin. El sabor en la boca lo relaja. “Luego creo que un buen descanso es lo que necesitas, por la mañana veremos qué sigue cuando te hayas relajado y decidas con la cabeza más fría”. Convino. “¿Cenaste algo?”.
¡Hola! Sólo pasando a dar aviso que actualicé y modifiqué mi lista de Muses. Por ahora sólo responderé lo que mantenga pendiente con John, Isobel y Alex; así que por favor, sí aún desea continuar nuestro hilo, dele al corazón de ésta publicación. De otro modo, lo descartaré. Por otra parte, lamento dejar en el aire los threads de los Muses que quité, pero la inspiración por ellos dejó de existir y ya es tiempo de un nuevo aire. No ofreceré rol ni charla, porque me cuelgo demasiado. Pero necesitaba hacer ésta aclaración. Eso. Gracias de antemano por la atención. ¡Buena velada!
queenexcelsior:
Las palabras que llegan a sus oídos son realmente desalentadoras. Podría contestar, pero no sabe que decir. De todas formas John parece no haber terminado su frase pero está concentrado en sus pensamientos. No quiere creerle, pensar que jamás podrá ser totalmente dueña de su vida, de sus decisiones. Necesita la libertad, la añora. Es lo único por lo cual sigue luchando y lo que le mantiene con vida. No hay nadie en el mundo que la quiera de verdad. Huyó de su familia, se casó con un hombre que parece odiarla y no tiene amigos, Howard nunca se lo permitió. Sin duda alguna no tiene mucho que perder, aún así decide levantarse cada mañana, el pensar en una vida sin cadenas le hace seguir adelante. Si pierde eso entonces lo ha perdido todo. Suelta un suspiro y con sus dedos intenta limpiar las lágrimas que han caído por sus mejillas. De seguro se ve como un auténtico desastre ahora mismo, el reflejo de su alma desesperada no puede ser agradable. Detesta haber llorado frente a él, haber sido vulnerable como Howard siempre le puntualiza. Débil, inútil, buena para nada. Aprendió a ser dura todo el tiempo para no tener que escuchar sus quejas, sus maltratos. Hoy eso cambió, acaba de desmoronarse frente a John, casi un desconocido. La alerta se enciende en su mente, si no hace algo pronto entonces no lo hará jamás, tendrá que quedarse por siempre encerrada en un mundo que detesta, que poco a poco va consumiendo su alma. “Eso puede meterte en problemas, Howard es un hombre muy poderoso, me buscará por cielo y tierra.” De solo pensarlo un escalofrío corre por su columna vertebral. Maldita sea, realmente le tiene miedo, por sobre todas las cosas: porque lo conoce. Tiene amigos en la policía, amigos políticos, amigos mafiosos. Es alguien muy carismático, que ha hecho muchísimos favores para luego poder cobrárselos. No quiere que nada malo le suceda a John por su culpa, nunca se lo perdonaría. Toma el pañuelo que le otorga y con el mismo termina de limpiar su rostro. “No eres su amigo y eso te convierte en un blanco fácil. Puede… puede hacerte perder tu trabajo, tus amistades, poner en peligro a tu familia. No miento cuando digo que está loco.” Son suposiciones que llegan a su mente, lo cierto es que no tiene idea qué hace el contrario para ganarse la vida, tampoco sabe si tiene familia, esposa, hijos. A simple vista supondría que no, pero al ser alguien reservado todo es un misterio. Sus ojos se abren más de lo normal cuando escucha su propuesta. Tan ideal, tan tentadora, que lo único que puede hacer es parpadear con desconcierto. “¿Por qué harías eso por mí? Apenas me conoces.” Teme pasar por desagradecida, porque no lo es, todo lo contrario, aprecia demasiado su gesto. Por otro lado, no puede evitar hacer la pregunta, nadie nunca se preocupó así por su bienestar y es algo que desconoce, por ende le cuesta comprenderlo.
Chasqueó la lengua, completamente despreocupado. Aún cuando el marido de su dama compañera fuese el mismo Dios, John felizmente podría jugar a ser el Diablo. A diferencia de muchos, él no le temía a la gente o mucho menos vivía preocupado por los efectos colaterales. A lo largo de su existencia había recibido miles de amenazas de muerte, sin que ninguna, hasta entonces, haya tenido oportunidad de concretarse. Sabía que la vida era frágil, que un paso en falso podía costarle todo; que nadie tenía los días comprados y un sinfín de otras tantas cosas. Pero qué importaba, en tanto él siguiera siendo feliz a su modo; existiendo bajo sus propias reglas sin que nadie le indicara cómo y cuándo actuar, ya vería cómo resolver las cosas. Paso a paso.
“¿Sabes cuál es tu mayor problema, Afrodita? Que temes demasiado”. Le confesó, viéndola directamente a los ojos. No existió intención alguna de reproche, o mucho menos de creerse conocedor de su vida para extenderle todas las respuestas o soluciones. Pero con los contados minutos de sinceridad, John había podido hacerse una clara idea de todo. “Y tú se lo permitiste día tras día, hasta convertirse en quién eres ahora: alguien que vive, respira y piensa para él”.
Se humedeció los labios y se reincorporó, dando pasos lentos por la habitación para cuando guardó ambas manos en los bolsillos de su pantalón. Oyéndola en completo silencio. ¿A qué nivel se podía llegar a romper a otra persona emocionalmente? Someterla a tal grado de hacerse dueño de su vida. ¿Cuántas personas habían terminado viviendo así? Aterrados en sus propios hogares, ultrajados por quienes aparentaban amar. Por eso y más, es que John despreciaba aquellos lazos. Con el tiempo te dabas cuentas que amar o preocuparse, siempre iba de la mano con un daño inminente. Siempre.
“Loco o no, sí sigues a su lado, tú estarías peor que él. ¿Piensas que no sabrá que viniste aquí sí tantas influencias tiene?”. Se sonrió, y regresó junto a ella. Pero en lugar se sentarse en la mesa, se acuclillo a su lado. Recargó su brazo en el apoyo del mismo sofá donde Afrodita permanecía, y a diferencia de la fémina, John no demostraba una gota de preocupación.
“Lo haría porque quiero ayudarte, y porque sé que, en el fondo, es lo que viniste a conseguir aquí. Sabes en tu interior que puedo hacerlo, y extrañamente algo te ha hecho confiar en mí. ¿O estoy equivocado? Nadie que teme vuelve a golpear la misma puerta una segunda vez”.
badgirldrunkbysix:
¿Pagar? ¿Qué cosa? En todo caso él debió llenarla de regalos y dinero por el tiempo que malgastó a su lado. Era un caso perdido, así como ella, por eso soportaba su idiotez. “No quieren verme allí. ¿Crees que hubiese acudido a ti de no ser porque si me ven en el banco me echarían a patadas?” estaba harta de su situación económica, no dejaría a su hija sin comer pero, en ocasiones, soñaba con dejarla a cargo de un conocido y seguir con su vida como cuando era mas joven. “Bueno, quizá eres tú. ¿Quién sabe?” carcajeó. Por supuesto tenía la duda, y claramente lo decía en broma porque sabía que de ser cierto sería peor progenitor que ella misma. La niña solloza de hambre, la rubia la toma en sus brazos y acaricia su rubio cabello. “¿Ves lo que ocasionas?” miraba alrededor, ya quería largarse de allí y lo haría si su repuesta seguía siendo negativa.
“¿Y qué te hace pensar que yo no te echaría de igual forma?”. La escrutó, con la misma seriedad de siempre. Sus ojos de hielo no habían variado con los años. Claro que ambos habían tenido su momento, pero todo en base a ciertas noches de sexos y ya. ¿Ahora venía a su puerta? ¿Y luego qué? Para John, jamás eran gratas esas visitas inesperadas. Nunca le había traído nada bueno.
Se sonrió amargamente e irónico a la vez, bastante seguro de no ser el padre. A diferencia de lo que muchos pudieran pensar, no iba por el mundo procreando con libertinaje. Además, sabía que, de serlo, ella se lo hubiese cobrado con intereses y otra sería su postura ante su puerta.
Rodó los ojos, recibiendo una culpa que ella merecía primero. Descaro era una palabra que la rubia no parecía conocer.
“¿Por qué no entras y le haces un mald… Sándwich? También debe haber algo de leche”. Dibujó una falsa sonrisa, y se hizo a un lado indicándole la cocina.
queenexcelsior:
¿Qué pensará él de ella ahora que sabe la verdad? O, mejor dicho, ¿qué pensara John de ella? Nunca le ha dado indicios sobre sus sentimientos y nunca ha podido terminar de leerlo, no del todo. Es frío, distante y la mayoría de veces está serio. Aún así cada vez que se encuentran es amable, duro cuando debe serlo pero cordial y respetuoso en cada momento. Es absolutamente todo lo que Howard nunca fue y lo que nunca será. No se muestra con una máscara, no finge ni se transforma en un jodido payaso cada vez que alguien importante o con dinero está cerca. Siempre le ofrece asilo, siempre le da una mano. Apenas se conoce pero en ese instante se siente más cerca de John de lo que nunca ha estado con su esposo. Si las personas del pueblo leyeran su mente, si supieran todo lo que sucede, entonces la llamarían zorra, le harían la vida cotidiana imposible, buscarían la forma de transformarla en un ser más miserable de lo que ya es. Teniendo todo eso en cuenta, por dentro no siente ni un solo ápice de culpa, no podría, se merece algo bueno en su vida, imposible sería considerarlo como algo malo. “No sé si alguna vez pueda ser libre.” Baja el mentón tras pronunciar la frase, cuando se marchó de casa pensó que al fin viviría, que al fin podría sentirse plena. Nada de eso sucedió y todo empeoró, la vida se empeña en no sonreírle. Siente el tacto del hombre en su piel y levanta el rostro, permitiendo que sus ojos se encuentren con los contrarios. Nunca la había tocado antes y el momento en sí le produce una sensación extraña en su estómago, ni hablar del corazón que tiene dentro del pecho, tan acelerado que parece querer escaparse. Escucha las palabras de John y enseguida se siente sentimental. No quería llegar a ese punto pero sus ojos se humedecen, un nudo en su garganta aparece y es muy difícil continuar. “¿Qué voy a hacer?” Pregunta con voz temblorosa y una vez que la muerte aparece en la conversación, suelta un pequeño sollozo, incapaz de seguirse conteniendo. Siempre le ha temido a que eso suceda, a que finalmente Howard desquite sus ganas de acaba con ella. La idea es lo que más le aterra en el mundo. “Aquí todos lo adoran, harían cualquier cosa por complacerle. Y él… está loco, está completamente loco, si lo abandono tendría que dejar el pueblo y no tengo a dónde ir, ni siquiera tengo un trabajo, John, nunca me permitió presentarme a las entrevistas, quería que estuviera en casa para él.” Por eso tampoco quiso tener hijos: por celos. El hombre es un maldito desquiciado. Sin embargo, todas sus palabras son sinceras, no hay escapatoria.
“Nadie llega a serlo totalmente”. Susurra en cuanto inclina levemente el rostro, sin despegar el mentón del descanso en sus dorsos. “Pero se vive así y luego, poco a poco, deja de ser importante. Sin embargo…” Llevó aire hasta sus pulmones de forma profunda, con una pausa tanto en las palabras como en la mirada compartida entre los dos. Para John, la libertad era sólo una vaga sensación que se tranzaba con cualquier emoción de turno que fuese más fuerte. Se aclamaba, pero se entregaba fácil. Y cada vez que se esfumaba, las personas comenzaban a necesitarla con fervor para olvidarla luego. ¿Alguna vez ella lo sería? ¿Y qué había de él? Por un momento hubo dos allí; encerrados y atrapados en su propia existencia sin una cerradura que corromper. Condenados a permanecer al yugo ajeno. Ella, por cuenta de su marido. Él, por el mando de las vidas tomadas.
Sacudió la cabeza y relajó los hombros, irguiéndose lentamente. Sus azules volvieron a ella, y por un momento John sólo la contempló sin un gesto claro en sus propias facciones. Se palpaba el dolor y temor de la fémina en el aire, que sensación tan familiar le resultó. Le permitió un momento, o quizá, sin saberlo, también se lo permitió a él. Algo en su interior lo empujaba de una forma descontrolada a protegerla, a decirle que todo estaría bien. ¿Pero qué sabía él de estar bien? Sí sólo asesinaba a personas y vagaba por el mundo sin lazos a los que perder. Tensó la mandíbula, y soltó luego un bufido en compañía de un asentimiento de su cabeza.
“Por lo pronto vas a quedarte aquí, Afrodita. Al menos hasta que decidas la forma de solucionar las cosas”. Buscó su mirada, encontrando los ojos contrarios de un color mucho más intenso y cristalinos. De haber sido alguien más, probablemente se hubiese reído o burlado, pero la sensación en ella fue de respeto. Buscó en el bolsillo interior de su saco un pañuelo, ofreciéndoselo. “Yo no lo adoro. Así que creo somos dos contra el pueblo”. Sin culpa, se encogió de hombros. “Y con lo que acabas de contarme, dudo mucho pueda permitirte volver a su lado”. Sus ojos fueron certeros, al igual que sus palabras. John no le debía nada a ese lugar, y llevarse otra vida por delante sería el menor de sus problemas sí aquello significaba un favor para ella. decírselo sería otra, una que seguramente omitiría. “Podría ayudarte a dejar éste lugar…” Le propuso, pensando realmente en esa posibilidad. “Tengo algunas propiedades fuera de aquí, quizá puedas quedarte en una de ellas y comenzar una nueva vida. Ser sólo tú y sanarte. Pero nada cambiará sin que tú lo desees de verdad”.
‘A good man needs to hold out sometimes, eh?’
queenexcelsior:
La respuesta que obtiene suena lógica, pero en su interior le cuesta comprenderlo. Aún no tiene idea de por qué ha ido a la casa de John, cuando supo que debía esconderse fue la primer persona en la que pensó. Tal vez confíe, tal vez no tenga a nadie más en el mundo. Bah, ¿qué dice? Tampoco es que lo tenga a él, pero de alguna u otra forma supo que no la dejaría en la calle, que le brindaría asilo. Hablar no es fácil, mucho menos cuando está a punto de contarle algo que nadie más sabe y que prometió mantendría en secreto. Es que ya no puede más, está harta de ocultar, harta de soportar y de darle su vida a quien no la merece. “Howard es un bastardo, no hay duda de ello.” Al principio pretendió ser el esposo perfecto, el hombre ideal que cualquier mujer busca. Con el tiempo eso cambió, su sed de poder creció y habiendo comprado a todo el pueblo decidió que su mujer no valía absolutamente nada. Los destratos constantes y su agresividad crecieron, asesinando a cualquier pizca de esperanza sobre ser feliz que guardaba Afrodita. “Pero el bastado está enfermo.” Suelta sin más, colocando las manos en su rostro porque al decirlo se sintió como si estuviese vomitando las palabras deseosas de salir, como si se hubiera sacado el peso del mundo de encima de los hombros. “Realmente enfermo, los médicos dijeron que es cuestión de meses, o tal vez años, es difícil de determinar.” Levanta la mirada y observa los ojos contrarios. Ahora sí que está siendo totalmente sincera. “¿Qué clase de persona sería si lo abandono en estas condiciones? O lo que es peor, ¿qué clase de persona sería él sabiendo que no tiene nada que perder? ¿que sería capaz de hacer?”
Lo social jamás había sido su fuerte, no en tales extremos. John se limitaba a ejecutar trabajos, arrebatar vidas, fumar cigarrillos y beber de algún licor cuando las noches tranquilas tenían lugar. Jamás fue de escuchar problemas ajenos o sentarse a brindar apoyo con honestidades de por medio. Había crecido en soledad, pero a gusto pese a ello. Bajo el cuidado de una madre con lagunas mentales que un día lo amaba y al otro lo encerraba en su cuarto para que los fantasmas no viniesen por los dos. Se obligó a crecer con anticipación, a entender que la vida no era fácil y que luchar sería la opción más viable para evitar morir en el intento. A los doce su progenitora lo dejó tras suicidarse, y el hogar de menores en donde pasó cierto tiempo terminaron por curtir su aire adusto y desinteresado por el mundo. Donde la frialdad, poco a poco, lo atrapó. Pero aquella mujer, ante él, abría horizontes que al principio no sabía como interpretar. No es que allí, precisamente frente a ella, lo entendiera aún, pero no le molestaba.
Asintió, silencioso y calando los últimos vestigios de su cigarrillo. Sus ojos no se alejaron de ella, al contrario; al corroborar lo turbio, su interés creció mucho más. Inhaló profundo, contemplando como el bonito rostro se escondía bajo sus manos. Nadie era absolutamente bueno en la vida, ni nadie llegaría a serlo. El pecado siempre es tentador, y la necesidad humana sufría famélicamente. Pero dudaba que Afrodita fuese una persona capaz de hacer daño. El hecho de verla así simplemente lo corroboraba. Se reincorporó calmoso al apagar la colilla en el cenicero, tomando lugar en la mesa de centro se sentó frente a ella, quedando casi a su altura y con poca distancia.
“¿Importa acaso el tipo de persona cuando de libertad y cuidado propio se trata?”. Extendió su brazo, alentándola con el índice de su propia diestra al tocar el mentón femenino con suavidad, a que elevarse su rostro para contrastar las azules miradas. “Él ya forjó su destino, Afrodita. Créeme cuando te digo que todo pasa por algo”. Expresaba, detallando las facciones de su rostro. “Esa enfermedad no ha sido gratuita, es más bien; otro empuje a tu salida. Pero sigues siendo tú quien decide. Porque si aún no te ha puesto un dedo encima para lastimarte, algo me dice que no se irá de éste mundo sin hacerlo utilizando como excusa su condición, y tú lo aceptarás”. Habló, dándole libertad. “Y quien sabe, quizá no sea una enfermedad ni la congoja la que acabe contigo, sino él, quitándote tu vida”. Asintió, apoyando los codos en sus rodillas y apoyaba su propio mentón en el dorso de sus manos. Podía sonar frío, pero casos así se veían a diario en el mundo.