Apología a la (no) administración.
Para no consolidarme como una administradora más y habiendo deshecho cualquier lazo que me ataba académicamente con tal "disciplina", debo admitir que me entró algo de nostalgia y decidí dedicarle algo. Me puse a pensar y sentí que estudiar administración es como darle besos a un sapo. La cosa es que ese sapo jamás estuvo encantado, por consiguiente nunca se convirtió en príncipe.
¡Imaginate entonces vos, lo que ha de ser darle besos a un administrador! Pues bien, es la epítome de la carrera, la sinopsis de todas las desgracias. Lo digo porque yo hice ambas; para nada contenta con la carrera, tenía que ir y besuquear administradores, como si eso quitara el desdén de ver clases como "introducción al mercadeo", "modelos de optimización y varianza" o peor aún, "gestión de lo público" y "responsabilidad social"; como si a la gente se le quedara algo y como si la gente aprendiera a ser gente en esas clases.
¡Oh! Aquellas épocas. Qué bueno que pasaron porque fueron desastrosas.
La clase introductoria fue como ese primer beso administrador que se siente medio retador, por lo cual crees ser innovadora (característica básica del ser administratil), pero al final deja un desdén, un saborcito medio desabrido, que falta algo...El primer beso administrador es un impulso. Esto que estás en una fiesta a la tierna edad de 17 años con cantidades inmensurables de alcohol en tu cuerpo y un neoadmistrador igual que tu, se cruza en tu camino, y bueno ¿por qué no?
Ahí te das cuenta que atreverse a darle besos a un administrador tiene las mismas bases que decidir estudiar administración. Solo que en vez de licor estás embebida con una idea, la de salir de tu casa, y diferente a un adolescente flacuchento en frente, tienes un montón de programas y eliges el que está más a la mano.
La verdad es que para la primera semana de clases, no me sentía yo. Estaba completamente aburrida y me di cuenta que me había engañado. Me timé vendiéndome la idea de que el final estaba en la administración. Bueno, de hecho sí, pero el final de mis días; cosa que noté después. Infeliz, vagabundeé de aquí allá, de facultad en facultad. Hasta que "se me ocurrió ser artista", como dice mi papá, pero jamás dejé de estudiar administración. En retrospectiva, me doy cuenta que la administración es como este primer novio del colegio que uno tiene. Ambos con ilusión en sus ojos creen que el amor y el empalague les va a durar y a gustar por siempre; enceguecidos luchan contra este mundo desalmado que se vuelca frente a sus ojos diciéndoles que todavía hay otros más allá, y aún así nada los destruye. Pero eventualmente, cuando las cosas tienen que acabar, el de la iniciativa se cuestiona y titubeando para terminar con esa relación ya enfermiza, al tomar la decisión de empezar una nueva vida, se siente liberado...A diferencia que con mi novio del colegio, no pude terminarle a la administración.
Aunque me abrí a otras disciplinas, el sufrimiento siguió y siguió. No entiendo por qué nunca tuve los cojones de salirme de esa facultad; pensaba en el "tiempo invertido", y no era posible en mí, dejar algo empezado. De pronto, siempre tuve la esperanza que el sapo se convirtiera en príncipe, pero eso nunca pasó. Que algún día tuviera una idea genial, emprendedora y me volviera mágicamente millonaria, en cambio quise ver más museos, leer libros de arte y escribir cuanta idea se me cruzara. Quise cada vez más una vida contemplativa, como dice mi papá, lo cual ha derivado en infinitas peleas que no vienen al caso.
Hoy, después de 5 años y medio de una carrera que debió durar 4, me doy cuenta de mis aprendizajes. No me voy a poner a decir que soy la maestra en evaluación de proyectos y que "vení y te hago la mezcla de mercadeo", no, esas cosas no. Pero si aprendí qué no quería, y cómo no quería ser; para mi es más fácil definir lo que es estudiar administración por lo que no es o por lo que no se quiere ser. No quiero ser una oficinista, no quiero pasar mis días sentada frente a una hojita de excel mientras el sol muta los colores allá fuera. No quiero ser de los muchos que trabajan para enriquecer a unos pocos. No quiero vender productos, como un nuevo shampoo o el último yoghurt con probióticos que acelere la digestión de nuestros hastiados sistemas digestivos. No quiero ofrecer publicidad, ni inundar a las personas con necesidades, solo quisiera que la gente pudiera ver y sentir arte. Por eso, no quiero hacer la tan pésimamente definida "gestión cultural". No quiero llegar cada día a casa y buscar cómo desconectarme de un trabajo tedioso. No quiero que jamás me vuelvan a preguntar, como si fueran cosas distintas, cuáles son mis deseos en mi vida personal y cuáles en mi vida profesional; porque no soy una dualidad. Tampoco quiero que todos estos deseos se desvanezcan el día que salga a la calle y posiblemente no encuentre un trabajo o si como "administradora" empiezo a recibir un sueldo medianamente decente. No quisiera que estos casi 6 años de pensar cómo no ser en tantas clases de la afamada facultad, se conviertan en mi ser.
En fin, dejando la palabrería a un lado y más que lamentarme, como lo hice durante mucho tiempo, hoy disfruto y celebro algo que jamás pensé podría terminar. Busco entender el por qué de mi prematura decisión de estudiar administración, y creo que posiblemente estuve destinada a encontrarme con esa piedra aburridísima y desabrida, con ese sapo gordo y feo, y claramente a recibir besos funestos. No creo que haya hecho algo tan malo en alguna vida pasada para merecer tantas desgracias. Por eso, no pierdo la esperanza que el sapo algún día me sirva para algo, y si no se va a convertir en príncipe/ollitadeoro, al menos que interceda para que pueda recibir unos buenos besos.