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@malaslecturas-peoresejemplos
Open to dialog.
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hispania gothorum
gotic spain
España gótica
Bur acording to the us government this was not an act of war
USS Liberty (AGTR-5) at Valletta, Malta, after arriving there for repair of damages received when she was attacked by Israeli forces off the Sinai Peninsula, 8 June 1967. The attack lasted more than two hours-killing 34 Americans and wounding 171 others-and inflicted 821 rocket and machine-gun holes in the ship. And when the LIBERTY stubbornly remained afloat despite her damage, Israeli forces machine-gunned her life rafts and sent troop-carrying helicopters to finish the job. At this point, with Sixth Fleet rescue aircraft finally en-route, the government of Israel apologized and the attacking forces suddenly withdrew. Only then did the identity of the assailants become known.
oas, algerie francaise
• Albania, quinto giorno di proteste contro il resort di lusso Kushner-Trump 05.06.25
Albania has on its hands the honnor of Europe
That moment in wich the presidential advisers dont know if wakin him or tell to go to the light... And that man is in charge of the most powerful atomica arsenal in the world?!
For a week Albania has represented the desire of the european peoples to be free of the international plutocracy... HONOR TO ALBANIA AND THE ALBANESE PEOPLE!!
LETS GO BACK TO THE OLDER, AN BETTER, WAY OF COMMUNICATION
(((scum))) behaviour in Othodox church, Debel, South Lebanon, 2026.
they are monsters
Marcel Déat: el jacobinismo negro
Por Zoltanous y Nahobino
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
El jacobinismo en Francia suele permanecer latente en lugar de desaparecer por completo. Se retira cuando las presiones inmediatas remiten, asimila las nuevas realidades históricas y reaparece en formas doctrinales actualizadas que prometen sanar las divisiones nacionales, reimponer una autoridad firme y restaurar un sentido coherente del destino colectivo. El colapso del régimen revolucionario original dejó tras de sí un modelo duradero que las generaciones posteriores pudieron adaptar cada vez que se producía una crisis, una fragmentación o una parálisis gubernamental. Cada recurrencia reelaboraba las mismas convicciones fundamentales: la primacía absoluta del Estado, la obligación moral de movilizar a todo el pueblo y la convicción de que el poder debe actuar con decisión cuando la sociedad se ve abocada al desorden. Los republicanos del siglo XIX, los socialistas radicales e incluso los modernizadores tecnocráticos se inspiraron en esta reserva, construyendo sus programas en torno a una visión de fuerza centralizada capaz de forjar la coherencia a partir de una nación fracturada. La herencia jacobina sobrevivió como un arsenal intelectual permanente, invocado cada vez que los actores políticos llegaban a la conclusión de que el declive nacional solo podía revertirse mediante un poder estatal concentrado y un esfuerzo colectivo estrictamente disciplinado.
Esta herencia jacobina no se limitó al republicanismo institucional. Se difundió en una tradición revolucionaria subterránea que reactivó repetidamente sus premisas centrales en diferentes condiciones históricas. La Conspiración de los Iguales de Babeuf extendió los principios jacobinos más allá del Terror al transformar la idea de la soberanía popular en un proyecto explícitamente igualitario e insurreccional destinado a abolir las relaciones de propiedad mediante la acción revolucionaria coordinada. Más adelante, en el siglo XIX, Auguste Blanqui radicalizó aún más esta trayectoria, separando la centralización jacobina de sus restricciones institucionales originales y reformulándola como un principio revolucionario permanente encarnado en una organización conspirativa disciplinada. Para Blanqui, la transformación política requería una vanguardia concentrada capaz de hacerse con el poder estatal y ejercerlo en nombre de la necesidad histórica, una lógica que preservaba el énfasis jacobino en la decisión al tiempo que lo despojaba de su marco procedimental republicano. La Comuna de París de 1871 reactivó temporalmente estas corrientes en una forma insurreccional urbana, fusionando el republicanismo cívico jacobino con el federalismo socialista y demostrando una vez más la tendencia recurrente de la crisis política francesa a reproducir formas de autoridad revolucionaria centralizada en condiciones de fragmentación.
A finales del siglo XIX y principios del XX, este linaje se refractó aún más a través del sindicalismo revolucionario y las corrientes socialistas heterodoxas que buscaban conciliar la lucha de clases con la cohesión nacional. La Conspiración de los Iguales y el comunismo igualitario de Babeuf se trasladaron al mutualismo proudhoniano, que enfatizaba la autonomía de los productores, la organización federalista y la acción directa antiparlamentaria. Las ideas de Proudhon alimentaron luego el sindicalismo revolucionario de Georges Sorel, que destacaba el mito, la violencia y la huelga general como instrumentos de movilización proletaria al margen de las instituciones burguesas. Las interpretaciones nacionales de esta corriente aparecieron en el Cercle Proudhon, donde pensadores sindicalistas y monárquicos fusionaron la crítica antiliberal con llamamientos a un orden nacional orgánico, así como en la síntesis fascista italiana temprana que absorbió el sindicalismo soreliano en una especie de sindicalismo nacional.
«Conozco a los comunistas. Los conozco, porque muchos de ellos son hijos míos —me refiero, por supuesto, espiritualmente… y reconozco con una sinceridad que podría parecer cínica, que fui yo quien inoculó por primera vez a estas personas, cuando puse en circulación entre los socialistas italianos un poco de Bergson mezclado con mucho de Blanqui».
— Benito Mussolini, Discurso en la Cámara de Diputados italiana, 21 de junio de 1921
En este contexto, el fascismo era neojacobinismo, con Sorel como la parte más importante de la ideología fascista italiana. Este mismo campo intelectual aportó elementos clave al neosocialismo, creando un conjunto de herramientas más amplio en el que los movimientos nacionalistas podían inspirarse en las críticas al orden parlamentario burgués para construir un Estado federado y centralizado.
En 1944, durante la fase final de la ocupación alemana de Francia, el RNP de Marcel Déat distribuyó este cartel propagandístico. En él se reivindica explícitamente todo el linaje del socialismo francés como el auténtico origen del «Movimiento Socialista y Nacional», injertándolo en un racismo explícitamente ario. El cartel muestra retratos de Saint-Simon, Louis Blanc, Auguste Blanqui, Proudhon, Georges Sorel y Jean Jaurès, y reza en su totalidad:
«De esta época data el socialismo francés. Filósofos y teóricos como Proudhon, Saint-Simon, Sorel, Fourier, Blanqui, Cabet o Jaurès, procedentes de todos los puntos del espectro político —tanto nacionalistas como liberales—, comprendieron las contradicciones inherentes al régimen capitalista y concibieron las soluciones que podían aportar a los nuevos problemas.
El Movimiento Socialista y Nacional es, por lo tanto, de origen esencialmente francés —y esencialmente ario—».
Este llamativo documento demuestra la continuidad ininterrumpida entre el pensamiento socialista francés del siglo XIX —incluidas sus bien documentadas corrientes antisemitas— y la ideología colaboracionista de tiempos de guerra promovida por Déat y el RNP. Al declarar que su movimiento era tanto «esencialmente francés» como «esencialmente ario», los colaboracionistas fusionaron la unidad nacional jacobina, el corporativismo neosocialista y el racismo alineado con el nazismo en un único mensaje propagandístico coherente. El linaje jacobino-estatista que heredó Déat traía consigo no solo una autoridad centralizada, sino también una corriente subyacente de antisemitismo económico que había circulado durante mucho tiempo en el seno del socialismo francés del siglo XIX. Pierre-Joseph Proudhon dio a este resentimiento una de sus primeras y más explícitas formas en sus cuadernos privados, tachando a los judíos de ser los «antiproductores» por excelencia y enemigos de la raza humana vinculados al capitalismo financiero explotador. Alphonse Toussenel, el socialista fourierista, aportó una formulación pública igualmente poderosa del mismo tropo:
«Llamo, como el pueblo, con el despreciado nombre de judío a todos los traficantes de dinero, a todos los parásitos improductivos que, sin trabajar jamás, viven de la sustancia de los productores…»
— Alphonse Toussenel, Les Juifs, rois de l’époque: Histoire de la féodalité financière
Este vocabulario anticapitalista y antiliberal, que equiparaba a los judíos con el feudalismo financiero y la ruina nacional, proporcionó un lenguaje ya preparado que pudo utilizarse una vez que la crisis de 1930 y la Ocupación eliminaron toda restricción. En manos de Déat, la máscara se desprendió con una rapidez sorprendente. El neosocialismo de antes de la guerra se había centrado en la planificación corporativista y la colaboración de clases sin una retórica racial manifiesta; sin embargo, entre 1941 y 1943, como líder del RNP, Déat alineó su movimiento explícitamente con el orden europeo nazi-fascista. El programa del RNP exigía ahora la protección de la «comunidad étnica» francesa frente a «elementos raciales inasimilables o nocivos», y en mayo de 1943 Déat firmó la proclamación Vers un État juif, en la que declaraba que Europa estaba dispuesta a ofrecer a los judíos «un territorio, un Estado, una nación… con una sola condición: que todos ellos residieran allí». El cartel del RNP de 1944, que reivindicaba retroactivamente toda la tradición socialista-revolucionaria como «esencialmente ARIA», completó la herencia: la unidad moral jacobina y el corporativismo neosocialista se fusionaban ahora con la exclusión étnica. Lo que había sido un resentimiento económico latente en el socialismo francés se convirtió, bajo la presión de la colaboración, en una herramienta operativa de la Tercera Posición: antimarxista, antiliberal y plenamente compatible con el Nuevo Orden Mundial hitleriano.
Déat se incorporó a este linaje bajo las tensiones de una época industrial marcada por la inestabilidad económica y la fragmentación política. A principios del siglo XX, esta tradición revolucionaria acumulada había dejado de pertenecer exclusivamente a la izquierda o la derecha política y, en su lugar, funcionaba como un repertorio compartido de soluciones centradas en el Estado ante lo que se percibía como un colapso sistémico. Su formación temprana en la SFIO le expuso a las debilidades prácticas del socialismo parlamentario, que llegó a juzgar incapaz de dirigir la recuperación nacional o de preservar la cohesión social. Mientras Francia se enfrentaba a un desempleo generalizado, a antagonismos ideológicos agudos y a la evidente erosión de la autoridad estatal, Déat interpretó estas dificultades a través del patrón histórico que los jacobinos habían dominado en su día: una nación dividida por intereses contrapuestos solo podía reconstruirse mediante un liderazgo centralizado y un único proyecto nacional unificador. Asimiló su insistencia en un gobierno disciplinado, una ciudadanía moralizada y una regeneración orquestada por el Estado, y luego reformuló esas ideas en el lenguaje de la planificación, la experiencia técnica y la coordinación administrativa moderna. Esto le permitió presentarse a sí mismo como crítico de la práctica socialista habitual y, al mismo tiempo, como restaurador de una tradición política que consideraba la renovación nacional como una tarea que requería un poder concentrado, más que un ajuste gradual.
El jacobinismo ya había forjado un vocabulario político centrado en la indivisibilidad de la soberanía nacional y en la necesidad de una autoridad concentrada para que dicha soberanía fuera efectiva. La Revolución proporcionó un modelo en el que el Estado actuaba como guardián y artífice activo de la voluntad colectiva, imponiendo la unidad mediante una centralización implacable y un propósito moral. Esto se convirtió en el credo definitorio del Estado como motor del renacimiento nacional. El Comité de Salvación Pública tradujo ese credo a la práctica al tratar toda manifestación de fragmentación política como una amenaza mortal para la existencia de la nación y hacerle frente con un poder ejecutivo que fusionaba el control administrativo con la energía revolucionaria. En las décadas siguientes, las fuerzas políticas francesas de todo tipo recurrieron a este modelo cada vez que el desorden amenazaba. Incluso los oponentes declarados del jacobinismo asimilaron su enseñanza central: la autoridad del Estado se gana su legitimidad en el momento en que restaura la unidad y dirige las energías de la nación hacia un objetivo histórico coherente.
Fotografías de Marcel Déat
Lo que distinguió la reactivación de esta tradición en el siglo XX no fue su rechazo de las herencias revolucionarias anteriores, sino su consolidación en una doctrina unificada de transformación dirigida por el Estado. El fascismo no se limitó a tomar prestado del centralismo jacobino; absorbió un siglo de reinterpretaciones revolucionarias intermedias en las que la disciplina conspirativa blanquista, los modelos organizativos sindicalistas y las críticas socialistas a la fragmentación parlamentaria ya habían convergido en torno al problema de cómo imponer coherencia a la sociedad de masas. El resultado fue menos una transmisión lineal que una síntesis acumulativa, en la que los vocabularios revolucionarios anteriores se reensamblaron en un movimiento moderno de movilización, planificación y autoridad administrativa.
Los pensadores fascistas reivindicaron abiertamente esta herencia revolucionaria. Tomaron prestada su maquinaria de poder centralizado, la movilización nacional total y la moralización de la política. Como demuestra Richard Griffiths en su análisis del fascismo y las economías planificadas en la Francia y Bélgica de 1930, los escritores fascistas llevaron a cabo conscientemente «la apropiación de la centralización revolucionaria para el renacimiento nacional». Consideraban el momento jacobino como prueba viviente de que el Estado podía comprimir intereses contrapuestos en un único cuerpo nacional orgánico, eliminar el pluralismo que paralizaba a los regímenes liberales y reorganizar la sociedad bajo una voluntad política dominante. El mismo Déat captó este mecanismo de forma vívida al analizar la autoridad de Hitler:
«[Hitler] manda y se le obedece. Pero no es por derecho de nacimiento: Adolf Hitler es un niño humilde de una familia que no posee ni escudo de armas ni ascendencia. Trabaja con sus manos, es un soldado de infantería desconocido de la Gran Guerra: no se convirtió en amo y jefe por fortuna militar (...), las armas no le ayudaron a llegar al poder. ¿Qué es, pues, exactamente? La lenta revelación de la identidad de un pueblo engendrada poco a poco gracias al discurso político de Hitler: la irresistible expansión de esta calidez y de esta llama en su interior que se apodera y abraza a millones de hombres. Él manda (…) ante todo porque es amado, porque las masas se reconocen en él y se descubren a través de él, recordando que fueron arrancadas del abismo por la fuerza de atracción y esperanza que residía en él».
— Marcel Déat, Aspectos de un gran destino
La doctrina económica fascista se hizo eco de esto al presentar la planificación como «un instrumento unificador de la conciencia nacional» en lugar de un ejercicio técnico neutral. El corporativismo proporcionó el mecanismo institucional actualizado para imponer la misma unidad moral que los comités jacobinos habían tratado de imponer en su día mediante la violencia revolucionaria: disolviendo los antagonismos de clase y anclando la autoridad en un Estado que se entendía a sí mismo como el alma ética de la nación.
Esta reinterpretación trasladó los temas jacobinos a una Europa del siglo XX devastada por la guerra, en unas condiciones ideológicas modificadas. Mientras que el jacobinismo se había expresado a través de la vigilancia revolucionaria y la virtud republicana, el fascismo rearmó ese mismo mito con capacidad industrial, precisión burocrática y organización política de masas. Ambas tradiciones negaban la legitimidad a unos públicos fragmentados o a unos parlamentos inestables. Ambas diagnosticaban el conflicto social como una patología provocada por un liderazgo débil, una solidaridad nacional insuficiente o una contaminación ideológica extranjera. Griffiths capta esta continuidad cuando señala que la planificación fascista se basaba en «un rechazo tanto del pluralismo liberal como del conflicto de clases socialista», sustituyendo la imagen de la nación por la de una unidad orgánica dirigida por un Estado autoritario. En este esquema, el Estado no se limita a administrar; transforma. Asume el papel preciso que los jacobinos habían reivindicado cuando convirtieron la autoridad política en el instrumento de la virtud y el garante de la salvación nacional. La misma obra de Déat, Perspectives socialistes, de 1930, dejó explícita esta línea corporativista:
«El sistema corporativo… consiste en una creciente nacionalización de la economía con la colaboración de elementos concretos de la clase obrera».
— Marcel Déat, Perspectives socialistes (París: Librairie Valois, 1930)
Como demuestra Zeev Sternhell en Neither Right Nor Left, el revisionismo doctrinal de Déat en Perspectives socialistes ya contenía las semillas esenciales de la ideología fascista: una revisión idealista del marxismo, el rechazo de la lucha de clases en favor de la colaboración de clases a nivel nacional y la reorganización de la sociedad según líneas corporativistas y estatistas —el preciso título de «jacobino con camisa negra» que más tarde se radicalizaría bajo la ocupación. A través de esta fusión, el fascismo amplió la convicción jacobina de que el Estado debe actuar como autoridad ética. Griffiths destaca que la planificación fascista tenía como objetivo «restaurar el Estado como autoridad ética», capaz de reorganizar la sociedad de acuerdo con una visión superior del destino nacional. Esto revivió la premisa revolucionaria de que el poder se legitima precisamente cuando subordina los intereses privados al propósito colectivo y reconfigura el orden social mediante una intervención decisiva. La adaptación fascista introdujo nuevos instrumentos —organismos corporativos, ministerios tecnocráticos, aparatos de propaganda—, pero el principio subyacente siguió siendo inequívocamente jacobino: la sociedad debe estar unida, disciplinada y dirigida por un poder soberano que interprete las necesidades de la nación y las imponga como una necesidad histórica.
«Los historiadores del fascismo han tendido a señalar a los dos “planistas”, Déat en Francia y De Man en Bélgica, como ejemplos típicos de la transición común de la izquierda al fascismo. […] Si bien las teorías de planificación del “socialismo dirigido” no eran fascistas en sí mismas, dependían de un Estado fuerte y también estaban en contradicción con la ideología socialista».
— Richard Griffiths, Fascism and The Planned Economy: ‘Neo-Socialism’ and ‘Planisme’ In France and Belgium In The 1930s
La Francia de entreguerras mostraba todos los síntomas clásicos que históricamente han señalado un resurgimiento de estilo jacobino: parálisis institucional, volatilidad económica y una cultura política incapaz de marcar el rumbo a una opinión pública fracturada. La Tercera República sobrevivió a la Primera Guerra Mundial solo para salir agotada por la reconstrucción, agobiada por la deuda y paralizada por un sistema parlamentario que producía gobiernos demasiado débiles para hacer frente a las crecientes presiones. El desempleo se extendió de forma desigual, los distritos rurales se despoblaron y los conflictos industriales revelaron que el orden económico carecía tanto de adaptabilidad como de legitimidad. La arena parlamentaria intensificó estas tensiones en lugar de resolverlas. Los gabinetes se derrumbaron en rápida sucesión, los partidos se fragmentaron y los bloques ideológicos trataron la gobernanza como un combate en lugar de una responsabilidad. El resultado fue un Estado que permaneció formalmente intacto pero vacío en esencia, incapaz de traducir la autoridad formal en acción efectiva.
La bandera del RPR
El movimiento socialista reflejaba estas contradicciones con creciente agudeza. La SFIO, dividida entre marxistas ortodoxos, reformistas y modernizadores tecnocráticos, nunca pudo articular una estrategia de gobierno coherente más allá de la oposición a sus adversarios. Sus diputados parlamentarios permanecían atrapados en las mismas instituciones cuyo estancamiento denunciaban. Las disputas internas sobre la planificación, la nacionalización y la estrategia de clase pusieron de manifiesto una incertidumbre más profunda sobre si el socialismo podía realmente gobernar una sociedad industrial moderna. A pesar de que la crisis económica se agravaba, el partido se aferró a métodos que no inspiraban ni a los votantes ni a los intelectuales que exigían una intervención audaz. Los avances comunistas por un lado y las ligas fascistas o de la Tercera Posición por otro dejaron claro que el centro de gravedad político se estaba desplazando hacia movimientos que prometían unidad y dirección.
Este contexto amplificó el atractivo de las doctrinas que rechazaban por completo la fragmentación. El modelo jacobino recuperó relevancia porque la situación reproducía sus condiciones originales: una convicción generalizada de que la nación se estaba disolviendo en intereses egoístas y de que solo una autoridad concentrada podía frenar el declive. Los movimientos fascistas de toda Europa llegaron a conclusiones paralelas, haciéndose eco del llamamiento revolucionario al poder centralizado y a la reorganización nacional. Sus mítines masivos, su disciplina paramilitar y sus espectáculos públicos proyectaban una imagen de orden frente al desorden parlamentario. Las élites, los intelectuales y los ciudadanos de a pie franceses registraron estas señales con una mezcla variable de esperanza y alarma. Lo que más importaba era que el sistema existente ya no parecía capaz de proporcionar la estabilidad y la cohesión que el momento exigía, lo que abría un espacio para síntesis ideológicas radicales.
La postura conciliadora de Déat antes de la guerra ejemplificaba esta visión en evolución. En su famoso editorial del 4 de mayo de 1939 en L’Œuvre, titulado «Mourir pour Dantzig?» («¿Por qué morir por Danzig?»), cuestionó el compromiso francés con Polonia por la Ciudad Libre de Danzig, articulando un escepticismo realista hacia la seguridad colectiva y los riesgos de otra guerra europea en defensa de intereses lejanos.
El neosocialismo surgió en este vacío. Respondía a la desilusión socialista ante el estancamiento parlamentario y a las preocupaciones nacionalistas sobre la posición estratégica de Francia. Proporcionó un discurso que consideraba la planificación como una necesidad urgente, la unidad como el precio de la modernización y la autoridad como la única garantía de la supervivencia nacional. Estos temas resonaron porque la crisis había destruido la credibilidad de la reforma gradual. La idea de un Estado fuerte se presentó como la única fuerza capaz de dirigir la recuperación económica y contener la polarización política. En este contexto, la tradición jacobina resurgió dentro de la izquierda socialista, al tiempo que los modelos fascistas demostraban cómo la política de masas moderna podía poner en práctica el poder centralizado. La convergencia de estas corrientes convirtió el periodo de entreguerras en un terreno fértil para Marcel Déat, quien se propuso fusionar el estatismo revolucionario con las técnicas autoritarias contemporáneas y ofrecer el resultado como el camino indispensable hacia la renovación nacional.
La ruptura de Déat con la ortodoxia de la SFIO comenzó como una crítica interna a un partido que había perdido tanto los instrumentos prácticos como la visión imaginativa necesarios para gobernar una sociedad sometida a una rápida transformación estructural. Sus compromisos socialistas originales seguían arraigados en la exigencia de remedios colectivos a la injusticia económica. Sin embargo, se convenció de que los métodos parlamentarios nunca podrían resolver las contradicciones creadas por la modernidad industrial. El rígido apego de la SFIO a las fórmulas doctrinales, su profunda desconfianza hacia la planificación y su recurso reflexivo a la retórica de la lucha de clases le parecían reliquias de una época anterior, totalmente inadecuadas para un panorama marcado por el colapso económico, el avance tecnológico y un público que exigía coherencia en lugar de pureza ideológica ritualista. Déat consideraba que estas deficiencias eran estructurales. Un partido incapaz de adaptarse nunca cumpliría la misión histórica que afirmaba llevar a cabo.
Su crítica se agudizó al ver cómo el apego de la SFIO al procedimiento parlamentario la convertía en un espectador pasivo de los acontecimientos nacionales en lugar de una fuerza activa capaz de moldearlos. El partido defendía instituciones en las que el público ya no confiaba y se apoyaba en llamamientos morales que ya no inspiraban obediencia. Déat insistía en que el socialismo requería una base completamente nueva, una que replanteara sus principios en torno a la coordinación, la unidad y la organización disciplinada. A su juicio, la clase trabajadora nunca podría alcanzar la liberación mediante sindicatos dispersos o interminables resoluciones partidistas; requería un Estado lo suficientemente poderoso como para integrar todas las fuerzas sociales en un único proyecto nacional e imponer una dirección allí donde el Parlamento solo generaba confusión. Esta convicción le llevó a redefinir el socialismo alejándolo del conflicto perpetuo y orientándolo hacia un instrumento de regeneración nacional basado en la planificación, la autoridad y un propósito económico unificado.
El giro neosocialista surgió directamente de esta reinterpretación. En su obra de 1930 Perspectives socialistes, Déat —inspirándose explícitamente en las ideas planistas de Henri de Man— identificó la planificación como el mecanismo central a través del cual el socialismo podía hacerse efectivo en una era de producción a gran escala y de sistemas interdependientes. La planificación representaba una doctrina política que reorganizaba la sociedad en torno a un propósito común y subordinaba los intereses individuales y corporativos a las necesidades más amplias de la nación. Esta visión rompió radicalmente con la ortodoxia de la SFIO, que durante mucho tiempo había mirado con recelo la planificación centralizada y temía que la autoridad estatal pudiera amenazar las normas democráticas. Los neosocialistas rechazaron esa cautela, argumentando que la crisis había dejado obsoletas las viejas distinciones y que el socialismo debía adoptar una forma organizativa lo suficientemente fuerte como para hacer frente a la desintegración nacional. La autoridad, antes tildada de síntoma reaccionario, se convirtió para Déat en la herramienta práctica para construir un orden social más integrado y racional. La escisión de 1933 que dio lugar al Parti Socialiste de France formalizó esta ruptura, con Déat y sus asociados defendiendo «Orden, Autoridad, Nación» como lemas y abogando por una economía dirigida de carácter mixto entre el capitalismo y la socialización total.
Este giro acercó al neosocialismo a los movimientos autoritarios de la época, ya que ambos habían llegado a la misma conclusión: las sociedades fracturadas exigían una dirección coherente. El énfasis de Déat en la planificación encajaba perfectamente en el debate europeo más amplio sobre las economías coordinadas, donde los teóricos fascistas ya promovían la organización corporativista y el desarrollo impulsado por el Estado. Si bien el neosocialismo conservó su vocabulario socialista y su compromiso con la protección social, tomó prestados los métodos autoritarios que parecían capaces de imponer la unidad allí donde los sistemas parlamentarios habían fracasado. El resultado fue una síntesis que preservaba la crítica socialista al capitalismo al tiempo que abandonaba los medios parlamentarios tradicionalmente vinculados al gobierno socialista. Déat enmarcó este cambio como una adaptación necesaria a la época moderna, insistiendo en que solo un Estado disciplinado, centralizado y orientado a lo nacional podría finalmente hacer realidad la justicia social que las generaciones anteriores de socialistas habían imaginado, pero nunca lograron alcanzar. En este sentido, el neosocialismo constituyó una Tercera Posición distintiva: antiliberal en su rechazo del pluralismo parlamentario, antimarxista en su repudio de la lucha de clases como motor de la historia, pero comprometido con la reforma social a través de la acción ética y de desarrollo del Estado nacional.
El proyecto neosocialista de Déat se desarrolló en un clima intelectual europeo cada vez más preocupado por los fracasos de la gobernanza liberal y las posibilidades de la autoridad centralizada. Los teóricos fascistas de Italia, Alemania y Bélgica ya habían demostrado cómo la planificación, el corporativismo y la movilización jerárquica podían funcionar como instrumentos de cohesión nacional. Como observa Griffiths, la planificación económica fascista se presentaba como «un instrumento unificador de la conciencia nacional». La lógica práctica y moral de estos programas atrajo poderosamente a Déat, quien reconoció en ellos una expresión contemporánea del principio jacobino de que las sociedades fragmentadas requieren una dirección disciplinada si quieren sobrevivir y cumplir su potencial histórico. Déat y sus contemporáneos establecieron una clara distinción entre la herencia liberal de 1789 y la energía centralizadora de 1793. Como lo articuló Pierre Drieu La Rochelle, otro destacado intelectual fascista francés:
«En la Revolución Francesa hay dos revoluciones: la de 1789 y la de 1793. Nosotros, los fascistas, somos solo hijos de 1793. Somos un jacobinismo negro».
— Pierre Drieu La Rochelle, Diario 1939-1945
Esta formulación resume a la perfección la propia reformulación que hizo Déat de las ideas jacobinas en el lenguaje de la planificación, la pericia técnica y la coordinación administrativa, donde el Estado funciona como una autoridad ética y un instrumento de la virtud, en lugar de un mero árbitro entre intereses contrapuestos. El neosocialismo adoptó selectivamente estos elementos al tiempo que conservaba su lenguaje socialista. Griffiths señala que los teóricos fascistas buscaban «restaurar el Estado como autoridad ética», una concepción que Déat trasladó directamente a su marco neosocialista. La planificación se convirtió tanto en un instrumento moral como en una solución técnica a la interdependencia económica, un método a través del cual el Estado podía imponer la unidad y sincronizar las fuerzas sociales hacia un propósito colectivo. Allí donde la SFIO había dudado, temiendo el exceso burocrático o la erosión democrática, Déat abrazó la toma de decisiones centralizada como algo legítimo e indispensable. El corporativismo, extraído de la teoría fascista contemporánea, proporcionó modelos para organizar a los agentes económicos en una jerarquía nacional que subordinaba el conflicto privado al bien público, las herramientas institucionales precisas que el neosocialismo necesitaba para concretar la regeneración nacional.
Griffiths subraya además que la planificación fascista «rechazaba tanto el pluralismo liberal como el conflicto de clases socialista». El neosocialismo interiorizó este rechazo en sus propios términos, conservando su crítica al capitalismo y a la desigualdad social, al tiempo que descartaba el apego de la SFIO a la negociación legislativa y al sindicalismo fragmentado. La alineación fue más práctica que puramente ideológica; los neosocialistas tomaron prestados los mecanismos de coordinación fascista, movilización de masas y racionalización dirigida por el Estado sin adoptar doctrinas raciales o expansionistas. Esta adopción selectiva permitió a Déat construir un proyecto socialista disciplinado, centralizado y centrado en lo nacional, sin dejar de hablar el lenguaje de la protección social y los ideales reformistas.
En la práctica, esta absorción de técnicas autoritarias se manifestó en propuestas de consejos corporativistas, supervisión tecnocrática de la producción industrial y ministerios de planificación que ejercían un poder cuasi-revolucionario. El neosocialismo de Déat presentaba al Estado como guardián y árbitro, facultado para dirigir la sociedad de acuerdo con una visión racional y moral del propósito totalitario nacional. La planificación, que antes era un mero complemento técnico, se convirtió en la palanca para remodelar las relaciones sociales y subordinar los intereses individuales y corporativos a las prioridades colectivas. De este modo, el neosocialismo logró una síntesis genuina: unió el concepto jacobino de autoridad estatal ética con la capacidad fascista de aplicar esa autoridad a escala industrial, produciendo un modelo en el que el socialismo podía, en teoría, actuar de forma decisiva allí donde el gobierno parlamentario había fracasado.
Los propios escritos de Déat revelan la coherencia interna del neosocialismo como doctrina de la autoridad, más que como una respuesta improvisada al colapso político. Su obra abordaba sistemáticamente el socialismo como un problema de organización, dirección y mando, rechazando la idea de que la justicia social pudiera surgir espontáneamente de la negociación parlamentaria o del antagonismo de clases. La planificación se presentaba como «un proyecto moral más que una herramienta administrativa neutral», un instrumento a través del cual el Estado podía remodelar las relaciones sociales y restaurar la coherencia nacional. En la formulación de Déat, el Estado asume un papel sorprendentemente paralelo al que reivindicaron los jacobinos durante la Revolución: el de intérprete de la necesidad colectiva y ejecutor de la voluntad nacional. La coordinación económica se vuelve inseparable de la autoridad política y la autoridad misma se justifica por su capacidad de imponer la unidad. Esta corriente del socialismo rechazaba la democracia procedimental precisamente porque carecía de los instrumentos necesarios para una transformación a gran escala. Los repetidos llamamientos de Déat al poder ejecutivo, la planificación a largo plazo y la organización de arriba abajo se derivan directamente de este diagnóstico. Sus escritos tratan la fragmentación como un peligro sistémico, no como una virtud liberal, y presentan la unidad como la condición previa indispensable para cualquier reforma social significativa en un mundo hostil.
Lo que distingue el enfoque de Déat del estatismo socialista anterior es su compromiso explícito con el autoritarismo contemporáneo. La teoría económica fascista enmarcaba la planificación como un medio de reconstrucción moral nacional, diseñado para reafirmar la autoridad del Estado sobre la sociedad en su conjunto. La obra de Déat refleja este énfasis, aunque filtrado a través del lenguaje y los objetivos socialistas. Evita los argumentos raciales o biológicos, pero acepta las mismas premisas: el conflicto social debe subordinarse, la vida económica debe coordinarse bajo una única dirección y la legitimidad emana de la eficacia más que del procedimiento. Sus textos insisten repetidamente en la disciplina, la responsabilidad y el propósito nacional, alineando el socialismo con una visión del orden que prima la coherencia sobre la deliberación interminable.
Esta visión se manifiesta con mayor claridad en el tratamiento que Déat da a la clase. Si bien mantiene la crítica socialista a la desigualdad, rechaza la lucha de clases como principio rector, considerándola más bien un síntoma de fracaso político. La planificación fascista rechazaba explícitamente tanto el liberalismo como el marxismo en favor de la integración nacional. Déat adopta una postura paralela, argumentando que la clase trabajadora no puede alcanzar la emancipación a través del conflicto perpetuo, sino solo mediante la incorporación a una sociedad unificada bajo la dirección del Estado. Su socialismo se convierte, por lo tanto, en integrador más que en conflictivo: jacobino en su lógica moral y fascista en sus supuestos organizativos.
El colapso de la Tercera República creó las condiciones extremas en las que la teoría neosocialista pudo ponerse a prueba. La derrota de 1940 barrió el gobierno parlamentario e instauró un régimen autoritario justificado por la emergencia nacional. Para Déat y otros neosocialistas, esta ruptura no hizo más que confirmar su diagnóstico de larga data. La soberanía parlamentaria había fracasado; la supervivencia nacional requería ahora una autoridad centralizada, coordinación administrativa y una reorganización de la sociedad de arriba abajo. Vichy proporcionó el marco institucional que más se acercaba a satisfacer esas exigencias, incluso bajo la dominación alemana.
La juventud del RNP
El apoyo de Déat a la colaboración con la Alemania nazi no se debía tanto a una conversión total al nacionalsocialismo como a un cálculo político pragmático moldeado por su visión neosocialista del mundo. Creía que la soberanía francesa no dependía únicamente de la independencia formal, sino de la capacidad del Estado para mantener la administración, la planificación social y el orden político en el marco de un nuevo equilibrio de poder europeo. En consecuencia, la colaboración le parecía el medio más eficaz para preservar la autoridad gubernamental francesa al tiempo que se impulsaba un programa nacionalsocialista a escala continental. En lugar de abrazar la resistencia, que hacía hincapié en el honor nacional y la ruptura con el ocupante, Déat se decantó por la continuidad del gobierno y vio el dominio alemán como una oportunidad para llevar a cabo ambiciones políticas de larga data. Como sostiene el historiador Matthew H. Desan, la trayectoria fascista de Déat estuvo impulsada menos por los fundamentos intelectuales de sus influencias sociológicas anteriores que por la frustración reiterada de sus aspiraciones políticas, lo que finalmente le llevó a acomodarse al poder nazi.
En julio de 1940, Déat defendió la necesidad de un partido único:
«Al igual que todos esos otros pueblos que han llevado a cabo su revolución, que han llevado a cabo su transformación, ya sea Italia, Alemania o Rusia, nosotros también necesitamos un partido, un partido único, para definir y dirigir nuestras aspiraciones comunes».
— Marcel Déat, Informe presentado al mariscal Pétain sobre la constitución de un partido nacional único
Fundó el RNP en febrero de 1941 como vehículo de esta visión, un movimiento colaboracionista que combinaba la retórica neosocialista con una alineación explícita con el proyecto europeo liderado por los nazis. Déat enmarcó el conflicto en curso no como una guerra convencional, sino como una guerra revolucionaria:
«Francia participa… en una guerra revolucionaria: no una cruzada del capitalismo y la burguesía europea contra el bolchevismo, sino una ofensiva victoriosa del socialismo europeo… contra el Kremlin y su aliado, la City».
— Marcel Déat, L’Œuvre 1940-1941
Presentó la ideología nazi como compatible con los objetivos socialistas, escribiendo en 1940:
«No vamos a construir un nuevo tipo de Francia; vamos a construir una Francia que se integrará en la nueva Europa y tendrá su propio papel importante y legítimo… ¿Acaso la cosmovisión nazi no es anticapitalista, anticlerical y socialista?»
— Marcel Déat, L’Œuvre 1940-1941
Las actividades de Déat en el París ocupado reflejaban su intento de fusionar el nacionalismo francés con el nacionalsocialismo y una visión más amplia de la unidad europea. A través de su periódico L’Œuvre, promovió la idea de que el futuro de Francia estaba ligado a un orden europeo liderado por los nazis, contraponiendo esta perspectiva a los temas patrióticos más tradicionales que enfatizaba Vichy. Las celebraciones del Primero de Mayo del Rassemblement National Populaire en París estuvieron marcadas por un fuerte simbolismo nacionalsocialista, incluida la participación de las SS, que Déat elogió como representante de una auténtica revolución socialista. Animó al público francés a considerar el Primero de Mayo como una oportunidad para abrazar una revolución política y social transformadora que remodelaría tanto Francia como Europa, al tiempo que defendía que instituciones estatales como el Ministerio de Trabajo debían desempeñar un papel central en la construcción de este nuevo orden.
«El Ministerio de Trabajo tiene ahora, sin lugar a dudas, la tarea de construir el socialismo, un nacionalsocialismo positivo y realista. La solidaridad nacional tiene como objetivo lograr el espíritu comunitario, para hacer de Francia una verdadera comunidad nacional».
— Marcel Déat, L’Œuvre 1940-1941
La participación neosocialista en las instituciones colaboracionistas reflejaba este enfoque en la eficacia administrativa y la adaptación ideológica. Las funciones de Déat se centraban en la organización laboral, la coordinación económica y la propaganda a favor de la disciplina social. Estas actividades se alineaban con las políticas fascistas, en particular el uso de la planificación y el corporativismo para estabilizar la sociedad bajo un régimen autoritario, al tiempo que se subordinaban los esfuerzos franceses a la dominación nazi europea en su conjunto. La colaboración no exigía la adopción acrítica de todas las doctrinas raciales nazis; exigía la aceptación de la autoridad jerárquica, la supresión del pluralismo, los órganos de partido único y la subordinación del conflicto social a la dirección del Estado (y ahora europea). El neosocialismo de Déat cumplía esas condiciones al replantear su estatismo de origen jacobino y su economía planista como contribuciones a una ofensiva revolucionaria continental contra el bolchevismo y el capitalismo angloamericano.
El episodio puso de manifiesto la lógica interna del neosocialismo, al tiempo que revelaba su capacidad de evolución doctrinal. Una doctrina que medía la legitimidad por la eficacia más que por el consentimiento resultó ser estructuralmente compatible con el gobierno bajo la ocupación y con la integración en el nuevo orden mundial nazi. El énfasis jacobino en la autoridad de emergencia, una vez desvinculado de la soberanía revolucionaria, pudo adaptarse a la dominación externa y a las exigencias ideológicas del ocupante. Déat incorporó el nazismo presentándolo como la realización práctica de los principios nacionalsocialistas a mayor escala: anticapitalista, revolucionario y capaz de forjar la comunidad europea, al tiempo que asignaba a Francia un papel legítimo, aunque subordinado, dentro de ella. El Estado conservó su vocación moral como instrumento de la regeneración nacional y, ahora, europea, pero su autonomía se vio mermada bajo la hegemonía alemana.
Tras la liberación de Francia por los Aliados, Déat huyó primero a Alemania y luego a Italia. Juzgado en ausencia por un tribunal francés, fue condenado a muerte por colaboración y traición. Vivió el resto de su vida en el exilio en Italia bajo un nombre falso, residiendo en Turín, donde continuó con limitadas actividades intelectuales y docentes. Murió allí en 1955, sin haber regresado nunca a Francia. Su trayectoria demostró tanto la adaptabilidad como los límites últimos de la ideología neosocialista: el mismo compromiso con el poder estatal concentrado y la regeneración nacional (posteriormente europea) que le había llevado de la crítica al parlamentarismo inspirada en los jacobinos a la colaboración le dejó, en última instancia, sin capacidad de acción política independiente una vez que se derrumbó el orden nazi.
El fascismo francés nunca fue un bloque monolítico. Como observó Eugen Weber en Varieties of Fascism, el fascismo francés tenía raíces ideológicas socialistas y no una inspiración conservadora, describiendo como fascista el Faisceau de Georges Valois («los comunistas se unieron a ellos») y a los Francistes de Marcel Bucard (que «tomaban tanto sus elementos como su espíritu de la izquierda»), pero no a la Action Française (que era demasiado de derechas) ni a la Croix de Feu (cuyos miembros «simplemente no pueden calificarse de otra cosa que de conservadores patriotas»). Mientras que el neosocialismo se inspiraba explícitamente en el centralismo jacobino y las técnicas planistas, otras corrientes autoritarias se definían en oposición directa al Estado revolucionario. Figuras como Philippe Pétain y François de La Rocque rechazaban el jacobinismo como la fuente misma de la decadencia nacional, en lugar de su remedio. Su autoritarismo se basaba en la restauración más que en la movilización, en la jerarquía heredada más que en la unidad revolucionaria, y en el orden social más que en la transformación política.
La visión del Estado de Pétain hacía hincapié en la continuidad orgánica, la tradición y la autoridad moral arraigadas en la lógica prerrevolucionaria. Su rechazo al centralismo jacobino era inequívoco. La Revolución, a sus ojos, había producido desorden, abstracción y la destrucción de las instituciones intermediarias naturales. La autoridad fluía hacia abajo desde la legitimidad histórica, más que hacia arriba desde una voluntad general construida. El énfasis del régimen de Vichy en la familia, la vida rural y la moral corporativa reflejaba esta orientación antijacobina, aun cuando ejercía un poder centralizado en la práctica cotidiana.
La Croix-de-Feu de La Rocque siguió un camino similar. Autoritaria y nacionalista, siguió mostrándose recelosa del estatismo revolucionario y la movilización de masas. La Rocque valoraba la disciplina, la jerarquía y la reforma moral sin abrazar la retórica jacobina de la soberanía o la unidad popular. Su movimiento buscaba el orden a través de la estabilización social más que de la revolución. A diferencia del neosocialismo, nunca intentó fusionar el socialismo con el Estado ni presentar la planificación como un proyecto moral transformador.
El neosocialismo se apartó radicalmente de estas corrientes porque Déat optó por reactivar la Revolución en lugar de repudiarla. Su autoritarismo era reconstructivo más que conservador. El Estado no era un guardián del orden heredado, sino un instrumento activo para remodelar la sociedad, primero a escala nacional y luego en el seno de una Europa dominada por los nazis. Mientras que Pétain pretendía despolitizar la nación, Déat buscaba movilizarla bajo una dirección disciplinada alineada con las reivindicaciones revolucionarias del ocupante. Mientras que La Rocque desconfiaba de la abstracción, Déat la abrazó a través de una planificación sistemática y una racionalidad administrativa ahora orientadas hacia la integración paneuropea. Estas diferencias explican por qué el neosocialismo se alineó de forma más natural con los modelos fascistas que enfatizaban la movilización y la coordinación centralizada que con el autoritarismo tradicionalista. En términos de Weber, representaba una variedad de doctrina revolucionaria que buscaba superar la fragmentación social a través de un propósito nacional y, más tarde, continental organizado, una Tercera Posición que conservaba los objetivos socialistas de protección social al tiempo que adoptaba los instrumentos autoritarios de la integración nacional, la dictadura de partido único y el desarrollo dirigido por el Estado, subordinándose en última instancia al orden nazi como vehículo del socialismo europeo.
Miembros del RNP: Jean Fontenoy, Eugène Deloncle, Marcel Déat, Jean Goy y Jean Van Ormelingen
Este contraste aclara el lugar distintivo del neosocialismo dentro de las corrientes nacionalistas francesas. Nunca fue una reacción retrógrada contra la modernidad, sino un intento de dominar la modernidad a través del Estado, primero en forma nacional y luego en forma europea. Su herencia jacobina lo diferenciaba de los autoritarismos de tendencia conservadora que rechazaban por completo la legitimidad revolucionaria. El neosocialismo se situaba en la encrucijada entre la planificación socialista, la organización fascista y el estatismo revolucionario: una corriente distintiva cuya trayectoria solo puede entenderse reconociendo su compromiso activo con la tradición revolucionaria, su adaptación de elementos ideológicos nazis y del fascismo italiano, y su agotamiento definitivo cuando se derrumbó la estructura de poder externa que lo sustentaba. Para un voluntario influido por la admiración de su padre por Déat y la lectura de L’Œuvre, las Waffen-SS internacionales ofrecían una oportunidad de hacer realidad este sueño de un socialismo paneuropeo más amplio:
«Mi padre era maestro (de primaria). Un tipo honesto y sencillo con ideas propias de su entorno: el socialismo, la paz y Europa… Gracias a él, descubrí a Romain Rolland y a Alemania. Creía que lo más importante era llevarse bien con los vecinos. Me uní a los “albergues juveniles”. Allí descubrí el aire libre, el sol, amigos que venían de otros países con sus guitarras y sus canciones, y la amistad. Fui movilizado en 1939. Luché en una atmósfera de desorden y cobardía que no cesaría hasta la derrota… Regresé a mi región, una pequeña subprefectura a orillas del Loira. Mi padre seguía leyendo L’Oeuvre, igual que antes de la guerra. Admiraba a Marcel Déat. Me parecía que a veces tenía razón, pero la mascarada imitada de los alemanes no me tentaba realmente. Esas camisas de colores, esas bandoleras, esas boinas vascas que me parecían pequeñas y mezquinas, en una palabra, francesas. Lo que me interesaba era Europa. No Alemania, Europa. [Y] el socialismo que abarcaba todo un continente. Todavía no era militarista, pero creía que teníamos que ganar la guerra contra los comunistas, que nunca me habían gustado, y contra los capitalistas, a quienes siempre había detestado. La LVF no me atraía por su faceta tricolor. Y, además, tenía demasiados regulares y doriotistas. En las Waffen-SS, esperaba encontrar un ejército internacional y una especie de socialismo en la pobreza, el valor y la disciplina voluntaria».
— Robert Forbes, Robert Forbes, For Europe: The French Volunteers of The Waffen-SS..
El legado perdurable de Marcel Déat reside en la corriente ideológica que ayudó a cristalizar: el jacobinismo transformado en una concepción nacionalsocialista de la planificación, la comunidad y la autoridad centralizada, articulada como una «Tercera Posición» entre el liberalismo y el marxismo. Esta visión, que concebía la regeneración nacional a través de una intervención estatal disciplinada, el totalitarismo y una reconfiguración europea en términos soberanos, sigue resonando en ciertas corrientes del nacionalismo francés moderno. Elementos de la visión de Déat —en particular el énfasis en la solidaridad nacional, el uso de la retórica anticapitalista dentro del nacionalismo y la exigencia de una dirección ejecutiva efectiva por encima de la rutina parlamentaria— reaparecen en los debates sobre soberanía, economía e identidad cultural, incluso entre corrientes que repudian explícitamente su legado colaboracionista. Su trayectoria subraya, en última instancia, el persistente atractivo del poder estatal concentrado como instrumento de renovación colectiva.
Alphonse de Châteaubriant, Marcel Déat, Marcel Bucard y Paul Chack durante una reunión del efímero Frente Nacional Revolucionario en el Vélodrome d’Hiver el 11 de abril de 1943
Fuente: https://fascio.substack.com/p/marcel-deat-the-black-jacobin