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Las chicas de las sillas
Lo mĂĄs simple es desnudarse
Por Dahiana Belfiori
A Lupe le gustĂł la idea de quedarnos en la habitaciĂłn del hotel. Cuando abrimos la puerta, cargadas con la sombrilla y el bolso matero que habĂamos llevado al rĂo, le dije que no tenĂa ganas de salir. Le pareciĂł bien y opinĂł que le cansaban los ruidos del centro, que la juventud estaba llena de energĂa y a ella se le habĂa escapado en tanta rosca, tanto yirar, tanto amor perdido y encontrado y que lo Ășnico que ahora querĂa era descansar. SentĂ que estaba exagerando y dudĂ©: la especial vehemencia con la que hablaba era rara, sĂłlo por haberle manifestado mi deseo templado de no salir. No le dije que tal vez podĂamos ver una pelĂcula en la notebook, prender el aire acondicionado al mango y abrazarnos tapadas bajo las frazadas como una forma de renacer al invierno que tanto nos gustaba. Tampoco le dije de meternos juntas en la ducha un rato para sacarnos la arena y de paso jugar. TenĂa ganas de jugar con ella. Con su cuerpo, con su humedad abundante, con esos pies tan suyos que solĂa arquear como hacen las bailarinas de danza clĂĄsica, cuando sus piernas se tensaban en el orgasmo. QuerĂa verla asĂ, tensa de placer. Las dos venĂamos de un año que no nos habĂa dado respiros de ningĂșn tipo y vacacionar era la excusa para encontrarnos. Es cierto que la billetera no nos permitĂa mĂĄs que una escapadita a las sierras y habĂamos elegido aquella ciudad cargada de turistas porque le suponĂamos algunas comodidades no tan lejanas a nuestro bolsillo. A ninguna de las dos nos gusta el ruido. Pero si decidimos salir con la idea de burlarnos de todo, somos capaces de sonreĂrle al hormiguero de la peatonal que en general nos malhumora. Lupe no quiso hacerlo ni esa primera noche de estadĂa, ni la segunda, ni las que siguieron. DescubrirĂa el porquĂ© en unos instantes y pronto me someterĂa a sus deseos.
"EsperĂĄ acĂĄ, donde estĂĄs parada, no te muevas. Ya vuelvo." Me dijo, mientras apagaba la luz. El cuarto quedĂł iluminado sĂłlo por una lĂnea amarillenta que entraba por la persiana. Tuve que acostumbrar mis ojos a la penumbra, sin moverme. No me animĂ© a hacerlo, la voz de Lupe habĂa sido dulce pero tajante y me revelaba una autoridad desconocida. Lupe se encerrĂł en el baño. EscuchĂ© la ducha, escuchĂ© cuando la cerraba y no sĂ© cĂłmo hizo, pero logrĂł que no notara su presencia tan cerca mĂo, cuando sentĂ su voz susurrando a mis espaldas: "Quiero que me vistas." No entendĂ nada. La que querĂa diversiĂłn era yo y ahora ella me sorprendĂa jugando a las escondidas. No entendĂ nada pero tampoco ahĂ dije nada. DejĂ© que me condujera. Aquello estaba empezando a gustarme. "No te asustes. Lo mĂĄs simple es desnudarse. Hoy quiero que me vistas, que me pongas la ropa que te gusta. EstĂĄ sobre la cama." Lo que siguiĂł fue algo que no habĂa experimentado y que me maravillĂł. AhĂ estaba yo, en penumbras, vistiendo a Lupe, a la que tantas veces vi desnuda, a la que tantas veces desnudĂ©, y que tantas veces se desnudĂł para mĂ. ComencĂ© por el bĂłxer blanco que dejaba traslucir el bello rojo sobre su vulva. Le rocĂ© las tetas con mi boca. SiguiĂł el jean, luego un cinto ancho de cuero negro, y despuĂ©s su camisa a cuadros. BotĂłn por botĂłn fui cerrando la vista de su piel, de sus pechos redondos y pequeños, de la rigidez de sus pezones en contacto con mi lengua. QuerĂa hundirme para siempre en ella. Navegarla. Cuando terminĂ© con el Ășltimo botĂłn me dijo: "Las dos estamos vestidas, pero a vos te falta la ducha. Es tu turno. Te espero." ObedecĂ como una niña asustada. Caliente y obediente me metĂ en el baño. Al salir, Lupe empezĂł a vestirme. CalzĂłn y vestido se deslizaron por mi cuerpo con tanta dulzura como excitaciĂłn. Sus manos y su boca inventaron otros recorridos. Las mĂas tambiĂ©n. EstĂĄbamos desnudas, cubiertas por la ropa. Durante las vacaciones, de dĂa nos desnudĂĄbamos, de noche y en la humedad del cuarto de hotel, nos vestĂamos para desearnos. Con cada botĂłn que cerraba, Lupe me hizo darle la razĂłn: lo mĂĄs simple es desnudarse.
Una mujer experimenta con la anestesia mientras le realizan estudios médicos.
El valor de las monedas, Luisina Gentile
see the full work here: https://www.annamalina.com/haushaunting get a printed copy here: https://www.etsy.com/listing/1046639935
{Haus Haunting} is an epigraph to a short film that I still have only time to daydream about. Everything is already laid out: The Sea. The Rocks. The Haus. & the Body -- though the body remains : in absentia : still.
Claudia MasĂn.
8 1/2 (1963)
Directed by Frederico Fellini
Sceeenplay by Federico Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano, Brunello Rondi
El secreto
Nunca le contĂ© esto a nadie, pero a travĂ©s de las aberturas binoculares la ciudad me parecĂa un monstruo titilante. Las luces parpadeaban como diciendo âhola, acĂĄ estamosâ, âhola, mirameâ. Y yo las miraba. Cada noche cuando caĂa el sol, comenzaba mi trabajo. Desde el faro, era una mirada irrevocable, una mirada que penetraba al interior de la ciudad hasta volverla monstruosa. El cielo, de un negro aterrador. Un negro que se siente hasta los huesos, un negro que uno no puede quedarse mirando porque se vuelve un agujero destructor. A lo lejos, el hielo. Y las grietas en el hielo, los golpes reverberantes que hacĂan que el faro temblara y yo tuviera que sujetarme de la baranda para no caer.
A veces, algunas noches, me traĂas una taza de cafĂ© caliente para pasar el frĂo. Esos eran los mejores momentos y tambiĂ©n los de mayor lucidez. Te sentabas al lado mĂo en una sillita de tela que yo tenĂa preparada por las dudas, y mirabas a mi lado. Por supuesto, vos no lo recordĂĄs. Pero yo sĂ. La sensaciĂłn de abismo me daba un vĂ©rtigo que extraño con cada partĂcula de mi cuerpo. Fue mi mejor trabajo. PodrĂa armar un trazado del mapa de toda la superficie de la ciudad si me lo propusiera, sin ninguna duda. Ahora extraño ese frĂo, esas luces, extraño tus cafĂ©s. Me acostumbrĂ© a tomarlos sin azĂșcar, a la cucharada de cacao amargo que siempre le ponĂas.
Las noches eran frĂas, como te decĂa, pero placenteras. Ser el observador del faro no fue tarea sencilla, sin embargo. Implicaba una responsabilidad tan grande que nadie en toda la ciudad se hubiese atrevido a reemplazarme. Vos fuiste la Ășnica que se animĂł a subir, la Ășnica. Un dĂa apareciste y tus visitas comenzaron a hacerse mĂĄs frecuentes. Desde el principio entendiste que no habĂa que hablar, una palabra tenĂa el poder de quebrar la cortina de silencio ĂĄrtico y disolverla como azĂșcar en agua caliente. La palabra tenĂa la responsabilidad de ser guardada y cederle paso a la escucha. EscuchĂĄbamos el hielo rompiĂ©ndose, el agua meciĂ©ndose, escuchĂĄbamos las luces parpadeantes y a la cuidad como un organismo vivo a punto de despertarse. EscuchĂĄbamos y yo miraba a travĂ©s de los binoculares. Vos nunca te atreviste a mirar.
Ahora solo me quedan los recuerdos del faro, la ciudad iluminada, el frĂo y el negro del cielo envolvente y amenazador. Tus recuerdos ya no existen, si alguna vez existieron se borraron como una rĂĄfaga de viento oceĂĄnico o la pluma de un panadero arrastrada hacia el silencio. Me gusta imaginar que tal vez, si volvemos a subir al faro una noche, vos puedas sentir al menos por un instante lo que sentimos aquellas noches de cielo negro y ciudad titilante, y te lo guardes como un secreto, o un tesoro.
[02may17] 187/365Â (35mm, scanned negatives, laser print, 2o15/17)
Serie Ciclogénesis II
A Coruña, 2019
{March\April 2020}Â
Serie Ciclogénesis I
A Coruña, 2019
AutobiografĂa de mi madre, Jamaica Kincaid
De Clara Muschietti, PodrĂa llevar cierto tiempo