La primera impresión que Sam tuvo al entrar fue la de que el hogar de Mitchell estaba, efectivamente, muriendo. Cosa que, en cualquier otro momento de su vida, no habría tenido ningún sentido – las cosas no pueden morir porque nunca estuvieron vivas. Pero mientras más se adentraba, la lógica perdía razón, quedándose atrás, muy lejos de ella.
Por otro lado, por muy moribunda que aquella casa luciera, había algo extrañamente hermoso en ella. Incluso con la humedad y los soportes flojos. Las ventanas, todas ellas luciendo cortinas, brillaban a la débil luz del sol de la tarde creando un ambiente muy agradable.
Era un piso enorme, moribundo, decadente, y hermoso. Era un lugar que Mitchell amaba más que nada en el mundo, y su amor por su hogar se notaba mientras caminaba sereno hacia la sala, pasando sus delgadas y ágiles manos a través de cada grabado en la pared, cada grieta en la madera partida. Con cautela, como si algo pudiera astillarse en sus dedos, como si pudiera desmoronarse encima de él.
Se dejó caer en el sofá, rebuscando la posición más cómoda posible. Sam lo miró incierta, y Twister se sentó a su lado, como si su actitud le pareciera tan extraña a él como a la morena.
Frente a ellos, una inmensa biblioteca se alzaba. Estaba llena de libros, muchos libros, diarios, crónicas de cazadores.
Los ojos verdes de Samantha vagaron por el lugar mientras se amacaba sobre sus talones, como si esperara que el anfitrión dijera algo antes de hablar (tal vez invitarle a sentarse o un vaso de agua), pero entonces su atención se posó sobre un portarretratos. Era una familia. Un padre con un niño en brazos, una joven a su lado, y adelante, sentada, una hermosa mujer de pelo largo sosteniendo a un sonriente niño con flequillo y gruesas gafas.
—Me pregunto quiénes son —murmuró el hombre, obligando a Sam a volver los ojos hacia él, quien le miraba prácticamente sin tomarse la molestia de pestañear u hacer si quiera una expresión facial.
Inquieta y confundida, Sam frunció el ceño.
—¿No lo sabes?
—No —negó él. —No realmente.
—¿Y por qué lo conservas?
Mitchell se encogió de hombros. Se veían tan felices, pensó, reclinándose en su sofá. Muy felices. Demasiado felices.
—Algunos días sus rostros me resultan familiares —confesó en un tono de voz monótono.
Pensó en ellos mientras jugueteaba con la esquina deshilachada de su asiento. Había sido de un elegante e intenso rojo alguna vez, pero ahora era de un feo color canela, con parches mal cocidos por doquier y con el relleno desviado, creando bultos donde no debía y dejando trozos de madera descubiertos que solo incomodaban a quien se sentaba: a él.
—Encontré este lugar hace menos de un año —comenzó diciendo casualmente, como si hubiera leído aquella duda en los ojos de la muchacha. —No es una casa, como podrás ver. Es un viejo club de hombres —sus ojos bajaron al perro y allí se quedaron mientras continuaba hablando. —Me gusta pensar que era muy famoso en su época, pero si nadie nos ha sacado a patadas hasta ahora, es poco probable que lo haya sido. ¿Este es el cambiapieles? —preguntó de repente.
La mueca de confusión de Sam se esfumó de inmediato ante la interrogativa y colocó una mano sobre la cabeza del perro, entre las orejas, mientras confirmaba su duda asintiendo.
—¿Tú eres Nasir?
—¿Acaso luzco como un Aziza?
Sam volvió a fruncir el ceño.
—Eh… Yo… Nunca he conocido a un Aziza, no podría decírtelo.
—Olvídalo. Nasir vendrá en un momento y te ayudará con el cambiapieles. ¿Has traído el cuerpo?
—¿Disculpa?
Mitchell se incorporó y caminó hacia donde Twister, poniéndose frente a él de cuclillas. La criatura dio un paso atrás soltando una especie de bufido, claramente incomodo, pero el hombre continuó observándolo.
—Nunca había visto un cambiapieles —comentó en un susurro. A Sam le pareció oír algo parecido a emoción en su voz, pero no tuvo tiempo para procesarlo.
Una cuarta presencia se hizo presente de la forma más ruidosa posible, haciendo sobresaltar tanto a Twister como a Samanta. Mitchell, por otro lado, parecía haberse acostumbrado a aquel tipo de entradas escandalosas porque lo único que hizo fue pestañear y cambiar la dirección de sus ojos al recién llegado, levantándose lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Nasir era un hombre rondando los treinta y tantos que, para los Aziza, era el equivalente a un punk entre una sociedad de católicos conservadores.
Los Aziza, más que una raza, eran una colectividad que prestaba servicios a cazadores a cambio de protección y, de vez en cuando, comida. Los antiguos escritos narraban a estas criaturas como gente pequeña, tímida y peluda que vivía en los bosques. Sin embargo, Samantha sabía que no tenía que tomarse los documentos antiguos muy en serio puesto que la gente de aquella época tendía a exagerar tanto como los pescadores de la actualidad.
El hombre que acababa de entrar no era pequeño, estaba viviendo en la ciudad, y aunque lucía barba, dudaba que aquello calificara como ‘peludo’. Cargaba tres bolsas de papel marrón llenas de lo que parecían ser provisiones y tenía una manzana verde aprensada entre los dientes.
—Have you ever noticed Jesse Jackson looks like a dog? —preguntó al aire, dejando las bolsas sobre la mesa. Estaba dándole la espalda a aquel sector en donde los invitados se encontraban, por lo que estaba claro que creía estar a solas con su compañero. —I was walking out of the store just a few minutes ago when a lady passed me by and she was carrying a Pug and…
Cuando se volteó, el ladrido de Twister le hizo dar un salto y la manzana cayó al piso, rodó hacia donde el perro, y este la devoró en cuanto llegó a su alcance.
Nas lo señaló, confundido, pero no dijo nada durante un largo segundo.
—Un perro que come fruta —observó en un fuerte acento que Sam no pudo reconocer.
—Es… Es vegetariano, de hecho —corrigió ella.
—Okay… —asintió. —Okay, that makes it normal.
—He’s a skinshifter —habló Mitchell. —She wants you to fix it.
—Mi padre es Loan Brizzi —se apresuró a explicar Samantha. —Él me ha dado tu número de teléfono, me dijo que podías ayudarme… ayudarnos. También dijo que viajará dentro de poco tiempo y se encargaría del pago.
—Jislaaik! Loan Brizzi tiene una hija —Recitó Nas, como si fuera lo único que hubiese entendido. —Is he still alive? I haven’t seen that toppie since I was seventeen.
—He’s okay, I guess. Working.
—Oh, so he’s working. What's the case?
—Uh… Something about a kidnapped child?
—Oh, man. That blows —el hombre se colocó las manos en la cintura y continuó hablando. —Numair's kid, right? Yeah… Heard about that.
—You did?
—Yebo. I mean… Who didn't? At least my family did. Those skinnerbeks! They were the ones that told me.
—Do you know him? Numair, I mean.
—Know him? —Nas rió. —Who doesn’t? The Lyon family is a kind of a big deal in Europe. Just like the Kardashians here in America. I think everybody knows them, or at least they've heard someone talk about them once in their lives. If you're a hunter from Scotland and you say you don't know who they are I'll call it bullshit. Plus, my pap use to help Bartholomew Sr. when I was a child.
—Did he? —esta vez, el tono de Sam había sonado auténticamente sorprendido, e incluso una pequeña sonrisa se había dibujado en sus labios.
Ahora entendía por qué Loan le había dado esa dirección.
—He would come looking for help and my pap would help him - that's what my people do. Loan came a few times as well, though I don't remember seeing you. Guess you're one of those lost childs hunters always have.
—You’re guessing right.
—How’s Numair anyway?
—No idea. He’s coming with Loan pretty soon, you'll have to ask him that question personally.
Entonces Mitchell carraspeó y la atención de ambos rotó.
—Right —balbuceó Nas. —What’s the situation?
—Skinshifter stuck in a dog's body because they killed his human body —Sam se detuvo por un momento, observando vagamente la cabeza del perro, y entonces susurró: —Jeez, it sounds so wrong when I say it out loud.
—You'll get used to it —agregó Mitchell.
—Oh! I’m used to it —aseguró Sam, asintiendo. —But sometimes I forget he's not actually a dog.
—Where’s the body? —preguntó Nas. Sam estiró el cuello, contestando la duda con una simple expresión facial. —You didn’t bring the body? —se aventuró el hombre. La morena apretó los labios. —Okay, you don’t have a body. At all. Alright, this is great.
—Lo siento —se disculpó. —Sucedió hace mucho tiempo, y sucedió en Escocia. Aunque quisiera recuperarlo, no podría hacerlo.
Nasir asintió, como si estuviera considerando las posibilidades, y de repente, sus ojos brillaron cuando se posaron en Mitchell, quien se limitó a dar un suspiro, indiferente.
—What? —quiso saber.
—Tu puedes conseguirnos un cuerpo.
—Yeah, right—resopló, y por primera vez, Sam pudo presenciar una sonrisa en su rostro. Una que rápidamente se desvaneció cuando vio que su amigo estaba hablando enserio. —Oh, God. You’re serious.
—Of course I’m serious.
—Nasir, we can’t do that —su voz había tomado un tono inquieto mientras se acercaba cauteloso a su amigo.
Nas podía llegar a ser demasiado caritativo, incluso con los desconocidos. Era su trabajo después de todo, era el trabajo de los Aziza. Pero considerando los tiempos que corrían, Mitchell tenía que hacerle entender, de alguna forma, que aquello era una pésima idea.
—I can’t do that.
—Of course you can.
—It’s my job. I won’t risk my job for your job.
—You eat your job, Mitchell.
—Yeah. That way I am sure they won't be walking downtown eating ice cream the next day. Let's pretend I agree and I give you that body you need, what then? What if a relative of the original owner of the body sees it?
—Doppelgänger.
—Yeah, try to explain that to them.
—Excuse me, may I ask… —Sam alzó la mano, sonriendo. Pero su dulce expresión enseguida se esfumó cuando volvió a abrir la boca. —What the FUCK is going on? What does he mean by “you eat your job”.
—He’s a Ghoul —explicó Nasir con naturalidad, señalando al hombre con el pulgar.
—You’re a fucking demon?
—Yebo. And he works in a morgue.
—I am not a demon —se apresuró a corregir Mitchell. —I don't hunt babies for dinner, and as you can see I don't live in a cemetery either. I just have a very different diet than humans.
—He gets really sensitive about this stuff —acotó Nas, observando a Sam por encima de su hombro. No obstante, la morena pareció no haberle prestado atención.
—There must be someone —insistió. —Someone no one will miss, someone without family.
—If you’re interested in old people we have plenty of them.
Twister hizo algo parecido a resoplar y Sam pareció entender lo que quiso decir, porque enseguida volvió a hablar.
—An unidentified body.
—Those are very rare —Ultimó el hombre. No había hostilidad en su voz, tampoco en su expresión. Era como si todo el tiempo estuviera sumamente relajado pero pensando en infinitas cosas mientras observaba el mundo que lo envolvía. Era algo completamente diferente a Nasir, lo que obligó a Samantha a preguntarse cómo habían acabado viviendo juntos. —Maybe I can find someone —dijo de repente, haciendo automáticamente que Twister soltara un estruendoso ladrido que lo obligó a cerrar los ojos por la sorpresa.
Por su parte, Sam sonrió. Una enorme sonrisa que, eventualmente, contagió a Nas.
El equilibrio que alguna vez había existido entre criaturas sobrenaturales y humanos estaba balanceándose lentamente, y Nas no necesitaba magia para saber lo que a fin de cuentas sucedería. Era sentido común, algo grande estallaría, y cuando eso sucediera, prefería tener a Loan Brizzi y a Numair Lyon de su lado.






