Tengo una mala costumbre: la de presuponer que cualquier hombre que se acerque a mí terminará por mentirme. A las pruebas me remito: un largo historial que lo avala.
Empezó con mi padre, y se sabe que esa primera decepción resulta catastrófica, uno difícilmente se repone de ello. Tenía ocho años cuando mi padre anunció que me llevaría a la feria. Me dijo que comeríamos caramelos hasta reventar y que me dejaría subirme a todos los juegos mecánicos. En su lugar me llevó al dentista.
Era una mentira piadosa, lo sabía. Si me hubiese dicho la verdad desde el principio, yo habría huido. En cambio me subí voluntariamente al auto y me mantuve entusiasmada durante el trayecto. Había sido necesario, y lo comprendí, sin embargo, la semilla de la duda había sido plantada.
Luego mis noviazgos durante la secundaria. ¿Existirá algo más efímero que el amor adolescente? A veces tengo la sensación de haber saltado de la niñez directamente a la adultez, porque no recuerdo que cualquier cosa me importara poco.
Mis exnovios, sin embargo, eran sin duda alguna adolescentes promedio. Recuerdo que, durante la vacaciones de verano, uno me dijo que iría con su familia a pasarla en el pueblo de sus abuelos y que casi no podríamos vernos. Un día especialmente caluroso fui arrastrada por mis padres a la playa. Entonces lo vi.
Mi novio con una compañera de clases saltando de ola en ola. Mi exnovio y mi compañera comiéndose a besos entre los espacios de marea baja.
La duda, esa semilla, había brotado como un retoño en mi pecho. No hizo más que crecer desde entonces, una excusa de estar muy cansado como para contestar mis mensajes, pese a que lo había visto en línea, más excusas sobre encontrarse enfermo como para salir ese fin de semana.
La mentira era material fértil para la planta, extendiendo sus finas vides y echando raíces más profundamente. A veces me preguntaba si este tipo de hombres me buscaban a mí o yo los buscaba a ellos. Una morbosa parte de mí deseaba saber hasta que punto podía una planta como aquella crecer antes de resultar fatal.
Los hombres que yo elegía solían mentir de forma similar. Al parecer tenía un tipo. El retoño se había vuelto un pequeño hierbajo, con ramitas y pequeñas hojas. Para cuando vi a mi padre tomado de la mano con otra mujer y un niño pequeño en brazos, el hierbajo se había expandido hacia mis pulmones como un arbusto espinoso.
Pero había habido una excepción: Marcos. Un tipo con una personalidad extravagante, ya desde adolescentes. Hablaba de aliens, fantasmas y los masones.
Su mente maquinaba historias fantasiosas para explicar por qué la directora Catalina desaparecía a la misma hora todos los días. A esa hora se reúne con los iluminatis asociados a la escuela, decía él.
¿Por qué hace más calor cada año? ¿Por qué las tormentas son cada vez más devastadoras? Es la HAARP, explicaba él. Un proyecto en el que el humano juega a ser Dios y pretende controlar el clima.
Marcos usaba toda su imaginación para teorizar y encontrar la explicación menos lógica a un problema o cuestionamiento cotidiano. Desde luego usaba toda esa creatividad para inventar aquellas historias, que ya no le quedaba imaginación alguna para mentir. Ni se molestaba en intentarlo.
Yo confiaba en él justamente por eso. Sabía que jamás intentaría mentirme.
Por eso, aquella vez cuando me dijo, 'creo que ella es la indicada, estoy considerando seriamente casarme' supe que decía la verdad.
Sin embargo, la duda que ya no era sólo duda, se retorció dentro de mis entrañas y una espina pinchó al corazón.