Evelyn García Tirado: «Apenas logré recuperarme, el padre Miguel me confió, como hacía a menudo, una carta para el convento franciscano al que estábamos sujetos. Yo acostumbraba a pedir que Diego o Liu me acompañaran, y si iba la niña, Margre le ataba una cartuchera de cuero impermeable donde llevaba el mensaje. Viajábamos en barco desde San Fernando hasta Cádiz, a más de una legua de distancia, y cuando llegábamos a la capital, los pescadores nos hacían encargos a su vez y nos regalaban con gran variedad de ostras de las más exquisitas. A Diego y a mí nos gustaba aderezarlas con pimienta y jugo de naranja, pero a Liu le agradaba abrirlas y comérselas crudas y vivas, sin ningún condimento. Luego, ya de vuelta en el monasterio, nos seguía a nuestra celda, cogía un poco de carbón de la estufa y con él pintaba en las paredes todo lo que había visto durante el viaje. Cierta vez, en medio de estrellas, peces y algas marinas, trazó un rostro de belleza espléndida. Era una mujer sonriente, de expresión firme y bondadosa. A su lado, apareció un joven de labios finos, ojos rasgados y mirada fiera. Tenía algo indefinible que hacía recordar a Liu. En un repentino acceso de ira, Diego tomó un enorme pedazo de carbón y cubrió de tizne el rostro del joven, mientras que delineó con fuerza los rasgos preciosos de la mujer. Liu, sin inmutarse lo más mínimo, se sentó con nosotros a contemplarla. Sus ojos chisporroteaban bajo la lámpara de alcohol» (2018).