Te invito a hacer una reflexión:
Dios/Jesús/Espíritu santo (o cualquier divinidad en la que tu creas) te observa, tu sabes si ese hecho te da paz o todo lo contrario.
Conocí a Dios (o intenté conocerlo) aproximadamente a los 8 años, me lo presentó un grupo de personas sumamente VIOLENTAS que interpretaban la biblia a su comodidad. Hice lo posible por conocerlo y entablar una relación con él pero algo no cuadraba.
Después, leí la biblia y encontré mucha contradicción entre el viejo testamento y el nuevo. Pregunté a mi pastor en un estudio bíblico y dijo: te lo diré así, cuando Ford hizo su primer auto se dió cuenta de las deficiencias del primer vehículo así que hizo mejoras en el segundo. Así Dios, en el primer testamento y el segundo.
Entendí entonces que Dios es amor, sin embargo, seguía sin entender porque los asistentes de la iglesia juzgaban a diestra y siniestra y sobre todo, por cual motivo la biblia solo aplicaba a nosotros, los pecadores y no a ellos.
Tengo 36 años, duré asistiendo a una iglesia durante unos 11 años, buscando sentirlo, siendo víctima de violencia directa, discriminación, injusticia y aun así, mi corazón estaba abierto. Yo quería conocer a ese Dios del que tanto hablaban.
Dejé de creer, dejé de clamar, me aleje lo más que pude, me cerré totalmente y viví enojada con la vida mucho tiempo y también conmigo misma teniendo múltiples conductas autodestructivas.
No fue hasta el 2019, en un curso que tomé en el doctorado en donde nos plantearon la posibilidad de que, nosotros somos la proyección más directa de Dios aquí en la tierra. Ahí fue cuando finalmente lo pude sentir esa divinidad.
Y a partir de ese momento veo a Dios en muchos lugares, lo siento en los abrazos, en cada amanecer y anochecer.
Lo siento cuando empatizo y me sensibilizo con el dolor humano, lo veo en las sonrisas, en las lágrimas, en los procesos de sanación de cada uno de mis pacientes.
Lo siento dentro de mi corazón, cálido en mi pecho y en mi convicción de hacer más desde mi lugar. Aportar a la humanidad, acompañar, escuchar y guiar.
Lo siento como mi propósito y sentido de vida, en mi escucha activa y mi toma de conciencia y en mi fe que no se pierde ya tan fácilmente.
Como puedes ver, mi Dios es tan grande que no cabe en tu iglesia, no cabe en tus juicios ni en tus ataques al prójimo, no cabe en tu absolutismo ni en tu dedo que señala por doquier.
A futuro, si logras reflexionar y llegar a una introspección real, antes de que escribas, hables o hagas cualquier cosa, llévate este regalo: TRATA A LOS DEMÁS COMO CREES QUE DIOS TE TRATARÍA A TI.








