Todas somos La Mujer del Animal
Sentí temor cuando vi el primer plano de sus ojos hurgando tras las rendijas, espiando. Sentí su odio, sentí su mirada y desde ese momento me sentí diminuta, logró entrar a lo más profundo de mi ser sin tocarme un pelo. Fui consciente siempre del lugar en donde estaba, yo en una sala, mirando la gran pantalla, esperando que el cine cumpliera su objetivo de entretenerme, aunque siempre lo supe, Víctor no entretiene, Víctor desgarra, te saca las vísceras, te destruye, te arruga el corazón, te corta la respiración, te lleva al mundo al que perteneces y a veces olvidas u omites, por gusto quizá, por comodidad, muy seguramente.
La Mujer del Animal somos todas, pero no todas nos abrazamos, no todas hemos recibido el insulto, el puño, la patada; no a todas nos han obligado, no a todas nos han tocado con violencia, no a todas nos han penetrado con ese odio al vientre, al que resguarda la vida.
Me declaro vulnerable y he huido a esta sensación toda mi vida. He odiado a los hombres, he odiado a mi madre por ser madre y esposa, he lamentado tener una hermana, he lamentado tener una abuela, tía, prima, amiga. He lamentado, no tanto ahora como antes, tener un útero, he querido ser hombre mientras amo ser mujer y eso duele, duele profundamente, eso te deja rota de por vida.
Durante toda la película hice fuerza, con tanta intensidad que sientes cada músculo contraído. Sientes odio e impotencia, sientes tristeza, pero frente a una historia como esta la tristeza es linda, pura, noble.
La Mujer de Animal somos todas, lo fue mi madre en algún momento, lo fue mi abuela y también mis tías.
Pensé haber salido invicta, invicta por no derramar una sola lágrima durante la proyección, pero luego, durante los créditos, también me desgarraron las vestiduras, me arrastraron mientras me agarraban del pelo, me rompieron los dientes y me penetraron con tanta fuerza que no pude levantarme después.
Viendo La Mujer del Animal lloré, lloré como cuando escuché a mi padre insultar a mi madre, lloré como cuando supe que mi abuelo había abusado de mi abuela, lloré, lloré y lloré.
Salí desnuda del cine, con miedo a ser mujer, con miedo a que un hombre me hablara y me tocara, con miedo a regresar sola a mi casa, pero encontré una amiga y lo supe de nuevo: Todas somos La Mujer del Animal.
Todas somos La Mujer del Animal y Víctor nos lo mostró en la comodidad de una sala de cine; logró su cometido: retratar la condición humana, retratar la realidad de nuestros barrios, retratarnos y juzgarnos, no por ser mujeres, claro que no, sí por ser parte de este patriarcado, de esta sociedad sucia, injusta y enfermiza.
La realidad es muy incomoda.